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El agente Matos daba vueltas alrededor de la silla. Alrededor de José Carlos. Mientras, sus agentes permanecían sentados sin despegar la vista del pobre joven que temblaba de miedo y de frío.

José Carlos siempre pensó que las imágenes de los interrogatorios eran cosa de películas. Ahora sabía que no. Un cuarto frío y maloliente, una mesa corrompida por el polvo y el moho; la clásica lámpara colgando desde arriba, desde donde la oscuridad parecía llevarse el cable del que colgaba a una lúgubre y hedionda dimensión. En si el cuarto era rodeado por oscuridad, el radio de la lámpara era bastante corto. El círculo de luz cubría la mesa y las sillas únicamente.

Matos se puso al extremo contrario de José Carlos. Puso los puños en la mesa, con los brazos estirados como si estuviera haciendo lagartijas. Miró ya con cierta furia al pobre mocoso que tenía enfrente y que, según el expediente del caso, había hecho algo que el agente aun no podía entender como es que lo había hecho.

- ¿Y bien muchacho? - le dijo y su voz oronda rebotó por lo mínimo dos veces mas en el jodido cuarto de cuatro por cuatro.

José Carlos no levantó la mirada, sus negros cabellos caían sobre sus ojos y se le pegaban en su sudorosa frente.

- Ya se lo he dicho - dijo el muchacho con voz taciturna y sin levantar la mirada.

Matos respiró tan profundamente que parecía que iba a inflar un globo. Miró al joven enfrente de él y sintió que el coraje le hacía hervir la sangre.

Con ambos puños golpeó la mesa haciendo saltar no sólo al muchacho, sino a los dos agentes que estaba sentados a los lados.

- ¡Puta madre! Invéntate otra historia mocoso de mierda, ¿entiendes?

Los agentes voltearon a ver a su jefe. José Carlos mantuvo agazapado.

Matos respiraba como toro en brama y con ganas de tirarse al pobre muchacho.

- Mira hijo - dijo el agente tratando que su voz sonara cortés - . Tengo problemas del corazón, como verás estoy demasiado obeso, creo rebasar los ciento veinticinco kilos y medio; no me importa. Sigo fumando habanos cubanos, sigo siendo un adicto al whisky; yo se que todo esto puede acelera mi muerte, lo se. Pero me importa un carajo. Ahora que, eso no significa que me quiera morir, y sobre todo por el coraje que me de un crío necio y estúpido como tu ¿entendido?

José Carlos permanecía quieto como un estatua.

- ¿Entendido? - gritó Matos volviendo a golpear la mesa.

El muchacho movió la cabeza afirmativamente.

- Bien - aceptó Matos y se irguió hasta donde su enorme panza se lo permitió - . Ahora dinos ¿Cómo demonios hiciste para provocarle a tu "amigo" el estado catatónico en el que el pobre infeliz se encuentra?

Mario, perdóname por el amor de Dios, perdóname, pensó José Carlos y cerró los ojos fuertemente. Por su mente pasó la última imagen de Mario: pálido como una nube, con los ojos azules abiertos, cristalinos, inflamados como globos y la desesperación que empuja a la locura brillando intensamente atravéz de ellos, sin parpadear; su cabello encanecido, muerto, petrificado, cubriéndole las orejas; su boca abierta como si quisiera gritar algo y el grito lo estuviera ahogando...

José Carlos abrió los ojos intentando deshacer esa imagen de su mente; los ojos de Mario abiertos, desesperados. Era como si telepáticamente pudiera escuchar sus lacerantes gritos llenos de horror. El puño macizo de Matos le ayudó a José Carlos a borrar esa imagen de su cabeza. El anillo de bodas del agente, con un pequeño diamante al centro, se enterró bruscamente en la sien del muchacho derribándolo de la silla.

- ¡Déjate de puterías y dime la verdad!- gritó furioso. El color había subido al rechoncho rostro del agente. Tal era su enojo que ni siquiera se dio cuenta que los otros dos agentes se habían levantado mas asustados que el propio José Carlos; como si temieran que los próximos en ser colgados serían ellos. Lo miraban con miedo, temiendo que pudiera hacer una barbaridad con el pobre muchacho.

Ahí estaba el agente Matos furioso, con la respiración agitada y con delgados surcos de sudor cayendo desde su piel cabelluda hasta atorarse en las espesas cejas. Era algo realmente irónico. Aquellos oficiales habían sido testigos cientos de veces de cómo el agente Matos torturaba a los sospechosos al punto de que les dictaba una historia y estos la repetían como si fuera un salmo religioso; y lo peor era que en verdad llegaban a creerla. Cuantos tipos agarrados a media acera y a los cuales, entre la confusión, les metía un pequeño sobre de plástico o de papel manila con droga en las bolsas del pantalón, habían confesado ser adictos; cuantos hombres emborrachados hasta casi la congestión que terminaban confesando que ellos habían chocado el carro de algún funcionario; tantas y tantas historias salidas de la retorcida cabeza del sádico agente. Y ahora no podía, o no quería, creer la del pobre infeliz ese.

José Carlos sintió un delgado y tibio hilo de sangre bajar lentamente por su sien.

- ¡Ya le dije la verdad, carajo! - gritó José Carlos.

Matos le dio la rodeo a la pequeña mesa y se puso frente al muchacho que apenas estaba levantándose.

Lo miró con la misma furia y ganas de embestir que tiene un toro provocado por la capa roja de un torero.

- Jefe... - dijo uno de los oficiales temiendo que Matos perdiera, mas y definitivamente, los estribos- Tal vez sería mejor dejarlo. Que mañana, mas tranquilo nos diga la verdad. De todas formas no tenemos evidencia real de que él...

- ¡Yo me encargo de las evidencias!- gruñó Matos sin dejar de ver a José Carlos.

Se inclinó hasta donde su descomunal barriga se lo permitía, no mucho, y miró al joven que estaba hincado y con una mano tratando de detener la hemorragia, este lo miró directamente a los ojos.

- Mira muchacho - le dijo aspirando con dificultad- Existen opciones: que lo golpeaste por que lo atrapaste tirándose a tu novia, en tu cama; o que resultó que era maricón y se te insinuó; que los dos son maricones y que él muy imbécil te engañaba con otro maricón; que te picó en un antro con una jeringa con restos de sangre de un sidoso; que perdiste el control en una fiesta en la que estabas o muy borracho o muy pasado de polvos ¿cual eliges?- por cada opción, Matos acercaba el puño a la cara del joven y levantaba un dedo.

José Carlos desvió la mirada hacia una de las esquinas del cuarto; a una donde la luz de la pequeña lámpara colgante ya no llegaba.

- ¡Te estoy dando a escoger opciones mocoso de mierda! - gritó Matos y con trabajo descargó violentamente una patada sobre el joven. José Carlos sintió como la punta del zapato del agente se le enterraba en el vientre, después fue como si de la parte golpeada salieran hilos que lo hicieran contraerse dolorosamente.

- ¡Cálmese jefe! - dijo uno de los agentes, el mismo que había intentado calmarlo momentos antes.

Matos lo miró duramente. Y al trabajar tantos años con el agente Ernesto Matos uno aprendía que esa mirada era de cuestionamiento.

(¿Qué no te agrada como procedo maldito hijo de la gran puta? Si no, puedes irte ahorita mismo de esta delegación, y yo me encargaré de que no encuentres trabajo como oficial hasta que te caigas muerto de hambre ¿Qué, no te gusta como procedo?).

El agente tragó saliva y después, con la voz suave y preocupada dijo:

- Le puede hacer daño a su corazón.

Matos volvió a mirar al joven que se retorcía en el suelo.

- ¿Y bien? Yo ya te di opciones, escoge la que mas te plazca.... Pero antes, y por simple y sencilla curiosidad vuélvenos a contar, a los agentes y a mi tu historia, la que según Tú es la verdad ¿de acuerdo?

Tirado en el suelo José Carlos comenzó a recordar...

 

 

"... Había pasado ya año y medio buscando departamento hasta que por fin, después de esperar cada fin de semestre, dio con uno. Estaba harto de la pensión. Cuando estaba a punto de pagar otro mes en la casa en la que vivía, apareció el anuncio del departamento y era perfecto: a cuadra y media de la universidad, con todos los servicios y a un buen precio. José Carlos no lo pensó ni dos veces, en ese mismo momento salió disparado a ver el departamento sabiendo, desde antes de verlo, que le importaría muy poco las condiciones de este; el chiste de todo era salir de la apestosa pensión en la que sus padres lo habían metido con el ridículo eufemismo de "está a unos pasos de la universidad"... ¡Bah! Estupideces. Lo que sus padres en verdad deseaban era mantenerlo en un lugar donde lo recibieran a cierta hora de la noche - no muy tarde; por supuesto- , donde les dijeran "como se porta", donde le dieran una buena mirada a sus amistades, etc, etc y muchos etcéteras más. Cosas de padres, suponía José Carlos en sus ratos de exagerada sensatez.

Pero se había acabado.

Ni de loco esperaría los tres años que le faltaban a su hermano José Antonio, para terminar la preparatoria, y entonces tener su propio departamento y así zafarse un poco del yugo paterno.

Y lo primero que haría sería una fiesta. Oh si, una estruendosa con alcohol por todos lados y en la que pudiera terminar en la cama con Rosalilia, su compañera de carrera que tantas erecciones le provocaba. Sería genial.

Llegó al edificio y se topó con el primer problema: la puerta cerrada y la placa de timbres parecía funcionar tan bien como los primeros intentos de los hermanos Wright por volar. Tocó varias veces pero nadie acudía a la puerta. Sacó una moneda y la golpeó ligeramente contra el cuerpo de cristal de la entrada.

