- Siga caballero y se desentume –repitió don Luis mientras servía unos tragos- ¿En qué podemos servirle?
- Gracias por su amabilidad, pero me quedo aquí no más para no mojarle ahí adentro –explicó.
Tenía una apremiante expresión de afán, como si la vida lo llevara a empujones y el mundo se fuera a desaparecer mañana por la mañana y él, parecía desear terminar con la misión que lo había traído a la aldea cuanto antes.
- Perdonen ustedes –dijo- ¿Conocen a Carlos Barrera?
Los miré y todos estaban moviendo la cabeza de izquierda a derecha en una señal inequívocamente negativa.
- Es un señor de edad más que madura –explicó- que mensualmente viaja a la capital a cobrar su mesada de jubilados.
Nosotros continuábamos como si nada; nuestro bendito pueblo parecía el paraíso terrenal de los viejitos pensionados que abundaban por los alrededores en pequeñas fincas de donde salían ocasionalmente por las compras indispensables o para tomar el bus inter municipal; su clima agradable y la tranquilidad que se apreciaba en el ambiente los atraían al retirarse en forma definitiva de sus trabajos… ellos saturaban los campos circundantes y era un milagro verlos por el casco urbano; a nosotros nos importaba un carajo lo que hicieran con sus pellejos mientras no metieran sus narices en nuestros asuntos.
- Su nombre es Carlos –insistió.
Bueno, pensé, Carlos es el nombre de ese coronel retirado, medio cabrón el hijuetantas, que cada vez que se emborracha sube montado en su caballo fino, desde su quinta a la orilla del río, y corre por las calles como loco, gritando vulgaridades y reventando a balazos los bombillos del alumbrado público mientras ríe a carcajadas viendo correr a todas personas que se le cruzan por delante.
- Carlos Barrera- repitió, temblando a causa de la mojada pero sin que sus dientes castañetearan- es familiar mío.
A nadie le sonaba el nombre completo; Carlos había varios en los alrededores. Otro viejito Carlos, pensionado, vive junto a la finca de los Manrique y contrajo matrimonio con una muchachita de unos dieciocho años que lo obliga a realizar los oficios de la casa mientras ella se revuelca en los potreros con los hijos de los vecinos ricos.
- Vive en este pueblo –agregó molesto- desde hace unos diez o doce años…
- Quince –corrigió Ulpiano Aldana.
Todos nos volvimos a mirarlo.
- Hoy se marchó para la ciudad para cobrar su sueldo de pensionado y no ha regresado, dijo.
- “Tortuguita”, dijimos en coro.
El forastero nos miró a nosotros, creo que ni nos vio, sonrió divertido al escuchar el apodo y le dijo a Ulpiano:
- Ya debió llegar, estuve con él esta tarde y de pronto se me escabulló cerca de la estación de los buses.
- No ha regresado –sostuvo molesto el sepulturero- siempre que vuelve de cobrar su mesada entra aquí, es como su oficina, ¿entiende?
Conocíamos al viejito Carlos y lo estimábamos, le sentíamos cariño, lo apreciábamos como amigo porque bebiendo era dicharachero y buen comprador. Cuando entraba se escuchaba: “Hola, don Carlos”, “¿Cómo está, don Carlitos”, “¿mi viejito cómo le ha ido?”; pero, hasta la llegada de este extraño por Dios que no sabíamos el apellido del viejito; con su nombre Carlos y su apodo “Tortuguita” bastaba parta todos, ¿para qué apellido?.
- Señores, sólo quiero hablar con él y evitar que cometa una bestialidad irreparable.
- ¿Le puede ocurrir algo peor que vivir quince años solo, en un pueblo donde tiene únicamente dos amigos? –preguntó, irónico, Luis Tegua- Mire señor, como se llame, si de verdad es pariente de don Carlos váyase por donde vino y no regrese nunca a joderle la vida a ese pobre hombre.
Los presentes, que conocíamos al ancianito, empezamos a mirar con malas intenciones al recién llegado.
- Don Carlos –continué Luis- o “Tortuguita” como lo llamamos cariñosamente, llegó desesperado a este pueblo y si no ha sido feliz desde entonces, por lo menos a vivido tranquilo. Usted (le dijo al extraño, señalándolo con el dedo índice derecho), tome lo que quiera, acomódese en la silla que prefiera y más tarde, cuando todos se vayan, puede acostarse a dormir sobre la mesa de billar porque ya yo encuentra bus para la ciudad, yo le facilito una manta, y mañana, bien temprano, se pierde por donde llegó.- Por favor…, dijo el hombre pero no continuó.
Después de pronunciadas estas palabras se hizo un silencio denso dentro del local mientras la lluvia repicaba sobre las tejas de zinc. El foráneo observaba con atención a los jugadores de naipe, al solitario Chepe tacando sus carambolas fantásticas, a los dos negociantes de caballos y a tres borrachitos desconocidos que llegaron contentos hacía pocos minutos; tal vez eran invitados de alguna de las casas de pensionados; a estos últimos trató de sonsacarles las señas de la vivienda que buscaba pero ellos se limitaron a echarle el brazo sobre los hombros, el tufo sobre la cara y preguntarle en qué equipo jugaba el tal fulano y su puesto en la alineación y acto seguido invitarlo a una copa de lo que fuera.





