Pende de una débil rama entre las tantas que extiende generosa la enredadera que cubre la galería. Se mece, al soplo de la brisa, con su fragilidad solo aparente ya que nunca caería de la rama a la que se ajusta con un entramado de hojitas y fibras vegetales.
Me subo a una banqueta y entre chistidos nerviosos de un pajarito casi invisible, lo alcanzo con mi mano para girarlo hacia mis ojos. Observo un hueco diminuto y en su interior, sobre una superficie acolchada, dos huevos pequeñísimos que justifican la comodidad del nido y el chirrido estridente del ave que vigila.
Es el nido del picaflor, obra diminuta y perfecta en proporción y tejedura. Capaz de afrontar estoico los riesgos de la intemperie, que parecieran podrían ser devastadores para su nimia dimensión. En treinta días los pichones estarán en condiciones de volar y valerse por si mismos, aunque no superen el centímetro de envergadura.
Un verano fue que lo descubrí por primera vez. Al siguiente se repitió la rutina y posiblemente se trató del mismo pajarito o de su descendiente el que ocupo ese nido que aún permanecía entero, sin deshilacharse.
En este verano es otro el que cuelga de una rama distinta y, como los anteriores, contiene dos certificados, blancos, de preservación de la especie. Un par de huevitos, como pepitas, esperan el instante de alumbrar. Así, el picaflor recién nacido, por minúsculo no habrá de ser menos y ocupara su espacio y lugar, alimento y derecho a la vida en un mundo colmado de catástrofes en vías de extinción y que a pesar de la desidia cobija, todavía, la existencia perseverante de las pequeñas y frágiles bellezas.
Rene Bacco