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Descubriendo el Último Misterio
(Novela Breve) 
©Abel Carvajal. 2000. Derechos de autor reservados.
Prohibida su impresión o publicación en cualquier medio  para
su venta o comercialización sin previa autorización
escrita de su autor, así como las traducciones a otras lenguas.
Infórmese en  http://librosdeabelcarvajal.blogspot.com/

 

A mi Sulamita

"La que vale es la última vida"
Mahoma

Felipe se encontró con Natanael y le dijo: "Hemos hallado a aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y también los profetas. Es Jesús, el hijo de José de Nazaret."

Natanael le replicó: "Pero ¿qué cosa buena puede salir de Nazaret?" Felipe le contestó: "Ven y lo verás."

Cuando Natanael llegaba donde Jesús, éste dijo de él: "Ahí viene un verdadero israelita de corazón sencillo." Natanael le preguntó: "¿De cuándo acá me conoces?" Jesús le respondió: "Antes que Felipe te hablara, cuando estabas bajo la higuera, ahí te conocí."

Natanael exclamó: "Maestro, ¡tú eres el Hijo de Dios! ¡Tú eres el Rey de Israel!" Jesús le dijo: "Tu crees porque te he dicho: Te vi bajo la higuera. Verás cosas mayores que éstas."

Juan 1, 45-50


I

Muchas cosas han pasado desde que salí de Roma hace más de tres inviernos, en el año 14 del reinado de "El Dácico"*, mi magnánimo tío con quien no se aún si tengo la fortuna o desventura de compartir el nombre, como tu bien sabes apreciado Fabio.

Te sorprenderá la extensión de este escrito así como el apenas legible pergamino que lo acompaña, que por la Gracia Divina no fue totalmente consumido por el fuego. Los que deposito bajo tu custodia hasta mi llegada a Lugdunum**, si es que el mensajero logró cumplir cabalmente su misión. En caso contrario solicito, en nombre del único y verdadero Dios, a quien en sus manos posea estos rollos su protección y difusión de lo que en ellos encontrará, asegurando su conservación de generación en generación para que en tiempos futuros los hombres conozcan la Verdad. Igual pedido te hago excelente Fabio, en nombre de nuestra antigua amistad, si después de un tiempo prudente no vuelves a tener noticias mías.

Confiando pues en los designios de Dios, he decidido componer para ti y para todos aquellos que quieran conocer la Verdad, un relato ordenado de todo lo importante que me sucedió en estos tres años y que cambió mi vida para siempre.

El Trajano que te escribe no es el mismo con quien compartiste la mesa en aquella magnífica fiesta con la que me honraste en tu espléndida casa en Lugdunum. Tampoco es el mismo que luchó a tu lado en las guerras por la Dacia, y menos aún, el muchacho orgulloso de su pasado turdetano junto al que creciste jugando en los alrededores de nuestra Itálica. Recuerdos que todavía guardo en mi corazón.

Así es, yo Marco Trajano, quien no cabía de gozo y vanidad cuando mi célebre tío se vistió de púrpura, quien blandía con excesivo donaire el Sello Imperial cuando se me encomendó la supervisión de la construcción de la vía entre Benavento con Brindisi, y no supe elegir entre apaciguar mi ira a empuñar la espada ante las ofensas de algunos desdichados; confieso con la humildad que sólo da un espíritu arrepentido, que estaba equivocado y demasiadas veces actué mal. Hoy, cuando he visto pasar casi cuarenta primaveras, puedo decir que soy otro hombre, gracias a que otros me mostraron el Camino a la Verdad y a la Vida, la Verdadera Vida.

Como recordarás cuando te visité en Lugdunum, ya hacía un largo tiempo me había retirado de la vida militar en pos de colaborarle al César en la administración del Imperio. Contaba con una modesta pero suficiente fortuna producto de los botines que me correspondieron como Capitán de Legión en las guerras por la Dacia, que bien sabes no escasearon. Además de las recompensas que eventualmente recibí de mi generoso tío por lo que él consideraba un buen desempeño en mis funciones administrativas, tal y como lo hacía con los demás que le servían lealmente. Es así que quise imitarte, comprando una hacienda no muy lejos de Roma adonde pudiera retirarme de la vida pública, dedicarme al estudio de la Filosofía, tal vez casarme y construir una familia. Aunque todavía no conocía a ninguna mujer, hija de algún patricio o al menos ciudadana romana, que cumpliera los requisitos que exigía para tal fin. ¡Cuán equivocado estaba!

Recién me había instalado en la casa de mi hacienda junto con mi leal esclavo egipcio, que antes había servido a Domiciano, después a Nerva y luego a mi tío, quien me lo obsequió un día sin más razón que "llévatelo, ya merece descanso en manos de un amo que no tenga mujer que lo azote." Además de Ahmés, que así se llamaba el viejo esclavo que conoció los secretos más íntimos de tres césares y de cuyo nombre se ufanaba que perteneció a un antiguo general tebano que expulsó a los hicsos de su milenario país, llevé conmigo a la bella esclava judía que dos años atrás había rescatado en el puerto de Ancona de las manos de un inescrupuloso mercader sirio. Cuando una lluviosa mañana llegó hasta mi puerta un mensajero de César Augusto Trajano "El Dácico".

Pese a que no estuvo muy de acuerdo cuando decidí renunciar a mi cargo, el Dácico comprendió y aceptó. Ahora en su carta, sin ninguna explicación, me pedía regresar al Palacio.

Sulamita, mi joven esclava, me puso la capa con la suavidad que la caracterizaba en su trato. Al mirarla ella leyó en mis ojos la preocupación de que se frustraran los planes de llevar una vida alejada de la política. "Confía en la voluntad de Dios, Él te dará lo mejor," me susurró.

"¿Acaso lo mejor que te pudo dar tu dios fue hacerte esclava?" Le repliqué. Bajó su cabeza. Arrepentido por la crudeza de mis palabras, agregué: "Está bien, pídele a tu dios judío que me acompañe." Sus ojos negros brillaron de nuevo.

Siempre había sido un escéptico en cuestiones religiosas, así se tratasen de los dioses del Olimpo, de los dioses con cuerpos humanos y cabezas animales que adoraba Ahmés, o del tal Yavé, el Dios sin rostro ni cuerpo que pregonaba el pueblo al que pertenecía Sulamita. Mi educación filosófica sumada a la observación del mundo y de los hombres, me hacía difícil creer en uno o varios seres superiores al ser humano. Dioses en contra de toda lógica o razón, que consideraba más como productos de la necesidad del Hombre de responsabilizar de los actos humanos a actores invisibles supramundanos y del no aceptar que la vida simplemente termina con la muerte, engañándose con la ilusión de una supuesta vida en el más allá.

No obstante existían muchos interrogantes sobre la condición humana, sobre la vida y sobre la muerte, a los que no encontraba respuestas satisfactorias. Por lo que leía y escuchaba con atención desapasionada toda filosofía y religión nueva que estuviera a mi alcance, sin excluir temas oscuros como la magia y la hechicería, logrando sólo aumentar más las dudas al respecto. Hasta tal punto que llegué a una conclusión: O caía en un mar de confusiones que podrían llevarme al borde de la locura, o, abandonaba toda búsqueda de respuestas y me refugiaba en la seguridad de mi escepticismo. Opté por la sana e indiferente incredulidad. Cuando me llegara la muerte encontraría las respuestas, si es que existía alguna.

Pero sería injusto sino reconociera que durante todos aquellos años de búsqueda de la Verdad aprendí de filósofos, sacerdotes, magos y ascetas, así como de algunas religiones, valiosa sabiduría. La que me permitió extractar muchas cosas ciertas, que encontraba en común, entre las diversas creencias y pensamientos.

Empecé a dilucidar que la verdadera magia, la verdadera Fe, es la "de adentro hacia afuera", como la llamé. Es ésta la que logra el cambio interior, del ser, la que alcanza la libertad del espíritu, a través del reconocer y aceptar el destino, el sino del hombre, cumpliendo a cabalidad su misión. Fortaleciendo el espíritu con el manejo de la energía interna, multiplicándola en vez de derrocharla en los asuntos que se originan en la vanidad, emociones dañinas, que son los verdaderos demonios: La envidia, los celos, la ira, el egoísmo, el engaño, la codicia, el odio y la venganza.

Descubrí también, que las mujeres y los hombres somos infelices porque andamos por la vida cargados de apegos y de rutinas. Somos ciegos, no vemos lo que hay que ver ni sentimos lo que hay que sentir, cuando el mundo nos ofrece sus bellezas a diario. El secreto de la felicidad es sencillo: Hay que ver, sentir y vivir al máximo cada día con los regalos que la Naturaleza, la Vida misma, nos obsequia.

Y es que conocí a hombres verdaderamente ricos, no por sus bienes materiales, aunque algunos también los poseían en abundancia, sino ricos de espíritu, felices, llenos de esa misteriosa energía vital. Una especie de gran fuego interior, de energía multiplicada, que hace que todo surja como por arte de magia, que todo salga bien, que hasta los deseos más sublimes se cumplan. Hombres que han descubierto esa magia "de adentro hacia afuera" y viven cada día de acuerdo al secreto de la felicidad. Hombres que traslucen su "riqueza" a través de la paz y serenidad que irradian.

Algo que cualquiera puede alcanzar si multiplica su energía interna, alimentando bien las llamas de ese fuego interior. Lo que me propuse y poco a poco comencé a ganar. Siendo ésta la principal razón por la que desdeñé la promisoria carrera política que tal vez hubiese desarrollado bajo el manto protector del César. Decisión inaceptable para muchos.

Creo que ahora queda más claro el motivo de mi preocupación ante la inesperada llamada del Dácico.

(*) Marco Ulpio Trajano "El Dácico": Nacido en Itálica (España) en el año 53 d.C. cerca de Sevilla. Emperador romano (98-117). El primer extranjero que ascendió al trono. En el 91 fue nombrado Cónsul por Domiciano y en el 96 gobernador de Germania Superior; en el 97 fue adoptado por Nerva al que sustituyó a su muerte en el 98. Restituyó al Senado algunas de las prerrogativas que le habían sido quitadas por sus antecesores. Convirtió la Dacia en provincia romana tras dos guerras (101-102 y 105-107), por lo que ganó el apodo de "El Dácico"; anexionó la Arabia Pétrea y tras vencer a los partos, Mesopotamia, Asiria y Armenia. Gobernante progresista; su reinado destacó por el saneamiento de la política administrativa imperial y por el impulso dado al comercio y a la agricultura. Construyó numerosas obras como el gran Foro Romano; vías como la Vía Trajana, que unía Benavento con Brindisi; puertos como Ancona y Civitavecchia; puentes como el Alcántara, sobre el Tajo; y monumentos como la "columna" que lleva su nombre. Consideró a los cristianos fuera de la ley pero no los persiguió obsesivamente. En su época se desarrollaron notablemente la literatura y el arte. Murió en el 117.

(**)Lugdunum: nombre latino de Lyon (Francia).

 


II

Para muchos debido a su origen provinciano, pero yo que le conocía bien, sabía que la sencillez del Dácico iba acorde con su práctico estilo de vida, la que ahora se reflejaba en el palacio de los césares. Sencillez que entraba en contradicción con su vanidad. Ambas, virtud y defecto, han sido marca de familia.

"Veo que te ha sentado bien la vida en el campo," fue su saludo.

"Así es loado César." Sólo en las reuniones familiares lo trataba de tío y ésta no lo era a juzgar por la presencia de sus consejeros.

