A la hora acordada, envuelto en un ligero toque de esencia, se instaló en el lobby a esperar. Minutos después vio cómo uno de los silenciosos descensores, depositaba a nivel del mar, a una radiante Ángeles, vestida con la misma informalidad y elegancia que traía en su vuelo, quizá con un poco más de esmero en su discreto maquillaje y algún pendiente que no recordaba haber visto. Y en todo caso, los tacones indispensables que acotaban la diferencia de estatura.
-Hola Ángeles, cómo has pasado? Has podido descansar? Estás muy guapa! Perdón, disculpa si te ofende pero es que…
-Nada, hombre, si eres tan amable! Un verdadero caballero como me dijo González Vargas, vuestro amigo de la Editorial. Es que me ha prevenido, sabes? Váis a encontrarte con un auténtico caballero, de los que no abundan por éste tiempo. Y vaya si tenía razón el desgraciado!
-Bueno, bueno, no me vas a poner en vergüenza ahora, que no estoy acostumbrado a éstas cosas. Vamos que tengo el coche allí frente-, dijo Jordi ofreciéndole su brazo a la sonriente dama.
Emprendieron un paseo lento por la Rambla con el sol en retirada en el horizonte, primer regalo que la naturaleza le hacía a la visitante. Debió parar más de una vez porque, deformación profesional, Ángeles parecía querer fotografiar toda cosa en movimiento o no. Que la puesta sol, que los jirones de nubes rosadas y anaranjadas en el cielo rumbo a la noche, que la orla de luces amarillentas que empezaban a iluminar el contorno de la ciudad. Todo parecía ser objeto de su curiosa lente.
Tras casi una hora de paseo por la ciudad, donde Jordi de encargó de mostrarle fachadas de edificios, museos, plazas y teatros, de los que Ángeles hacía gala de haber estudiado concienzudamente en forma previa, llegaron al lugar elegido para una cena con sabor típico, si es que ello era posible en esa ciudad de tantos contrates y tan pocas identidades.
Aquél lugar junto al puerto, teñido de nostalgia y bañado de tango, prometía ser el lugar ideal para que la visitante sorbiera un poco de la cultura local. Luego de un corto paseo por los intersticios del humeante local, eligieron un coqueto restaurant con música en vivo, donde un par de trajeados y engominados cantores, rasgaban un tango llorón.
Jordi no se había preocupado de investigar los gustos y costumbres de su invitada, y ahora mismo se preguntaba qué hacer si la tía le salía con que era vegetariana, justo en medio de la orgiástica muestra de carnes que era el lugar. Por suerte nada de ello pasó. Ángeles pareció interesada solamente lo imprescindible en la comida, dejándole a él la elección del menú y también del vino, concentrándose en disfrutar de la música y el bullicioso entorno de mozos gritones y parroquianos discutidores. Eligieron un rincón bastante tranquilo, donde los sonidos se atenuaban en algo, con discreta iluminación, y hecho el pedido de una entrada liviana y un asado criollo con verduras asadas como principal, Jordi se encontró ametrallado por una curiosidad en forma de mujer que pretendía saberlo todo antes de mañana. Pacientemente fue respondiendo a todas y cada una de sus preguntas, las que no le dejaban espacio para hacer las suyas propias sobre esa mujer que había comenzado a mostrársele como un iceberg que apenas mostraba una punta de sí. Fue una cena agradable, tranquila, regada con buen vino y adornada por una agradable charla, en la que Ángeles desplegaba todo su mundo y encanto, hecho para la seducción no buscada. A los postres, gentilmente rechazados por la disciplina de cuidar una figura que parecía no necesitarlo, la insistencia de la cantante de turno les hizo ensayar unos pasos de baile, los que resultaron mortificantes para Jordi, quien para risa de Ángeles apenas sabía remedar algo parecido a un tango, mientras ella hacía alarde de sus lecciones de salón, con profesor francés incluido, recibidas allende los mares.
Cuando la medianoche comenzaba a ralear la concurrencia, Jordi satisfizo la abultada cuenta del restorán que parecía cobrar lo consumido y los músicos también, aunque no quedaba claro si ello les generaba el derecho de llevárselos para su casa. Ángeles, achispada por el vino Tannat repetido, no cesaba de reír con cada una de las ácidas ocurrencias de su anfitrión. Cuando en media hora estuvieron frente a la puerta del hotel, citados para un desayuno a las ocho de la mañana siguiente, con el objeto de viajar a esa fascinante ciudad colonial de padres portugueses que soñaba conocer, Ángeles despreció la mano extendida y le dejó un beso acariciado en su afeitada mejilla. Suficiente para haber aspirado el envolvente aroma de su perfume de mandarina, y sentir el roce de su cuerpo en su brazo. Suficiente para generarle una inquietud que no se le habría de ir en toda la noche, larga de sueños sobresaltados, que debió atravesar.



