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Llevaba Antonia, 3 años de casada con Epigmenio y aún recordaba las palabras de su madre antes del enlace matrimonial:

-"Tu obligación es ser sumisa y obediente con tu señor. Complácelo, sé paciente y aprende a satisfacerlo cuando sus necesidades lo requieran, haz lo que te pida en la intimidad y lo tendrás siempre a tu lado. Si te es muy desagradable lo que está pasando, solo cierra los ojos y piensa en otra cosa".

Pocas veces, había tenido ocasión de llevar a la práctica dichos consejos. A pesar de haber disfrutado un noviazgo amable y cortés en el cual su ahora esposo se mostró siempre atento mientras la cortejaba. Más, en cuanto se apalabró con su padre y fijaron fecha para la boda, todo cambió.

El hombre, al ya no tener la necesidad de halagarla para quedar bien y lograr su objetivo, comenzó a mostrarse tal y como era: frío, egoísta, exigente con las labores del hogar pero desobligado con la manutención de la casa y sin deseos, jamás, de tener intimidad.

Se sentía humillada, solitaria, repudiada. Comenzaba a pensar que algo muy malo había en ella para que su esposo apreciara más a una botella de vino que a su persona.

Las contadas ocasiones en que tenían relaciones, Antonia se esmeraba, a pesar de su inexperiencia, en satisfacerlo y agradarlo sin conseguir obtener ninguna muestra de pasión del hombre que se mostraba con ella, sencillamente, indiferente. Terminó por convencerse a si misma de que así sería su vida tratando de encontrar resignación y ocupándose por completo en las labores del hogar para distraerse.

Aquel miércoles del mes de mayo, el sol quemaba más que nunca y el calor resultaba agobiante. Antonia, como siempre lo hacía ese día de la semana, subía la cuesta que separaba el pueblo de su casa, sentía el sudor correr por su cuerpo. Cansada y casi de mal humor, bajó la bolsa repleta de víveres, y con la manga de la blusa se limpió el sudor de la frente.

Fue entonces cuando lo vio, parado junto al viejo Pirul, con la piel tostada por el sol sudorosa, el cabello húmedo y los labios sedientos. Joven y viril. Interponiéndose en su camino, observándola con los ojos llenos de deseo sin recato ni disimulo. Después dio media vuelta y comenzó a adentrarse en la loma, lejos de la vereda.

Sin pensar en nada, se echó la bolsa al hombro de nuevo y comenzó a caminar detrás de él hasta que llegaron a la laguna. Ahí, sin palabras ni preguntas o preámbulos, como si hubieran estado toda la vida esperando el uno por el otro, se fundieron e un brazo candente.

Aspiró su olor fuerte de hombre, tan distinto al de Epigmenio. Sintió cómo su cuerpo se estremeció por primera vez respondiendo a las caricias, sus piernas temblaban a causa del deseo, sus senos hicieron erupción bajo el contacto experto de esas manos firmes que la exploraban humedeciendo su sexo de urgencia. Y sin más, se entregó con total sumisión.

Regresó a casa alrededor de las cuatro de la tarde, aún tenía tiempo pues Epigmenio volvía a las cinco. Se metió a bañar sintiendo aún los labios del joven quemándola, su cuerpo seguía caliente, las carnes temblorosas y cerró los ojos mientras el agua fría la recorría.

Le habían hablado de la obligación de complacer a su hombre, pero nadie parecía haber tomado en cuenta que la mujer también tiene deseos, aunque casi nunca se mencionen, que ella también necesita sentirse acariciada, amada y deseada. Agradecía a la vida el haberle permitido conocer el verdadero placer, el gozar de una relación carnal sin limitaciones ni egoísmos.

Cuando Epigmenio volvió, la encontró recién bañada preparando la cena y, como de costumbre, saludó sin verla, conversaron sin que la mujer fuera realmente escuchada y se limitó a sentarse a cenar para luego retirarse a ver la televisión y dormir.

Los días pasaron uno tras otro, y siempre, los miércoles, en donde el pirul se erige imponente, el hombre moreno echaba a andar rumbo a la laguna mientras la mujer lo seguía a cierta distancia. Ninguno de los dos supo nada del otro. Ni su nombre, ni su oficio, ni cruzaron palabra, jamás ningún encuentro fue planeado. Aún así, todos los miércoles se veían. Él siempre frente al pirul y ella, invariablemente, caminando detrás.

Cuando Antonia murió, 30 años más tarde, su último pensamiento fue para el hombre moreno que llenó de apasionamiento su vida. Durante muchos días, la sonrisa que enmarcó su rostro al morir, fue motivo de conversación entre aquellos que acudieron a darle el último adiós, mientras que, visiblemente avejentado, Epigmenio se preguntaba apesadumbrado, quién lo atendería de ahora en adelante.

Elena Ortiz Muñiz

 

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