Después de preguntarme por mis negocios y comentarme asuntos triviales de Estado, de los que por mi cargo anterior tenía conocimiento, hizo una pausa y miró a uno de sus consejeros. Éste le pasó una carta. Dejando de pasearse por el salón se sentó en su silla mientras la desenrolló con lentitud mirándome en silencio con cierta picardía.

"Escucha con atención," dijo finalmente antes de iniciar la lectura de un breve párrafo que, intuí de inmediato, truncaría mi plan de retiro:

"El contagio de la superstición cristiana* no se limita ya a las ciudades sino que se ha propagado a los pueblos y campos, y se ha apoderado de personas de toda edad, sexo y condición. Nuestros templos están casi desiertos y despreciadas las ceremonias." Enrollando de nuevo la carta habló con tono serio: "Nuestro procónsul en Bitinia** está muy alarmado por la proliferación de esta secta judía en el Imperio..."

"Conque Plinio el Joven es el autor de esa carta," pensé con molestia, pues recordaba esa chocante actitud adulatoria que era una constante en él, al menos mientras vivió en Roma antes de ser nombrado procónsul. A lo mejor, el astuto Dácico cansado de su presencia le encargó el gobierno de esa alejada provincia.

"No veo por qué tanta prevención contra los cristianos, es sólo una secta más de judíos, y el Imperio ha sido tolerante con todas las religiones de los pueblos donde ha llegado con la 'pax romana'. Nada más aquí en Roma hay un templo a Amón, dios de los egipcios, cosa que creo no molesta a Júpiter; por no mencionar las orgías, que interrumpen la tranquilidad de la ciudad, organizadas por los seguidores de Baco." Me atreví a refutar.

"En el fondo estoy de acuerdo contigo. Además, políticamente es beneficioso tolerar las diversas religiones, teniendo en cuenta el considerable poder e influencia que ejercen los sacerdotes de casi todas éstas sobre los fieles, que son la mayoría de los habitantes del Imperio. Pero a mis consejeros, como a Plinio, les preocupa la prédica poco conveniente para Roma de los seguidores de aquel galileo que el procurador de Judea en tiempos de Tiberio tuvo que ajusticiar." Dijo en tono menos formal.

"Si me permites señor, quisiera agregar algo." Murmuró uno de sus consejeros. Se estaban demorando en meter sus narices, o mejor, sus lenguas.

No tengo nada en contra de que un gobernante cuente con otros a su alrededor que lo aconsejen, de hecho lo considero sabio, pero siempre y cuando éstos obren de manera imparcial, objetiva y superponiendo los intereses del pueblo a los propios, incluso por encima de los intereses del gobernante mismo. Tal vez una utopía. Pero los allí presente, los conocía, eran unos codiciosos que no vacilaban en servir primero a sus bolsas y a la de otros patricios que al pueblo romano.

El consejero continuó con la venia del César: "La preocupación por los cristianos no es tan infundada, capitán Trajano." Pronunció con prepotencia mi antiguo rango militar, queriendo recordarme que un legionario no discute con el César. "Ellos, apoyados en un supuesto amor al prójimo que incluye al enemigo mismo, están implícitamente contra las políticas y leyes de Roma. Es así como se oponen de manera abierta al servicio militar. Pero eso no es lo más grave. Sabes perfectamente que en su mayoría son esclavos y pobres," sentí que su tuteo era hipócrita, "lo que representa un peligro potencial para el Imperio." Hizo adrede una pausa para remarcar esta última frase.

"Explíquese mejor, pues ahora tengo la inteligencia lenta de un campesino, no la aguda mente de un consejero." Observé como mi tío esbozó una leve sonrisa, le encantaba mi cinismo.

"¡Vaya! Nunca dejas de sorprendernos." Puso a los otros dos consejeros de su lado. "Tu que ahora eres un hacendado, un patricio de la misma familia del César, deberías estar consciente que una rebelión de esclavos y siervos te afectaría notablemente, llevándote a la ruina como a los demás hacendados. ¿O quién araría tus tierras, cuidaría tu ganado o cosecharía tus olivos? ¿Acaso tu mismo, que ni hijos tienes?" Un golpe bajo. Me mordí la lengua. Continuó: "¿O quién te prepararía la cena o asearía tu casa, sino contaras con tu esclavo egipcio o... la judía? Que hasta otros favores podrá concederte." Dos golpes. El desgraciado aún no perdonaba que me le hubiese atravesado en la subasta de esclavos en el puerto de Ancona.

Este hombre, llamado Cornelio, era más rico, pero cuando descubrí a Sulamita en el muelle llegué a un acuerdo secreto con el traficante sirio, quien a cambio de una cuantiosa cantidad de plata y de un favor, que justo mi alto cargo público podía hacerle, la retiró del registro de la subasta de esclavos y me la vendió.

Ahora me daba cuenta que tenía un enemigo más en la corte del César. Agradecí en mi interior el vínculo sanguíneo que me unía con el hombre más poderoso del mundo. Decidí controlarme y ver hasta dónde llegaría Cornelio, además, todavía ignoraba de qué se trataba todo esto.

El consejero Cornelio siguió diciendo: "¿O estarías dispuesto a pagar salarios a los jornaleros para que trabajen tu campo, menguando tus ganancias? La alarma del procónsul Plinio por la propagación del culto cristiano no es nueva. Ya cincuenta años atrás Nerón les temía como insurgentes, y con razón, incendiaron a media Roma. Domiciano tampoco estuvo tranquilo con ellos..."

No lo soporté más. Interrumpí las sandeces que ahora vomitaba este hombre, del que me preguntaba si no estaría pagado por los ricos sacerdotes de las otras religiones: "¡Oh, vamos! Todos aquí sabemos que el incendio de Roma fue el producto de una confabulación del pretor Tigelino, hombre cruel en quien Nerón confiaba demasiado." Remarqué pausadamente esta última frase y continué: "Al que el buen sentido del emperador Otón más tarde condenaría al suicidio. En cuanto al temor de una rebelión fomentada por los cristianos tus mismas palabras la descartan," le di de su misma bebida, "cuando dices que ellos se fundamentan en el amor al prójimo incluido el enemigo. ¿Cómo una religión con una filosofía así podría desencadenar la violencia o la rebeldía? Y en caso tal, ¿sería la primera rebelión de esclavos que el Imperio debería sofocar? Además," me dirigí hacia los otros consejeros, "piensen esto: Si se trata de una religión más, invento de los hombres, no perdurará, pero si en realidad proviene de un verdadero dios ¿quién podrá impedir su propagación?"

¡Por las barbas de Neptuno! ¿De dónde había sacado aquel discurso? Sin querer asumí el papel de defensor de los cristianos ante el César. Unos pobres perseguidos desde la época de Nerón, que profesaban una fe que me era ajena, pues más que una religión organizada los consideraba un grupo clandestino de fanáticos. Aunque reconozco que me simpatizaban por alguna inexplicable razón. Tal vez porque no se trataba de una religión impuesta por una casta dominante o clase gobernante, sino más bien todo lo contrario, estaba naciendo una nueva religión "de abajo hacia arriba".

"Tu locuacidad no nos abruma ni tus palabras nos convencen." Replicó Cornelio de nuevo incluyendo a los demás. "Pareciera que tu esclava judía te está convirtiendo a su secta."

Quedé pasmado, no se si por la falta de respeto del rencoroso consejero o porque jamás se me ocurrió que Sulamita fuese cristiana. La ira iba apoderándose de mi mente.

"¡Basta ya!" Intervino oportunamente el Dácico. "Me es suficiente con evitar que este asunto de los cristianos no se convierta en un problema de Estado y tenga que pasar al Senado, como para que dos de mis más leales y allegados hombres lo transformen en un conflicto personal."

Reinó en la sala un silencio tenso.

"Si supiera la dulce Sulamita del viejo necio y baboso que el destino quiso librarla," pensaba. "¿Será cierto que es cristiana? Este intrigante senil no se atrevería a ofender a un sobrino del César así porque sí... Pero si yo la he tratado con bondad y le he depositado mi más absoluta confianza, ¿por qué nunca me lo confesó? ¿Acaso me teme?..." El muy maldito me había clavado la ponzoña de la duda. Pero no caería en su juego. Me juré no indisponer mi ánimo contra la muchacha.

El Dácico se levantó de su silla. Con un rostro endurecido se dirigió a los tres consejeros: "Bien, señores. Creo que estarán de acuerdo por las palabras de Marco y por sus actuaciones anteriores al servicio de Roma, que es un hombre objetivo y justo, aunque a veces apasionado defensor de las causas nobles. Lo que no deja de preocuparme ya que muchas de las buenas causas son causas perdidas." Hizo una pausa sonriendo al tiempo que se acomodaba su manto purpúreo. Los consejeros también sonrieron excepto Cornelio. Continuó: "Así que seguiremos con el plan." Observó con gracia mi reacción de sorpresa, la que no pude ocultar.

Ya intuía que algo no me gustaba de este llamado del César, menos la presencia de sus consejeros. Era evidente que yo hacía parte del mencionado plan, del que momentos después me enteré se oponía a mis propios planes. Mas, qué hacer, la voluntad del César subyugaba la mía.

(*) En Antioquía (Siria) se les dio el nombre de cristianos a los seguidores de Jesús de Nazaret, que antes se les llamaba nazarenos y eran considerados una secta judía.

(**)Bitinia (Bithynia): antigua región al noroeste de Asia Menor. Hoy forma parte de Turquía

 


III

Tres semanas después estaba dando las instrucciones finales a mis siervos de mayor confianza y al viejo mayordomo de la hacienda, a quien encargué de su administración durante mi ausencia. Hombre confiable, muy conocedor de los secretos del campo y del cultivo de olivos, recomendado por el anterior propietario, a quien había prestado también excelentes servicios al igual que al padre de éste.

Sentí tristeza de tener que dejar esta agradecida tierra, pese a que llevaba poco tiempo de haberme instalado en la hacienda. Pero es que una buena finca es como una hermosa mujer, primero nos atrae con su belleza natural, luego, si descubrimos empatía y nos sentimos a gusto ya se hará difícil apartarnos de ella.

Ordené a Ahmés y a Sulamita que empacaran la menor cantidad de cosas posible. Nada más la ropa, mantas y abrigo necesario para el invierno que apenas iniciaba, para ellos y para mí. Como legionario había aprendido que cada bulto adicional era causa de problemas y retrasos. Lo demás que nos llegara a faltar lo compraríamos. Llevaría suficiente oro, plata y tablas de reconocidos cambistas. Dinero que en su mayor parte me suministró el Dácico, pues iba en misión oficial con las respectivas cartas de presentación selladas por el mismo César.

Sulamita no ocultaba su entusiasmo por el viaje, propio de su curiosidad juvenil. No así Ahmés, quien no dejaba de rezongar por las molestias que esa inesperada misión le ocasionaría a un viejo cansado y cojo esclavo como él, según sus propias palabras. Aunque yo tenía presente su cojera, consecuencia de la salvaje paliza que le hizo propinar una infame concubina del emperador Domiciano, no la consideraba excusa suficiente para privarme de su útil compañía. Creo más bien, que en el fondo él sentía miedo, pues en su ya larga vida no había conocido mundo diferente al Egipto de su infancia y a la Roma de su juventud y madurez. Su robusta salud era envidiable, gracias muy seguramente a su también robusto estómago. No en balde eran famosas sus habilidades culinarias y buen gusto gastronómico.

A la mañana siguiente, de madrugada, partimos los tres en sendos caballos más tres mulas que cargaban el equipaje tiradas de un peón que jineteaba una cuarta bestia.

Grabé en mi memoria el aroma que despedía el campo a esa hora del día así como el hermoso paisaje que pintaban los primeros rayos del sol. Me despedí de aquella tierra, ahora mía, la primera que poseía, a la que pronto esperaba regresar.

