La profesora de matemáticas, Matilde Landi, era físicamente exuberante, tipo actriz del viejo cine italiano; de aquél que exhibía mujeres con tallas magníficas, opuestas a las actuales, tan vapuleadas por dietas insulsas y devastadoras anorexias.
No obstante sus dotes, ella procuraba vestirse con ropas poco ajustadas para no resaltar su franca anatomía frente a los alumnos, siempre ávidos de observar pulposidades. Cabe la sospecha sobre esta mujer, si no actuaba con cierta malicia femenina para provocar el efecto inverso. Tal hipótesis la confirmaban quienes seguían sus pasos para verla caminar y evocarla luego con excitación.
Ricardo, próximo a cumplir dieciocho años, cursaba el último del secundario y estaba perdidamente enamorado de esta profesora, ocho años mayor. Por consiguiente, su frágil equilibrio emocional se desbarató, aún más, bajo el peso de un amor prohibido, obligado al silencio. Su carácter secreto impedía a Ricardo celebrarlo en libertad y bajo el sol
Los días de su vida se sucedían entre suplicios, con apenas una sombra de alegría. Su ánimo jovial había desaparecido, dando lugar al de un joven taciturno.
No eran para él las euforias del amor.
Lo atormentaban sus compañeros, al escucharles esos típicos comentarios con doble sentido. Acerca de Matilde jugaban a la ficción y resaltaban imaginarias bondades sensuales, como si frecuentaran a menudo la intimidad de su alcoba.
Así es como perdió espontaneidad el trato con ellos.
Mantenía inconfesa esa pasión oculta hasta para la propia destinataria, situación que lo mantenía en una vigilia estéril, sin avances ni retrocesos, a pura fantasía. Asolado por muchas complejidades sicológicas, desarrolló un fuerte sentimiento posesivo hacia ella sin poseerla, al punto de resultarle insoportable que llevase una vida privada en la que deseaba ocupar él un lugar para custodiar su comportamiento.
Prefería idealizarla, sin detenerse a pensar en las idas y vueltas de su andar cotidiano. Matilde provenía de un pueblo cercano, desde donde viajaba todos los días para dar clases. Ricardo no conocía, por eso, el pasado de esa mujer cuya existencia, para él, comenzó el día que la conoció, concediéndose así, un falso derecho de pertenencia. Sabía que no era casada, con lo cual evitaba un dilema atroz. Aunque a poco de analizarlo no era esa una cuestión que hubiese alterado sus sentimientos para con ella. Ricardo tenía del vínculo matrimonial la idea de una convivencia de dos, despojada de pasiones y misterios. Necesitaba creerlo así. Muy distinto a si Matilde hubiese oficiado de novia pues, como tal, estaría ligada a promesas de futuro, a estrechos acercamientos físicos, absorbida su mente por la existencia del otro.
En su confusión Ricardo eludía las respuestas realistas y elaboraba todas aquellas que se adaptaran a sus ilusiones. Ese amor oculto, por inconfeso, no podía verificarlo si también existía por él, en Matilde. Suponía que sí y que lo compartiría una vez revelado. Dábase, mientras tanto, por un elegido de los dioses del amor, capaz de sostener una pasión intensa que nadie de los demás alumnos estaba en condiciones de experimentar.
Quienes han probado amores semejantes conocen de su fuerza, capaz de mover montañas o de hacer que caigan los cielos más inconmovibles.
Pero Ricardo no era feliz. Le pesaban los abismos del insomnio en las noches interminables y durante el día, en estado de gracia, se mantenía aislado dentro una burbuja de cristal. Sus padres desesperaban temiendo que padeciera de una adicción, sin conocer de Ricardo que sus energías las consumía en solitario, con un tipo de adicción culposa que las ojeras delataban cada día.
El rostro de Matilde pendía de todo lo que sus ojos miraban.
Pero no había tormento mayor que el de participar de las clases a cargo de su idolatrada.
Nada le provocaba tanta incomodidad y humillación como ponerse colorado cada vez que ella le formulaba preguntas alusivas a las matemáticas.
Cuántas veces quiso responder sintiéndose seguro de sus conocimientos, para mostrarse un hombre inteligente. Esto solía no suceder, puesto que casi siempre, pusilánime, su lucidez se opacaba.
La profesora, por su parte, nada intuía de un alumno suyo que viviese apasionado por ella. Menos de Ricardo Fuentes, a quien tenía por un alumno regular. Él confiaba en confesarle un día, cara a cara, ese amor irrefrenable y en tal afán insumía las horas que quitaba a los estudios. De su rendimiento escaso en el aula se percató la directora del colegio quien lo llamó, una tarde, a su despacho.
Al concurrir, algo cabizbajo, la directiva le pidió que aguarde unos minutos hasta terminar con unos papeles. Parado en medio de la sala Ricardo observaba el mobiliario de alrededor, hasta cambiar súbitamente de interés por algo que llamó su atención. Sobre el escritorio distinguió una carpeta de color negro de la que leyó el nombre de Matilde Landi estampado junto al rótulo MATEMATICAS.
