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            -¡Carajo!-dijo Leonardo, hiriendo la mesa con otro golpazo. ¿Es que el Pelirrojo no tenía consciencia del peligro?-. ¡Estás loco o qué te has fumado, ah!

            -Si tanto te afecta, puedes irte-dijo el Pelirrojo, lanzándole una mirada despectiva. Balanceó el arma y la sacudió con cortos movimientos, como para comprobar que estuviera descargada de verdad-. Que yo sepa aquí nadie te ha amarrado, ¡ah!

            -¿Así?-dijo Leonardo, arrastrando las palabras, encarándolo con odio. Quizá, si le hablaba fuerte, lograría que reaccione-. Pues sólo trato de evitar que te vueles el cerebro y nos salpiques a todos.

            -Ahora hay que colocar una bala en cualquiera de estos agujeros-dijo el Pelirrojo, ignorándolo de nuevo, expuso un oscuro proyectil hacia la curiosidad de los otros e, inmiscuyéndolo en el tambor, volvió a unir la panza metálica con el armazón del revólver-. ¿Ha escuchado alguna vez por qué a este jueguito lo llaman la Ruleta Rusa?-. Y, sin esperar una respuesta, se contestó a sí mismo-: Pues porque hay que girar el tambor así-. Y, de pronto, un ruido de cadenas se alzó del vientre rotatorio del arma y fue a perderse entre la música-. Claro, como si jugáramos a la ruleta.

            -Y a éste qué le picó, ¿ah?-dijo Leonardo, tocándole un hombro a su viejo, disimuladamente.

            -La suerte está en salvarse cada vez que uno se dispara-dijo el Pelirrojo, acariciando el revólver casi con amor-. Lo que no sé, en cambio, es por qué lo de rusa.

            -No me jodas pues, muchacho-dijo el Zambo, vertiendo un chorro de cerveza en su vaso-. Ni siquiera he terminado el colegio y te las vienes a dar de profesor conmigo.

            -Para mí, presiente algo, viejo-dijo Leonardo, viendo cómo el Pelirrojo abandonaba el arma sobre la mesa con una mano temblorosa. El Zambo parecía haber calculado bien. Al otro ya empezaban a fallarle los nervios. En cualquier momento se arrepentiría de estar aquí y tal vez hasta saldría corriendo-. Sí, ahorita se retira.

            -Creo que un trago antes no me haría nada mal-dijo el Pelirrojo, dirigiendo sus manos hacia las botellas. Se servía la cerveza con lentitud, como si tuviera toda la vida para hacerlo. ¿O se demoraba a propósito?-. Puedo, ¿no?

-Sí, claro-dijo el Zambo, acomodándose en la silla, carraspeando-. Por qué no.

-Disculpen, esto me ha dado una sed increíble-dijo el Pelirrojo. Coló el licor por su boca y, de golpe, un gesto desafiante envolvió su rostro-. ¿Que no era hombre si no jugaba a la Ruleta Rusa?, ¿que no era tan avezado como ustedes para conseguirme un arma?, ¿que no merecía estar con ella? ¡Faltaba más!

-Está bien, mi amigo, lo que usted diga-dijo el Zambo. Había atrapado un fósforo con sus dedos, raspado su cabecita contra la mesa y encendido otro cigarrillo. El humo se elevaba con bucles siempre deformes-. Pero apúrese o quiere que piense otra cosa.

-¡No lo aliente, viejo!-dijo Leonardo, oyendo las chillonas trompetas de una salsa. ¿Por qué el Zambo no se detenía? ¿Acaso pensaba llevarlo hasta el último? Quizá era él quien hacía algo absurdo al querer evitarlo-. ¿No ve que ahorita es capaz de todo?

-De ninguna manera, señor-dijo el Pelirrojo, y, sosteniendo el revólver firmemente, ubicó el cañón en una de sus sienes. ¿Se daba cuenta de que las personas adelantaban sus caras para ver mejor?-. Como usted decía: Esto sólo lo hace un hombre de verdad.

-Ya pues, amigo, menos cháchara-dijo el Zambo,  expeliendo un manto de humo por las narices. Hacia el final sus palabras se apagaron por completo: alguien había alzado el volumen de la música ¿inexplicablemente?-. O me van a salir raíces de tanto esperarlo.

-Sepa que por ella haría lo que sea-dijo el Pelirrojo. Jaló el gatillo y, como si todo el rato hubiera estado al borde de un abismo, hacia el cual se habría precipitado de forma inevitable, su rostro se descompuso ahora sí con gestos evidentemente intranquilos: abría y cerraba la boca y pestañeaba en continuación. Entonces lo soltó. El ruido vacío del disparo alteró a todos, no al Zambo, que siguió echando humos que borroneaban su figura en la luz menesterosa. El Pelirrojo dejó el revólver y, titubeando un poco, lo deslizó hasta colocarlo bajo las narices del otro. Mostraba una facha de desconcierto y alivio a la vez y su pecho se inflamaba a un ritmo acelerado-. Le...le toca a...a usted, señor.

-Amigo, ya lo sé-dijo el Zambo, enarbolando el arma-. Si usted fue primero, ahora me toca a mí-. Sus frases develaban cierto tonillo de furia y acidez. ¿Es que las cosas podían írsele, acaso, en otra dirección? Tal vez creía que si dejaba de hacerlo sería un cobarde. Aplastó la colilla del cigarro contra el cenicero y se instaló el cañón del revólver en una sien-. No hay que ser genios para saberlo.

-Ahora debe apretar el gatillo-dijo el Pelirrojo, con un chillido desgarrado, suplicante. Por su parte, él quizá pensara, como muy en el fondo Leonardo, que también se había paralizado, que el viejo bajaría de pronto el arma y, sonriendo, diría algo como ya fue suficiente, muchacho, no había sido más que una prueba-. Aunque si lo prefiere...

-No, amigo, como usted diga-dijo el Zambo. Y, oprimiendo el ganchito metálico, disparó. El ruido hueco e instantáneo casi ni se escuchó y Leonardo, después del susto y sólo cuando el viejo apartó el arma de su oscura piel, creyó oir una especie de suspiro colectivo con el suyo. El Zambo volvía a reír a mandíbula abierta-: ¿Qué creía, amigo?, ¿que la suerte no podía estar de mi lado?

-Supongo...sí...es mi turno-dijo el Pelirrojo, sin hacerle caso. Parecía decidido a tomarlo con calma, pero la absurda potencia de su voz y su cara, lívida, congelada en una mueca de incredulidad, como si no entendiera lo que estaba pasando, lo contradecían. La torpeza de sus movimientos, al coger el revólver que el Zambo ya había puesto a su costado, era obvia-. ¿Qué...hacer? Sí...es...parte...del juego, ¿no?

-Espero que no se me eche para atrás-dijo el Zambo, lanzándole una nueva mirada de odio-. Y nada de excusas, ¡ah! Los hombres de verdad nunca dejan las cosas a medias.

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