Nada.

Se sentó junto a la puerta, en la que alguna vez fungió como macetero para adornar la entrada del edificio; ahora solamente era un basurero ocasional. No llevaba el periódico pues no era necesario, recordaba los datos perfectamente: cerrada de la trece poniente 1304 departamento 101; era fácil de recordar teniendo la urgencia que él tenía por salirse de la pensión.

Pasaron diez minutos y José Carlos, medio desesperado, se levantó con la firme intención de tocar mas fuerte la puerta.

Y dio un respingo.

Detrás del sucio cristal estaba una mujer, de baja estatura, morena y demacrada; como si tuviera días de no dormir. Estaba viéndolo, con los ojos como los de una iguana acechada por depredadores. No sonrió, se limitó a seguir a José Carlos con la mirada. La mujer tenía el pelo de dos colores: las raíces blancas y lo demás de un castaño claro. Vestía pantalones azulmarinos y una blusa que, seguramente, en otro tiempo había sido blanca; encima de todo esto un delantal rojo con pequeñas motas blancas.

La mujer sacó unas llaves de su delantal ya abrió la puerta.

- ¿Se le ofrecía algo, joven?

José Carlos no pudo evitar ver las bolsas de piel que se le formaban debajo de los ojos; la mujer parecía uno de esos cadáveres sacados de una película barata de terror. Apartó su mirada de ese rostro demacrado y finalmente contestó.

- Sí. Venía a ver el departamento que están rentando.

La señora lo miró de pies a cabeza, como esperando encontrarle una arma de fuego o punzo-cortante. Preguntó si era el departamento 101 por el que José Carlos preguntaba. Este asintió ya sin prestarle mucha atención a la mujer, buscaba la ubicación del que, seguramente, sería su nuevo refugio de soltero.

La mirada de iguana de aquella mujer notó que los ojos de José Carlos peleaban por discernir entre la penumbra del edificio los números de cada departamento.

- El ciento uno está en el cuarto piso - dijo algo molesta la mujer.

José Carlos pensó que no había escuchado bien. Después de todo lo que creyó escuchar era realmente raro - por no decir ridículo- . Miró a la mujer como esperando ver que esta sonriera incapaz de seguir con esa broma que le estaba gastando.

- ¿Cómo dijo?

- Que el ciento uno está en cuarto piso. En este edificio la numeración está al revés.

La mujer se hizo a un lado y fue como si las sombras se movieran junto con ella. José Carlos pudo ver entonces los números.

Y era verdad. Estando en el primer piso los tres departamentos estaban numerados como el 401, 402, y 403. El 403 estaba al fondo, a espaldas de la mujer, le seguían en forma descendente el 402, enfrente, y el 401 aun lado, junto a la caja de medidores de luz.

- ¿Quiere verlo? - preguntó la mujer con un tono de voz neutro.

José Carlos veía la numeración de los departamentos de la planta baja y se preguntó de quién habría sido la idea de que estuvieran así.

La mujer insistió.

José Carlos salió de su estado de asombro y asintió.

Las escaleras estaban justo a mano derecha de la entrada. Una vieja manía infantil de José Carlos hizo que contara cada uno de los escalones mientras la mujer le decía algo que él no alcanzaba a entender. Cuarenta y cuatro escalones. Y eran agotadores. Finalmente llegaron a al cuarto piso, donde estaban del departamento del ciento uno al ciento uno al ciento cuatro. A diferencia del primer piso, ahí había un departamento mas; las puertas estaban una frente a la otra.

La mujer sacó un juego de llaves de su delantal y abrió las tres cerraduras de la vieja puerta de madera sintética que solamente lucía una chapa dorada, unos adornos metálicos del mismo color y la mirilla al centro en la parte superior, muy arriba. La puerta se abrió lentamente. José Carlos estaba ansioso por verlo.

Era grande. Con un espacio amplio al fondo para la sala y un pequeño comedor. La cocina era apenas un mero pasillo minimizado aún más por la estufa y la vieja barra de madera que parecía estar esperando que alguien estornudara para caerse hecha polilla; pero nada importaba. La alfombra de un verde opaco que guardaba varias manchas; algunas parecían de años, otras, en cambio, parecían tener apenas dos días. Algunas de esas manchas eran negras, como de aceite, otras grises y otras rojas.

La mujer entró caminado perezosamente. José Carlos se quedó unos instantes en la entrada; estaba planeando como acomodaría todo: sillones, televisión, todo. Incluso visualizó ese departamento con todos sus amigos bailando y bebiendo.

- ¿Quiere verlo por dentro o no? - preguntó secamente la mujer.

José Carlos salió de su fiesta imaginaria privada. La mujer estaba al fondo del departamento, donde se extendía un pequeño corredor que finalizaba en una pequeña puerta; a mano derecha estaban otras dos puertas más. La pequeña figura de esa mujer parecía fundirse con la penumbra de esa casa; o mas bien, como si la penumbra la recibiera gustosamente.

José Carlos asintió y dio dos pasos hacia adentro.

- Cierre, por favor la puerta - dijo la mujer mientras buscaba en su manojo de llaves la que debería ser la de la primera puerta. Desconcertado José Carlos recorrió sus propios pasos, tocó la puerta y comenzó a cerrarla.

Era raro.

Cuando estaban afuera del departamento, mientras la mujer buscaba, como ahora, las llaves, a José Carlos le había parecido que la mirilla estaba muy arriba, ahora estaba justo a la altura de sus ojos. Y lo más raro era que justo por donde estaba el ojillo para mirar hacia fuera, había una cruz hecha de madera muy delgada y con un listón azul amarrado al centro de esta.

Esto será lo primero que cambie, pensó José Carlos, qué ideas de ponerlo ahí.

Veía a la cruz mientras se seguía preguntando qué mente supersticiosa o fanática había puesto esa cruz ahí. No es que tuviera nada contra los signos religiosos. El era católico por protocolo, no le importaba mucho el hecho que hubiese cruces o imágenes en el departamento, pero definitivamente ese no era el lugar para una cruz. Se sintió con deseos de quitarla cruz en ese mismo instante, al fin y al cabo ese casi era ya su departamento. Levantó la mano, tomó la cruz de la parte superior y comenzó a jalarla . Estaba decidido a arrancarla; qué mas daba. La pondría en su cabecera o en algún rincón, donde fuera menos ahí.

La mujer le llamó: "¡Joven quiere ver el departamento o no!". Había gritado. José Carlos pareció despertar bruscamente de una pesadilla a mitad de la noche. Su respiración estaba agitada y había comenzado a sudar ligeramente.

- ¿ Perdón, que dice? - dijo ofuscado.

La mujer señaló la recamara y le preguntó si no quería verla. José Carlos asintió y fue hacia la mujer. Dejaría la cruz para después.

 

José Carlos no le dio gran importancia al cuarto; ese era ya su departamento. Lo sabía, lo sentía.

Después de que la mujer, Angelita, decía llamarse esta, le mostró las dos recamaras, el baño y cocina José Carlos fue directamente a la compañía arrendadora y en dos días tenía ya todos los requisitos cubiertos. Finalmente tenía un departamento para él sólo.

 

La mudanza fue cosa sencilla. Comenzó con pasar sus cosas habituales entre él mismo y con l ayuda de un amigo de la universidad. Para la cama televisión, y algunos muebles contrató a una pequeña camioneta de mudanzas, que dado la cercanía del lugar, no le cobró gran cosa. Finalmente todas sus cosas estaban ya regadas por el departamento y listas cada una para ocupar su lugar. Mario estaba tirado en la cama boca arriba mientras José Carlos acomodaba sus compactos y algunos libros. En sí, Mario no había ayudado a cargar lo mas pesado; todo lo contrario. Pero ahí estaba, reposando en la cama de su amigo como si él hubiese subido los cuatro pisos cargando la base de madera de la cama en la que estaba.

- ¿Y para cuando la fiesta Carlitos?

José Carlos estaba acomodando sus compactos; alfabéticamente, como siempre, como a él le gustaba. Ese era, tal vez, una de sus mayores fijaciones: sus cosas, las de él realmente, deberían estar acomodadas según como él lo quisiera. Según su experiencia, después de la fiestas no era la resaca lo que más dolía, sino el tener que acomodar todo tal y como estaban antes de. Volver a acomodar compactos, videos, el estero, libros, todo, eso era lo que realmente le fastidiaba.

- Pues la otra semana- dijo volteando hacia Mario rápidamente y regresando a sus compactos. Apenas estaba en la A, y entre Aerosmith y Alanis Morrisette la pequeña columna cuadrada iba creciendo.

- ¿Vas a invitar a todos?

- Pues... De hombres a casi todos. De mujeres esas sí, a toditas las del salón.

Mario se incorporó rápidamente. En su rostro había una sonrisa tan libidinosa y siniestra como la del Guasón a punto de quitarle la capucha a Batman.

- ¿Vas a invitar a Rosy, verdad, grandísimo hijo de mala madre?

José Carlos volteó con un reflejo de la sonrisa de Mario.

- ¡Pues claro! ¿Quién crees que va estrenar mi cama y mi cuarto?

- Y pues ya te tocará estrenar a ti. Ya sabes lo que dicen los compañeros. Rosalilia está intacta y sin experiencia.

- Y... esperando quien le enseñe. Como quien dice: yo.

- Y la niña muriéndose por ti. Eres un grandísimo cabrón suertudo.

- Lo sé, lo sé.

José Carlos regresó a sus compactos y Mario volvió a acostarse. Después de unos segundos sin decir nada, volteó a ver a José Carlos y le preguntó:

- Oye... ¿Y para mi qué?