Ser sobrino del César no necesariamente involucra provenir de una familia rica. Por el contrario, mis orígenes fueron más humildes de los que la gente suponía. Mi padre había nacido como producto de un amor juvenil furtivo, de aquellos prohibidos por las diferencias de clase, entre el padre de Marco Ulpio Trajano "El Dácico" y una bella sierva de su familia en Itálica. Poco después, mi abuelo contrajo nupcias con la que sería la madre del hoy César, mujer de noble corazón quien no tuvo ningún reparo en permitir vivir en la misma casa y hasta colaborar en la crianza del hijo bastardo, luego de la temprana muerte de aquella sierva, mi abuela. Creciendo los dos niños como hermanos. Mi padre creció y pronto se casó, me engendró, llamándome igual que a su amado hermano menor.

Cuando mi tío fue nombrado Cónsul por Domiciano, me llevó a Roma para terminar mi educación. Luego me enroló en la Legión, pues consideró que la disciplina militar y el adiestramiento en armas me sería útil. Alcancé el grado de Capitán. Siendo ya el César, después de servirle en las guerras por la Dacia, me introdujo en la política nombrándome en cargos públicos de alta responsabilidad. Hasta que un día me cansé y, aceptando que aquella vida no era para mí, renuncié. Recuerdo aquel día, no muy lejano, cuando el Dácico exclamó con desconcierto: "Eres igual a tu padre, ambos carecen de ambición. La que le sobra a mi primo Adriano... Está bien, tal vez sea lo mejor para ti. Cada hombre se forja su destino de acuerdo al favor de los dioses. No soy quien para oponerme."

Cabalgamos sin prisa, cuidando de no agotar a los equinos y ahorrando nuestras energías ante la larga travesía por mar que nos esperaba. Nos dirigimos hacia el puerto de Ancona, donde nos embarcamos Sulamita, Ahmés y yo en una nave cretense rumbo a Nicomedia, la antigua capital de la provincia de Bitinia, ubicada sobre el estrecho que da acceso al Ponto*.

 

Fue una travesía agitada, el Mar Nuestro** no presagiaba una tranquila misión.

Mientras Ahmés, víctima del mal de tierra, cuando su indomable estómago no lo obligaba a doblar su cuerpo por la borda, renegaba entre maldición y maldición por su suerte, yo meditaba sobre las palabras del Dácico en una estera extendida en la cubierta con mi cabeza recostada sobre el contorneado vientre de Sulamita.

“No quiero tomar decisiones precipitadas respecto a los cristianos, menos cometer actos injustos contra ellos, que de una u otra forma hacen parte del pueblo. Así que antes, quiero saber con certeza quiénes son ellos y qué pretenden, cuántos son y qué tanto peligro encierran sus prédicas, si son una amenaza para el Imperio o si sus creencias son buenas para Roma.” Aquel día del llamado, el Dácico dejaba entrever que estaba indeciso ante el “problema cristiano”, como lo denominaba Cornelio.

“Por eso, querido Marco, te quiero comisionar esta misión especial.” Continuó diciendo mientras posaba su mano sobre mi hombro. “Ve a Bitinia, como mi embajador plenipotenciario ante Plinio y los demás gobernadores, averigua todo sobre esta secta que parece propagarse como una peste sobre nuestras provincias. Si es necesario recorre Asia, Siria y hasta la misma Judea. Usa toda tu sagacidad y el poder que te otorgo, investiga la verdad sobre estos cristianos y mantenme informado, sin intermediarios, a través de cartas de tu puño y letra. No me ocultes nada de lo que descubras o suceda...”

La brisa marina parecía jugar con el largo cabello castaño de Sulamita, mientras ella con sus dedos jugueteaba con el mío. Qué bien me sentía a su lado.

La imagen del César retornó a mi mente. Ahora la escena se remonta al jardín del palacio. Luego de dar por concluida la sesión en la sala de su despacho, me había tomado del brazo invitándome a caminar por el jardín con la excusa de tomar un baño de sol, dando a entender a Cornelio y a los demás consejeros que ahora debía tratar conmigo un asunto personal.

"Marco, sé muy bien que no estás a gusto con la misión que te acabo de encomendar, la que te apartará más tiempo del que quisieras de tu nueva vida campirana. Pero créeme, que no sólo es porque necesito de tus objetivos e imparciales informes sobre los cristianos sino también por nuestra conveniencia." Susurró a mi oído mientras miraba de soslayo que nadie estuviera lo suficientemente cerca como para escuchar lo que decía."

"Si es tu deseo, César, cumpliré con gusto la misión. Pero, ¿por qué dices que también es por nuestra conveniencia?"

"Deja el formalismo para las ocasiones oficiales. Ya viste la actitud de Cornelio, tu eres tan perceptivo como yo y se que atisbas el resentimiento que tiene hacia ti. Pues te digo que no es el único."

Obviando mi cara de sorpresa el Dácico continuó: "Estar rodeado de ratas intrigantes es el precio del poder. La razón por la que un gobernante pierde la tranquilidad de su sueño. Se mantienen al acecho, esperando cualquier oportunidad para atacar en jauría, como este asunto con los cristianos. Qué mejor daño a la imagen del César, que lleva catorce años reinando, demasiado para algunos, que la del tirano perseguidor de una inofensiva secta religiosa pero que goza de gran aceptación entre el pueblo raso y hasta en las mismas filas de mi leal ejército. ¿Entiendes?"

"Sí, tío. Y también entiendo que la familia y los amigos leales al César somos enemigos de esas ratas intrigantes."

"Exacto. Por esta razón y otras más, en las que no tengo tiempo para entrar en detalles, deseo que te alejes de Roma y del remolino político que cada día crece más amenazándonos, al menos hasta que el porvenir se vea más claro. Te envío a las provincias del oriente para que cuides mi espalda, tu misión oficial como espía entre los cristianos abarca más, descubre a mis verdaderos enemigos: los que ostentan o ambicionan el poder. Se mis ojos y mis oídos, y manténme informado... ¡Ah! Y no te separes de tu espada."

(*) “Pontus Euxinus” en latín: hoy Mar Negro.

(**) “Mare Nostrum” en latín, también llamado “Mare Internum”: hoy Mar Mediterráneo.

 


IV

Hicimos escala en Atenas por tres días, tiempo suficiente para conocer la cuna de la Filosofía. Me di gusto recorriendo la ciudad de Sócrates, Platón y Aristóteles, en compañía de Sulamita, quien con un apetito insaciable por aprender exprimió de mi mente cuanto conocimiento recordaba sobre los antiguos griegos. Mientras Ahmés, en las diferentes tabernas del puerto, saciaba su apetito con los manjares de la cocina griega, pasándolos con vino al que también le tenía afición, a veces en exceso.

Recuerdo que cuando abordamos de nuevo el barco, para continuar la travesía, el capitán cretense me recibió malhumorado. Se quejaba de la lidia que les dio Ahmés, unas horas antes, cuando abordó en un lamentable estado de embriaguez. Por lo que entendí, el egipcio llegó a duras penas manteniéndose de pie, habiendo un momento en el que el vaivén ocasionado por las fuertes olas le hizo perder el equilibrio no encontrando donde más sujetarse que de la delicada túnica de la amante ateniense del capitán. Una gruesa señora que salió, ante el empujón de Ahmés, proyectada por la borda cayendo al agua... ¡desnuda!

Al ebrio Ahmés sólo se le ocurrió gritar al ver la túnica que quedó en sus manos: "Oye gordita, ¿dónde compraste esta tela tan fina?"

Tuve que soportar el regaño del capitán por, según él, mi exagerada condescendencia con el esclavo al que le faltaban unos buenos latigazos que lo disciplinaran. Para calmar su enojo, que ya estaba poniendo en peligro nuestra tranquila travesía, me vi obligado a simular una gran turbación, cosa que no me fue fácil ante el contagioso ataque de risa que no podía contener Sulamita.

Con el furioso capitán a mis espaldas, exigí una explicación al tambaleante Ahmés.

"¡Por Osiris! Pero si es vaca se cayó sola, yo nada más traté de sostenerla agarrándola por la túnica... ¿Pero qué túnica puede soportar tanta masa de carne?"

Ante tal explicación, y anticipándome al capitán, le propiné una bofetada a mi leal Ahmés, que lo derribó. Lo que pareció satisfacer al lobo de mar, que no dudo, se hubiera devorado al egipcio si no lo castigo con mi propia mano, al que agregué una enojada orden de seguir una dieta a pan y agua por tres días. Orden que sabía no cumpliría, ya que Ahmés era quien administraba nuestras provisiones.

 

Otro día, en que navegábamos por las tranquilas aguas próximas a las costas de Asia*, una pareja de delfines saltó frente a la proa. Parándome sobre esta canté casi gritando una antigua melodía turdetana. La que a los delfines pareció agradarles, pues de inmediato surgieron otros cuatro delfines a babor y a estribor. Estos seis magníficos ejemplares marinos nos obsequiaron la más maravillosa danza acuática que mis ojos jamás hayan visto. Hasta el capitán y los marineros estaban asombrados, algunos de los cuales llegaron a aplaudir tan magistral espectáculo de la naturaleza.

Escuché cuando el capitán acercándose a Sulamita, le dijo: "Tu amo es un hijo de Poseidón, mira como los príncipes del mar lo respetan."

No le di importancia a este hecho, excepto que sí percibí a partir de aquel día un trato más cordial por parte de la tripulación. Los hombres de mar griegos creen en muchos agüeros y mitos, considerando a los delfines los seres más sabios del mundo marino, los hijos del dios de los mares.

Pero ignoraba la rapidez y penetración de las voces comunicantes de los marineros en tierra.

 

La soleada mañana en que avistamos el puerto de Nicomedia, Sulamita exclamó: "Parece una ciudad muy antigua."

"Lo es. Bitinia formó parte del imperio persa de Ciro, hace más de trescientos años se constituyó en reino independiente, regido por una dinastía de reyes llamados Nicomedes. Su capital: Nicomedia. Al morir el último de ellos, Nicomedes IV "Filopátor"**, dejó su reino en herencia a Roma, sin que el rey del Ponto, Mitrídates, pudiera evitarlo." Repuse.

“Me gustaría tener tantos conocimientos como tu." Sonrió tomándome del brazo.

"Tal vez conozca sobre los extraños, pero conozco poco sobre los que me rodean." No pude resistir más. Desde aquel día en que Cornelio me punzó, había callado, pese al sentimiento de amo engañado que me carcomía.

La malicia femenina de Sulamita afloró: "¿Qué me quieres decir, amo? Desde que te llamó el César te he notado algo extraño, distante y hasta algo desconfiado conmigo. Soy tu fiel servidora, siempre lo he sido..." Por un instante pensé que agregaría "y siempre lo seré hasta la muerte," o más bien eso deseé. Pero tras una breve pausa continuó: "Si deseas preguntar algo que te inquieta o aclarar dudas de tu corazón, hazlo mi señor, es tu derecho." Dijo esto con cierto enojo. Vieja táctica de las mujeres: escudarse tras una supuesta ofensa ante el ataque que ven venir.

Decidí ir directo al asunto: "¿Eres cristiana?"

(*) Asia: antigua provincia romana en la costa oeste de la actual Turquía.

(**) El rey Filopátor murió en el 74 a.C.

