El poeta murió, secando sus impermeables lágrimas en el sol del invierno, se perdió en una lúgubre bruma, pero dejó sus escritos vegetando inconclusamente entre concavidades inconexas.
El poeta murió y no sabía como despedirse de los que alguna vez fueron sus inspiraciones irracionales, simplemente dejó un último poema que abandonó a su suerte en el río del olvido. El poeta dejó su alma detenida en el pasado, es difícil dejar lo etéreo en el futuro, en algo que no existe, el pasado tampoco existe pero alguna vez ocurrió y se aloja en los secretos rincones acorazados del ser.
Aquella noche el reloj del escritorio con su irremediable tic-tac, sonaba y sonaba como una gotera en mal estado, el poeta, invertido entre la realidad y la ficción, gracias a los efectos raudos del brandy, se colaba en ideas intocables, las rimas eran parte de un melodioso estado lleno de danzas sonoras y moribundas. Los ojos del ser creador del poeta se entrecruzaron entre la penumbra de su identidad, y lo que alguna vez quiso ser, ya no era ese niño incauto y observador que alguna vez deseó ser pirata o cazador de estrellas, ahora su mundo se reducía a él y la pluma que tantos años le había dibujado en el papel los sentimientos más incomprensibles en noches y días llenos de fervientes clamores.
El poeta sabía que la última poesía debía ser perfecta, intacta y sin igual, no podía morir sin dejar lo que sería la obra de la vida real, sólo pensó que esa sería la noche del adiós, de esa despedida tan eterna y fugaz a la vez, esa separación de mente, cuerpo y alma, pero a pesar de tener las ideas claras y los temas no encontraba las palabras para expresar tanto sentir, se dio cuenta de que haber escrito produjo en él la idea de que las letras no tenían la importancia de antaño, parecían simplemente como efectos cotidianos sin poder terrenal.
El poeta así se fue con las ideas del gran poema en la mente, nadie nunca supo lo que estaba a punto de crear, nadie pensó si quiera los deseos congruentes de alguien que la mayor parte de su vida había escrito silenciosos cantos apocalípticos que desnudaban su ser pero que no eran entendidos por sus pares, él nunca pensó en la soledad hasta que aquella noche se dio cuenta de que el último viaje lo haría solo, sin su lápiz ni papel, las personas no eran su máxima aspiración, como sí lo eran las rimas, metros y demases.
El poeta murió, dormido entre laureles lacerantes, cerró los ojos y se entregó al único camino que no tiene retorno…”la muerte resulta tan cotidiana que es inaceptable a la vez”…escribió alguna vez.
Los rostros desaparecen, las almas se quedan y los dolores sanan con el tiempo, el poeta quedó plasmado por los escritos rasgados del estado, su alma se grabó por siempre.
Entonces que se puede decir, nada vale lo que es y todo pierde su interés, el poeta lo sabía bien por eso no gritó ni pidió perdón, nadie entendió su mundo y él no hizo mucho por darlo a comprender.
Fin…el poeta no ha muerto, fue a dar un paseo para ver si algo le inspiraba, se fue a casar con la eternidad, y ella le creará las razones de su talento… El poeta no murió…él mismo lo adelantó…”La Muerte es un Matrimonio para toda la Vida”… y así fue.





