Última decisión: buscar un sitio de aquellos en que las parejas buscan solo por unas horas, para derrochar su amor con voluptuoso ímpetu magnifico, dulce alevosía en salsa de agresiva ternura acompañado con postre de irrespeto, seguro que ahí encontraríamos algo. Así fue.
Siga por acá, sin preámbulos me dijo el vigilante, ignorando como es costumbre en aquellos sitios, a la dama, pequeña damisela en ese caso, acto seguido, con muchísimo preámbulo, ella, ¿me acompañas? Es que me da miedo ir sola, con todos los preámbulos existentes y no existentes: derrochando mi verborrea tan ineficaz como rebuscada e invocada de algún libro narrativo que alguna vez quedara en mi memoria luego de que pensara que no, termine por decirle, si, en tono tan mal logrado y agónico que me odie, por ser lo más antierótico que hubiera podido salir de mi en aquel instante, aunque lo hubiera querido, no debía dejar una imagen de esas frente a un vigilante acomodador de autos de sitio aquel, sin importar que jamás nos viéramos mas por mi audacia para evitar esa calle en el futuro que por la suerte, los lectores avanzados entenderán.
Esto no sería del todo necesario resaltar pero ya que empecé, antes de terminar, aunque no logré hacerlo del todo entendible para los cuerdos de corazón lo citare por obligación moral literaria, para no irrespetarlos mientras pasan unos segundos luego de terminar el párrafo inmediatamente anterior, ella era más que atractiva, aún teniendo enmarcado el tórax con costillitas que parecían de pollo, mas que sensual con esa manipuladora inocencia consciente, cada mirada que ella por el espejo del elevador me hacia llegar por un rebote agresivamente tirano, netamente físico, según el espejo, como cañón, me hacia saber que había o estaba o habría de cometer un error, el espejo no podía mentir, ni siquiera siendo en un sitio en el que la mentira anda en bandeja, de cuarto en cuarto como plato de la casa, ansiado por los hambrientos amantes y vigilado por los empleados para no permitirle su escapada en furia por las calles de una inocente ciudad, ni siquiera disminuir aquella temperatura de los cañonazos de sus alteradas pupilas hambrientas de mi, creí, en aquel entonces, un poco por el alcohol, no por el amor “obviamente”, ella esperaba más aquel súper taxista ahora indefenso sin su volante en la mano de caparazón amarillo como son los taxis de mi ciudad, ahora, para el propio lamentar del conductor empezando ya, a excitarse.
Tras la maldecida por mi, puerta impenetrable ahora para un cobarde taxista, no por el material, sí por lo que adentro resguarda cada vez más fuerte que lo que afuera deja escapar por los aires libres, mal pintada y aun olorosa por las corrientes amorosas de la anterior pareja olvidadiza, tras la estela de la persona del servicio se fue mi ultima esperanza de decir que no, decir que no como un gran hombre apoderado de sus deberes mentales y sensoriales, pero bien sea gracias al Dios del sexo o al sexo de Dios, entró el bendecido por mi, glacial aire innovador al cerrarse por el servicio aquella misma puerta, una estrategia (que no alardeo al citarla): “Esperar que surgieran efecto los casi digeridos tragos y hacerla dormir ya fuera con algún aburrido y largo cuento sin final cercano al alba, aunque original, como este o con algún programa, con seguridad menos aburrido, infantil en la tele de madrugada”.
Luego de que no sirviera en lo absoluto (como era casi lógico), mi cavernícola técnica predecible para audaces féminas ebrias, de amor o lo que sea, como esa, esa que en frente mío, en frente de un hombre mas, viendo el sol llegar sin esperanzas de sueño ya por el salir del brillo montañoso característico de Bogota, se arraigaba sin fe, adormilada a esa reutilizada pegajosa almohada contagiosa de necesidad, alardeando sin hablar de tenerme ahí, sin nada que hacer, con todo por perder, esa que por malísima suerte, ya con gran trayectoria por mi vida, por mi noche siendo preciso, se encontraba frente a mi, no tuve mas remedio que enfrentar el problema con el pecho enfrente, como alguna vez aprendí, solo que ese añorado pecho escuálido en este caso estaba más atrás que la espalda, más lejos que Shangai, con suerte que no había encontrado antes, más que con valentía, después de unos cuantos capoteos al estilo madrileño por parte de ambos, algunos casos siendo toro, en otro barrera, en otros publico, la dormí, se durmió o lo simulo, en mis palabras en aquel invaluable momento ella se durmió diciendo: gracias por cuidarme, déjame tu teléfono en la recepción, y yo, gracias por dormirte, y pedirme nada mas que el teléfono antes de entregarte al alba.





