Al despertar, preso del martilleo de la alarma de su móvil, cumplió a cabalidad su rutina de ducha y afeitada, desayuno tempranero en la Cafetería del Hotel, y luego de una rápida hojeada del periódico, partió a su encuentro para hacer el viaje programado. No bien hubo anunciado su presencia en la recepción del lujoso hotel, apareció expulsada de un silencioso descensor, una siempre sonriente Ángeles. Pusieron proa al Oeste y a medida se alejaban de la ciudad y comenzaban a recorrer los verdes campos veteados de ganados mansos, la conversación, ya despojada de la morosa pereza del despertar, empezó a ganar en intensidad. La visitante era, según podía comprobar Jordi, un manantial inagotable de curiosidad. Todo era de su interés, que los campos, que la vegetación –en una sucesión de árboles, arbustos y flores que ponían a prueba sus escasos conocimientos de flora autóctona-, que la historia y, lo que más le inquietaba, el intercalado de preguntas de corte personal, hechas con tal naturalidad que le dejaban sin margen para el enojo o fastidio. Otro tanto sucedía con sus propias vivencias y recuerdos. Todo parecía el fluir de un manso arroyo, apenas deteniéndose a ratos para cobrar nuevo impulso. Durante todo el día, de un soleado que pintó el río ancho como mar de un azul intenso, huérfano casi de nubes en el cielo y con brisa apenas perceptible, se mantuvo la charla siempre alegre y vivaz de Ángeles, algo a lo que Jordi trataba de acomodar su estilo de natural reservado y más bien parco. Un día de fotografías por miles, calles empedradas, edificaciones centenarias mudos testigos de pasados de conquistas a fuego de cañón, gentes y costumbres. Todo parecía ser digno de pasar por el objetivo de su cámara fotográfica de porte y lentes tan estrafalarios como no había visto nunca, acostumbrado como estaba a sacar fotos aficionadas en su minúscula digital use y tire. Caía la tarde a sus espaldas cuando emprendieron el regreso a la capital, dejando sobre el Rio de la Plata una puesta de sol para el mejor recuerdo. Quizá era eso lo que Jordi quiso adivinar en esos ojos esmeralda cuando sonriente le dijo, -Oye uruguayo , es tal como lo había imaginado, no sabes cuánto te agradezco lo que haces por mí- y sin transición le obsequió una de sus fascinantes sonrisas.
Aquella rutina se repitió en los siguientes dos días, en sus escapadas hacia el Norte y Litoral, y luego la peregrinación por el rosario de playas del este. Y cada vez, podía sentir cómo esa presencia iba colándose por dentro de su piel, haciéndole olvidar si antes de esos días había tenido alguna vida. A veces sentía el olor del peligro, pero la ambigüedad de sus sentimientos le mantenían aferrado a ese presente de alegre compañía y desafiante intercambio de experiencias y opiniones sobre los más dispares temas que imaginarse pudiera. Es que ésa mujer, a la que parecía interesarle todo lo humano, también agregaba una importante dosis de seducción no buscada. Por lo menos eso era lo que pensaba, mientras conducía, señalaba, comentaba, y sobre todo escuchaba. Más de una vez se había tropezado mirando como al descuido los generosos escotes, ó los brazos que se agitaban y le rozaban, como ese cabello que caía sobre su rostro y era devuelto con un grácil golpe de su cabeza ó esas torneadas piernas que ofrecían un prometedor espectáculo. Más de una vez no había podido, y tal vez tampoco querido, evitar el roce de ese cuerpo envuelto en fragancia, y el natural y desenfadado brazo colgado del suyo, y cada vez se decía que muy a su pesar, a esa mujer parecía haberla conocido toda la vida y qué poco le costaría enamorarse de ella, si no sintiere que con ello traicionaría su confianza y la de quienes se la habían confiado.
Fue precisamente en el regreso de uno de esos viajes donde Ángeles le planteó la cercanía de la inevitable partida, y su deseo de despedirse de lo que ella decía había sido un regalo extra en un viaje soñado, la presencia de tan magnífico acompañante, con una cena íntima donde a él se le ocurriera mejor.
A dos días de esa partida, ahora tan temida, le pareció que encontrarse nuevamente en un restorán, por más coqueto y reservado que fuere, sería siempre demasiado público, y aunque no se lo quisiera confesar a sí mismo, anhelaba tener una velada a solas con ella. Allí fue cuando se acordó de la Cabaña junto al mar que aún alquilaba, a tan sólo una hora de camino de la Capital. Aquello podía resultar el ideal. Habría que andar rápido para planificar una cena en medio de la nada.
Cuando se encontraron nuevamente compartiendo un desayuno, no sin antes dudar sobre cuál sería su reacción, Jordi le sugirió la idea de la cena en la cabaña arrullada por las olas. No fue necesario argumentar absolutamente nada, la esplendente sonrisa y la exclamación del tipo – Pero, uruguayo, qué idea más genial!!! Muero ya por conocer esa Cabaña- que despejaba todo tipo de dudas. Fue así entonces que dedicó todas las horas disponibles de esos dos días, a planificar el encuentro, poniendo toda su atención en cada detalle. Todo debía ser perfecto. Su carácter obsesivo no le permitía el más mínimo asunto, por nimio que pareciere, dejado librado al azar. Fue esa manía por el detalle lo que le llevó a contratar un Remise para que se encargara de traerle y esperarla en la Cabaña con el agasajo ya pronto.
Desde que se puso a imaginar y concretar cada uno de los detalles, le asaltó la vaga sensación de estar soñando algo ya vivido ó viviendo algo ya soñado. Era un sentimiento indefinible que le asaltaba toda vez que iba cerrando el plan minuciosamente armado. Y de nada valía decirse que era una simple despedida de amigos circunstanciales. Presentía que para él, y también para ella, esa ocasión era especial.




