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“Llueve porque los ángeles están tristes” esto es lo que me decía mi madre cuando era pequeña y yo le preguntaba  por qué llovía, y deben estarlo muchísimo, sus lágrimas caen como piedras sobre el cristal de mi ventana y la calle parece un río sin rumbo, en mi casa se está caliente, siempre que encienda la calefacción.

   

    Me quedo pegada a la ventana mirando la lluvia, siempre me ha gustado hacer esto en los días que llueve, cuando era pequeña y llegaba del colegio empapada, me encantaba quitarme la ropa mojada y ponerla frente a la estufa de butano y ver como el humo que desprendía iba subiendo y tambaleándose, pero mi madre siempre me reñía diciéndome que iba a quemar la casa y que no podía hacer eso que era muy peligroso, luego me cambiaba de ropa y ya sequita  mi madre me preparaba un chocolate bien caliente, me enchufaba enfrente del televisor y a tragarme Barrio Sésamo enterito, Don Pin Pon me caía gordo, pero el resto eran fantásticos y no sólo los del barrio versión española, el Monstruo de las galletas, Epi y Blas, la rana Gustavo, forman parte de mi vida.

    Parece que los ángeles no quieren parar de llorar, algo gordo les ha pasado, ¿Se habrá muerto Dios? Quien sabe, yo hace tiempo que no lo veo y mira que cuando era pequeña lo veía por todos lados, iba al campo y allí estaba Él escondido entre las copas de los árboles, en la tierra mojada, en una hormiga pérdida que pasaba; iba a la playa y en la inmensidad del mar creía ver su rostro  y pensaba yo que era porque entre las nubes nos miraba y se reflejaba en el mar y lo creía palpable, como si al estirar mi mano pudiese tocarlo. Poco a poco, a medida que crecía, lo veía menos. Incluso, en la habitación de mi madre, hice un pequeño altar. Tenía en él a una Virgen de Fátima de estas fluorescentes que apagas la luz y brilla, una estampita de Jesús el Nazareno, una vela y mi Biblia, todavía hoy la tengo, pero ya sólo recoge el polvo. Todos los días a las ocho de la tarde la leía un rato, luego arrodillada ante mis imágenes rezaba el Padre Nuestro, el Ave María y hasta el Credo, del Padre Nuestro todavía me acuerdo, pero de la antigua versión, de la nueva ni papa.

 

    Hoy ni siquiera soy católica, las imágenes me parecen sólo eso: imágenes. Sigo pensando, que aunque se esté escondiendo mucho, Dios sigue por ahí, en algún lugar, tal vez se ha ido de vacaciones a otro Planeta o algo así.

 

     Echo de menos a mi madre, quizás ella sepa donde está Él. Aún cuando ya era una “mocita” me seguía tratando como a su niña, eso me molestaba mucho y cuando le dije que me iba a vivir sola puso el grito en el cielo, aunque fuese una mujer, era más machista que un hombre y no veía con buenos ojos que una chica jovencita se fuese a vivir sola.

 

    Y como dice la canción “Pasa la vida” y aquí estoy, sola, pero contenta con mi soledad, que es buscada y no encontrada. Se puede decir que soy una chica del S.XXI, independiente económicamente, con carrera universitaria y un master en inglés y con esto estoy contenta, además  he tenido suerte y trabajo en una multinacional donde estoy bien retribuida ¿Qué más puedo pedir? Creo que soy feliz, al menos de momento.

 

   Ya se han calmado los ángeles, sus lágrimas han cesado, aprovecho para dar un paseo por las calles mojadas, después de este llanto el aire parece más limpio y el sonido del agua caer a las alcantarillas me resulta musical e incluso me quedo parada para escucharlo mejor.

 

    Nunca veo el arcoiris, sólo lo vi una vez de niña y ha sido de los fenómenos más alucinantes, aunque su explicación científica no sea tan romántica, eso no borra su belleza.

 

    Me paro ante la tienda de comestibles, Doña Paquita estará dentro refunfuñando con su marido, al que adora, pero siempre está riñendo. Los supermercados los visito poco, prefiero al pequeño comerciante que conoces desde años, que con el roce se ha hecho el cariño y que si estas en apuros económicos te echa un cable y ya le pagarás cuando puedas. Todo esto no lo encuentro en el super, sus instalaciones, aún con el aire acondicionado, me parecen frías, intentan hacerte sentir como en casa, que te sientas bien con el ambiente que han creado y las sonrisas porfíen de las cajeras y dependientas de sección que lo único que les interesa de ti es tu bolsillo y que compres, compres, compres.

 

     Sigo paseando y empiezan a caer pequeñas gotitas que apenas sientes y en pocos minutos aprieta y yo sin el paraguas, me gusta la lluvia, pero verla desde casa, hoy los ángeles no quieren que salga de ella.

 

 

FIN

 

 

María del mar San José Maestre

10 de Enero del 2000.

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