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- ¡Déjate de puterías y dime la verdad!- gritó furioso. El color había subido al rechoncho rostro del agente. Tal era su enojo que ni siquiera se dio cuenta que los otros dos agentes se habían levantado mas asustados que el propio José Carlos; como si temieran que los próximos en ser colgados serían ellos. Lo miraban con miedo, temiendo que pudiera hacer una barbaridad con el pobre muchacho.

Ahí estaba el agente Matos furioso, con la respiración agitada y con delgados surcos de sudor cayendo desde su piel cabelluda hasta atorarse en las espesas cejas. Era algo realmente irónico. Aquellos oficiales habían sido testigos cientos de veces de cómo el agente Matos torturaba a los sospechosos al punto de que les dictaba una historia y estos la repetían como si fuera un salmo religioso; y lo peor era que en verdad llegaban a creerla. Cuantos tipos agarrados a media acera y a los cuales, entre la confusión, les metía un pequeño sobre de plástico o de papel manila con droga en las bolsas del pantalón, habían confesado ser adictos; cuantos hombres emborrachados hasta casi la congestión que terminaban confesando que ellos habían chocado el carro de algún funcionario; tantas y tantas historias salidas de la retorcida cabeza del sádico agente. Y ahora no podía, o no quería, creer la del pobre infeliz ese.

José Carlos sintió un delgado y tibio hilo de sangre bajar lentamente por su sien.

- ¡Ya le dije la verdad, carajo! - gritó José Carlos.

Matos le dio la rodeo a la pequeña mesa y se puso frente al muchacho que apenas estaba levantándose.

Lo miró con la misma furia y ganas de embestir que tiene un toro provocado por la capa roja de un torero.

- Jefe... - dijo uno de los oficiales temiendo que Matos perdiera, mas y definitivamente, los estribos- Tal vez sería mejor dejarlo. Que mañana, mas tranquilo nos diga la verdad. De todas formas no tenemos evidencia real de que él...

- ¡Yo me encargo de las evidencias!- gruñó Matos sin dejar de ver a José Carlos.

Se inclinó hasta donde su descomunal barriga se lo permitía, no mucho, y miró al joven que estaba hincado y con una mano tratando de detener la hemorragia, este lo miró directamente a los ojos.

- Mira muchacho - le dijo aspirando con dificultad- Existen opciones: que lo golpeaste por que lo atrapaste tirándose a tu novia, en tu cama; o que resultó que era maricón y se te insinuó; que los dos son maricones y que él muy imbécil te engañaba con otro maricón; que te picó en un antro con una jeringa con restos de sangre de un sidoso; que perdiste el control en una fiesta en la que estabas o muy borracho o muy pasado de polvos ¿cual eliges?- por cada opción, Matos acercaba el puño a la cara del joven y levantaba un dedo.

José Carlos desvió la mirada hacia una de las esquinas del cuarto; a una donde la luz de la pequeña lámpara colgante ya no llegaba.

- ¡Te estoy dando a escoger opciones mocoso de mierda! - gritó Matos y con trabajo descargó violentamente una patada sobre el joven. José Carlos sintió como la punta del zapato del agente se le enterraba en el vientre, después fue como si de la parte golpeada salieran hilos que lo hicieran contraerse dolorosamente.

- ¡Cálmese jefe! - dijo uno de los agentes, el mismo que había intentado calmarlo momentos antes.

Matos lo miró duramente. Y al trabajar tantos años con el agente Ernesto Matos uno aprendía que esa mirada era de cuestionamiento.

(¿Qué no te agrada como procedo maldito hijo de la gran puta? Si no, puedes irte ahorita mismo de esta delegación, y yo me encargaré de que no encuentres trabajo como oficial hasta que te caigas muerto de hambre ¿Qué, no te gusta como procedo?).

El agente tragó saliva y después, con la voz suave y preocupada dijo:

- Le puede hacer daño a su corazón.

Matos volvió a mirar al joven que se retorcía en el suelo.

- ¿Y bien? Yo ya te di opciones, escoge la que mas te plazca.... Pero antes, y por simple y sencilla curiosidad vuélvenos a contar, a los agentes y a mi tu historia, la que según Tú es la verdad ¿de acuerdo?

Tirado en el suelo José Carlos comenzó a recordar...

 

 

"... Había pasado ya año y medio buscando departamento hasta que por fin, después de esperar cada fin de semestre, dio con uno. Estaba harto de la pensión. Cuando estaba a punto de pagar otro mes en la casa en la que vivía, apareció el anuncio del departamento y era perfecto: a cuadra y media de la universidad, con todos los servicios y a un buen precio. José Carlos no lo pensó ni dos veces, en ese mismo momento salió disparado a ver el departamento sabiendo, desde antes de verlo, que le importaría muy poco las condiciones de este; el chiste de todo era salir de la apestosa pensión en la que sus padres lo habían metido con el ridículo eufemismo de "está a unos pasos de la universidad"... ¡Bah! Estupideces. Lo que sus padres en verdad deseaban era mantenerlo en un lugar donde lo recibieran a cierta hora de la noche - no muy tarde; por supuesto- , donde les dijeran "como se porta", donde le dieran una buena mirada a sus amistades, etc, etc y muchos etcéteras más. Cosas de padres, suponía José Carlos en sus ratos de exagerada sensatez.

Pero se había acabado.

Ni de loco esperaría los tres años que le faltaban a su hermano José Antonio, para terminar la preparatoria, y entonces tener su propio departamento y así zafarse un poco del yugo paterno.

Y lo primero que haría sería una fiesta. Oh si, una estruendosa con alcohol por todos lados y en la que pudiera terminar en la cama con Rosalilia, su compañera de carrera que tantas erecciones le provocaba. Sería genial.

Llegó al edificio y se topó con el primer problema: la puerta cerrada y la placa de timbres parecía funcionar tan bien como los primeros intentos de los hermanos Wright por volar. Tocó varias veces pero nadie acudía a la puerta. Sacó una moneda y la golpeó ligeramente contra el cuerpo de cristal de la entrada.

Nada.

Se sentó junto a la puerta, en la que alguna vez fungió como macetero para adornar la entrada del edificio; ahora solamente era un basurero ocasional. No llevaba el periódico pues no era necesario, recordaba los datos perfectamente: cerrada de la trece poniente 1304 departamento 101; era fácil de recordar teniendo la urgencia que él tenía por salirse de la pensión.

Pasaron diez minutos y José Carlos, medio desesperado, se levantó con la firme intención de tocar mas fuerte la puerta.

Y dio un respingo.

 

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