 


V

Esa noche, en la que desembarcamos en Nicomedia, mientras trataba de conciliar el sueño en la cama de la habitación que Ahmés rentó en una taberna próxima al puerto, pensaba en la sollozante confesión de Sulamita. Me embargaban contrarios sentimientos: orgullo herido por el engaño y admiración por su franqueza, ira conmigo mismo por no haberlo sospechado y envidia de ella por la certeza con la que hablaba sobre su credo, enojo con los cristianos que la convirtieron aprovechando quizá su ingenuidad y curiosidad por esa nueva religión que no hacía distinciones entre el amo y el esclavo.

La miraba una y otra vez, dormida, tendida a mi lado abrazándome, con ese delicado rostro de una belleza exótica y esa suave piel cetrina que reflejaba los rayos de luna que se filtraban por entre las celosías de la ventana. La ternura que emanaba apaciguaba mi confundido corazón. Cómo castigar, siquiera reprender, a un ser así. No podía.

Recordé las palabras de Diana, mi última amante: "Dicen que el amor es sincero y transparente, mas ni la inmortalidad es suficiente para conocer los capítulos oscuros de un compañero."

¿Sulamita, por qué has llegado hasta mí como esclava y no como princesa? Quería preguntarle como si ella fuera la responsable de mi vida, o más sinceramente, de mis prejuicios. Esta joven de Palestina tenía todo lo que siempre había anhelado de una esposa, excepto que era una esclava y no la hija de un noble, una mujer digna de mi rango.

Sonreí. Volvía a mi mente la imagen de la escena en el barco, cuando ella entre lágrimas y explicaciones me pedía perdón. Ahmés, quien había escuchado todo exclamaba: "¡Ves amo, lo que pasa con la mujeres cuando se les brinda confianza! A una mujer no se le habla con la boca sino con la mano, pero con una mano que sostenga un látigo o un palo. Por Amón que todas las mujeres son poseídas por demonios con el fin de amargarnos la vida a los hombres." Cuando le espeté con mis ojos agregó: "Bueno, casi todas... Sólo Isis, mi santa madre y la tuya, generoso amo, han sido dignas de idolatría." Ante mi gélida mirada y contundente silencio, Ahmés fingió toser y se marchó justificándose: "Iré a disponer nuestro equipaje para el desembarco."

Sulamita me confesó ser cristiana desde mucho antes que unos traficantes sirios la rescataran agonizante en el desierto, después de que la caravana de su familia que se dirigía a Damasco fuera asaltada y aniquilada. Así, luego de comprarla en Ancona a uno de ellos, ella se puso en contacto con la comunidad cristiana de Roma, con quienes continuó sus prácticas religiosas, algunas de cuyas reuniones se realizaban todavía en las catacumbas.

Yo estuve entonces equivocado, ella no era judía, su familia provenía de una región llamada Samaria, al norte de Judea. Su abuela, según me dijo, había conocido a Jesús de Nazaret un día que ella fue a recoger agua al pozo de su tribu y Él le pidió de beber. El Galileo fue cuestionado por los suyos, en especial por la clase sacerdotal judía, por mezclarse con estos samaritanos y otros pueblos.

Sulamita se encontraba plena en Roma, entre la comunidad fundada por Pedro, discípulo elegido por Jesús de entre los llamados doce apóstoles, el que murió también crucificado pero de cabeza por respeto a su Maestro. En la capital del Imperio también pereció un tarsiota llamado Pablo, un ciudadano romano que perdió su cabeza por expandir esta nueva religión, como muchos otros.

Estoy seguro que Ahmés sí estaba enterado de la religión de Sulamita. Conociéndolo, debió seguirla en más de una ocasión a sus reuniones secretas, a las que supongo ella se escapaba cuando yo me ausentaba. Pero decidí dejar el asunto en este punto. Además, tal vez pudiera utilizar el conocimiento de Sulamita sobre los cristianos para cumplir parte de mi misión, de la que obviamente no sabían ellos dos.

A la mañana siguiente tenía planeado presentarme ante Plinio el Joven, el que suponía ya debía estar al tanto de mi arribo a su provincia.

 

El Procónsul me recibió tal y como lo esperaba, con ceremoniosa lisonja. El curso de los años no lo habían cambiado en nada. Hay hombres que parecen pasar por la vida sin que ésta pase por ellos, Plino era uno de ellos. Considero al mundo una academia adonde venimos a aprender la más grande de las filosofías: la de la vida; pero algunos parecen aprender muy poco, o peor aún, ni siquiera saben que deben aprender.

"Bienvenido a mi humilde casa, Marco Trajano, sobrino del César y según dicen hijo del dios griego Poseidón." Era evidente que quería demostrarme su control absoluto sobre Bitinia, que se mantenía informado de cuanto forastero transitaba por su provincia y que ningún detalle escapaba a su oído.

Intercambiamos las palabras de rigor, respondí a sus preguntas que trataban poner de manifiesto un interés por la salud del Dácico, las últimas actuaciones del Senado y sobre asuntos políticos en Roma. Cuestiones todas, que estoy seguro, él ya conocía a la perfección. Ni se mostró sorprendido cuando le entregué la carta del César en la que le anunciaba y le pedía su colaboración para el cumplimiento de mi misión.

"Es un honor para este humilde servidor que nuestro amado César le conceda tanta importancia a mi advertencia sobre la amenaza cristiana enviando a uno de sus más leales capitanes, de sangre noble." Dijo al terminar de leerla. Pareciera que utilizara el calificativo de humilde para todo lo que tuviera que ver con él.

"Ya no soy capitán, respetado Plinio, me retiré de la Legión hace varios años para servir a Roma en la administración pública." Sabía muy bien que él estaba enterado, pero decidí seguir su juego.

Plino el Joven, aunque famoso hombre de letras, no me inspiró simpatía, lo que me hacía desconfiar de él. No obstante sus actuaciones habían demostrado lealtad al César. Detrás del adulador nunca hay un amigo, hay un interesado, un inseguro o un cobarde que no siempre es enemigo.

No pude negarme ante su insistencia de acomodarme en una de las habitaciones de su palacio. A él le convenía, me mantendría así más estrechamente vigilado y tendría más oportunidad de congraciarse conmigo esperando le llevara un buen informe al Dácico.

Fue un error aceptar su hospitalidad. Los primeros días me puso una escolta que mermó a tal punto mi movilidad que exasperado los eché a gritos, debiendo luego darle una larga explicación al susceptible Procónsul. ¿Cómo investigar con discreción sobre los cristianos con una escuadra de legionarios siguiéndome como la sombra por las calles de Nicomedia?

Después descubrí a un par de espías, aficionados muchachos bitinios, que me seguían sin tregua. Uno de ellos aterrorizado por el frío del metal de mi espada que apretaba su garganta me confesó que era enviado por el mayordomo del Palacio. La explicación de Plinio, quien alegó desconocimiento, fue una supuesta mala interpretación de cuidarme por parte de su hombre.

Ya era muy tarde, todo esto había llamado demasiado la atención entre los pobladores de Nicomedia, además ya había corrido la voz del incidente con los delfines. No tuve conciencia del poder de la "vox populi" hasta que caminando por la plaza principal, unos niños me alcanzaron corriendo y tocando mi manto se decían unos a otros "Hijo de Poseidón... Los delfines le obedecen," en su griego nativo.

Obviamente no pude abrir ninguna puerta del secreto mundo cristiano. ¿Quién confiaría en un romano amigo del Procónsul, emisario del César? Y tal vez ya circulaba el rumor de mi parentesco imperial.

En cambio a un viejo cojo egipcio y a una samaritana echada a menos sí les sería fácil infiltrarse entre los cristianos de Nicomedia. Ya era hora de hablar con franqueza. Pondría a prueba la lealtad de ellos, en especial la de Sulamita.

"Amo, me pides algo muy difícil, mas tu sabes que daría mi vida por ti. Sería traicionar a los míos, a los que siguen el Camino como yo." Exclamó Sulamita acongojada.

"No te pido que los traiciones, sólo que me informes de sus actividades y propósitos, del número de adeptos y quiénes son sus líderes. El César nada más desea estar seguro que no representan peligro alguno para Roma." Dije estas palabras con poco convencimiento, pues no podía apartar de mi mente la influencia que ejercían sujetos como Cornelio en las decisiones políticas tanto del Senado como del César.

"Amo, perdona mis palabras, pero ya antes se han desatado persecuciones contra nosotros por orden del César. Tu lo sabes bien... En la misma Roma han sufrido y perecido cientos de mártires por ninguna causa diferente a la de difundir las enseñanzas del Nazareno. Si eso llegara a suceder aquí, por mi culpa, no desearía seguir viviendo." Replicó sollozando.

"¡Ah, mujeres! Todo lo quieren arreglar con lloriqueos." Intervino Ahmés extendiendo sus brazos hacia el cielo. "Déjeme ese trabajito, amo. Ya verá que en menos de una semana sabrá hasta qué come el jefe de esa banda. Que esta judía llorona se encargue de atenderlo a usted nada más."

"¡No somos una banda!" Gritó Sulamita.

Comprendí su dilema y también vi la fuerza espiritual que poseía. Sentí celos de aquel Galileo. Cómo las palabras de un hombre al que sólo una vez había visto su abuela podían generarle tal convencimiento y fidelidad, hasta el punto de negarse a obedecer a su amo. "¿Acaso, era en realidad este hombre el Hijo del Dios Único, como lo pregonaban sus seguidores? A mí, ahora en Nicomedia, me llaman Poseidón, pero en pocos días todos lo olvidarán, más aún cuando haya partido. ¿Por qué ochenta años después de su muerte siguen llamando así al tal Jesús de Nazaret? ¿Quién era ese hombre que logra, que todavía hoy, sus seguidores se multipliquen como abejas por todo el mundo?," pensé.

Decidí, pues, que por el momento solamente Ahmés intentara permear esta secreta sociedad o comunidad religiosa.

Cometí otro segundo error al creer que Sulamita se quedaría de brazos cruzados. Muy pronto descubriría la magnitud de ese fuego interior que ardía en su corazón.

 


VI

No sabía bien el porqué, pero decidí tratar de entrevistarme con el líder cristiano de Nicomedia, un hombre al que llamaban Filopátor, no sé si en honor a aquel último rey bitinio o porque era su descendiente o como alias para ocultar su verdadera identidad.

En las dos semanas que transcurrieron desde nuestra llegada, no fue mucho lo que avancé en mi misión. No tenía suficiente información como para escribirle al Dácico, nada que valiera la pena.

La información que Ahmés logró obtener era más bien escasa y de dudosa credibilidad. No fue entonces posible establecer contactos. Hasta que un día, Sulamita me entregó una pequeña tablilla en la que estaba grabado un pez sobre una copa, y me susurró al oído en un tono serio: "Amo, se que eres un buen hombre, siempre me has tratado con bondad y amor, así como sé que no tienes razones para hacernos daño a los hombres y mujeres que seguimos el Camino. Esto le he dicho a Filopátor y él ha aceptado hablar contigo..."

Me estremecí de miedo al pensar en el riesgo que corrió Sulamita, y más cuando imaginé en lo que ella haría si el resultado de este encuentro trajera desgracias a los cristianos de Nicomedia. Una extraña vacilación me invadió.

Seguí sus instrucciones. Al mediodía del día siguiente, esperé sentado en la fuente de la plaza del mercado. Me sentía observado. Al rato, una mujer que parecía por su atuendo dedicarse a la prostitución se me acercó, sonriendo me preguntó: "¿Qué buscas forastero, el placer o la Verdad?"

"La Verdad es para el espíritu lo que el placer para el cuerpo, mas la Verdad perdura en el tiempo, mientras el placer dura sólo un momento." Respondí.

"Entonces paga con la moneda adecuada," dijo sin dejar de sonreir. Era bella pese a que su piel comenzaba a marchitarse seguramente por el trajín de su oficio ejercido por largos años.

