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Fuimos 9 hermanos nacidos bajo el techo de un hogar en el que la disciplina era rígida y poco se nos permitía expresar sentimientos. Nuestro padre, militar de carrera, tenía ideas bastante radicales y duras en cuanto a la disciplina. Todo en casa debía marchar a la perfección, cada movimiento ser obligadamente exacto, tanto, como un reloj suizo. Horarios y obligaciones estaban escrupulosamente especificados y había que cumplirlos al pie de la letra so pena de soportar un castigo ejemplar que sirviera de advertencia a los demás para futuras desobediencias.

Nuestra infancia, por lo tanto, no fue una etapa agradable ni digna de añorar en estos tiempos otoñales, donde los recuerdos se agolpan como martillazos certeros y precisos que pegan de lleno en la cabeza y el más doloroso de todos, sin duda, es el recuerdo de mi hermana Antonieta, la única mujer en casa aparte de mamá.

Fue una compañera tierna, un remanso de paz en esa vida de amargura que nos tocó vivir,  no solo porque era la mayor y por lo tanto la que debía encargarse de nosotros cada vez que mamá paría nuevamente a otra víctima, sino que fue la madre que nos hubiera gustado tener, pues aunque la verdadera gozaba de cabal salud, le tenía tanto miedo a papá que jamás nos brindó una caricia ni una palabra de ternura. En cambio Antonieta, siempre nos alegraba el día con sus historias y fantasías, era la única que canturreaba en cada rincón, que reía a carcajada abierta por cualquier bobería y la que nos daba refugio en su cama en esas noches de tormenta mientras nos hablaba de cosas hermosas para que el temor no siguiera inquietándonos.

En casa, los cumpleaños no se celebraban nunca, tampoco las navidades, ni los días festivos porque todo tenía que ser solemne y la norma debía mantenerse sin importar la fecha. Por supuesto, casi no sabíamos de juguetes, paseos dominicales o vacaciones.

Una tarde, mi madre descubrió entre los libros de mi hermana, ya adolescente, la fotografía de un chico. Como era su costumbre, en cuanto llegó papá se la mostró y eso le costó a la pobre una paliza descomunal, poco faltó para que perdiera la vida entre los puños de ese hombre al que todos recordamos con profundo dolor y rencor.

Por supuesto, nunca volvió a la escuela, su castigo fue quedarse  ayudando en casa, para decirlo con claridad, pasó a ser la sirvienta de la familia sin derecho a horas libres ni días de descanso. La escuela era el único lugar respirable que conocíamos. A diferencia de los demás niños que suelen fingirse enfermos para no asistir, nosotros nunca decíamos nada cuando nos sentíamos mal para que no nos quitaran esas únicas horas de libertad. Ahora, la pobre Antonieta ni siquiera tenía ese consuelo.

Para rematar, resultó tan eficiente que decidieron que el castigo sería permanente, después de todo, según papá, las mujeres no merecían saber nada más porque igual terminaban de mujerzuelas de cualquier hombre y no valía la pena invertir dinero o tiempo en ellas. La desdichada era como un ave a la cual le habían mutilado las alas. Tantas fantasías y sueños que guardaba en su interior se iban apagando y marchitando cada día que pasaba.

Nuestra más grande aspiración era cumplir la mayoría de edad y poder huir de casa para siempre, mientras Antonieta, mientras tanto, languidecía a cada minuto, se llenaba de frustración mirando en el espejo el reflejo de una mujer que jamás llegaría a amar y ser amada.

Nuestra madre enfermó gravemente y a los pocos meses murió. Las cosas empeoraron para mi hermana, pues ahora recaía sobre sus hombros la carga de la casa y la educación de todos por completo. Nunca se quejó, pero sus ojos reflejaban la soledad aplastante que sentía. Sabía que el reloj marcaba los minutos inexorables y que la vida se le escapaba como arena entre los dedos sin que pudiera aprovecharla. Mi padre no le daba permiso ni de asomar la nariz a la puerta. Él en persona realizaba las compras necesarias cada domingo para que no hubiese pretexto de nada, hacía los pagos desde su computadora y se encargaba de que todo estuviera en total y desesperante orden.

No había nada que yo anhelara más que regresarle a Antonieta sus alas, que saliera al mundo y encontrara a quien amar para que viviera plena y dichosa el tiempo que le quedara de vida. En alguna época, opté por sacar en préstamo libros de la biblioteca escolar para llevárselos y que los leyera, pero las historias de libertad y amor contenidas en ellos, no hacían más que martirizarla y decidí no darle más libros hasta rescatarla.

Una tarde, papá llegó a casa más temprano que de costumbre y la pilló escuchando la radio con el volumen un poco alto. Enfurecido la tomó por los cabellos y arrastrándola hasta la sala la golpeó en presencia de todos nosotros para que aprendiéramos a no desobedecer sus órdenes y a acatar la disciplina.

