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“Mi amor, el sábado nos vemos en la confitería de siempre. Te prometo lo mejor. Carlos.”

Evitó a duras penas desmayarse y mareado alcanzó a deducir que ese tal Carlos no era otro que el profesor de gimnasia. Regresó al aula con una mezcla explosiva de angustia y rabia. Al terminar la clase cargó su mochila, cerciorándose de llevar un elemento que siempre portaba por si sufría un desperfecto su bicicleta. Ese elemento pensó que le sería útil para su consuelo.

Se retiró del colegio, antes de hora como quien se escapa y se dirigió al baldío contiguo que servia de estacionamiento para los vehículos pertenecientes a los alumnos y docentes del establecimiento. Carlos Risanti, el profesor de gimnasia, guardaba allí su moto enduro de doscientos cincuenta centímetros cúbicos de cilindrada.

Gentes educadas, de respetable sociabilidad, repudiaban la prepotencia con que se conducía ese profesor en su motocicleta. Los jóvenes, en cambio, se identificaban con él, por su intrepidez al volante.

Amigo de realizar maniobras audaces, le apasionaba elevar la parte delantera de la moto y avanzar en una temeraria posición vertical, haciendo corcovos.

Ese día no sería una excepción en cuanto al despliegue de osadías que pretendería realizar al salir del baldío.

Cruzó veloz la vereda sin siquiera mirar a los costados, realizó un amplio giro a la derecha y al tomar de lleno por la calle principal, dándole fuerza al motor, alzó el manubrio para intentar pararse en una rueda.

Quienes caminaban por las inmediaciones del Colegio escucharon un estruendo de dudoso origen, pero de reconocida sonoridad metálica. Al mirar hacia el centro de la avenida vieron un espectáculo indefinido, con  apariencia de tragedia.

La moto Enduro del profesor Carlos Risanti,  caída sobre el pavimento, bramaba con el motor todavía encendido mientras la rueda trasera giraba sin fin.

La delantera, por su lado, rodaba en zigzag por la calle, hasta vérsela caer, finalizada la inercia, unos cuantos metros más allá.

El cuadro ofrecía una imagen dramática: la moto, medio desarmada rugía sobre el cuerpo de Risanti cuyos gritos expresaban un dolor netamente carnal. Aprisionado bajo el rodado no podía moverse.

Sus lamentos se oían intensos y quienes corrieron a su lado vieron su rostro convertido en una máscara de sangre.

Lo más grave sucedía con su nariz, transformada en un coágulo fláccido, fácilmente movible, sin rigidez ninguna y desplazada a un costado de su posición natural.

Le oyeron gritar doliente al intentar moverse con dos costillas rotas.

Las chicas chillaban histéricas alrededor y los varones se expresaban altisonantes.

Ricardo, en tanto, asomado al círculo de curiosos, fingía compasión para con el malherido.

Su sentimiento no era otro que el de un rival que ha vencido al contrincante. En ese momento creyó que había dejado fuera de acción a su enemigo en la  contienda por el amor de Matilde. Fue fugaz esa sensación de triunfo. Ella, consternada, reclamaba auxilio médico mientras prestaba ayuda al accidentado, sosteniéndole la cabeza.

Ricardo sintió piedad para consigo mismo y un fuerte arrebato de celos. Miró hacia el estacionamiento, donde relucía el color plateado del coche de Matilde y se dirigió allá, disimuladamente.

Palpo en su mochila la solidez de la llave inglesa.  

Con ella había desenroscado la rueda delantera de la moto enduro, a la que se montó el profesor de gimnasia y con la que se despanzurró sobre la calle. Con esa misma herramienta habría de aflojar  las tuercas en las cuatro llantas del automóvil perteneciente a la profesora de matemáticas, a quien consideraba una ingrata.

Días mas tarde tuvo la satisfacción de visitarla en su casa, donde se reponía de varias heridas, especialmente faciales, sufridas al plantarse su auto bruscamente tras desprenderse una rueda delantera. Tuvo suerte de que ocurriese apenas iniciada la marcha. Su cara dio contra el volante, de allí el yeso que la cubría, con dos agujeros por donde asomaban sus ojos, asombrados de verlo a  Ricardo Fuentes.

¿Qué hacía allí este alumno, sentado de visita al lado de su cama, con una rosa roja en la mano, hablando de pavadas? se preguntaba, sorprendida, Matilde Landi, la profesora de matemáticas.

Rene Bacco

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