Es doloroso confiar ciegamente en alguien, en especial si esa confianza se refiere a las emociones o al mal llamado amor que, por lo general, es una atracción pasajera en nuestros años juveniles. A mi me ocurrió una que marcó gran parte de mi vida adulta y mi adicción al alcohol.
Ya no recuerdo con exactitud, pero tal vez tenía quince o dieciséis años y estaba tratando de hacerme novio de Sofía (nombre supuesto porque ella lee todo lo que escribo y desconoce este episodio). Yo la acompañaba al colegio, le ayudaba con las tareas y cuando podíamos encontrarnos, nos tocaba a escondidas porque la mamá la cuidaba demasiado, o eso pensaba yo, le gastaba mis pocos ahorros en lo que a ella le apetecía.
Yo sentía que era correspondido a ese amor juvenil que sentía por ella y la tal, en apariencia, era especial conmigo, muy diferente al trato con nuestros amigos comunes. Pues comencé a guardar en una alcancía el dinero que me daban mis padres para hacerle un regalo especial el día de su cumpleaños; dejé de tomar gaseosa y comer lo que me gustaba para atesorar cada moneda pensando en el día que le entregaría mi obsequio con todo el amor.
Cerca de la fecha le pregunté como quien no quiera la cosa que era lo que más le gustaría en su cumpleaños y me nombró un muñeco de moda y rosas. Con los pocos billetes y muchas monedas completé el valor de los dos deseos y en una cajita acomodé el muñequito y con las flores armé un hermoso ramo que iba a abrirme las puertas de su corazón.
Me dirigí a su casa con el alma llena de ilusiones pensando en el futuro de nuestro romance juntos. Uno nunca sabe las sorpresas que le depara el destino o lo que sea que le daña a uno la existencia. Casi llegando a su casa a la vuelta de una esquina donde no la podían ver estaba el amor de mis amores con mi mejor amigo en un intercambio de besos apasionados y con caricias atrevidas que a mi nunca me permitió.
No recuerdo el orden de mi rección, pero no los interrumpí, tiré las rosas al piso y las pisé hasta despedazarlas completamente; al muñeco le quite con rabia la cabeza y la arrojé a un perro que me enseñó los dientes y casi me muerde; mientras caminaba llorando rompía cada miembro del muñeco hasta no dejar nada mientras me perseguía la imagen de esos dos traidores.
Desde ese día empecé una carrera alcohólica que duró muchos años. Jamás pude confiar en las mujeres y cada relación terminó de mala manera por mis celos recurrentes que veían la traición por todas partes. Hoy ya no bebo, pero estoy solo porque no puedo confiar en nadie.
Edgar Tarazona Angel