- Pues lígate a Maya. Si quieres te presto el otro cuarto- dijo José Carlos sin voltear.

Mario soltó un "¡JA!" que resonó en todo el departamento.

- ¿Maya? ¡Sí como no! No me pides nada. Esa niña es casi, casi inalcanzable. Dudo mucho que quisiera perder, ella también, su virginidad, suponiendo que aun la tenga, conmigo. Además no sabría como abordarla, con eso de que solamente se tratar a putas, verás que una niña de esas se me hace bastante difícil.

- Pues inténtale. Qué pierdes. A lo mejor al calor del tequila siempre sí se deje.

- No lo sé. A lo mejor y como dices, al calor del tequila. Oye y qué no tienes vecinas aquí.

- No. Solamente este departamento y el de enfrente están ocupados; y el de enfrente es de un abogado, creo.

- ¿El 102? - preguntó Mario sonriendo.

José Carlos volteó.

- Sí, caramba, el 102. Pero que grandísima estupidez esta de poner la numeración al revés.

Mario quiso saber a que se debía la extraña numeración de los departamentos. José Carlos no lo sabía; no había querido cruzar muchas palabras con la lúgubre portera. Mario estuvo de acuerdo en que lúgubre era la palabra que mejor definía a la mujer que abría la puerta del edificio.

- Es como un Igorcito- aseveró Mario- Pero en mujer. Una Igorcita.

José Carlos soltó una risa y Mario le siguió.

Estuvieron acomodando cosas hasta que la poca luz de afuera indicaba la próxima llegada de la noche. Mario ayudaba a José Carlos a colgar ropa cuando le preguntó la hora. Eran las ocho y media de la noche.

- Ya me voy- dijo Mario- . Luego no hay combis para mi casa.

- Y dónde que vives hasta el quinto infierno.

Ambos salieron de la recamara. Mario tomó su mochila y se fue hacia la puerta.

- ¿Y esto? - dijo Mario cuando vio el crucifijo de papel en la puerta.

José Carlos se detuvo detrás de él, extrañado. La pregunta de Mario parecía haber sido hecha al departamento en sí, no para él. Incluso le pareció que las palabras se perdieran en el aire, o mas bien que las paredes se las tragaran. Es ridículo, pensó. Pero no estuvo muy seguro de su propio pensamiento. Además, estando ahí frente a la puerta, a José Carlos le pareció que la mirilla estaba más abajo; como a la altura de Mario.

Mario era mas bajo que José Carlos y más delgado. José Carlos tenía una constitución fuerte, producto de los años de lucha greco romana, desde la secundaria, hasta la prepa. Los brazos de Mario no formaban ni la mitad de uno de José Carlos; tenía una cara de niño que no le agradaba, por lo mismo se había dejado su bigote, que mas que aumentarle la edad, parecía una mancha del chocolate de las mañanas. Y aunque acostumbraba usar botas, Mario lucía mucho mas bajo que José Carlos.

Y ahí estaba la mirilla, con la cruz pegada, como si fuera un sello, a la altura de los ojos de Mario.

- Estaba ahí desde que llegué- dijo José Carlos finalmente. Y después pensó: Y no sé por qué demonios no la he quitado de allí..."

 

... Y sí, pensó José Carlos estando tirado en la sala de interrogatorios y siendo acribillado por la mirada dura de Matos y de sus agentes, esa fue á primera señal de que algo andaba mal. Y la ignoré... No, no la ignoré, muy por el contrario me extrañó, sabía que estaba mal, pero ellos, o eso, lo que quiera Dios que sea, fue lo que me hizo ignorarlo. Tal vez si Mario no hubiese....

 

"... Mario hizo lo que José Carlos no había hecho días antes. Tomó la cruz por la parte superior y la arrancó de un solo tirón. El ruido fue áspero y prolongado, como si la cruz se negara a ser arrancada de su lugar; como si protegiera algo, valioso o peligroso,

Y ahí estaba la mirilla.

Un ojillo circular de cristal que atravesaba la puerta.

Ahí estaba a la altura de los ojos de Mario.

Los dos se quedaron sin decir nada. A José Carlos le pareció una tontería en ese momento, pero le pareció que se sentía inseguro, por primera vez, en ese lugar. Como estar desnudo en una plaza llena de gente. Después de ese momento que pareció prolongarse por una eternidad, Mario se inclinó hacia la puerta y echó una mirada atravéz del ojillo circular.

Tronó la boca en un gesto de incredulidad.

- ¿Qué? - se apresuró a contestar José Carlos.

- Se ve en blanco y negro por esta mugre.

- ¿Cómo dices?- José Carlos estuvo a punto de empujar a Mario para comprobarlo.

- Sí, se ve en blanco y ne... ¿Pues no que no tenías vecinas?

José Carlos balbuceó algo sin sentido. Mario estaba bastante entretenido mirando a través de la mirilla; era como si su frente estuviera pegada a la puerta.

- Pues esta está... No guapa, hermosa, te lo juro- dijo Mario. Tronó la boca y dijo:- Se parece a Maya. Sino fuera por esta cosa que hace que las cosas estén en blanco y negro. Creo que hasta tiene los ojos azules igual que Maya.

- A de ser alguna visita del abogado.

- Pues chance y sí. Tiene cara de estar preocupada. Y no deja de mirar hacia la escalera- Mario guardó silencio, después su tono de voz se volvió serio, preocupado mas bien- . Oye creo que la vienen siguiendo o algo así. Parece desesperada.

- A ver déjame ver - José Carlos tuvo que empujar a Mario para poder ver. Se inclinó un poco y miró a través de la mirilla.

Era realmente hermosa. Aun y en blanco y negro. Era como esas actrices de la época de oro del cine. Pero no se parecía a Maya. Mas bien le daba un ligero parecido a Rosalilia. Su vestido era de esos largos hasta los tobillos, y con un gran escote; como esos que se usaban a principios de siglo. Llevaba un pañuelo tapándole parte de la cabeza, aun así su pelo negro brillaba ante la luz del foco de afuera. sobre su ropa llevaba un delantal, a José Carlos le pareció una lavandera o algo así. Su rostro afilado y sus grandes ojos marrón eran iguales a los de Rosalilia. Solamente que aquella mujer tenía la naríz respingada y delgada. Y en verdad estaba asustada. Su pecho se contraía agitadamente al ritmo de su respiración. Tocaba en la puerta del vecino y al mismo tiempo volteaba a ver por la escalera con los ojos abiertos al máximo, como esperando no ver aparecer nada por allí.

Tocaba frenéticamente a la puerta.

José Carlos entendió, sin saber por qué exactamente, que la mujer no buscaba, en si, al abogado. Buscaba refugio contra alguien que, por la mirada aterrorizada de ella, estaba cada vez mas cerca del cuarto piso.

Mario empujó bruscamente a José Carlos y miró hacia fuera. Era como un niño, próximo a entrar en la pubertad, que ha descubierto un agujero que da al baño de las niñas.

- No le abren - dijo y su voz sonó realmente angustiada.

Mario estaba fascinado con la mujer, su cuello largo y elegante; su naríz afilada y algo larga; sus labios delgados; sus ojos pequeños y expresivos; el nacimiento de sus senos a la vista gracias al escote; su cintura delgada enmarcada por el vestido y el delantal. Era perfecta.

De repente la mujer dejó de tocar en la puerta del vecino. Caminó en circulo desesperada. Finalmente se acercó a la puerta del departamento 103.

Mario la vio venir y sintió en el estómago un hueco del tamaño de una pelota de playa. Se hizo a un lado y tomó el picaporte de la puerta.

- ¿Qué haces? - preguntó José Carlos que miraba a Mario como si tuviera en sus manos una granada explosiva con el seguro retirado.

- Quiere entrar, hay que ayudarla. Enfrente no le abren.

- Pero...

José Carlos dio tres pasos atrás sin darse cuenta. Después le diría a Matos y a sus agentes que retrocedió inconscientemente el espacio necesario para que la puerta se abriera.

Mario comenzó a girar el picaporte.

José Carlos miró al suelo; no supo por qué, solamente lo hizo. Al ras del suelo, en el espacio entre este y la puerta, el foco de afuera formaba una pequeña barra de luz. Y desde ahí no se veía ninguna sombra. La mujer no podía estar frente del departamento.

No había sombra alguna.

¿Es que no había nadie afuera?

¿Y lo que Mario estaba viendo?

Pero Mario la había visto dirigirse hacia la puerta del departamento, entonces...

La puerta se comenzó a abrir.

- ¡Espera Mario! - le dijo José Carlos. Pero Mario pareció no haber escuchado nada.

La puerta se abrió.

Y no había nadie afuera.

Sin embargo, tanto Mario como José Carlos sintieron un ráfaga de aire frío que se colaba hacia adentro del departamento. Ninguno de los dos estuvo seguro en ese momento, pero después en la sala apestosa del interrogatorios, José Carlos diría que la ráfaga de aire no los golpeó directamente en la cara, sino que pasó de largo; como si alguien pasara rápidamente, corriendo tal vez, a lado de los dos muchachos.

Ambos jóvenes se miraron intrigados. Mario se asomó y después salió del departamento esperando encontrar a aquella mujer en las escaleras. José Carlos salió también cuidando que la puerta no se cerrara; su amigo estaba en dos escalones abajo espiando hacia el piso inferior. José Carlos se encaminó hacia la escalera que daba a la azotea pero no encontró nada. Ambos se miraron de nuevo pero ninguno dijo nada.

Dejaron pasar el incidente; ya habría mucho tiempo para platicar de eso. eso creían ellos.

