Felipe no cabía en gozo, pues su esposa estaba viva y su hija estaba bien, quiso santificar al médico, y cuando reaccionó para darle las gracias y pagarle de alguna manera, luego de los fervorosos abrazos con su esposa, él se había marchado hacia un caserío cercano pues a un indígena le había picado una víbora. Los festejos por su nueva paternidad se prolongaron por cuatro días consecutivos, y aquel viejo coscojiento y reumático quedó por siempre impregnado en el corazón de todos en aquella casa.
Luego de la muerte de su esposa, el doctor, se perdió en los asentamientos indígenas trabajando en forma febril, curando, sanando, reviviendo.
La última vez que los Carranza supieron de él, fue cuando su hija, a quien habían bautizado con el nombre de Alfonsa, en honor al viejo, había cumplido cuatro años, y se enteraron de que el médico del pueblo había fallecido una semana antes, cuando intentaba resucitar a una niña muerta por dos días, que había ingerido frutos venenosos, envuelto en convulsiones y vómitos, y que tuvieron que enterrarlos juntos, pues los dos habían muerto de lo mismo...
©Patricio Sarmiento
Cuenca, 24 de julio de 1999