Le entregué la pequeña tablilla, luego ella me pidió que la siguiera. Caminamos por entre calles y callejones. Observé que con frecuencia miraba de reojo a nuestras espaldas, lo que aumentó mi nerviosismo. De repente nos detuvimos frente a la puerta de una casa, de inmediato un hombre viejo y tuerto de aspecto descuidado la abrió, me hizo señas para que entrara de prisa.

Era una casa de gente sencilla. Además del tuerto que olía de un modo apestoso había adentro un anciano de barba blanca, éste si muy pulcro en su vestir. Me invitó a sentarme frente a él, con una sólida mesa de por medio.

"Soy Filopátor, honorable Marco Trajano. No necesitas presentarte, sé todo sobre ti y tu misión." Fue su saludo.

La cabeza me daba vueltas, ¿todo... misión...?, ¿por Sulamita o por espías en el palacio de Plinio o hasta en la misma corte del César?

"Gracias por aceptar esta entrevista." Fue lo único que se me ocurrió decir.

"Muchos entre mis hermanos se opusieron a efectuar este encuentro, pero hace unos días tuve un sueño: Vi a un hombre, era un legionario, que en un campo desolado clavaba su espada en la tierra y después abrazaba una cruz de madera que tenía frente a él.

Lo interpreto como que algún día Roma enarbolará la Cruz del Cristo*, ante su decadencia. Y también la... Bueno, no importa. Por eso no podía negarme la oportunidad de mostrar la Verdad a los oídos del Dácico, por medio de su sobrino, confiando en que el poderoso César no desate más tarde otra oprobiosa persecución en contra nuestra, repitiendo la barbarie de Domiciano."

Era un hombre de hablar pausado y actitudes reposadas, un anciano que inspiraba respeto.

"Venerable Filopátor, la única preocupación del César es si los seguidores del Nazareno, que al parecer son muchísimos, no son una amenaza para el Imperio." Decidí ir al grano.

"No podría un verdadero cristiano representar una amenaza para Roma, iría contra las enseñanzas del Maestro, quien entre otras cosas dijo: 'Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es suyo.' Pero entiendo el temor de Roma, pues el predicar el amor al prójimo y la igualdad entre los hombres va contra los intereses del Imperio, o mejor, de los patricios." Replicó esbozando una sonrisa.

Recordé las palabras de Cornelio al respecto. Toda esta cuestión contra los cristianos más que un asunto político era un asunto económico que amenazaba a la clase dominante. Me asqueaba el tener que servir a una causa de este tipo, así como detesto al rico que maltrata al pobre, tal vez porque por mis venas corre sangre de siervos.

La entrevista fue extensa, Filopátor parecía empeñado en convertirme a su Fe. Me contó con lujo de detalles toda la vida de Jesús, el Galileo, la que resumiré como una vida normal para un carpintero judío, bastante inteligente y no menos noble, pues descendía del glorioso rey David, y que en sus últimos tres años de vida marchó por la tierra de Palestina predicando la existencia de un Dios paternal y amoroso, no el colérico y vengativo al que temen los descendientes de Israel. Un Dios Padre, un Dios para amar y confiar en él, no uno para temer e implorar piedad. Un Dios Padre, que da a sus hijos, los hombres, como mayor regalo la Vida en su maravillosa creación material: el Mundo; y al finalizar ésta, la posibilidad de la Vida Eterna del espíritu de cada hombre en su Reino: el Cielo, un mundo muchísimo más grande y bello pero que no es material.

Es esto lo que entendí por la Verdad, cuya prédica llevó al Galileo a la muerte en la Cruz, así como a muchos de sus seguidores.

Se comprende entonces que esta Verdad asuste al Imperio del César, como asustó a la ortodoxa dirigencia judía, más cuando sus adeptos se multiplican día a día por millares. Pues, para el cristiano el César es un hombre más que adolece de la tan pregonada divinidad, y menos aceptable le será la subyugación de los esclavos y siervos. Rico y pobre, César y esclavo, sacerdote y siervo, son a fin de cuentas iguales ante los ojos de Dios, hijos de un mismo Padre. La diferencia es, en este mundo de la materia, que uno tiene poder y el otro no.

Vi todo con claridad: Ningún imperio o reino se sostendrá por mucho tiempo si su gobierno está soportado en esta vana diferencia. Por esta razón Roma algún día caerá, como todas las Romas que surjan en el futuro, mientras el cristianismo se expandirá por el mundo, como toda religión que se fundamente en la Verdad.

Entendí también a qué se refería Filopátor cuando dijo que un verdadero cristiano no podría representar una amenaza para Roma. Es que el hombre que cree en las enseñanzas de Jesús, sabe que es hijo del Dios Padre y no debe hacerle daño a sus hermanos, los otros hombres, así sean judíos o romanos. ¿O quién, que respete y ame a sus padres, levantaría una espada contra su misma sangre?

Por lo anterior también creo, que, muchos quieren ser cristianos pero pocos lo logran de corazón, pese a que todos son bautizados. Porque la codicia, la venganza, los celos, la envidia, el egoísmo, en fin, todas las vanidades de los hombres, priman sobre la aceptación de esta Fe que enseñó Jesús de Nazaret. "Ámense los unos a los otros como a Dios mismo, es el único mandamiento que les dejo," dijo Él, pero, ¿cuántos cristianos llegan realmente a sentir respeto y aprecio por los demás seres sin excepción?

Siendo precisamente este credo lo que más admiro de esta nueva religión. Un credo sencillo pero difícil. Un Dios Padre de todos y para todos, con el que hay que actuar en consecuencia. Un Padre con un plan para todos y cada uno de sus hijos, pero que al mismo tiempo nos otorga la libertad de seguirlo o no

Por fin había encontrado una religión que me llenaba. Una religión con una filosofía digna del Dios Supremo. Entró en mí el deseo de conocer más sobre los cristianos y su Maestro, ya no causado por el cumplimiento de la misión encomendada por el Dácico sino por el apetito de un espíritu que durante años ha estado hambriento de respuestas, cuya existencia intuía.

Pero siempre he mantenido cierta prevención cuando me acerco a determinada religión, filosofía o idea, por buena que parezca. Ya que he observado que una considerable parte de sus adeptos, practicantes o seguidores no comprenden la esencia o el fondo de lo que creen, cayendo en la distorsión, en un fanatismo que denigra el mismo credo. He visto que muchos siguen más al predicador que lo predicado en sí, pareciera que son incapaces de pensar por sí mismos entregándose por completo a todo lo dicho y hecho por el líder, maestro o sacerdote. Confían en que él piense por ellos y enaltecen su verdad como la verdad de todos. Los cristianos no serían la excepción como lo confirmaría tiempo después.

Ahora el problema era qué le informaría a mi tío. Si le escribía todo lo que he expuesto, en especial esto último, no dudaría en considerarlos una amenaza para la estabilidad político-económica del Imperio, y con razón, pues será inevitable que grupos exacerbados por líderes que distorsionen el Mensaje del Cristo se rebelen, llegándose a derramar sangre. Hasta veo un futuro cargado de intolerancia y resentimiento entre las diferentes facciones o grupos cristianos. El problema se originará en las múltiples interpretaciones del Mensaje Divino que se darán bajo las diferentes circunstancias, a conveniencia de los que ostenten o anhelen el poder. Siempre ha sido así.

Esta nueva religión se está masificando de una manera peligrosamente rápida, el que quiera es bautizado sin siquiera saber bien porqué, sin entender a cabalidad cuál es el sentido o la esencia de esta magnífica Fe.

Imaginé a qué tipo de conclusiones llegaría el Dácico junto con sus consejeros, o si se leyera en el Senado un informe mío así. El resultado obvio: otra persecución.

No estaba dispuesto a cargar sobre mi conciencia sangre cristiana.

Decidí entonces, enviar un informe que mostrara a los cristianos como una secta de gente pobre en crecimiento, una nueva religión más que llegaba al Imperio tan inofensiva como la griega, la egipcia o como la misma religión judía de la que se derivó. Dejaría entrever entre líneas que sería más conveniente para el César tolerarlos que perseguirlos, además conociendo los resquemores de mi tío, le daría a entender que sería prudente dejarlos en paz ya que si realmente este Jesús tenía procedencia Divina era mejor para el César y para Roma no desafiar a su dios.

No obraría mal escribiendo un informe más "discreto", considerando que nada efectivo se podía hacer para atajar el cristianismo, su fuerza era incontenible, aún para el imperio más poderoso del mundo, ya que ella radicaba en la simpleza de su esencia, un credo que, como ya lo mencioné, satisfacía el hambre de respuestas que el espíritu humano ha tenido por centurias: La razón de la existencia, la no soledad del Hombre, la solución a los problemas gracias a la intervención Divina, el designio Divino, el destino inexorable de cada ser, el origen Divino del Hombre y lo que sigue a la muerte o la certeza de la Vida Eterna en el más allá. Siendo este último misterio el que más me llamaba la atención de la prédica del Galileo, la respuesta sobre la que mi espíritu más quería profundizar pero sobre la que menos conocimientos demostraban tener los cristianos a mi alrededor, inclusive Filopátor. Quien ante la dificultad de responder a mis cuestionamientos al respecto me recomendó viajar a Antioquía**, en Siria, la verdadera cuna del cristianismo, donde se organizó la primera comunidad en forma.

Allí encontraría a los primeros discípulos de los doce apóstoles y del tarsiota llamado Pablo. Tal vez ellos le dieran respuestas más satisfactorias al sediento filósofo que había en Marco Trajano, según palabras de Filopátor.

Así, a la mañana siguiente de mi larga entrevista con el líder de los cristianos de Nicomedia, escribí el informe para el César, la primera carta que le enviaba desde mi salida de Roma. La cual, no sospechaba que, muy pronto pondría nuestras vidas en peligro cambiando el curso de los acontecimientos.

(*) Cristo: del griego Christus que significa "Ungido". En latín Christu

(**)Antioquía: Antiócheia en griego, Antakya en turco y Antiochia en latín. Fundada en el 300 a.C. por Seleuco, fue una de las ciudades más populosas de la antigüedad y centro de la cultura helenística. Capital de los seléucidas, pasó al imperio romano en el 64 a.C. y se convirtió en sede de los gobernadores de Siria (Syria).

 


VII

Dos días después de enviar mi informe al César, a través de un correo no oficial que me había recomendado el mismo Filopátor, salí en la tarde a dar un paseo por las calles de Nicomedia en compañía de Sulamita. Quería apreciar la arquitectura de la antigua ciudad bitinia y conocer un poco más la vida cotidiana de sus habitantes, así como ejercitar mi cuerpo, al que siempre he procurado darle un buen cuidado.

Creo que el cuerpo es la casa que nos obsequia Dios, su mejor regalo, para que en ella habite nuestro espíritu, su soplo de vida, y por lo tanto debemos mantenerla limpia y en buen estado. Por eso ni la limpieza ni el ejercicio físico deben considerarse como una pérdida de tiempo. Desde niño mi madre me inculcó el baño diario con agua limpia, el baño de sol frecuente y el lavado de la boca después de comer, incluso me enseñó a cepillarme los dientes con un corto pincel de crin de caballo e insistía en la importancia de retirar los residuos de comida entre las piezas dentales con hilos. Cuando conocí a Sulamita, descubrí que ella coincidía en estas sanas costumbres, algo que me agradó sobremanera y explicaba su perfecta dentadura que no ocultaba al sonreir como muchas mujeres y hombres suelen hacerlo. La boca es como la entrada a la casa, repetía mi madre, por eso hay que mantenerla digna de mostrar, que invite a entrar en vez de causar repugnancia.