Mario se fue y José Carlos se quedó solo en su nuevo departamento. Terminó de sacar unas cosas, mas no acabó esa noche. Dejó libres los espacios en el closet para guardar cajas y maletas. Antes de dormir aseguró la puerta de la entrada y..."

 

- Me fijé bien esa vez - dijo el joven y el agente Matos miraba con atención y escrutinio cada uno de sus gestos- . La mirilla estaba a la altura de mis ojos. Se lo juro. Incluso toqué con las yemas de mis dedos alrededor de esta esperando..., esperando... No se, tal vez como rendijas o algo así. Pero no había nada. Yo dudé en ese momento, estaba seguro de que había visto esa mirilla en distintas posiciones, pero como ya se lo dije algo me hizo dudar y terminó por convencerme...

 

"... Tonterías, pensó y finalmente le echó llave a la puerta y se fue a dormir.

Esa noche José Carlos durmió como nunca. Estando en la sala de interrogatorios, con el agente Matos, diría que en un principio le extrañó pues el siempre había sido de sueño ligero. También diría que entre sueños escuchó ruidos en su cuarto, pero por mas esfuerzos que hizo por despertar no pudo hacerlo.

A la mañana siguiente José Carlos se levantó a las ocho de la mañana y se comenzó a alistar para irse a la universidad. Todo fue normal hasta antes de que se metiera a bañar. Una de las ventajas de vivir solo era poder poner música en momento que él quisiera y al volumen que quisiera. Ese iba a ser el primer día en que armaría escándalo desde temprano, oh sí. Tenía una colección de casi ciento veinte compactos, mucho material de donde elegir. Esa mañana comenzaría con algo que le fuera dando fama en el edificio, así que Aerosmith le pareció la mejor opción. Se acercó al mueble donde había colocado su colección, su componente y algunos libros y comenzó a buscar.

Su sorpresa fue mayúscula.

Sus compactos estaban acomodados de distinta manera. Al revés.

Todos los discos de artistas que comenzaban con A estaban hasta el final.

José Carlos se alarmó. Lo primero que le vino a la mente era que alguien se hubiera metido al departamento; aunque sería ridículo que metiéndose alguien se hubiera puesto a jugar en vez de llevarse todo. Revisó todas sus cosas y nada faltaba. El pasador de la puerta y el seguro - y la mirilla- , estaban tal cual los había dejado la noche anterior. Se quedó parado frente a su colección de compactos, viéndolos, tratando de encontrar una respuesta lógica de qué podía a ver pasado. Lo único que atinó a pensar, y que era una verdadera locura, fue que se estaba volviendo sonámbulo, y que esto junto con su manía de mantener todo ordenado había hecho que se parara a media madrugada a volver a acomodar todo nuevamente.

La explicación no lo dejó muy convencido y sin mas se metió al baño.

Y mientras se bañaba tuvo la fuerte sensación de que lo espiaban. Incluso mientras se enjuagaba el cabello le pareció ver un rostro que se asomaba por la cortina del baño y lo miraba. Específicamente le miraba los genitales. Tal fue la impresión que lo primero que hizo fue cubrirse sus bajos como si de verdad alguien lo estuviera observando.

Procuró tranquilizarse y seguir con su rutina.

Aquel día estuvo tranquilo. Se la pasó casi todo el tiempo en la universidad. Se encontró a Mario en una clase, este no le hizo comentario alguno acerca de lo del día anterior. Después comenzó a correr la voz de su nuevo departamento y, junto con otros amigos, comenzó a organizar la fiesta. La idea de la fiesta les agradó todos y en especial a Rosalilia que no dejaba de mirar a José Carlos con una sonrisa en el rostro.

 

De piel blanca y ojos marrón, expresivos, con una cara de niña hermosa que la hacía lucir, realmente, como una niña pequeña, Rosalilia había sido del agrado de José Carlos desde el primer día de universidad. Le habían encantado sus ojos y su pequeña y fina boca, su cuello que, por alguna razón, era de esos que en cuanto se ven dan ganas de besarlo. Claro que la pequeña cintura también era del agrado de José Carlos, así, aun mas, sus pechos medianos pero voluminosos eran muy agradables a la vista, y ni que decir de sus redondas y bien formadas caderas.

Y ella no se portaba indiferente con él. Eso era notorio.

El plan quedó armado y la fecha de la fiesta quedó marcada para el viernes de esa semana. Todos los amigos de José Carlos, y él mismo, estaban muy emocionados. Nadie se podía atrever a imaginar que, para el miércoles de esa misma semana José Carlos estaría rindiendo declaración, de lo que pareciera una locura, ante un agente malhumorado.

Esa noche José Carlos cayó en su cama tan agotado como en los días en que entrenaba lucha grecorromana desde las cuatro de la tarde hasta las siete y media de la noche. Tenía la firme intención de terminar de acomodar todas sus cosas, pero estaba tan agotado que lo único que atinó a hacer fue a sacar todas las cosas de sus maletas y cajas restantes y dejar estas tiradas enfrente del closet donde irían acomodados. Cerró los ojos con la imagen de Rosalilia enfundada en unos pantalones a cuadros que, según él, le hacían lucir más su trasero, y con esa sonrisa de niña inocente. No recordó cuando perdió el conocimiento en la cama. Sin embargo, esa noche soñó, o al menos eso pensó él al principio, y aunque al día siguiente todos sus recuerdos eran borrosos, poco a poco fue recordando todos los detalles.

José Carlos no abrió los ojos inmediatamente. Al fin de cuentas era sólo un sueño. Eso creyó en ese momento.

Pudo sentir como alguien se apoyaba en su cama, junto a sus pies. Dos brazos y unas manos hundiéndose en el colchón. Después como subía su rodillas a la cama lentamente, como si no quisiera despertarlo; pero José Carlos era conciente, o al menos lo era de que estaba en ese estado en el que no se está ni totalmente dormido, ni totalmente despierto. Entre sueños, diría su papá. Y en ese estado, él sabía que ese alguien que se estaba subiendo su cama era una mujer y estaba desnuda. Él estaba destapado, aunque estaba seguro que antes de dormir se había tapado hasta la barbilla. Solamente llevaba unos boxers verdes; su cuerpo, marcado por los años de deporte, estaba al aire libre. Sintió como aquella mujer le rozaba las piernas con sus rodillas, como le acariciaba suavemente sus piernas libres de vello. Las manos de la mujer tocaban todo el cuerpo de José Carlos, le tocaba el abdomen como queriéndose asegurar que tan duro estaba, después su pecho. Finalmente le acarició la cara en un gesto que parecía que ella no podía creer que el viril joven que estaba en la cama fuera real. Le pasó sus dedos por los labios y José Carlos los besó. Los dedos de la mujer estaban helados, al igual que todo su cuerpo. No sentía calor corporal, sino frío. Era como si la ventana estuviera abierta y una fina ráfaga del viento de la madrugada se metiera y lo acariciara. La mano de la mujer pasó rápidamente, de su cara hacia el resorte de sus boxers. Jugó un rato con la parte elástica d e la prenda y después se metió debajo de esta. Le acarició el vello púbico y esto fue suficiente para que José Carlos se excitara. Ella le tomó el miembro erecto y él no pudo evitar emitir un gemido. A pesar de que la mano de la mujer estaba fría, la erección no se menguó en ningún momento. José Carlos sintió como le apretaba el falo de manera delicada y como comenzaba a subir y a bajar. La mano apretaba deliciosamente y a ratos soltaba el pene para acariciarle los testículos que ya estaban pegados a su cuerpo. Ella se acostó sobre él. Y él pudo olerla. Era un aroma parecido al de la tierra mojada después de una calurosa tarde de verano; sin embargo, tenía un dejo a humedad que sobresalía por el aroma a tierra empapada por el rocío. Y ese olor era persistente, en algún momento pareció que la humedad cambiaba por el olor de algo podrido.

José Carlos pudo sentir los pechos redondos y grandes de la mujer, sus pezones pequeños y duros por la excitación pegados a su cuerpo. Las bocas se encontraron y las lenguas comenzaron a pelear entre ellas. José Carlos buscó el sexo de ella y lo encontró rápidamente; era un camino que él ya conocía. Estaba húmedo; a pesar de la frialdad de esa mujer, él podía sentir la humedad lubricante proveniente del más sensible de sus interiores. Ella le soltó los genitales y le quitó el boxer. Se puso sobre él, le agarró de nuevo el pene para dirigirlo bien y comenzó a bajar poco a poco. Un gemido más. José Carlos sintió como ella se hacía penetrar lenta y cuidadosamente como si se tratara de una disección. Ella gimió también; él no la escuchó, pero lo supo. Y ella comenzó a moverse. José Carlos llevó sus manos a los senos de ella y comenzó a acariciarlos. Ella le tomó las manos y fue dirigiendo el ritmo de las manos de él. Se movía despacio, gozando cada fricción del pene dentro de ella. José Carlos dejaba por ratos sus senos y se iba a las nalgas; duras y bien formadas; como las de Rosalilia. Ella gemía a la par de que aumentaba el ritmo.

José Carlos abrió los ojos con el temor de que aquel sueño húmedo desapareciera.

Pero no ocurrió.

