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Con la tristeza regada por todo el cuerpo Ulpiano amortajó el cadáver y salió para el cementerio a escavar la tumba. Ya había afeitado y maquillado el cadáver para ponerlo presentable; él también estaba limpio y más tarde se pondría su ropa dominguera. Miró el cajón y lloró de rabia.

-          Usted es un hijo de puta –dijo al forastero- del bolsillo del difunto le vi sacar por lo menos el triple del valor de un féretro decente, ni los gusanos se lo van a comer cuando se muera.

-          Ni los gusanos ni los humanos, replicó, a mi me van a incinerar –le contestó el hombre sonriendo con ironía.

El sepulturero se le lanzó al cuello con intención de estrangularlo pero, el hombre era más alto, más fornido y no había pasado el trabajo de cavar una sepultura; si a eso se agrega todo el licor ingerido la noche anterior, se concluye que llevaba todas las de vencer; se quitó de encima a Ulpiano de un empellón y este se estrelló contra la pared y quedó tendido en el suelo.

-          Ni se le ocurra intentarlo de nuevo –le advirtió- la próxima ya no será solo el empujón… y usted, me dijo, vaya donde el cura y pregunte a qué hora podemos meter el difunto en la iglesia.

-          ¡Como ordene!, contesté burlón y salí rumbo al templo parroquial.

A las once y media sonaron las primeras campanadas de duelo anunciando oficio de difuntos. En la casa ya todas las pertenencias estaban clasificadas, las que tenían algún valor monetario reposaban en una caja de madera que adquirió el hombre donde don Polo; todo o demás, que no era mucho, nos lo heredó de palabra. Recontó por enésima vez el fajo de billetes mientras sonreía, revisó la libreta de ahorros del banco local y movió complacido la cabeza ante la suma que tenía “Tortuguita”, guardó el fajo entre su cartera y metió la libreta en uno de los bolsillos del saco, nos observó de soslayo y en la distancia sonaron las campanas anunciando el segundo llamado. Pasó media hora y no escuchamos el tercer toque de las campanas, los daban cada cuarto de hora, esperamos treinta minutos más y no escuchamos el llamado de la iglesia, entonces alzamos el cajón con Ulpiano Aldana y caminamos detrás del hombre con rumbo al templo parroquial, este miró de pasada el camposanto como pensando “podemos dejarlo de una buena vez acá y nos ahorramos la ceremonia” pero continuó caminando hacia abajo.

En la calle, frente a la casa cural, estaba reunida una pequeña cantidad de feligreses, mujeres en su mayoría conformaban el grupo y comentaban algún suceso con ademanes exagerados.

-          El padre sufrió un ataque cardiaco antes de las doce, lo atendió el doctor Jaime Angel, le aplicó una inyección y ordenó llevarlo de urgencia para la capital a donde lo llevan en este momento –informaba una de las auxiliares del sacerdote.

-          ¿Y, la llave del templo? –preguntó Ulpiano.

-          Se la llevó el sacristán –le dijeron.

El familiar de don Carlos, a pesar de todas sus cochinadas parecía un buen católico, cumplidor de los preceptos religiosos y se notaba preocupado por la ausencia del ministro religioso para oficiar la ceremonia final.

-          ¿Ahora qué hacemos? –pregunté.

-          Esperar, no se puede hacer nada más.

Como la espera se adivinaba larga y del cielo comenzaban a caer gotitas, cargamos con el muerto hasta el café. Don Luis nos dio su sentido pésame y preguntó detalles del deceso porque, recalcó, “Tortuguita” era su mejor cliente y su mejor amigo.

-          Tómense algo para que la espera se haga más llevadera –sugirió- y el forastero pidió una botella de trago.

-          Repártala, por favor, dijo el hombre, y consíganos algo de comer.

Pequeñas gotas empezaron a golpear sobre las tejas; entraron dos vecinos del pueblo y enterados de la novedad también brindaron por el muerto. Luego fueron llegando nuestros amigos de siempre con rastros de resaca pero con los trajes domingueros y con corbata como lo exigía la ocasión; hasta ese momento no me había dado cuenta que yo estaba sin afeitar, sin bañar y en el estado más desastroso de todos los compañeros de juego y borracheras; todos reiteraron los pesares y los pésames y bebieron con sentimiento por el fallecimiento  del hombrecillo. El ataúd permanecía en la calle, a un lado de la puerta de la cantina donde estaba cayendo cada vez con mayor fuerza la lluvia. Cuando el caudal arreció Luis sugirió que entráramos el muerto y como el establecimiento estaba lleno lo colocamos sobre la mesa de billar, detalle que no le agradó al dueño porque se podía estropear el paño; se tranquilizó cuando el familiar de don Carlos le pagó el alquiler de la mesa y agregó una generosa propina por lo que pudiera pasar.

Terminábamos el licor de la tercera botella cuando don Luis le cobró al familiar de “Tortuguita” las cuentas pendientes de antes y de hoy; ante nuestro asombro el tipo pagó sin hacer ningún comentario y pidió otra botella; fue que cuando supo que su pariente guardaba en el banco dos pares de cientos de mil, dejó todos sus afanes y yo creo que hasta se arrepintió por haber comprado el ataúd más barato. Al poco rato pidió otras dos botellas y se asomó a la calle.

-          ¡Qué día tan cacorro, comentó.

 

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