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El esposo de Amaranta Ursula decía de Aureliano al verlo entregado al estudio de los manuscritos, que no leía para conocer algo nuevo, sino para verificar la exactitud de los conocimientos. Aureliano no aguantaba los amores de Amaranta Ursula y Gastón quienes no ocultaban las luchas amorosas. Una noche a diez metros de su cama, en el mesón de platería, los esposos desquiciados, desbarataron la vidriera y terminaron amándose en un charco de ácido muriático. Aureliano no podía dormir y sollozaba de rabia. Pasaba por el corredor como un extraño, volvía a encerrarse en el cuarto, sin poder leer y escribir, ni siquiera pensar, a causa de la ansiedad que le provocaban las risas, los cuchicheos, los retozos preliminares, y las expresiones de felicidad agónica que colmaban las noches de la casa. Cada vez Aureliano estaba cerca de aquella mujer prohibida. Al otro lado en la obra de Sófocles, el acercamiento de Edipo y Yocasta, ocurrió ganando el torneo de adivinación ante la esfinge: quien adivinara terminaría con las desgracias de Tebas y se casaría con la esposa del rey desaparecido. Al contestar acertadamente la pregunta de la esfinge llega Edipo al lecho de su madre. En cambio, en “Cien años de Soledad” el proceso de consolidación de la pareja se da en un forcejeo de conquista. Alguna vez Amaranta Ursula saludó a Aureliano y dijo: “ Hola antropófago”. El rumor del amor fue creciendo, hasta que un día Amaranta se pinchó un dedo tratando de destapar una lata de melocotones; él se precipitó a chupar la sangre con una avidez y una devoción que erizó la piel. Desde ese momento Aureliano no conoció límites. Fue cuando ella escribió a su esposo en Bruselas, diciéndole que lo quería mucho, pero no podía dejar de amar a Aureliano. El contestó haciendo recomendaciones para evitar y calmar los amores apasionados, y dejando ver en la carta el dejamiento amoroso. Ya Amaranta sentía el sopor del embarazo y recordó la tarde cuando entró al taller de platería y su madre contó que el pequeño Aureliano no era de nadie, que había sido encontrado flotando en una canastilla. Aureliano atormentado por su designio incestuoso, se dio una escapada a la casa cural para buscar en los archivos alguna pista cierta. El sacerdote no pudo responder a las azoradas preguntas. Solo Afirmó: “A mi me bastaría con estar seguro de que tu y yo existimos en este momento”. Ya habían desaparecido todos los Buendía, de suerte que ambos convivientes convencidos sobre la versión de la canastilla, tranquilizaron las conciencias. “Mierda, solía decir Amaranta Ursula, quien hubiera pensado que de veras íbamos terminar viviendo como antropófagos”.

Un domingo a las seis de la tarde, ella sintió los apremios del parto. Después de cortar el ombligo y quitar con un trapo el ungüento azul que cubría el cuerpo, alumbrado con una lámpara por Aureliano, voltearon bocabajo al niño y vieron que tenía algo mas que todos los humanos, una cola de cerdo. No hubo alarma; en la tarde supieron que Amaranta estaba sin vida. Yocasta también muere ahorcada con una cuerda en la propia habitación.

En “Cien años de Soledad” entró la desesperación a Aureliano y pensó en los amigos: “Los amigos son unos hijos de puta ¡” gritó. En Edipo Rey Edipo también invoca los amigos con estos versos:

“Ay, ay, amigo mío ¡

Tú eres aún mi fiel amigo, pues todavía

Té quedas a mi lado y te cuidas de mí.

Ay, ay.

No te me ocultas, pues que conozco claramente

Aunque ahora yo esté ciego, por lo menos tu voz”.

Mientras Edipo pierde los ojos al romperlos con un broche de oro que pende el vestido de Yocasta, Aureliano los abre mas y ve un espejo en los manuscritos. Por ese espejo de letras pasa la vida de todos los Buendía, hasta llegar el momento cuando está leyendo, la realidad y los sueños se unen, dando como resultado la muerte absoluta.

Aureliano transfigurado en la azarosa y dura realidad de los manuscritos, saltó las páginas para leer o mirar los acontecimientos de los Buendía destacados y pasar de largo los mas conocidos. Detuvo la lectura cuando Melquíades narra cómo nació quien estaba leyendo, cuya concepción fue entre alacranes y las mariposas amarillas de un baño crepuscular, donde un menesteral saciaba la lujuria con una mujer entregada a los placeres por rebeldía. Descubrió en los manuscritos que Amaranta Ursula no era hermana sino tía. No sintió la segunda arremetida del viento, ya en su plena soledad estaba absorto; la potencia ciclónica arrancó de los quicios las puertas y las ventanas, descuajó el trecho de la galería oriental y desarraigó los cimientos. En este punto de su lectura ya había desentrañado la frase principal, que desencadenó la comprensión de la historia: “ EL PRIMERO DE LA ESTIRPE ESTÁ AMARRADO A UN ARBOL Y AL ULTIMO SE LO ESTÁN COMIENTO LAS HORMIGAS “.

Macondo desaparece envuelto en un pavoroso remolino de polvo, mientras en Sófocles

Edipo asume las consecuencias de la desgracia.

Sófocles termina su obra diciendo que ningún mortal puede declararse feliz antes de la muerte. Para mejor entendimiento leamos sus palabras:

“Coro.

Habitantes de Tebas, mirad este es Edipo,

Descifrador de enigmas y hombre el mas poderoso,

Todos a su fortuna miraban con envidia.

¡Ved ahora a qué ola llegado ha de infortunio ¡

No juzguéis, pues, dichoso a otro mortal alguno

Que no haya contemplado aquel último día

En tanto no termine su vida sin dolor “.

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