Fue atendido al momento por la directora y discutió con ella su poco rendimiento en varias disciplinas respondiendo, distraído, con promesas apoyadas en mohines de falso arrepentimiento. La mujer lo atontó con sugerencias y exhortaciones a un mayor estudio. Terminada la entrevista Ricardo, con un ardid, se hizo de la carpeta. Le bastó con darle paso a la directora para que se adelantase a salir del despacho, mientras él con su mano izquierda, tomaba la carpeta y la ocultaba bajo el saco. Una vez afuera, se apresuró a refugiarse en un rincón para revisarla página por página, embriagado de la fragancia que fluía de ese trofeo y que muy bien conocía de aspirarla siempre que se acercaba a Matilde. Revisó anotaciones diversas, apuntes de clases, lista de alumnos, calificaciones y conceptos. De golpe, un papel manuscrito apareció entre las hojas. Su tentación de leerlo fue irresistible. Y la tempestad que le produjo hacerlo, irreversible y fatal.
“Mi amor, el sábado nos vemos en la confitería de siempre. Te prometo lo mejor. Carlos.”
Evitó a duras penas desmayarse y mareado alcanzó a deducir que ese tal Carlos no era otro que el profesor de gimnasia. Regresó al aula con una mezcla explosiva de angustia y rabia. Al terminar la clase cargó su mochila, cerciorándose de llevar un elemento que siempre portaba por si sufría un desperfecto su bicicleta. Ese elemento pensó que le sería útil para su consuelo.
Se retiró del colegio, antes de hora como quien se escapa y se dirigió al baldío contiguo que servia de estacionamiento para los vehículos pertenecientes a los alumnos y docentes del establecimiento. Carlos Risanti, el profesor de gimnasia, guardaba allí su moto enduro de doscientos cincuenta centímetros cúbicos de cilindrada.
Gentes educadas, de respetable sociabilidad, repudiaban la prepotencia con que se conducía ese profesor en su motocicleta. Los jóvenes, en cambio, se identificaban con él, por su intrepidez al volante.
Amigo de realizar maniobras audaces, le apasionaba elevar la parte delantera de la moto y avanzar en una temeraria posición vertical, haciendo corcovos.
Ese día no sería una excepción en cuanto al despliegue de osadías que pretendería realizar al salir del baldío.
Cruzó veloz la vereda sin siquiera mirar a los costados, realizó un amplio giro a la derecha y al tomar de lleno por la calle principal, dándole fuerza al motor, alzó el manubrio para intentar pararse en una rueda.
Quienes caminaban por las inmediaciones del Colegio escucharon un estruendo de dudoso origen, pero de reconocida sonoridad metálica. Al mirar hacia el centro de la avenida vieron un espectáculo indefinido, con apariencia de tragedia.
La moto Enduro del profesor Carlos Risanti, caída sobre el pavimento, bramaba con el motor todavía encendido mientras la rueda trasera giraba sin fin.
La delantera, por su lado, rodaba en zigzag por la calle, hasta vérsela caer, finalizada la inercia, unos cuantos metros más allá.
El cuadro ofrecía una imagen dramática: la moto, medio desarmada rugía sobre el cuerpo de Risanti cuyos gritos expresaban un dolor netamente carnal. Aprisionado bajo el rodado no podía moverse.
Sus lamentos se oían intensos y quienes corrieron a su lado vieron su rostro convertido en una máscara de sangre.
Lo más grave sucedía con su nariz, transformada en un coágulo fláccido, fácilmente movible, sin rigidez ninguna y desplazada a un costado de su posición natural.
Le oyeron gritar doliente al intentar moverse con dos costillas rotas.
Las chicas chillaban histéricas alrededor y los varones se expresaban altisonantes.
Ricardo, en tanto, asomado al círculo de curiosos, fingía compasión para con el malherido.
Su sentimiento no era otro que el de un rival que ha vencido al contrincante. En ese momento creyó que había dejado fuera de acción a su enemigo en la contienda por el amor de Matilde. Fue fugaz esa sensación de triunfo. Ella, consternada, reclamaba auxilio médico mientras prestaba ayuda al accidentado, sosteniéndole la cabeza.
Ricardo sintió piedad para consigo mismo y un fuerte arrebato de celos. Miró hacia el estacionamiento, donde relucía el color plateado del coche de Matilde y se dirigió allá, disimuladamente.
Palpo en su mochila la solidez de la llave inglesa.
Con ella había desenroscado la rueda delantera de la moto enduro, a la que se montó el profesor de gimnasia y con la que se despanzurró sobre la calle. Con esa misma herramienta habría de aflojar las tuercas en las cuatro llantas del automóvil perteneciente a la profesora de matemáticas, a quien consideraba una ingrata.
Días mas tarde tuvo la satisfacción de visitarla en su casa, donde se reponía de varias heridas, especialmente faciales, sufridas al plantarse su auto bruscamente tras desprenderse una rueda delantera. Tuvo suerte de que ocurriese apenas iniciada la marcha. Su cara dio contra el volante, de allí el yeso que la cubría, con dos agujeros por donde asomaban sus ojos, asombrados de verlo a Ricardo Fuentes.
¿Qué hacía allí este alumno, sentado de visita al lado de su cama, con una rosa roja en la mano, hablando de pavadas? se preguntaba, sorprendida, Matilde Landi, la profesora de matemáticas.
Rene Bacco