Era Rosalilia quien estaba encima de él moviéndose rítmicamente y disfrutando la penetración. Su pequeña boca estaba ligeramente abierta. José Carlos podía ver las vaharadas que le salían y se perdían en la penumbra del cuarto. Hasta entonces él fue conciente de que la temperatura en el cuarto había disminuido, él también veía su propio vaho salir y desaparecer. Y hasta entonces fu conciente de que a pesar de la oscuridad podía ver a la mujer que estaba encima de él. José Carlos llevó sus manos al rostro de ella y lo acercó al de él. La besó y cambió de posición. Llevó, nuevamente, sus manos a las nalgas de ella y la levantó. La puso debajo, apoyó sus manos a los costados de la mujer y esa vez, él comenzó a moverse. Ella cerró los ojos y abrió mas la boca; se arqueó levantando sus largo y hermoso cuello. José Carlos no se resistió y se acercó a besarlo. Estaba frío pero no le importó.

- Rosalilia- le murmuró al oído.

Ella dijo algo, pero José Carlos no le escuchó.

José Carlos comenzó a moverse más rápido y ella comenzó a gemir más y más. Rosalilia, o la mujer que se parecía a ella, lo abrazó y lo apretó, José Carlos pudo sentir como el orgasmo explotaba haciéndola casi gritar y mojándolo a él. La mujer lo arañó en la espalda. José Carlos pudo sentir las uñas hundiéndose bruscamente en la piel.

Ella murmuró algo.

Pero José Carlos no escuchó, estaba concentrado en llegar a su propio orgasmo. Ella volvió a decir algo.

Y sonó una voz que inundó el cuarto.

No fue la voz de Rosalilia. Fue una voz desconocida. Fue una voz cansada, que en tan sólo una frase pareció quebrarse cientos de veces; como la voz de una anciana enferma de gravedad. Una voz rasposa como si la garganta de esa mujer estuviera reseca casi hasta cerrarse e impedirle decir nada.

Y esa vez José Carlos sí pudo escucharla.

- No lo dejes entrar- dijo esa voz que pareció salir de todos los rincones y entrar por todo los poros del joven.

José Carlos se levantó intrigado. ¿Qué no deje entrar quién?, eso hubiese preguntado de haber podido. Pero un grito salido desde lo mas profundo de ser le ganó por la garganta.

Aquella no era Rosalilia. Cuando José Carlos se levantó lo que vio fue la mitad del rostro, la mitad con piel, arrugado, lleno de llagas que supuraban un liquido viscoso que salía casi a presión. De ese lado no tenía el ojo, lo que había ahí era sangre negra ya coagulada. La piel de la frente estaba fragmentada en varios pedazos como si fuera una pared de roca a punto de volverse polvo. El cabello era blanco, pero de ninguna manera eran canas. Las canas brillan denotando vida adulta. Los largos cabellos de la mujer lucían sin vida, casi a punto de deshacerse. La otra mitad del rostro estaba desgarrado. De la naríz hacia abajo podía ver la carne viva del rostro, algunos músculos desmembrados y sangre saliéndole como si fuese una catarata. No había boca, al igual que la demás piel había sido arrancada. José Carlos vio que no todos los dientes y lo pocos que quedaban estaban podridos o desgastados. En la frente no había piel, lo que estaba ahí era el cráneo blanco y estaba partido; varias estrías se extendían a lo largo y ancho, y muchas se perdían en la mitad donde sí había piel. Y en esa mitad sí tenía ojo, uno grande con un derrame de un líquido amarillo que lo cubría, pero aún así se podía ver bien su pupila grande y con el iris dilatado como el de un gato. Y ese ojo miraba escalofriantemente a José Carlos; no se movía, se mantenía fijo en él.

José Carlos se levantó y pudo ver que el cuerpo de la mujer estaba lleno de arrugas y llagas purulentas. No tenía un seno, en su lugar había un hueco rojo del que salían varias venas delgadas; se lo habían arrancado también. En todo el cuerpo tenía heridas, muchas de ellas tenían la forma de un siete invertido, y de estas salían y entraban gusanos.

José Carlos quiso separarse pero los brazos de esa espectral imagen lo tomaron por el cuello.

Al igual que con el rostro, un brazo tenía piel, carcomida y con la apariencia de estar a punto de desquebrajarse; y del otro había sido arrancada. Con ese brazo, el que estaba con la carne viva, la mujer le pasó la mano a José Carlos por los labios. Con horror él vio que tres de sus dedos eran los huesos bañados por el rojo de la sangre.

- No lo dejes entrar- volvió a sonar la voz.

Y ahogado en un grito José Carlos despertó.

Estaba bañado en sudor y su respiración era agitada; como si acabara de correr las quinientas millas. José Carlos se llevó ambas manos extendidas a la cara. Su cabello, al igual que al estar rindiendo su "declaración oficial", se le pegaba en la frente y en la nuca. Tardó unos minutos así. Después, aún temeroso, apartó sus manos de su sudorosa cara y abrió los ojos.

Era ya de día. La luz del sol se intentaba colar a través de la ventana que estaba aun lado de su cama. Eran las ocho y media de la mañana.

Fue una pesadilla, pensó en el mismo instante en que la imagen de ese rostro con la mitad de piel cercenada le vino de golpe a la memoria, eso fue una jodida pesadilla. Se levantó y se fue al baño. Tanta fue su urgencia por olvidar la supuesta pesadilla que no notó que en su cama, junto al espacio donde dormía él, tanto la almohada, como las sabanas estaban arrugadas, sumidas, como si alguien hubiera dormido a lado de José Carlos. Se fue al baño a orinar.

Casi lo esperaba ver.

Al fin y al cabo, antes de convertirse en una pesadilla, había sido un sueño húmedo.

En sus boxers y en su glande había restos de semen. La tela había absorbido buena parte; pero en la piel, los rastros lechosos eran notorios. José Carlos orinó y, cosa que no hacía nunca, se limpió el glande. Corrió las cortinas del baño y abrió la llave del agua caliente. Volteó y ante su propia imagen en el espejo dio un respingo que lo hizo dar un paso atrás y, por poco, casi lo hace caer..."

 

- En mi cara, en mi boca, justo donde en mi sueño aquella aparición me había pasado su mano descarnada hasta los huesos, ahí había una marca de sangre, ¿me entiende? De sangre, eso no había sido una pesadilla- la voz de José Carlos había terminado por quebrarse y algunas lágrimas lo traicionaron recorriendo sus mejillas.

Matos lo miraba atento y ya no se burlaba del pobre muchacho ¿Sería posible que en verdad estuviera diciendo la verdad? ¡Por Dios claro que no! Lo que ocurría es que el muy cabrón era un actor excelente, eso era lo que pasaba en realidad. Es mas, era tan buen actor que lo había llegado a conmover. Ese era el resultado de la crianza de mocosos a lado del televisor: actorcillos en potencia que solamente tenían que interpretar la historia que les dieran o inventarla, vivirla y así engañar a cualquiera. ¡Qué mierda!

- Después de que casi me caigo - continuo el muchacho entre sollozos - , me acordé de otra cosa. Traté de calmarme y...

 

"... Se miró al espejo y se dio la vuelta. Después giró su cabeza todo lo que podía, lo suficiente para ver su espalda reflejada en el cristal.

Ahí estaban las delgadas zanjas de sangre coagulada en su espalda. Diez. Cinco por cada uno de sus omóplatos. Había estado esa noche con alguien, había tenido relaciones con alguien; con esa cosa que le pidió algo que aun no alcanzaba a entender.

No lo dejes entrar. Eso había dicho antes de perder la imagen de Rosalilia y convertirse en... eso que se había convertido.

Algo estaba mal.

Y estando aun mirándose la espalda entendió que algo había entrado a su departamento la noche anterior, cuando Mario abrió la puerta y esa ráfaga de aire frío los había golpeado a los dos. Pero... ¿un fantasma? Por Dios ya estaba lo suficientemente grandecito como para andar creyendo en fantasmas o apariciones; pero de no ser e so entonces ¿qué?

Ya no se bañó. Se puso una gorra y la misma ropa del día anterior, y salió a la universidad. No entró a todas sus clases. Espero a Mario a la primera y este no llegó. Fue hasta la tercer hora de clases que apareció y José Carlos lo llamó antes de que entrara al salón. Lo tomó del codo y lo jaló hacia fuera del aula sin decirle nada. Cuando José Carlos se aseguró de que nadie los escuchaba comenzó a hablar.

- Algo entró ayer - le dijo José Carlos a Mario, este veía a su amigo pálido y demacrado.

- ¿Qué dices? José Carlos ya te viste al espejo traes una carita de no haber podido dormir en toda la puta noche.

- Es que no creo haber podido dormir.

Mario frunció el ceño y después sonrió libidinosamente.

- Tuviste visita nocturna, verdad, grandísimo cabrón ¿Quién fue, ahora?

José Carlos volteó nervioso. No quería que nadie los viera.

- Sí. Tuve visita nocturna pero no fue cómo lo estas pensando.

- ¿De que carambas estas hablando, José Carlos, no te entiendo?

José Carlos le pidió a Mario que no entrara a clases y que lo acompañara a su departamento. En un principio Mario se negó, pero basto de muy poca insistencia por parte de su amigo para convencerlo y que ambos salieran de la universidad.

Llegaron al departamento y José Carlos le contó todo; desde el asunto de los compactos desacomodados hasta el sueño. Y conforme fue narrándole el sueño, el propio José Carlos fue recordando varios detalles.

