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En ese instante se produjo un corte de luz, las sombras se abatieron sobre mis ojos, ni Luna siquiera había esa noche, maldije en siete idiomas, a pesar de todo seguí caminando a tientas.

Rápidamente la electricidad volvió, las lámparas halógenas perezosamente retomaron. Su esplendor. Ella ya no estaba, comencé a correr en dirección al matadero, luego por el césped hasta la curva del velódromo, hasta la cancha de básquet, luego sin rumbo hasta perder el aliento, me tire cerca de las hamacas, debajo de las palmeras, viendo las estrellas que parecían tan inalcanzables como esa mujer.

Cuando recupere el aliento me incorpore no sé cuánto tiempo paso, para mi fue una eternidad, abatido comencé a lentamente a caminar en busca del auto estacionado a unas diez cuadras.

Los días subsiguientes fueron peores que los anteriores, mis músculos parecían de piedra, la tensión me producía contracturas hasta las uñas, mi presión arterial subió dos o tres puntos,  el estrés estaba destruyendo mi aparato digestivo, dormía poco y mal, quería alejarme de todo, pero inconscientemente volvía a los lugares donde encontré a esa mujer siempre de medias con costura, la misma ropa y con rostros distintos.

Detenido por el rojo del semáforo de Buenos Aires y 25 de Mayo, al mirar en dirección a la plaza, ella caminaba hacia Belgrano, a pesar de mi excitación, esta vez mantuve la calma, me llamó la atención que sus piernas no se veían tan blancas, me dije estará usando medias oscuras.

El verde del semáforo me dio paso, seguí hasta Salgado, observándola caminar por la cuadra opuesta, doble por la Belgrano, ella cruzó la calle. Detuve el auto abrí la ventanilla y espere que pasara, desde los sesenta metros que nos separaban pude percibir la profundidad de sus ojos, como las otras veces la vestimenta y la mirada se mantenían, pero el rostro otra vez era otro. No se quizás el cansancio, o la costumbre de lo insólito, esta vez lo tome con calma  no me sorprendió.

Su cara angulosa de tez negra, sin maquillaje, tatuaje o aros, solo un rostro morocho con el pelo rizado, labios pulposos, dientes perlados, la profundidad esmeralda de los ojos, que le daban una bellaza infinita, se acercó hasta mí y me dijo- Buenas tardes señor podría indicarme donde queda la calle Villanueva al trescientos veintidós- desde la esquina cinco cuadras luego dos a la derecha. – Hice una pequeña pausa, para tomar coraje- si querés te llevo. -No gracias- fue la cortante respuesta, no podía dejar pasar la oportunidad y comencé a preguntar – quién sos, estaba siendo demasiado directo mi ansiedad comenzó a traicionarme otra vez.

Ella sonrió –una mujer que esta buscando a alguien - ¿cuál es tu nombre? quise saber

No tiene importancia –me miró con cierta simpatía- pero estoy apurada.

-Puedo volver a verte-quizás, ya que voy a estar algún tiempo aquí-déjame que te lleve-no por favor, y antes que yo pudiera decir algo me dijo- no insistas, tal vez haya otra oportunidad, todo llega, gracias.

Se marchó cadenciosamente, me quedé sentado un poco más relajado, la conversación fue insignificante, pero me dio alguna esperanza, de descubrir el enigma de las extrañas mujeres.

Después de mucho tiempo, al fin esa noche pude conciliar el sueño.

Al amanecer  desperté, con el cuerpo distendido por el descanso, por un instante creí que todo fue una horrible pesadilla, encendí el televisor para saber la hora, al ver  la fecha comprendí que todo era real, pasaron tres días de mi encuentro con la morena, me había derrumbado por setenta y dos horas gracias a la enorme presión de los días anteriores. Hice una reconstrucción minuciosa de mis acciones, en los días anteriores, me duche y afeite, empilche como para una salida. Con toda mi decisión fui rumbo a la calle Villanueva trescientos veintidós.

Al llegar vi que una mujer de medias con costura, con el pesado sacón de paño, ingresaba  en la dirección a la que me dirigía, apurándome estacione, baje del auto, toque timbre. Me recibió una mujer de rostro común, labios carnosos, pecas alrededor de su nariz prominente, el pelo castaño entrecano y alborotado, ojos marrones con el abismo inconfundible de su mirada, el atavío era el mismo que vestían las anteriores.

Que desea- me preguntó-

Saber quien sos –fue mi respuesta dura y seca-

Ella se sonrió me escudriño –todavía no sabes quien soy- se me quedó mirando esperando mi contestación

Claro que no lo se, es la primera vez que te veo – fue mi estúpida réplica

Todavía no te has dado cuenta, me viste más veces de las que crees –hizo una pausa suspiro- me has buscado siempre, y siempre me has visto sin verme, tan ciego estas aún.

Basta de vueltas –desesperadamente alce la voz- no te entiendo ¿Quién sos?

Soy una y todas, todas pero única. Soy tus amores y tus odios, tus deseos y tus inapetencias, soy la felicidad y la desdicha, tus sueños y tus pesadillas. Soy con quien vas a vivir, porque te amo y te odio, soy tu pasado y tu futuro. Soy por quien naciste y por quien morirás, soy tu realidad y ficción, soy tu calma y tu desesperación, la razón y la locura. Tendrás que convivir conmigo hasta el final, y este es el fin.

La miré con toda la inmensidad de mí ser,  pude ver la verdad en el fondo del precipicio infinito de sus ojos.

Un torrente gélido comenzó a recorrer mis venas, alcance a ver sus labios moviéndose y apenas oír el susurro de su voz como un viento helado.

Vos me buscaste,  siempre complazco a mis amores, tu tiempo término es hora de vivir en mis oscuros y helados territorios.

Y me fui con ella para siempre…

Tomas Buendía

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