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Una tribu cuando casa a una mujer establece una alianza y para el caso opina el autor citado: “un vínculo humano es indestructible, lo que no sucede con la canoa, puesto que éste puede romperse”. Lo dice también en otras palabras. “puede romperse un vínculo establecido mediante regalos, pero no un vínculo humano”. El etnólogo francés termina en forma categórica diciendo que al practicar el incesto se gana sin perder y se goza sin compartir. Agrega, la exogamia asegura la supremacía de lo social sobre lo biológico, el intercambio es la base fundamental y común a todas las modalidades de la institución matrimonial. El incesto tiene un valor social y podría afirmarse que antes de ser moralmente culpable es socialmente absurdo. En la obra Estructuras Elementales del Parentesco Levi Straus entra en discusión con varios tratadistas, como Freud y Malivnoski, quines no dieron la importancia social a la prohibición del incesto. Solo el etnólogo francés vino a poner en su sitio estos argumentos de moda en los finales de los años sesenta y principios de los setenta.

En “Cien años de soledad” el intercambio entre extraños se da pocas veces. Los casos más representativos son los de Aureliano Segundo y Fernanda del Carpio por un lado y Gastón y Amaranta por el otro. Estos intercambios contestan un poco mi pregunta de atrás, sobre la ausencia de un intenso mestizaje en esta obra.

En el primer caso, Aureliano Segundo llevó en brazos a la soberana intrusa, con el traje desgarrado y la capa de armiño embarrada de sangre. Se llamaba Fernanda del Carpio. La habían seleccionado como la más entre las cinco mil mujeres mas hermosas del país. La había llevado a Macondo con la promesa de nombrarla reina de Madagascar. Inmediatamente Ursula se ocupó de ella como si fuera una hija. El pueblo en lugar de poner en duda su inocencia, se convenció de la candidez. Desde el principio de la obra el autor la caracteriza como una extraña ante el grupo de los Buendía. Como visitante tiene una presencia precaria, porque los habitantes de Macondo no daban el titulo de residencia con facilidad. Ellos se afirman proyectando los defectos en el otro, para justificar su odio contra el extraño o con el diferente y defiende la integridad asegurando la bondad, con una posición sin critica hacia mismos.

Mas adelante dice que Fernanda del Carpio era una mujer perdida para el mundo. Había nacido a mil kilómetros del mar, en una ciudad lúgubre por cuyas callejuelas de piedras traqueteaban todavía, en una noche de espanto las carrozas de los virreyes. En la casa señorial embaldosada de losas sepulcrales jamás conoció el sol. El aire había muerto en los cipreses del patio, en las pálidas colgaduras de los dormitorios, en las arcadas rezumantes del jardín de nardos. Fernanda no tuvo hasta la pubertad otra noticia del mundo que los melancólicos ejercicios de piano ejecutados en alguna casa vecina por alguien que durante años y años se permitió el albedrío de no hacer la siesta.

A pesar de las diferencias el matrimonio se realiza y inicia la puja dada en toda alianza de grupos y de personas, para moldear la unión de acuerdo a los defectos y cualidades de cada uno. Aureliano fue a buscarla a pesar de que ella había mentido para evitar que conocieran el lugar de residencia e identidad personal. La buscó sin piedad dice el autor, con la temeridad con que José Arcadio Buendía atravesó la sierra para fundar a Macondo, con el orgullo ciego con que el Coronel Aureliano Buendía promovió sus guerras inútiles, con la tenacidad insensata con que Ursula aseguró la supervivencia de la estirpe. Así buscó Aureliano a Fernanda del Carpio sin un solo instante de desaliento.

En un monólogo bastante hermoso, quizá uno de los fragmentos mejor logrados de la novela, el autor pone en boca de ella los lamentos ante Aureliano Segundo, en aquellos días de lluvias interminables y cuando no había bocado para comer en la despensa de los Buendía del Carpio. El ha provocado la lengua de ella y dice:

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