Después de media hora Mario veía a José Carlos como si este fuera un bicho raro. José Carlos se molestó. A fin de cuentas quien había dejado entrara lo que fuera, había sido Mario. Discutieron durante una hora y media. Mario estaba seguro de que todo había sido un sueño húmedo, de esos que valen la pena platicar. Incluso, cuando José Carlos le mostró los rasguños en su espalda, Mario seguía pensando que había sido una de las tantas admiradoras de José Carlos la que le había hecho eso. Mario admiraba a su amigo y no podía dejar de sentir un diminuto halo de envidia. Desde que se habían conocido, en el primer semestre de la universidad, Mario no sabía de mujer alguna que se le hubiese escapado a José Carlos. Era increíble su facilidad d e palabra. En un momento la veía platicando con él, y al momento siguiente ya se estaban besando; al poco tiempo ya no estaba. Y siempre guardaba recuerdos: sostenes, bragas- muchas bragas, de hecho- , fotos, notitas con mensajes de agradecimiento por la fabulosa noche, etc, etc. Mario por su lado si alcanzaba a tener tres noches de pasión en el año era ya bastante. Pero, aun así, se conformaba.

Pero ese día, a pesar de que tenía las marcas, literalmente hablando, de haber tenido una larga y salvaje noche, estaba como loco. Decía cosas sin sentido e insinuaba cosas peores.

- Bueno - dijo Mario, finalmente - , ¿y que quieres que yo haga?

José Carlos lo miró duramente.

¿Es que no entiendes?

¿Es tan difícil de entender?

- Tú - le dijo señalándolo - . Tú la dejaste entrar. Tú tienes que sacarla.

- José Carlos, estas loco o qué demonios te pasa. Estas hablando de fantasmas ¿te das cuenta, verdad? ¡No me jodas, por Dios!

- ¡Puta madre! Me cambió el orden de mis discos; y tú estabas aquí cuando ,los acomodé. Tuve relaciones con ella ayer, eyaculé; la sentí; y ella me sintió a mi. ¿Qué más quieres? ¿fotos? ¿muestras de semen?

Mario no dijo nada y, por simple amistad, terminó por hacerle caso.

- ¿Entonces? - dijo Mario encogiendo los hombros.

- Quiero que te quedes aquí hasta la noche. Más o menos a la hora a la que entró.

- Ahá y qué le digo después: Fantasma que violaste ayer a mi ¡amigo sal de aquí! ¡yo te lo ordeno por el poder que me confiere la iglesia!... no me jodas José Carlos, si yo soy Mormón.

- ¡Ya lo se, Mario, ya lo se! Pero de alguna manera se tiene que salir. No puedo vivir con... "algo" como eso, que me cambie los lugares de mis cosas y que cuando se le antoje tenga relaciones conmigo.

Mario suspiró y ya no dijo nada. Miró a su amigo y asintió.

Sin más que decir, ambos esperaron a que llegara la noche..."

 

- Y fue entonces cuando pasó - interrumpió el agente Matos de repente.

José Carlos movió la cabeza afirmativamente. Los demás agentes lo observaban atentos; era como si mas de uno, en un lugar muy lejano de su interior, comenzara a creerle.

- Esa misma noche- siguió Matos- ¿Y sí salió?

- No - respondió el joven sombríamente- . No salió- las tibias lágrimas formaron un arco al atravesar, nuevamente, las mejillas de José Carlos- . Usted no me creé, agente, pero ese edificio está mal; desde sus simientes, hasta el último enrejado de la azotea. No fue sólo un fantasma, o dos. Creo que todo un canal de esa energía circula por ahí tan tranquilamente como el los vagones del tren sobre las vías. Por favor, créame.

Matos miró a José Carlos por primera vez con compasión; con duda...

 

"...Estaban los dos en la puerta.

Nuevamente la mirilla estaba ala altura de Mario.

- Este es otro detalle - le explicó José Carlos a Mario lo de la mirilla se había movido de arriba hacia debajo dependiendo de la altura de el que finalmente mirara a través de ella- . Además cuando quitaste la cruz de papel ¿no sentiste algo raro?

Mario no dijo nada. La verdad era que, ese día, había tenido la necesidad de arrancar la cruz; como si esta fuera algo que lo incomodara de sobremanera. Él era mormón, pero siempre había demostrado un gran respeto por otras creencias. No criticaba a menos que se sintiera criticado. Y casi siempre buscaba darle la vuelta a ese tipo de platicas que nunca terminaban en nada bueno.

José Carlos le dijo a Mario que él había sentido tremendas ganas de arrancar la cruz; igual que él.

Mario miró aprensivamente a su amigo. Después, y ya harto de todo eso le dijo:

- Bueno y qué se supone que vamos a hacer. ¿Nada mas abrir la puerta y decirle que se largue, o qué?

José Carlos dio un suspiro. Finalmente Mario tenía razón. ¿Cómo podía hacer que ese fantasma, espíritu, espectro, o lo que quiera que fuera, saliera de allí? nunca antes había creído en cosas de esas y ahora resultaba que tenía que hacer una especie de exorcismo.

Finalmente José Carlos asintió. Sí, eso era lo que harían: abrirían la puerta e invitarían a esa presencia a que saliera. De ser necesario cerrarían la puerta estando ellos por fuera y mirarían hacia adentro por la mirilla, esperando que el efecto se invirtiera.

Y así lo hicieron, o al menos lo intentaron.

Primero José Carlos le pidió a Mario que mirara hacia fuera por el ojillo. Este lo hizo. Igual todo, en blanco y negro, ahí afuera no había nada. Los dos se miraron por unos minutos y después José Carlos señaló la perilla. Mario, no supo por qué, pero tragó saliva y llevó su mano derecha a la puerta. Agarró la perilla y, sin estar muy seguro, comenzó a hacerla girar. Con la mirada José Carlos alentó a su amigo para que abriera la puerta de una vez por todas.

La perilla llegó hasta su límite y Mario comenzó a jalar la puerta hacia sí.

La puerta comenzó a abrirse lentamente.

José Carlos miró molesto a Mario. Ultimadamente, si no había creído nada de lo que le había dicho, por qué se ponía tan reacio para abrir. La luz del pasillo de afuera se coló en el departamento, primero como un delgado haz de luz, y después fue creciendo poco a poco. Mario ya había abierto la puerta casi hasta la mitad.

Repentinamente los dos pudieron sentir esa misma corriente fría de aire; esa que se había colado hacia adentro la noche anterior. Pero esta vez el golpe de aire les llegó por detrás, y con una fuerza tremenda cerró la puerta.

Mario quitó la mano de la perilla como si de repente se hubiera dado cuenta que estaba sosteniendo un alacrán. Miró a su amigo, intentó decir algo pero nada salió de su boca. José Carlos tampoco decía nada, en el momento en que la corriente de aire pasó por detrás de él, pudo volver a escuchar esa voz cansada. ¡No lo dejes entrar! Le había gritado; la voz retumbó en su cabeza como el eco en una caverna. Y esa vez había sonado grave, con mas miedo que el que los dos amigos tenían.

Repentinamente José Carlos llevó ambas manos a la perilla. Estaba enojado. La giró e intentó abrir la puerta, pero esta no cedió; era como si estuviera asegurada por fuera. Mario se asomó de nuevo por la mirilla. El joven maldecía y casi gritaba que nadie lo dejaría ahí encerrado. Mario asustado intentó hacer o decir algo, pero José Carlos estaba ensimismado, colérico.

José Carlos usaba todo el peso de su cuerpo para intentar abrir la puerta. Estaba tan iracundo que no escuchó que Mario le habló, dijo algo, pero José Carlos ni siquiera lo notó. José Carlos maldecía una y otra vez. Maldecía a alguien. Después, en las declaraciones previas a la investigación, los vecinos dirían que el nuevo inquilino no dejaba de maldecir y gritarle al otro joven que estaba con él.

José Carlos sintió la mano de Mario en su hombro.

Finalmente volteó.

Mario estaba pálido. Sus ojos se habían vuelto vidriosos y de ellos salía un brillo de algo muy parecido al miedo. José Carlos dejó la puerta por la paz. La mirada crispada de su amigo le pusieron los pelos de punta. Le preguntó qué era lo que le ocurría. Mario tardó unos segundos en contestar, como si e costara trabajo hablar, y cuando finalmente pudo hablara tartamudeó. José Carlos le dijo que se calmara y que le dijera. El miedo que irradiaban los ojos de Mario se había colado hasta la médula de José Carlos; él ya estaba desesperado, su amigo parecía estar en trance.

Con trabajo Mario habló.

- Afuera hay algo.

José Carlos lo miró inquisitivamente. No le dijo nada.

- No, no se si es humano o no, pero... Parece humano pero...

Mario balbuceaba como un bebé. Nuevamente sus palabras perdieron toda cohesión.

José Carlos intentó ver a través de la mirilla pero Mario lo detuvo con la mano.

- ¡No! - le gritó desesperado - ¡No te asomes, el puede verte!

Se miraron. José Carlos tuvo la imperiosa necesidad de darle un golpe a su amigo. Muy en sus adentros se formo una risa histérica que buscaba una forma de salir.

¡Dios! esto es de locos. Pensó mientras veía como Mario tapaba la mirilla con la mano, como si fuera un niño pequeño que no quiere que le quiten su juguete favorito.

Después, en su declaración, José Carlos le diría al agente Matos y a los demás que nunca supo porqué dio dos pasos hacia adentro del departamento. Tampoco supo que fue lo que lo orilló a ver hacia debajo de la puerta, entre esta y el piso.

Y ahí había una sombra moviéndose.

Alguien estaba afuera del departamento.

José Carlos y Mario se miraron.

La risa histérica de José Carlos se esfumó sin poder salir. En su lugar un creciente halo de furia comenzó a subir desde su estómago hasta su cabeza..."

 

- Y fue en ese momento. No sé por qué exactamente lo hice, pero lo hice.

Matos dio un profundo suspiro. Su anterior compasión por el joven se había disipado tan rápido como se había formado.

