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Hace muchos fríos que no sé nada de ti, es una pena que esta vez toque llevarte la carta que le dicté al Sr. Odón, ojala el cuerpo hubiera estado de visitas y te hubiera despertado para verte. Supongo que tú, ya no serás tan joven como para venir a verme de un salto. Me gustaría que vieras donde vivo, esto es más grande que Tochuelos, aquí entre dos aceras hay una calle, no sé muy bien adonde lleva, incluso, cuando no hay mucho hielo, está transitada. La última vez que me puse en medio me atropelló un recuerdo, así que no creo que pueda decir que está desierta, me dejó un regusto como deber ser el de morir y no estar muerta o vivir y no sentir nada, para serte sincera, por muy grande que sea esto, añoro otros tiempos, cuando me miraba los pechos y me veía los pezones, cuando no me cansaba pensar, cuando los días pasaban más despacio, cuando la hora de la siesta no se acababa nunca, cuando el pelo tenía color o cuando te engatusaba con los fuegos artificiales de las cáscaras de naranja. Ya casi no recuerdo tu cara, sé que estás porque me acuerdo de tu nombre y porque todavía tengo esa sensación de querer que tenía cuando eras niño. Me gustaría volver a verte…”

El resto era parecido al soniquete de las ratas en el desván, están, pero como si se oyera llover, forma parte del entorno. El Sr. Odón continuó con una perorata que no parecía propia de ella, sin embargo, lo hacía tan real que casi se lo creía. Con un ademán, Fabián hizo que el lector se callara, lo que tenía que saber ya lo sabía.

Cuando salió de allí, volvió a mirar si en su aldea había aceras, no las vio, así que pensó que tampoco habría calles. Estaba a salvo de que lo atropellara un recuerdo, como le paso a ella. Sin embargo ese olor de las manos no se le iba de la cabeza, quizá fuera eso lo que quería decirle y se sintió pisoteado por una añoranza dolorosa.

“El día que se fue, me dijo que los colores no eran las putas de los ojos, también me dijo que las sombras no tenía nada que ver con los naranjas y verdes que conozco, que en las tardes de tormenta se reconfortaba porque vio como un rayo era lento y no resplandecía lo suficiente, no llegaba a cegarle como él.”

Ya oscurecía y si la primera luna de esta temporada no lo equivocó, esta aún menos, aunque para ser sinceros, mil veces lo hizo, pero esta vez sabía dónde iba. Una congoja de culpa lo atenazaba, le impedía pensar con coherencia y se deshizo de todo y de todos.

También le habló de cuando bastaba un pensamiento para sobrevivir y en su mente, quizá por las letras que Don Odón leía, apareció una respuesta:

-“Ojala fueras tú la que me haga volver al sueño de los vivos, porque al de los muertos ya me llevaste” Volvió a sentir esa punzada de lo antiguo a través del olor de las manos, del sabor agrio y acido de la pólvora de las naranjas, cuando se dejaba engañar con la magia momentánea de los fuegos de artificio de su cáscara.

Continuó su andar, cansino y alagartado, como su piel. Poco a poco, iba volviendo a la realidad y siguió caminando por lo que debería ser una calle, pero no encontró los límites. Pensó en el Sr. Odón y decidió que sería hermoso dejarse llevar por lo que decían los borrones y las líneas negras. Cuando se quiso dar cuenta, salía de Tochuelos, las ponedoras tendrían mejor vida sueltas, bajo los naranjos, él buscaría su querencia más allá del trigal, como a dos suspiros de beata.

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