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-No, señor, nunca-dijo el Pelirrojo, reposando el arma en la misma sien, donde se veía que el sudor de su rostro se había magnificado. Ladeó el cañón unos centímetros y, temblando de pies a cabeza, esperó. ¿Se daba ánimos para continuar?, ¿se preguntaba qué diablos hacía allí?, ¿rezaba para que alguien le dirigiera unas palabras salvadoras? Pero, como siempre, nadie decía nada (la gente, a juzgar por sus caras, ya ni pestañeaba). No le quedó, entonces, más que apresar el gatillo y detonar el revólver. El fogonazo sobresaltó a todos y algunos se cubrieron, incluso, los ojos y las bocas.

-¡Carajo!-dijo Leonardo, viendo cómo el cuerpo y la cabeza del Pelirrojo perdían el dominio de sí mismos y caían al piso estrepitosamente y, desde donde estaba, envuelto por las sombras, el tipo parecía ahora tan sólo un bulto cualquiera, una figura trivial-. La vida es una porquería.

-Una porquería sin sentido-dijo el Zambo, estampando su mirada en el aserrín mugroso del suelo, a la vez que el volumen de la música descendía al nivel de los bisbiseos de la gente. La sangre le había salpicado toda la ropa, la cara y los pelos zambaigos-. Aunque, la verdad, a mí éste nunca me cayó bien.

-Yo no pensaba que iba a terminar así-dijo Leonardo, limpiándose el rostro con una punta de su camisa. ¿Por qué no se dio cuenta de que, desde un principio, su viejo lo había engañado? Al menos, se habría ahorrado la preocupación-. Bueno, qué hacemos.

-Ya se verá-dijo el Zambo, sonriendo, y, acercando su silla, lo examinó-. Oye, poco faltó para que lo impidieras, ¡ah!-. De pronto, una sombra se le allegó y susurró algo en su oído y él, como si pretendiera organizar el mundo, volvió a levantar las aspas-: Sí, ya es hora de llamar a la policía-. Luego, giró hacia las otras mesas y, valiéndose de los mismos gestos para seguir dominando a los demás, gritó-. Y, ya saben, ¡ah!, pobre del hijo de puta que me contradiga.

-¿Y Fiorella?-dijo Leonardo, pensando que tal vez disimulaba muy bien, que por eso su viejo no se percataba de lo asustado que estaba, de lo mucho que hubiera preferido que no ocurriera-. Tarde o temprano se enterará.

-Bueno, sí, todo se sabe en esta vida-dijo el Zambo. Había llenado de cerveza los vasos, que, al igual que las botellas, estaban manchados de rojo, y accionaba su cuerpo al compás de la música, una chicha destemplada esta vez-. Me da pena por tu hermana, pero habrá que decirle que su noviecito se ha suicidado.

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