- ¿Cómo que no sabes? ¡Carajo! Lo golpeaste hasta dejarlo con una pata en este mundo y la otra en el más allá.

- ¡Eso no es cierto! - gritó el joven y su voz pareció no encontrar ningún recoveco en la sala por el cual pudiera salir- En ese momento yo sentí una gran furia; no sé por qué, pero así fue. Y no lo golpeé. Lo juro por Dios. no lo golpeé.

- ¿Y por qué sentiste eso? - preguntó interesado uno de los agentes detrás de Matos.

José Carlos lo miró por detrás del hombro del enorme agente.

- Ese edificio - dijo y le tembló la voz - . Creo que es un enorme canal por donde circulan varias energías movidas por sentimientos... malos. Creo que lo que me sucedió fue que el ente de afuera me transmitió parte de su ira, de su frustración; me usó como vehículo para encontrar lo que andaba buscando.

- ¿Está usted a gusto con la explicación agente Rodríguez? Caramba lo está convenciendo, ¿verdad? - se burló Matos sin dejar de mirar a José Carlos. ¿Y entonces qué fue lo que hiciste, muchacho?

José Carlos cerró los ojos.

- Yo, yo...

 

"... José Carlos agarró a Mario de la camisa, giró sobre sus talones y lo arrojó lejos de la puerta.

Mario se azotó de espaldas y aun se arrastró unos centímetros por la alfombra. Aun así no le quitó la mirada de encima a su amigo. Aun y con el aturdimiento Mario se puso de pie casi inmediatamente de que su recorrido por la alfombra terminara.

José Carlos tomó la perilla y la giró.

Mario ya estaba cerca de él, no debía abrir la puerta, no debía.

Pero de un jalón, José Carlos abrió la puerta.

- ¡NO! - gritó Mario al momento en que empujaba bruscamente a su amigo.

Pero, lo que quiera que estuviera afuera entró al departamento.

Y se ensañó con Mario con furia. Una furia que se podía sentir; casi se podía oler. Era como si el edificio entero transpirara ira a través de sus paredes viejas y enmohecidas.

La furia que José Carlos había experimentado momentos atrás se disipó dando paso a un gélido horror que le escaló desde la base de la columna vertebral hasta el cerebro, sacudiéndole su coherencia y salud mental; lo sacudió como si fuera una descarga de energía eléctrica. Y ese horror era real; más real, aun, que la furia de unos momentos atrás. Mario era sacudido por esa fuerza. Parecía como si sufriera de ataques epilépticos. José Carlos pudo verle los ojos, a pesar de que el vaivén involuntario de su cuerpo hacía que su figura se difuminara, como si varios Marios se movieran coordinadamente hacia atrás y adelante, de lado a lado, rompiendo flexiones y trozando huesos.

(¡Crack, crack,crack..., crash!).

Y Mario gritaba desesperadamente.

(¡AAAAHHH! ¡AAAAYYYYY! ¡AAYYUUUDD... AYUDAMEEEE).

José Carlos entendió que Mario podía ver a su atacante. En los ojos del muchacho se reflejaba el terror ante lo que él sólo podía ver.

Y mientras el cuerpo de Mario se contorcionaba sin respeto alguno a la anatomía normal de un ser humano, José Carlos pudo escuchar una voz. Una voz áspera y cascada; como si proviniera de las entrañas de un enorme y lóbrego abismo; uno donde la luz del sol no tiene la fuerza suficiente para penetrar en él. Un abismo donde todo lo que vive está corrompido y destinado a corromper.

< ¿Donde está? ¡Dime donde está! >

José Carlos logró levantarse. Pensó en salir pero..."

 

- No sé por que no salí en ese momento. En vez de eso y a pesar de que aun no sentía mis piernas, me acerqué a Mario como pude. Lo agarré por las espaldas y pude sentir los tirones que esa... fuerza le estaba dando; pude sentir su aliento podrido, lo pude ver como vaho verdoso que salía de ninguna parte, golpeaba a Mario en el rostro y lo pasaba dirigiéndose hacia mi.

- Y en ese momento lo sacaste a empujones de tu departamento y lo azotaste contra la pared de enfrente- puntualizó Matos- . Cuando saliste todos los vecinos ya estaban en la escalera viendo que demonios era lo que pasaba.

José Carlos movió la cabeza afirmativamente sin muchas ganas.

- Y - continuó el enorme agente - casualmente en ese momento aquella... fuerza, aparición, lo que madres haya sido, dejó en paz a tu amigo.

Sí. Y se metió al departamento y cerró la puerta

, pensó José Carlos. Intentó decirlo pero la risa del agente Matos se estrellaba contra las paredes del apestoso cuarto de interrogatorios.

Y ella alcanzó a salir

. Pensó el joven mientras miraba como el enorme estómago del agente se sacudía preso de las carcajadas.

El obeso agente volteó hacia sus subordinados y les sonrió. Las gotas de sudor le rebasaban la frente y le rodaban por la naríz y las mejillas.

- Llévense a este cabrón hijo de puta a la celda un rato- ordenó y una risa mordaz salió de su boca.

Dos de los agentes agarraron a José Carlos de los hombros y, pese a sus débiles intentos por zafarse, lo sacaron de la sala entre advertencias y maldiciones.

Ernesto Matos sacó de la solapa de su traje un habano y lo encendió. El aroma pronto impregnó toda la sala. Uno de los agentes, el agente Rodríguez se le acercó tímidamente por la espalda.

- ¿Qué creé Usted jefe?

- ¿Qué que creo? - Matos volteando a ver el delgado y pálido rostro del agente Rodríguez- Creo que es Usted muy sugestionable, agente, eso es lo que creo.

- El joven contó su historia igual que la primera vez. No la alteró en nada. La mayoría de los mitómanos cambian sus historias cada vez que las cuentan; les aumentan o les qui...

- Mire agente Rodríguez, lo que tenemos aquí es una nueva generación de mitómanos, como usted se molesta en catalogarlos. Estos cabrones son el producto de tanta telenovela . Ahora todos los jóvenes quieren ser estrellas de un canal o de una serie; se preparan desde muy pequeños y se ponen a actuar desde muy pequeños. Y a muchos, como este cabrón, les sale muy bien. Pero no es mas que eso... Mitómanos preparados. Actorcillos de mierda, producto de tanta mierda que hay en la jodida televisión.

¿Tenía sentido discutir con aquel hombre?

El agente Rodríguez pensaba que tal vez sí. Pero si no tuviera un rango jerárquico superior a de él. Incluso, de no ser por eso, valdría la pena una muy buena golpiza; entre varios, claro está.

Matos salió de la sala con su andar torpe y desgarbado, moviendo sus hombros de lado a lado como intentando conservar el equilibrio para no caer a cada paso que daba.

 

Su muñeca había engordado tanto que ya hasta el reloj le apretaba.

Ernesto Matos se llevó su mano a la bolsa del saco para sacar su Rolex. Antes de llegar a el, se encontró con unas llaves. Las sacó y sin despegar la vista del pobre idiota de enfrente, que aun no sabía manejar, las acercó a su rostro.

- Valla, valla - murmuró.

Eran las llaves del departamento del mocoso de mierda que había estado interrogando esa tarde. De ese que le había contado una historia de fantasmas bastante trabajada y que por un brevísimo momento estuvo a punto de creer.

Y curiosamente en el camino para llegar su casa, donde lo esperaba su regordeta esposa, con la cena preparada y un habano listo, tenía que pasar cerca por el edificio donde todo había ocurrido. ¡Qué gran mierda! Aunque tal ves no sería una mala idea pasar a echar un vistazo. A lo mejor encontraba una pista. Una carta del amigo maricón, del pobre idiota ese que estaba en el hospital; o una confesión firmada por el mismo idiota donde le decía al actorcillo de mierda ese, que en realidad era tan maricón que se lo había tirado una noche y que él - el actorcillo de mierda- ni lo había notado... Podría ser.

Sin pensarlo dio vuelta a la derecha sin esperar a que cambiara el semáforo. Una de las ventajas de la ciudad de Puebla era que ya pasada la media noche el tráfico se volvía un mero recuerdo. No había señoras histéricas pidiendo paso, ni combis, ni ningún otro transporte urbano. Nada.

Avanzó hasta llegar a la calle donde se encontraba el edificio. Dio vuelta en la esquina donde descansaba apaciblemente la universidad donde, seguramente, el muchacho ese asistía. Niños bien...¡Bah! Mierdas, eso es lo que son. Pensó el agente mientras observaba el edificio con el logo de la institución a un lado. Finalmente llegó al edificio.

Se apeo de su camioneta RAM y se fue hacia la puerta de la entrada. Los amortiguadores de la camioneta emitieron un rechinido que bien pudo pasar como un "¡Bendito sea Dios!" liberador, en el momento en que los ciento veinticinco kilos del hombre salieron de la camioneta. Matos se quedó unos segundos en la puerta. No había avisado que pasaría al departamento donde todo había ocurrido; no era oficial. Pero qué mas daba, él era quien llevaba la investigación, y si encontraba algo relevante en ese edificio sería bueno.

Probó las llaves hasta que dio con la que abría la puerta de la entrada.

¡Valla sorpresa!

El mocoso no había mentido en cuanto a la extraña forma de numerar los departamentos. La planta baja y ahí estaba el 401, 402 y 403. De que había gente estúpida queriéndose sentir original, la había.