Es curiosa la insistente práctica romana de la afeitada de la barba y el corte del cabello con frecuencia, mientras poco se insiste en la limpieza bucal. Cuando he escuchado que muchísimas mujeres, sean nobles, cortesanas o esclavas, prefieren a los hombres con dentaduras sanas y sin malos olores a los que nada más les preocupa la cara rasurada y un cabello rizado.

Tampoco se cuida quien se excede con el vino, la embriaguez no sólo degrada al hombre y lo hace despreciable a los suyos sino que envilece su cuerpo.

Pienso que también a esto se refería el Galileo cuando dijo: "Dios está en cada uno de ustedes." Nuestro cuerpo es su Templo.

Continúo con el relato:

Finalizando nuestra caminata, al oscurecer, muy cerca a la posada donde nos alojábamos luego del incidente con los espías del mayordomo del palacio de Plinio, de repente por una solitaria calle nos sorprendieron por la espalda dos bandidos. Ambos, puñal en mano. Apenas tuve tiempo de sacar mi espada, por fortuna no había olvidado el consejo de mi tío, siempre llevándola conmigo bajo el manto.

En el rápido forcejeo perdí el equilibrio y caí sobre el empedrado suelo. Uno de los tipos se abalanzó sobre mí, mientras el otro le cubría la espalda. Sulamita gritaba horrorizada. Antes de que cayera con todo su peso sobre su puñal en mi corazón logré esquivarlo al tiempo que le atravesé uno de sus costados con mi espada. Gimió maldiciendo, no sin antes alcanzar mi hombro izquierdo con su arma. Lo dejé tendido en un charco de sangre buscando al segundo con mis ojos. Lo descubrí a pocos pasos sujetando por la espalda a Sulamita apretándole su delicada garganta con el puñal.

En griego me advirtió que soltara mi espada o degollaría a mi esclava. Por unos instantes vacilé, no sabía qué hacer, él estaba fuera del alcance de mi espada y el horror de sólo pensar que Sulamita fuera herida o asesinada me paralizó. Oré: "¡Dios, Padre de Jesús, ayúdanos!"

El bandido gritaba de nuevo su advertencia cuando percibí el rápido movimiento de una sombra tras él. Instantáneamente se desplomó en silencio.

Comprendí qué sucedió cuando advertí en el cuerpo inerme del bandido, tendido boca abajo, una daga egipcia clavada en su nuca. Detrás de él, de pie observándolo, Ahmés respiraba con agitación.

Sulamita corrió a abrazarme y estalló en llanto. Fue en ese cruento momento cuando tomé conciencia del bello y magnífico sentimiento que enaltece al ser humano, el que nos hace sentir que vale la pena vivir: el amor. Necesité llegar al límite, ver cómo pude perder a Sulamita para siempre, para darme cuenta que la amaba como jamás había amado a mujer alguna. Gracias a Dios, y a Ahmés, ahora tendría una segunda oportunidad, me juré no dejarla pasar esta vez.

"¡Oh, por Dios!" Exclamó Sulamita sacándome del éxtasis. "¡Amo, estas herido!" Miré mi herida en el hombro, una cortada algo profunda pero nada grave, peores había recibido en batallas. Tomé la cara de la mujer de mi vida y la besé con el desafuero de una pasión exaltada por el sentimiento y la sangre. Ella respondió con igual pasión.

"¡Ejem!... ¡Ejem!..." Simuló toser Ahmés. "Lamento interrumpirlos par de palomos, ¿pero no olvidan a alguien?"

Sulamita estampó un beso en la mejilla del viejo esclavo egipcio, manifestándole sus agradecimientos.

"¡Vamos, tampoco es para tanto!" Dijo Ahmés. "Por la gracia de Amón, sentí deseos de una buena cerveza y salía rumbo a una taberna egipcia que descubrí hace poco en el puerto, cuando escuché tus gritos. Corrí tan rápido como mi rodilla me lo permitió y... Bueno, tu Dios, estaba también de tu lado."

Sulamita lo beso de nuevo.

"Ya basta, mujer." Exclamó fingiendo molestia limpiándose la mejilla.

"Ignoraba que cargabas una daga... Que creo sabes es prohibido para un esclavo. Debería azotarte." Simulé enojo. Luego le sonreí y agregué: "Pero en vista de su utilidad, te permitiré su posesión. La que seguro recordaré cuando sienta deseos de golpearte."

"No debe preocuparse mi señor, nunca he pensado en usarla contra un amo, ni siquiera contra la bruja que destrozó mi rodilla. No soy tan estúpido, sé muy bien que mi castigo sería una despiadada muerte. Siempre la cargo conmigo." Agregó al tiempo que desclavaba la daga del cadáver y limpiaba la sangre en la ropa de éste. "Mientras me vista con túnica siempre usaré un cinturón, y entre el cinturón y mi espada siempre quedará un espacio, y ahí siempre habrá una daga."

Hay hombres que necesitan cargar un arma para sentir seguridad, hasta pienso que para sentirse hombres la necesitan, así ésta sea un palo.

"Vámonos antes de que lleguen los pretorianos*" Murmuró Ahmés.

"No estamos en Roma, calma. Antes interrogaré a... ¡se escapó!" Descubrí que el cuerpo del atacante al que herí con mi espada ya no estaba.

"No llegará muy lejos, mi señor. Mira, está desangrándose." Dijo Ahmés señalando el charco de sangre y un camino demarcado con gotas rojas que se perdía en la oscuridad." Por favor, vámonos, debes curarte y evitarme dar explicaciones a la justicia. Y este otro está más tieso que un tronco seco, no creo que pueda responderte." Rogó señalando el cadáver del segundo atacante.

"Está bien. Pero no eran asaltantes sino asesinos, su intención era matarme," susurré.

Ahmés se inclinó sobre el cadáver y de entre el cinturón extrajo una bolsita, de la que sacó unas monedas de plata.

"Creo que tienes razón, mi señor. Un asaltante no carga tanta plata, pues roba cuando le falta. Esta ha de ser su parte de la paga... Alguien quiere su..." Me miró con temor sin terminar la frase.

Sulamita rompió en llanto. Traté de tranquilizarla mientras nos alejábamos de prisa. La cabeza me daba vueltas: ¿Quién?, ¿por qué?, ¿Plinio?, ¿los cristianos?, ¿quién se beneficiaría con mi muerte?

Tan pronto entramos a la posada, mientras Sulamita preparaba unos emplastos y limpiaba mi herida, Ahmés pidió permiso para salir y realizar algunas averiguaciones sobre los atacantes. Argumentó que todo lo que pasaba en la ciudad se sabía en las tabernas del puerto y que además necesitaba unas cervezas para calmar sus nervios, las que pagaría con las monedas del asesino muerto, quien seguramente ya no las necesitaría, pero que para no molestarlo se bebería una deseándole un buen viaje en compañía de la Parca.

Regresó tarde al día siguiente y me contó el resultado de sus pesquisas, que me dejó sin aliento.

"Nos marchamos de Nicomedia. Prepara el viaje de inmediato." Le ordené cuando reaccioné ante sus palabras.

"¿De regreso a Roma?" Preguntó intrigado.

"No, claro que no. Vamos a Antioquía."

(*) Pretorianos: soldados de la guardia de los emperadores romanos, temidos y privilegiados respecto a otros soldados. La guardia pretoriana fue organizada por Augusto y disuelta por Constantino, influía en la política romana.

 


VIII

El asaltante herido, en efecto, no había huido muy lejos. Encontraron su cuerpo desangrado en un miserable callejón. Lo reconocieron unos marineros que dos noches atrás lo habían visto conversando en una de las tabernas del puerto con un hombre al parecer extranjero, de buen vestir y acento latino. Pero Ahmés había indagado más, gracias a su amistad con el tabernero, descubrió que el forastero se hospedaba muy cerca de allí. Fue a la pensión y lo encontró justo saliendo con equipaje. Lo siguió hasta verlo embarcar en una nave que partía rumbo a Ancona. El tabernero también le aseguró a Ahmés que vio cuando el extranjero, aquella noche, le entregó la bolsita con monedas a mi atacante, la que reconoció apenas mi leal esclavo se la enseñó.

El astuto Ahmés, sin perder tiempo, corrió en busca de una conocida damisela a quien contrató a cambio de una pulsera de oro, comprada muy seguramente con lo que me robaba de cuando en cuando, pequeños robos de los que sospechaba pero toleraba sin reclamos ya que me parecían una justa retribución por sus eficientes servicios. La mujer haciéndose pasar por una viajera de último momento se embarcó en la nave y, antes de que se hiciera a la mar horas más tarde, embriagó y sedujo al extranjero logrando sonsacarle gran información.

Se trataba de un romano que presumía de ser el hombre de confianza, la mano derecha, de un patricio romano muy prestigioso, aunque se negó a mencionar nombre alguno, y que había llegado a Nicomedia hacía una semana en cumplimiento de una misión secreta muy peligrosa... Fue lo más importante que pudo hacerle confesar la mujer, la que logró desembarcar a tiempo antes de la partida de la nave, sin que el dormido ingenuo romano lo advirtiera. El que al despertar descubriría la ausencia de su amada y de su bolsa, no sospechando la verdad.

Por tan excelente trabajo recompensé a Ahmés y le dije que le perdonaba los robos de antaño, que evidenció cuando narró en detalle la contratación de la damisela. Su vanidad, al querer impresionarme con su astucia, lo traicionó a través de la lengua, como les sucede a muchos hombres. El hombre se envanece con su inteligencia y la mujer con su belleza.

Ya no cabía duda, alguien en Roma me quería muerto. La cuestión era: ¿quien y por qué?

 


IX

Una energía multiplicada hace que todo surja como por arte de magia que hasta los deseos más firmes del espíritu se cumplan. Sentía esa gran energía en mí. Todo parecía, en mi vida, seguir un plan trazado de antemano, mas no por mí. Me preguntaba qué o quién estaba detrás de todo. Era evidente una inteligencia coordinadora de todo, una mano invisible que guiaba los hilos del mundo. No creía en la casualidad.

Algo me faltaba.

El destino me llevó hasta Antioquía, después me llevaría hasta Mesopotamia, donde descubriría al que llamé "el Último Misterio".

Esa gran energía estaba dentro de mí. Sabía de su existencia en todos los seres, en unos más en otros menos, todo depende de cuánto se recibió y cómo se ha administrado por cada quien. Ahora entendía lo que muchos sabios, filósofos y magos tratan de explicar: Somos un capullo de luz, energía pura, en un cuerpo de carne y huesos. Esa es la Vida. Como un árbol es luz, es energía en su tronco, en sus ramas, en sus hojas y en sus frutos.

Esa energía, esa luz, es el soplo de Dios en todos los seres de su Creación, el mundo que él nos presta unos instantes para aprender y para que conozcamos su magnificencia.

La misma que podemos gastar hasta el derroche, a través de actos provenientes de la vanidad y del orgullo, de la ira, de los celos, de la envidia, de la posesión, del engaño, de la codicia, de la venganza y del odio, todo esto que nos agota físicamente porque en verdad gastamos así la energía. Mientras que podemos conservarla si no caemos en todo eso, aún pudiendo aumentarla con el amor, la paz, la fraternidad, la serenidad, disfrutando de la naturaleza y dejando de lado las preocupaciones por las cosas vanas de la vida. Un espíritu sereno y libre de ambiciones mundanas se mantiene en paz, multiplica su energía, enriqueciendo al hombre en salud, amor, paz, libertad y bienes. Es a esto, creo, a lo que se refería el Maestro de Galilea cuando dijo: "Al que tiene mucho se le dará más y al que tiene poco se le quitará hasta lo que no tiene."

