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José Carlos y Mario se miraron.

La risa histérica de José Carlos se esfumó sin poder salir. En su lugar un creciente halo de furia comenzó a subir desde su estómago hasta su cabeza..."

 

- Y fue en ese momento. No sé por qué exactamente lo hice, pero lo hice.

Matos dio un profundo suspiro. Su anterior compasión por el joven se había disipado tan rápido como se había formado.

- ¿Cómo que no sabes? ¡Carajo! Lo golpeaste hasta dejarlo con una pata en este mundo y la otra en el más allá.

- ¡Eso no es cierto! - gritó el joven y su voz pareció no encontrar ningún recoveco en la sala por el cual pudiera salir- En ese momento yo sentí una gran furia; no sé por qué, pero así fue. Y no lo golpeé. Lo juro por Dios. no lo golpeé.

- ¿Y por qué sentiste eso? - preguntó interesado uno de los agentes detrás de Matos.

José Carlos lo miró por detrás del hombro del enorme agente.

- Ese edificio - dijo y le tembló la voz - . Creo que es un enorme canal por donde circulan varias energías movidas por sentimientos... malos. Creo que lo que me sucedió fue que el ente de afuera me transmitió parte de su ira, de su frustración; me usó como vehículo para encontrar lo que andaba buscando.

- ¿Está usted a gusto con la explicación agente Rodríguez? Caramba lo está convenciendo, ¿verdad? - se burló Matos sin dejar de mirar a José Carlos. ¿Y entonces qué fue lo que hiciste, muchacho?

José Carlos cerró los ojos.

- Yo, yo...

 

"... José Carlos agarró a Mario de la camisa, giró sobre sus talones y lo arrojó lejos de la puerta.

Mario se azotó de espaldas y aun se arrastró unos centímetros por la alfombra. Aun así no le quitó la mirada de encima a su amigo. Aun y con el aturdimiento Mario se puso de pie casi inmediatamente de que su recorrido por la alfombra terminara.

José Carlos tomó la perilla y la giró.

Mario ya estaba cerca de él, no debía abrir la puerta, no debía.

Pero de un jalón, José Carlos abrió la puerta.

- ¡NO! - gritó Mario al momento en que empujaba bruscamente a su amigo.

Pero, lo que quiera que estuviera afuera entró al departamento.

Y se ensañó con Mario con furia. Una furia que se podía sentir; casi se podía oler. Era como si el edificio entero transpirara ira a través de sus paredes viejas y enmohecidas.

La furia que José Carlos había experimentado momentos atrás se disipó dando paso a un gélido horror que le escaló desde la base de la columna vertebral hasta el cerebro, sacudiéndole su coherencia y salud mental; lo sacudió como si fuera una descarga de energía eléctrica. Y ese horror era real; más real, aun, que la furia de unos momentos atrás. Mario era sacudido por esa fuerza. Parecía como si sufriera de ataques epilépticos. José Carlos pudo verle los ojos, a pesar de que el vaivén involuntario de su cuerpo hacía que su figura se difuminara, como si varios Marios se movieran coordinadamente hacia atrás y adelante, de lado a lado, rompiendo flexiones y trozando huesos.

(¡Crack, crack,crack..., crash!).

Y Mario gritaba desesperadamente.

(¡AAAAHHH! ¡AAAAYYYYY! ¡AAYYUUUDD... AYUDAMEEEE).

José Carlos entendió que Mario podía ver a su atacante. En los ojos del muchacho se reflejaba el terror ante lo que él sólo podía ver.

Y mientras el cuerpo de Mario se contorcionaba sin respeto alguno a la anatomía normal de un ser humano, José Carlos pudo escuchar una voz. Una voz áspera y cascada; como si proviniera de las entrañas de un enorme y lóbrego abismo; uno donde la luz del sol no tiene la fuerza suficiente para penetrar en él. Un abismo donde todo lo que vive está corrompido y destinado a corromper.

< ¿Donde está? ¡Dime donde está! >

José Carlos logró levantarse. Pensó en salir pero..."

 

- No sé por que no salí en ese momento. En vez de eso y a pesar de que aun no sentía mis piernas, me acerqué a Mario como pude. Lo agarré por las espaldas y pude sentir los tirones que esa... fuerza le estaba dando; pude sentir su aliento podrido, lo pude ver como vaho verdoso que salía de ninguna parte, golpeaba a Mario en el rostro y lo pasaba dirigiéndose hacia mi.

- Y en ese momento lo sacaste a empujones de tu departamento y lo azotaste contra la pared de enfrente- puntualizó Matos- . Cuando saliste todos los vecinos ya estaban en la escalera viendo que demonios era lo que pasaba.

José Carlos movió la cabeza afirmativamente sin muchas ganas.

- Y - continuó el enorme agente - casualmente en ese momento aquella... fuerza, aparición, lo que madres haya sido, dejó en paz a tu amigo.

Sí. Y se metió al departamento y cerró la puerta

, pensó José Carlos. Intentó decirlo pero la risa del agente Matos se estrellaba contra las paredes del apestoso cuarto de interrogatorios.

Y ella alcanzó a salir

. Pensó el joven mientras miraba como el enorme estómago del agente se sacudía preso de las carcajadas.

El obeso agente volteó hacia sus subordinados y les sonrió. Las gotas de sudor le rebasaban la frente y le rodaban por la naríz y las mejillas.

- Llévense a este cabrón hijo de puta a la celda un rato- ordenó y una risa mordaz salió de su boca.

 

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