Por la noche, me deslicé hasta su recamara para consolarla pues la escuché llorar a pesar de  que ocultaba el rostro en la almohada para aminorar los sollozos. Me dolía profundamente verla en ese estado, tenía miedo de que muriera de tristeza…y a veces de que no muriera de una vez, para que por lo menos en el más allá encontrara la paz que en este mundo se le negó.

Los días siguientes no solo fueron evidentes los moretones en su rostro y cuerpo, sino su mirada fría y sin luz, así como la ausencia definitiva de su risa desparpajada que terminaba por contagiarnos a todos. Casi no hablaba con nadie y observaba a papá de reojo, con odio. Pensé que lo mejor que podía hacer era huir con ella, aunque dejara mis estudios sin terminar, a pesar de que me faltara tan poco para cumplir la mayoría de edad, no podía tolerar tantas injusticias. Nosotros gozábamos de algunas ventajas pues finalmente éramos hombres y nuestro padre nos daba un poco más libertades, además de que teníamos la esperanza de que al terminar los estudios podríamos valernos por nosotros mismos y salir de ahí para no volver nunca más. Pero ella, ¿qué perspectivas tenía ella? Su único futuro visible era ser una solterona amargada y frustrada por siempre.

Sí, la decisión estaba tomada, al día siguiente, en vez de ir al Colegio, me dirigiría hasta la casa de mi amigo Juan, la madre alquilaba habitaciones y podría ayudarme. Le pagaría en cuanto consiguiera empleo, todos sabían de la mano recia de mi padre para educarnos y seguramente no se negaría a ayudarme, aún cuando me arriesgaba también a que la mujer me traicionara y por temor, o simplemente por no querer adoptar problemas ajenos, corriera a decirle a mi padre de mis planes para escapar de él. Sin embargo, todo era preferible a aquello. Por lo cual, aquella mañana, salí de casa como de costumbre, sin decirle mis planes a mi hermana, primero deseaba arreglarlo todo y sorprenderla para no hacerla abrigar falsas esperanzas si algo no resultaba bien.

Sin embargo, cuando llegué a casa por la tarde, encontré una multitud en la entrada. La música a todo volumen, mis hermanos llorando en los rincones, todos, menos ella, subí las escaleras a toda velocidad empujando con violencia a los policías que me impedían el paso hasta que logré llegar a su cuarto. Mi padre, estaba de rodillas en el suelo con el cadáver de Antonieta entre los brazos, según me explicaron después, llevaba ya varias horas aferrado a él sin querer soltarlo. Finalmente se lo arrancaron, literalmente. Pude ver el rostro de mi hermana antes de que la cubrieran con la sábana blanca para sacarla de ahí, tenía una sonrisa en los labios, los ojos verdes muertos pero luminosos y la marca de la soga prácticamente tatuada al cuello.

Sobre la cama había una hoja de papel con grandes letras negras en donde se podía leer: “Por fin podré huir de ti”. Ese hecho, cambio la vida de todos sin excepción.

Finalmente, llevé a cabo lo que tenía pensado y me fui de casa, cada uno de mis hermanos hizo lo propio en su momento. Mi padre nunca superó el suicidio de Antonieta, por increíble que parezca, la amaba por sobre todas las cosas, solo que esa manera cruel de ser era la que él creyó correcta para educarnos. Ahora, con el pasar de los años comprendo muchas cosas. Lo entiendo completamente aunque nunca aceptaré sus métodos. Su vida fue escrupulosamente perfecta, basada en la corrección y la disciplina, no sabía expresar amor, ni cariño, mucho menos prodigar caricias.

Pienso también, que mi madre, a la cual durante mucho tiempo le tuve resentimiento, llevó una vida igual de difícil que nosotros, casada con ese témpano de hielo, con un dictador castrante y exigente. A veces me pregunto cómo hicieron para engendrar nueve hijos si jamás se tocaban, nunca se besaban, ni por error rozaban sus manos ¡Qué vida tan  frustrante!

Pero quien más me duele en esta historia es él. Lo dejé de ver muchos años, cuando lo fui a buscar atendiendo a una llamada telefónica que me hicieron. Lo encontré en un asilo completamente envejecido a pesar de que no tenía edad para verse tan anciano, aquel militar gallardo cuyo cuerpo era un roble, había desaparecido para dejar en su lugar a un hombre frágil y tembloroso que agonizaba cruelmente, no por los dolores corporales sufridos sino por la culpa que taladraba cada célula de su cuerpo y que lo hacía gritar aterrorizado en cuanto recobraba un poco de conciencia clamando por su Antonieta.

Esa tierna y frágil criatura que nos endulzó la infancia a todos con sus fantasías y su cariño, con una ternura que no sé de dónde sacó pues ni mi madre ni mi padre pudieron habérsela heredado, pero que sin embargo, nos mantuvo cada instante con la fe viva e intacta a pesar de las circunstancias, pues crecimos convencidos que ella era ni más ni menos, un ángel que Dios nos envió para hacernos saber que no estábamos solos en ese hogar caótico del que lo único que deseábamos era escapar.

Elena Ortiz Muñiz

 

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