Es esta, para mí, la Verdad sobre la vida, la que ahora, después de muchos años de estudio comprendía. Entonces, me faltaba por aprender la Verdad sobre la muerte.

El largo tiempo que duró el viaje por mar desde Nicomedia hasta Antioquía me sirvió para sacar las anteriores conclusiones, para conocerme más. Seguí pues, la enseñanza grabada en el Oráculo de Delfos: "Conócete a ti mismo."

Habíamos salido de Nicomedia, de una manera apresurada. Opté por no informar a las autoridades sobre aquel atentado, y menos al procónsul en Bitinia, Plinio el Joven, ya que no podía estar seguro de que no estuviera implicado. Ni siquiera me tomé el trabajo de despedirme de él o de informarle sobre mi partida, quería mantener en secreto mi próximo puerto de destino. No sé si relacionarían las misteriosas muertes de mis dos atacantes con mi partida, pero hasta el día en que este relato escribo, más de dos años después, no ha llegado hasta mis oídos que hayan ordenado investigación alguna o solicitud de interrogarme. Lo que se hace cada vez menos probable.

En cambio, antes de partir, decidí enviarle una segunda carta al Dácico, narrándole sin mucho detalle lo sucedido para que en caso de ser interceptada o leída por ojos diferentes a los de mi tío no pudiera utilizarse en mi contra, pero advirtiéndole de la existencia de enemigos mortales en Roma no sólo míos sino posiblemente también de él.

Pese a que los poderosos siempre viven rodeados de enemigos.

Nos embarcamos rumbo a Efeso*, allí tomamos otro barco directo a Tarso** y en el puerto de aquella ciudad cambiamos nuevamente de nave para arribar a Antioquía. Ruta seguida con el fin de despistar a mis enemigos o posibles perseguidores, al menos por un tiempo. Durante el trayecto me dejé crecer la barba y cambié mis atuendos romanos por trajes sirios, pretendiendo pasar por un mercader baético***, lo que no me sería difícil gracias a mi origen.

 

Desde nuestra llegada a Antioquía actué con mayor discreción y sigilo, mi misión tenía ahora un interés más personal que oficial. Por lo tanto me abstendría de mostrar mis credenciales imperiales, excepto en caso de extrema necesidad. Tampoco volvería a escribirle al César, no sólo porque una carta delataría mi ubicación sino porque hasta no tener claridad sobre lo que estaba sucediendo no tenía objeto presentar un nuevo informe. Intención de la que le advertí en mi última carta para que no se preocupara por mi suerte. Además, nuevos interrogantes me aguijoneaban: ¿Acaso sabía el César algo que yo ignoraba y, estando enterado del peligro que me acechaba en Roma, decidió alejarme ocultando tras la misión encomendada la verdadera intención de protegerme? ¿O, mi misión era parte de una estrategia para que sus enemigos, y míos, se descubrieran más fácilmente? La astucia del Dácico, más su vasta red de informantes, ha sido el secreto de su permanencia por diecisiete años en el trono más codiciado del mundo.

Sulamita actuaría como mi esposa, papel que desempeñó a la perfección, que confieso disfruté y nos pareció divertida. Para Ahmés la situación no cambió mucho, debía comportarse como nuestro criado, aunque para mi sorpresa no parecía molestarle el que estuviese bajo el mando de Sulamita, es más, en algún momento me pareció notar cierta complicidad.

Ellos dos eran los únicos amigos en quienes podía confiar, eran mi familia. A Sulamita, lo acepté de una vez, la amaba como a ninguna, como ella a mí. Es esta la mayor fortuna de un hombre.

Mi plan era pernoctar en Antioquía un largo tiempo, contactar a la comunidad cristiana y profundizar en el estudio de esta nueva religión, que empezaba a intrigarme. Así que tomé en arriendo una casa en un modesto pero tranquilo barrio. En la planta baja abrimos una pastelería, para vender los deliciosos pastelillos de miel que Sulamita preparaba, que pronto fueron famosos en la ciudad, y otros pasteles no menos exquisitos que provenían de las secretas recetas de Ahmés. En el piso de arriba vivíamos.

Abrí la pastelería pensando más en camuflarme que en una fuente de sustento, pues en realidad traía mucho dinero conmigo, pero en pocas semanas se convirtió en un magnífico negocio. A veces, así surgen los buenos negocios, sin quererlo, o mejor, sin proponérnoslo.

El comercio en general es una actividad que depende de los más variados factores, algunos de los cuales no puede controlar, ni siquiera prevenir el hombre, y el producir o mercadear alimentos aunque parece un negocio seguro en principio, la única certeza que se tiene es que su resultado obedece a los caprichos de la gente. Es decir, primero hay que descubrir lo que de verdad la gente quiere o está dispuesta a comprar, antes que ofrecer lo que se sabe hacer bien. En nuestro caso no hicimos lo primero, pero por fortuna, coincidió con lo segundo.

Ahmés era el pastelero y yo el vendedor, él en el horno y yo tras el mostrador. Sulamita nos ayudaba a ambos, y por supuesto, preparaba sus apetecidos pastelillos de miel. Así fue en un comienzo. Pese a que yo aporté el capital, los vi tan entusiasmados con la pastelería, que rompiendo con la ortodoxia, decidí repartir las ganancias entre los tres en partes iguales. Jamás vi trabajar con tanto ímpetu a mi esclavo egipcio, parecía que mientras más ganaba más ambicionaba. Pero hasta el día de hoy, todavía ignoro en qué gastaba él sus denarios.

Aunque, para hacer honor a la verdad, también había decidido compartir los réditos del negocio para que ellos no me recriminaran o se lamentaran por mis cada vez más largas y frecuentes ausencias. Era consciente de ser quien menos contribuía, en lo que a trabajo se refiere, para el éxito de la pastelería. Mis intereses eran otros en Antioquía. Tan poco tiempo le dedicaba, que muchos creían que Ahmés era el dueño, hasta llegó a conocerse como "La pastelería del Egipcio". Quien me la compraría, tiempo después, le puso precisamente ese nombre, ya que nunca le dimos uno.

Pronto contacté a los líderes cristianos de Antioquía, gracias a una carta de Filopátor y a los buenos oficios como mensajera de mi amada. Sin embargo a nadie enteré de mi calidad de patricio, menos de mi vínculo con el César. La señal del pez era la clave de las reuniones secretas. La figura de un pez se dibujaba en los sitios de reunión, la misma que con los dedos índice y pulgar formábamos como señal de identidad.

Mientras más aprendía sobre el Mensaje y la vida de Jesús, de sus discípulos, llamados apóstoles y del ciudadano romano Saulo de Tarso, llamado Pablo, más tiempo le dedicaba al estudio de sus ideas y filosofía, y menos al negocio de los pasteles. Dejó de importarme el negocio como tal. Confiaba en Sulamita y en mi viejo esclavo. Si no podía ser así entonces no tenía a nadie en este mundo en quien confiar, lo que me sería desastroso, pues el hombre que no tiene en quien confiar se convierte en un ser solitario lleno de amarguras, en un ser desdichado con pocas razones para vivir.

A propósito, me dicen que Pablo recomendaba incluso rodearse de prostitutas y de ladrones si un hombre llegaba a adolecer de amigos. Hay que evitar la soledad como al peor de los demonios.

Más que los amigos, aunque son muy importantes, el mejor antídoto contra el veneno de la soledad es el amor.

El amor sincero y desinteresado de una mujer vale más que siete cofres repletos de diamantes, esmeraldas, rubíes y perlas. Doy gracias a Dios porque lo tengo. Ya lo dijo un rey que tuvo más de cien cofres así, según la tradición judía: El rey Salomón, hijo del gran rey David, de cuyo linaje desciende Jesús hijo de José de Nazaret, concluye en el libro "Eclesiastés" que lo único que vale en la vida es el comer y beber bien, el disfrutar del trabajo y el amor de una buena mujer.

El amor es sublime y enaltecedor, todo lo vale. El amor es la mejor razón para vivir, es la mejor experiencia para sentir la presencia de Dios. En ese sentimiento que florece entre un hombre y una mujer ahí está Él, porque Dios es amor, la Fuerza que llena hasta el más pequeño espacio del Universo, es lo que rige y ordena. Es por eso que Dios es mucho más que un hombre supremo y todopoderoso, no, Él no es de carne, aunque la carne proviene de Él. Es por eso que no lo podemos ver ni tocar no obstante está en todas partes. El amor no se ve ni se toca, el amor se siente y se goza. El amor tampoco se comprende ni se razona, simplemente se tiene o no. Así es Dios, porque es Dios. El amor es de Dios, porque Dios es amor.

El amor entre hombre y mujer es el más claro pero no el único, ¿o acaso hay amor más leal, desinteresado y duradero que el de una madre y un hijo?

Es entonces Dios, el amor, ambos que son uno solo, la solución para la mayor angustia del Hombre: la soledad de su existencia.

El Hombre no está solo, Dios existe como existe el amor. Un Dios Padre que ama, guía, enseña y cuida a sus hijos, nosotros. Por eso a Dios se le debe amar, no temer, porque Él enseña, no castiga, pese a que a veces las enseñanzas son dolorosas y hasta amargas. Pero si Él las manda es porque es lo mejor. Dios nos creó y por ende conoce muy bien nuestra naturaleza, como un padre conoce a su hijo, y más una madre. Él es Padre y Madre a la vez. El sabe que si aún siendo dolorosas y amargas algunas de nuestras experiencias en la vida, con frecuencia no aprendemos u olvidamos la lección, menos aprenderíamos si nos sentara en sus rodillas y nos diera consejos. Como el padre que permite al niño quemarse el dedo con el fuego porque sabe que la advertencia sola de por sí no basta. Tal vez sea difícil de entender, pero eso es amor.

He aquí la esencia del Mensaje del Galileo, la columna principal de su Iglesia, la más importante Verdad. En ésta radica la fuerza del cristianismo, siempre y cuando no sea deformada por los hombres del futuro. Por eso creo que estamos en el nacimiento de una religión indestructible, que ningún hombre ni imperio, por poderoso que sea, podrá detener o impedir su expansión. Lo que nos llevará a otro peligro: que algún día un emperador, ante su impotencia, se una a ella. Nada peor podría sucederle al cristianismo, aliarse con el poder. El poder corrompe a los hombres y la Iglesia la conforman hombres. Espero que no se de la corrupción de la Iglesia, porque degeneraría la Verdad.

Casi dos años viví en Antioquía, pleno y feliz, tiempo que fue como un largo sábado en mi vida, de descanso y aprendizaje. Conocí gente muy interesante entre cristianos y no cristianos, aunque se notaba el predominio, discreto, de los primeros. Si a Plinio le preocupaba que los templos de las religiones romanas en Nicomedia estuvieran desiertos, se hubiera espantado con los de Antioquía a los que no entraba sino el polvo y las polillas.

Pero en Antioquía sucedió algo más. Ocurrió al final, cuando ya conocía con cierta profundidad el Mensaje y me convencí de su procedencia Divina. Creí en Él. Decidí seguir el Camino, me bauticé.

Sí, ahora soy cristiano.

(*) Éfeso (Ephesus): ciudad y puerto de la antigua provincia romana de Asia, hoy oeste deTurquía.

(**) Tarso (Tarsus): capital de la provincia romana de Cilicia, hoy sur de Turquía.

(***)Baética: antigua provincia romana de Hispania, hoy sur de España.

