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El cerro de la Cruz es pequeño pero escarpado y está al final de las sierras que bajan desde el norte, adentrándose en el llano. Parece un colmillo al extremo de una quijada. En la cumbre hay una gran cruz de hierro que está abandonada de la mano de Dios a la crueldad de los elementos, oxidada y un poco torcida, y sólo se acuerdan de ella las beatas de los caseríos próximos, que suben en procesión el día de la cruz y la engalanan con flores de mayo. Al pie del cerro pasa el ancho camino que viene de Azacualpa y va, cruzando el llano, hacia San Judas y más allá.

Una madrugada de invierno, cuando todavía estaba húmedo el zacate por la tormenta de la noche, se tomaron la cumbre del cerro, sin mediar acción armada, Emeterio y el Seco Jonás. Venían cansados por la larguísima caminata desde la retaguardia profunda, con los fusiles abatidos, las ropas húmedas y las botas empapadas, pero les dio tiempo a extender los nailon y descansar un rato antes de que aclarara el día. Traían la misión de hostigar al destacamento de la guardia de Azacualpa, que se dedicaba a patrullar a lo largo del camino, controlando el tránsito de vehículos y semovientes, realizar el reclutamiento de voluntarios para el ejército y mantener en estado de alerta frente a la subversión a las gentes del pueblo y sus aledaños.

El cerro era un observatorio privilegiado desde donde los francotiradores, parapetados junto a la cruz, entre piedras y charrales, aguardaban la llegada de la tropa mientras la mañana les descubría un llano envuelto en nieblas, las cimas lejanas de los volcanes, nubes perezosas dormidas entre los valles, campos verdes de maíz y caña, caseríos dispersos y, a lo lejos, las fachadas blancas y los tejados pardos de Azacualpa. Emeterio era un hombre ya hecho, con mucha guerra a las espaldas, y su compañero era un joven dotado de una sorprendente puntería, pero apenas un niño.

La mañana tranquila parecía desmentir la guerra, pensaba Emeterio, la bulla de los pájaros, el latido de los chuchos, voces perdidas a saber de quiénes, de hombres quizá que van a la milpa o de mujeres lavando y chismeando en las quebradas, el ruido del primer bus bajando las vueltas del basurero, el cielo que se está poniendo azul y el sol que se está llevando al frío.

No hacía falta que el Seco le rozara el hombro, que ya los había visto: el racimo de guardias ocupando el camino, justo donde los conacastes que lo flanqueaban hacían cúpula sobre él. Se echó los prismáticos a la cara. Los guardias avanzaban en desorden pero alertas, con las polainas sucias, los cascos oscuros y los fusiles en bandolera. Uno de ellos iba fumando y soltaba el humo entre caladas breves, un humo espeso y perezoso que se quedaba adherido al aire fresco de la mañana. A Emeterio le entraron unas ganas irresistibles de dar una calada a aquel cigarro cuyo aroma le parecía paladear. Se pasó la lengua por los labios y tragó saliva para espantar el espejismo, pero ahí seguía el sabor, instalado en su boca. Al pie de la cruz, el Seco preparaba su fusil, le ponía la mira, ajustaba el cargador, acomodaba el cuerpo sobre el suelo, el arma al hombro, el ojo a la lente y esperaba.

Había salido de Azacualpa un carro viejo, lleno de gente y hundido por la carga, que se acercaba a la patrulla por detrás, despacio, y fue frenando al llegar a su altura. Al detenerse, los guardias hicieron bajar al pasaje: a ver, los hombres a un lado, las mujeres a otro, y les pidieron la documentación. Después de un buen rato de observar detenidamente la identificación que cada cual portaba, que si la cédula, que si el carné electoral, que si una partida de nacimiento doblada y vuelta a doblar, rota en los pliegues, les permitieron subir al carro, que arrancó despacio, sin fuerzas, y se fue alejando por la calle enlodada, camino de San Judas, arrastrando su sonido de cafetera vieja.

Emeterio parecía una estatua con los codos hincados en la tierra y los prismáticos ante los ojos.

―Hágale blanco al que va delante, le dijo al Seco Jonás.

Un silencio leve se posó sobre ellos, un silencio azul y verde, tibio del sol y oloroso a cedro, un silencio claro y equívoco que cortó el trallazo seco del arma.

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