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Antes de ir a lo nuestro le quiero pedir disculpas.

No es de orden exponerle algo de tanta importancia en una hoja que tengo clarísimo que tiene más arrugas que usted. Lo sé. Pero en esta hoja ayer mi hermana Gertrudis intentaba escribirle una carta al carnicero cuando de repente todas las palabras se le escaparon y en un santiamén, y con su característico carácter (permítame esta redundancia), hizo un rollito y me lo tiró por la cabeza.

Qué culpa de todo esto habrá encontrado en mí, me pregunté en un principio, pero enseguida me di cuenta de lo que estaba pasando. Las palabras, tal parece, se vinieron conmigo.

Con ansiedad desenrollé el rollito, me acordé de usted y ahí empezaron a merodear las cosas que a continuación le voy a escribir.

Eran las 8:30 de una mañana pegajosa y molesta. En realidad le voy ser sincera, no recuerdo que fuera exactamente una mañana con esas características, pero era verano, y los días de verano en Montevideo son siempre así, rayan lo insoportable con esa humedad que le deja a una el alma por el piso y el cabello ingrávido.

Tocó el timbre. Me invadió un poco la curiosidad. Empecé a imaginarlo pero no me dio el tiempo. Como pude confirmar poco tiempo después, la puntualidad era una de sus manías.

Qué le puedo decir, a primera vista me desilusioné. Una siempre espera que entre un Ashton Kutcher o con un poco más de realismo un Antonio Banderas.

Pero no, entró usted.

Primeramente serio y entonces pensé que era bastante más viejo de lo que luego me enteré que es.

Casi enseguida sonrió.

Y esa sonrisa tan pronunciadamente blanca me hizo encontrar al George Clooney que hay en usted, sí, me tuve que rebuscar un poco bajo esa pancita y esa cabellera que ya no es, pero lo encontré.

Y ahí fue que para mí empezó todo.

Si me hubieran preguntado un tiempo atrás qué pensaba de la idea de estar con alguien como usted, hubiera gritado "qué ascoo" con una mueca como quien chupa limón. Es que son más de dos décadas de diferencia generacional!!! Con cuántas mujeres ya había estado hasta el día en que yo nací!?

Mientras yo aprendí a tomar la mema, usted le enseñaba a alguien a besar Y cuando yo supe besar, usted ya había encontrado la mejor manera de hacer el amor.

Y cuando yo hice por primera vez el amor, usted sintió ganas por primera vez de enamorarse para siempre. Y cuando yo me enamoré por primera vez, quise que usted finalmente descubriera el amor...

No estoy segura de estarle diciendo claramente lo que le quiero decir.

Ya le dije que todo comenzó con su sonrisa homogénea, pero usted realmente fue penetrando día a día en mí, clase tras clase.  Con esa voz ronca e inalterable desnudó cuentos, poemas y novelas y entonces su pasión empezó a ser mi pasión.

Cómo no apasionarme con un Benedetti que sin tregua escribió la mejor carta de amor y quien sin yo ni siquiera darme cuenta, se convirtió en mi cómplice para barajar estas palabras y decirle finalmente lo que todavía no le dije.

A pesar de esta pasión que despertó en mí, todo iba relativamente tranquilo hasta que se le ocurrió rozarme con esa piel áspera y rugosa. Le puedo asegurar, que si alguna gotita de inocencia quedaba en mí, con el calor de sus manos se evaporó.

Pensé  en recordarle aquí lo que sucedió la tarde que siguió al roce pero no quiero dejar al desnudo (también) la magia que ambos guardamos del momento conectivo.

El problema que desde hoy estoy tratando de desarrollarle es que, se ve que los días húmedos, su pasión, nuestros roces y ahora que lo pienso hasta su inminente calvicie y su abdomen pronunciado, desencadenaron en mí esta locura y se lo tengo que decir. Me enamoré perdidamente de usted.

Es verdad, podría ser mi padre, se agita demasiado rápido y ya no sale a bailar. Pero yo me enamoré. Enteramente...eternamente.

Y entonces, ahora le pregunto, se atrevería usted a descubrir, por última vez, junto a mí, al amor?

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