Subió lentamente; sus pulmones comenzaron a exigirle aire desesperadamente después de los primeros cinco escalones, de la misma manera su corazón le tamborileaba rápidamente pidiendo un receso en la ardua labor que se había propuesto. Y finalmente, después de cinco pequeños recesos, llegó al cuarto piso donde estaban los departamentos 102, 102, 103 y 104. Llegó arriba y tuvo la impresión de que alguien estaba en el pasillo. Pero, claro, ahí no había ni alma. El agente Matos sintió una mirada en los hombros, volteó y por unos segundos estuvo seguro de que había alguien justo a los pies de la escalera para continuar a la azotea. Pero no había nadie ahí.

- Figuraciones - se dijo - . Ya estoy como el idiota de Rodríguez- meditó unos segundos y después añadió:- . Ese muchacho tiene un gran futuro como actor, que ni que- le dijo Matos al frío pasillo del cuarto piso- . Si es que llega a salir de la cárcel, claro está.

Jugueteó con las llaves y las cerraduras hasta encontrar la indicada.

La puerta del departamento 103 se abrió lenta y pastosamente.

El agente matos entró, ladeándose un poco para no tener dificultad con la puerta, a pesar de que esta era bastante amplia. Buscó el interruptor de la luz a tientas hasta encontrarlo. La luz iluminó la primera pieza del departamento. Aun había cajas sin vaciar en el suelo; algunas tenían papeles, libros y otras ropa.

Matos entró bien al departamento y cerró la puerta detrás de él. Con dificultad se agachó y revolvió las cajas que tenían papeles. Pero ahí no había nada. Nada como un "querido José Carlos..." o "La noche anterior fue maravillosa... atte Mario". Nada de nada. Se levantó y miró hacia dentro del departamento. Las puertas de las dos habitaciones habían sido cerradas; claro que eso no importaba, él llevaba las llaves.

Dio un paso hacia delante dispuesto a ir a los cuartos, pero se detuvo. Instintivamente se volteó y fijó su vista en la puerta, en la mirilla. Esta estaba justo a la altura de sus ojos. Giró sobre sus talones ya caminó hacia la puerta. Murmuró algo parecido a una mofa, una sonrisa incrédula se asomaba en su redonda cara. Se quedó frente a la mirilla, tal vez pensando si sería buena idea. Tal vez una voz en su interior le decía que no debía hacer eso; una voz quebrada por el miedo del relato del joven. Una voz que ni el mismo Ernesto Matos supo si era la de su lado supersticioso o - tal vez- la de su razón.

Tal vez.

- Puterías - murmuró y miró a través del ojillo de cristal.

En verdad se veía en blanco y negro hacia fuera. El agente rió. Pero esa risa no había sido de burla. El matiz de su risa al salir de su boca fue de nerviosismo.

(El mocoso de mierda no había mentido con respecto a la mirilla, después de todo).

Y el agente comenzó a sudar, al mismo tiempo en que su aliento se volvía pesado y visible. Era un sudor frío, agudo; penetrante como el frío que se había desencadenado en el departamento 103.

El agente quiso apartar su mirada, pero no pudo.

Había alguien afuera, estaba en el mismo lugar donde él, momentos antes, había sentido la mirada en los hombros. Ahí había alguien.

Era una mujer. No, no era cualquier mujer. Era su mujer. Vestida con una falda vieja y larga, como las que usaban a principios del siglo veinte, con un delatar sucio encima, y un paliacate amarrado a la cabeza, era su mujer; regordeta y de cara redonda, parada en la base de la escalera para subir a las azoteas, ahí estaba, mirando directamente hacia la puerta del departamento, hacia la mirilla al agente Matos.

Un dejo metálico apareció en el gusto del agente. Después la boca se puso áspera como una lija. Su lengua se movía como una serpiente herida.

Matos se separó de la mirilla e intentó abrir la puerta, pero esta estaba cerrada... Por fuera. El agente tironeó de la perilla con fuerza, pero esta no cedió. Era como si alguien desde el pasillo exterior se aferrara a ella con una fuerza sobrehumana. Matos volvió a la mirilla, y ya no vio nada en la base de la escalera para subir. Ahora, la mujer que se parecía a su mujer estaba en la puerta y tiraba de ella hacia a fuera, asegurándose que no se abriera. El agente Ernesto Matos sintió que su seguridad se resquebrajaba mientras su corazón latía rápidamente más, y más. Un halo de desesperación frío, mas aun que el frío dentro del departamento, le apretujó en el pecho como si alguien se apoyara violentamente contra él. Gritó y golpeó la puerta. Pidió que lo sacaran haciendo referencia a quién era él, y por que estaba allí. Pero afuera la puerta seguía detenida.

De repente el rostro de la mujer se emparejó con la mirilla.

Y Matos pudo ver el cráneo de la mujer blanco y lleno de tierra, la piel arrancada, roja de la mitad del rostro. Y el ojo. Ese ojo cubierto por líquido amarillo que ahora se escurría por la sangrante mejilla, lo miraba con determinación. Matos no escuchó nada, pero supo que esa cosa, lo que quiera Dios que fuera, no lo dejaría salir. Y gritó a todo pulmón quemando su garganta.

En respuesta a su lacerante grito, el frío aumento, al igual que su pulso y la presión en el pecho. Además, el agente Matos pudo sentir como alguien estaba detrás de él, con él, ahí en el departamento. Temblando de horror y frío Matos volteó y vio lo que Mario, el amigo maricón, según él, del mocoso de mierda había visto.

Volvió a gritar.

Pero aun sobre su grito, Matos escuchó aquella exigencia.

< ¿Donde está? ¡Dime donde está! >

 

 

José Carlos esperó a que las visitas salieran de la habitación del hospital.

Fue tardado. Sobre todo porque la familia de Mario insistía en quedarse. Finalmente salieron y en lo que la enfermera salía a acompañarlos, José Carlos se metió al cuarto. Mario lucía gracioso. La venda le cubría la cabeza solamente dejando a la vista el rostro. La sábanas de la cama le tapaban todo el cuerpo, pero José Carlos intuyó que todo el cuerpo de su amigo estaba vendado. Por fuera de estas colgaba de un cabestrillo el brazo derecho de Mario escayolado.

Mario miró a su amigo con preocupación. Después de unos segundos de no decir nada Mario extendió la mano izquierda, la sana, para estrecharla con la de José Carlos. Ambos quisieron darse un abrazo, pero ambos sabían que no era muy prudente. Después de un rato de plática, y tras un prolongado rato de silencio, José Carlos se animó a preguntar:

- ¿Qué fue lo que te atacó?

Mario suspiró y miró a su amigo.

- No lo sé, exactamente - dijo - . Era monstruoso, adoptaba formas de..., cosas, personas a las que yo temía. ¿Recuerdas que alguna vez te platiqué del pastor Díaz?

- Sí, el del templo. El que de niño te daba miedo.

- Pues ví su rostro cerca del mío. Tal cual, lleno de arrugas y con las cejas juntándosele en la base de la naríz, con la mirada dura y amenazante. También vi el rostro de mi padre enojado, el de mi abuelo enojado, el de mi madre enojada y... Hasta el mío. Lo ví como creo haberme visto el día de la fiesta de integración.

- Cuando te peleaste por el imbécil ese que le faltó el respeto a Maya.

Mario movió la cabeza, dentro de lo que pudo, afirmativamente.

- Y tú ¿Qué crees que fuera todo eso?

José Carlos respiró profundamente. Había repasado tantas hipótesis que ya ninguna le convencía.

- No lo sé - dijo y encogió los hombros- . Y tampoco quiero saberlo.

Mario convino con su amigo. Guardaron otro momento de silencio hasta que Mario hablo.

- Oye yo, no lo sé, quisiera darte una disculpa. Creo que por mi culpa tardaste tantos días encerrado, pero yo también tardé en salir del coma.

José Carlos tronó la boca.

- Por Dios Mario no digas eso, cabrón.

- Mi familia quitó los cargos cuando los convencí de que me había caído de la escalera, y que no habíamos peleado como lo dijo todo el piso.

José Carlos miró a su amigo y le platicó todo su calvario al ser interrogado por el agente Matos.

- ¿Y cómo fue que no te dejaron salir antes?

- Por que el agente se emperró en hacerme hablar, quería que le inventara una historia que fuera real; algo que pudiera quedar asentado en el archivo.

- ¿Y finalmente que pasó?

- Me sacaron por falta d e pruebas. Uno de los agentes, el que mejor se portó conmigo, Rodríguez creo que le dicen, me dijo que el caso estaba ya cerrado. Que todo había quedado en una pequeña disputa y en que te habías caído por accidente.

José Carlos cambió el semblante de su rostro. Mario notó que había algo más, algo que aterraba profundamente a su amigo.

- ¿Qué paso con el agente Matos?

José Carlos tragó saliva.

- Murió.

- Pero...

- Fue un paro cardiaco. El agente Rodríguez me dijo que fue algo que vio que lo alteró tremendamente; al punto que tuvieron que pegarle los ojos en la morgue porque los tenía muy abiertos. Murió con la imagen de lo que vio. De lo que tú viste, también.

- Quieres decir que...

José Carlos movió la cabeza afirmativamente.

- Sí. El infarto le dio en el departamento.

Ambos amigos guardaron silencio, una vez mas. Después de un rato José Carlos se despidió y salió con cuidado del hospital.

Fue a dormir a la pensión donde vivía. No había querido vivir cerca de la escuela ni del edificio de la pequeña cerrada, en el que había vivido tanto en tan poco. No tenía todas sus cosas con él, pero no quería ir por ellas, ni tampoco mandar a alguien. En cierta forma se sentía culpable por Mario y por el agente Matos. No quería que alguien más saliera lastimado de allí.

Tal vez algún día, cuando reuniera suficiente valor, podría ir por sus cosas.

Mientras, lo mejor era mantenerse a raya de ese lugar.

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