 


X

Llevaba varios meses en Antioquía cuando llegó hasta mis oídos la noticia de la muerte de Plinio el Joven, a quien siempre llamaron así para diferenciarlo de su tío Plinio el Viejo. Por la edad que aparentaba no creo que el procónsul de Bitinia hubiese alcanzado su sexagésimo aniversario. Debo reconocer en honor a su memoria, que pese a sus excesivas adulaciones y su vanidad, era un hombre con una mente privilegiada para las letras, con seguridad sus escritos trascenderán las postrimerías del imperio romano.

Había ya descartado la participación de Plinio en el atentado de que fui víctima en Nicomedia, pues él no podría beneficiarse en forma alguna con mi asesinato, menos aún si ocurría en su provincia, todo lo contrario, perdería más de lo que ganaría. Mis enemigos estaban en Roma, allí se planeó todo.

El duelo en Bitinia no sería largo, los gobernantes no duelen al pueblo tanto como sus verdaderos líderes, que raras veces son los mismos. Así lo comprobé en Antioquía: Hacía más de dos años había muerto martirizado el líder cristiano llamado Ignacio* y todavía se le lloraba.

En ocasiones sentimos que no tenemos completo dominio sobre nuestras vidas, que su transcurrir obedece más bien a un predestinado y misterioso plan. Así lo sentía desde que salí de Roma, en especial cuando arribé a Nicomedia. En aquella ciudad no me sentí forastero, es más, tenía la sensación de haberla conocido de tiempo atrás hasta el punto de reconocer algunas de sus calles, algo extraño, pues era la primera vez que visitaba la ciudad bitinia.

También allí tuve extraños sueños: Una noche soñé que era el procónsul de Bitinia, pero en tiempos anteriores a Plinio, eran los de Nerón. ¿Acaso los sueños son más que simples sueños, como lo afirman algunos magos y sacerdotes de otras religiones? ¿Y acaso hay otras vidas o la reencarnación, como también otras religiones lo pregonan? Todavía existen muchos misterios, y el de la muerte era el que más me intrigaba.

 

Indagué entre los padres de la Iglesia en Antioquía sobre el misterio de la muerte, qué dijo Jesús y qué decían los apóstoles al respecto. Nada claro obtenía. Parecía que la Resurrección y la Vida Eterna era una idea aún muy confusa entre los cristianos. Sin embargo, el ciudadano romano Saulo de Tarso o Pablo, sí habló y escribió sobre el Último Misterio.

Pablo insistía en la resurrección de los muertos ya que si no la hubiera Jesús tampoco hubiera resucitado, y si Él no resucitó su Mensaje ya no contendría nada de lo que cree el cristiano. Si sólo para esta vida vale la prédica del Nazareno, somos los más infelices de todos los hombres.

Pero Jesús de Nazaret, a quien Pablo llamó Cristo, resucitó como primer fruto ofrecido a Dios, el primero de los que duermen. Es que la muerte vino por el hombre así como la resurrección viene por el hombre. El último enemigo destruido será la muerte.

Recomendaba Pablo no dejarse engañar con aquella frase de que comamos y bebamos que mañana moriremos. Porque la Verdadera Vida viene después.

¿Cómo resucitan los muertos?, ¿con qué tipo de cuerpo salen? Lo que se siembra no revive sino muere. Lo que se siembra no es el cuerpo de la futura planta, sino un grano, una semilla, a la que Dios a través de la naturaleza dará el cuerpo que le corresponde.

Así como los cuerpos no son iguales entre los hombres y los animales, igualmente hay "cuerpos celestes" como hay "cuerpos terrenales". Los cuerpos celestes tienen otro resplandor que los terrenales, como el brillo del sol es diferente al de la luna y al de las estrellas. Una misma estrella se diferencia de otra por el brillo.

Del mismo modo pasa con la resurrección de los muertos. Al sembrarse es un cuerpo que se pudre, al resucitar será algo que no puede morir. Al sembrarse es cosa despreciable, al resucitar será glorioso. Al sembrarse el cuerpo perdió sus fuerzas, al resucitar estará lleno de vigor. Se sembró un cuerpo animado por alma viviente, y resucitará uno animado por el Espíritu. Pues habrá un cuerpo espiritual lo mismo que hay al presente un cuerpo animado y viviente.

No aparece primero lo espiritual, sino la vida animal, y sólo después lo espiritual. El primer hombre es hecho de tierra, pero el segundo hombre viene del Cielo. El hombre terrenal es modelo de los terrenales, el hombre del Cielo es modelo de los celestiales. Y así como nos parecemos ahora al hombre terrenal, también nos vamos a parecer al hombre del Cielo.

"Hermanos," declaraba Pablo, "les aseguro que no entrará al Reino de Dios lo que en el hombre es carne y sangre. Eso que va a la muerte no puede tener parte en el Reino, donde no se puede morir."

No desapareceremos, sino que seremos transformados. Es ésta la gran revelación de Jesús que transmitió Pablo.

Todo esto lo supe por algunos ancianos que en su juventud conocieron y siguieron a Pablo, en especial por uno de ellos proveniente de Corinto, a cuya comunidad cristiana Pablo, en su tiempo, escribió una epístola convidándolos a creer en la resurrección de los muertos. Esto mismo sería lo que me diría, más tarde, otro hombre de otras tierras.

Mi apetito por conocer más sobre el Último Misterio todavía no se saciaba. En Antioquía ya no encontraría más.

Un día un cristiano procedente de Armenia** me dijo que hallaría más respuestas entre los seguidores de un hombre a quien se le conoció como "el Mago de Mesopotamia".

(*) San Ignacio de Antioquía (44?-110?): Uno de lo padres apostólicos que más influyó en la Iglesia primitiva. Escribió siete epístolas exhortando la unión entre los cristianos.

(**)Armenia: Antiquísima región montañosa del sur del Cáucaso, habitada por un pueblo sometido a los medos, persas, Alejandro Magno, seléucidas, romanos, partos y sasánidas. A finales del siglo III fueron evangelizados completamente.

 


XI

Antes de nuestra partida de Antioquía le escribí al Dácico, cuidándome de no mencionar mi próximo destino. Le narré sin mucho detalle mi vida en los últimos casi dos años, confirmándole mi apreciación inicial de que los cristianos no encerraban ningún peligro potencial para el Imperio. También le advertí que no me respondiera la carta, pues cuando llegase ésta a sus manos yo estaría ya muy lejos de la ciudad siria. Todavía no podía decirle cuando regresaría a Roma.

La suma de las ganancias acumuladas de la pastelería más la venta de la misma más el dinero que aún me restaba arrojaba una cantidad muy superior a la que tenía cuando salí de Roma. Parecía que la buena estrella me seguía, ahora no sólo era más rico en amor, espíritu y conocimiento sino también en plata. Aunque ignoraba cómo marchaba mi hacienda en Lacio*, que había dejado a manos del viejo mayordomo. La nostalgia por aquella tierra cada vez era mayor.

Hay un momento en que el hombre encuentra su lugar en el mundo, su sitio, la tierra a la que pertenece y que no necesariamente es aquella donde nació. Yo nací en Baética, pero mi lugar lo encontré en Lacio. El hombre halla su tierra como a su compañera, basta con verla una vez para saber que es ella, no obstante a veces comprende tarde con la mente lo que su corazón tiempo atrás vio con los ojos.

Contraté a un guía con varios asnos para la travesía por Mesopotamia. Quise pasar como un discreto mercader viajero, al igual que en Antioquía, con su mujer y su siervo.

Ciertamente no dejaba de ser riesgoso el viaje, ya que nos adentraríamos por inhóspitas regiones donde todavía el estandarte de la "Pax Romana" no estaba firme. Sin embargo, confiaba en mi destino, en la Voluntad del Padre. Una fuerza muy grande en mi interior me obligaba a conocer más sobre el Mago de Mesopotamia.

(*) Lacio (Latium): región de donde son originarios los latinos, que en la época de Augusto conformó la región romana de Campania. Situada en la Italia central, vecina a Roma, entre el Tiber y los Montes Albanos.

 


XII

Los partos* son un pueblo guerrero temido pertenecientes al poderoso antiguo reino de los Arsácidas, que lucharon con ferocidad contra los seléucidas como ahora lo hacen contra nuestras legiones, aunque tal vez infructuosamente, la fuerza militar romana es avasalladora. Siempre existirá un imperio que será la potencia dominante, como lo es Roma en estos tiempos.

Tuvimos un viaje sin contratiempos, afortunado, hasta la ciudad de Edesa, al igual que en el segundo trayecto hasta el perdido poblado desde donde escribo, en la montañosa región parta sobre el río Tigris. Fortuna consecuente de la prudencia, y valga la verdad, de uno que otro denario con los que pagamos información sobre los posibles peligros que nos esperaban, pudiendo siempre eludirlos, gracias a Dios.

Mi acento hispano junto con mi barba y nuestros modestos trajes sirios han sido el camuflaje perfecto.

Me vi obligado en cierta parte del trayecto a quemar las cartas de presentación del César, así como a enterrar mi valioso anillo de patricio. También con dolor me separé de mi vieja espada de legionario, cambiándola por una burda espada parta a un dichoso mercader de Damasco con quien nos encontramos en el camino, quien me debió tomar por tonto. Pero no podía arriesgar mi vida ni la de Sulamita ni la de Ahmés, ni siquiera la del guía sirio, por apegarme a cosas materiales, símbolos de un imperio al que odian los habitantes de estas agrestes tierras.

Así pues, no debo quejarme. Estos aldeanos nos han tratado bien, no obstante pareciera que no miraran con buenos ojos a los extranjeros ni a los practicantes de religiones diferentes a la suya.

La tierra de los partos es más bien árida, las lluvias son escasas, es muy fría en invierno y bastante calurosa en el verano. Pese a esto sus paisajes me maravillan, aunque no sobrepasan en belleza las llanuras que conocí entre el Eúfrates y el Tigris. Si el paraíso realmente existió en este mundo, estas llanuras sin lugar a dudas formaron parte de él.

Después de tantos y tantos días a lomo de asno por polvorientos caminos, fue más que reconfortante haber llegado a este poblado parto y dormir en las camas de la humilde posada, que aunque rústicas son lo suficientemente cómodas para nuestros ya poco exigentes y maltratados cuerpos.

Aquí esperaba encontrar a uno de los discípulos de Natanael, el verdadero nombre de quien era más conocido por estos lares como "el Mago de Mesopotamia". Ese seguidor suyo, que lo sobrevive, se llama Abreu.

De acuerdo a los resultados que habían arrojado mis pesquisas en Antioquía, aquí en este olvidado rincón del mundo vivía este anciano discípulo de Natanael, uno de los doce apóstoles de Jesús de Nazaret. La información fue correcta.

Pero por qué me interesaba en particular este apóstol y no otro más conocido entre las comunidades cristianas, como Simón a quien el Maestro llamó Pedro, quien encontraría la muerte en Roma, o a los hermanos Zebedeo: Juan y Santiago, siendo el primero el favorito del Galileo y quien vivió hasta avanzada edad, casi cien años dicen, muriendo en el sexto año del reinado del Dácico en Efeso. ¿O por qué no Felipe, o Mateo, o Tomás, o el otro Santiago, o el discreto Simón, o Judas Tadeo o Matías el que sustituyó a Judas Iscariote, el que traicionó a Jesús?

Quería indagar sobre aquel Natanael, también conocido como Bartolomé, porque se me había dicho en Antioquía que poco después de irse Jesús se produjo un cisma entre los apóstoles, unos que apoyaban a Pedro y a Juan, quienes al igual que Saulo de Tarso querían hacer énfasis en el origen Divino del Galileo, como el verdadero Hijo de Dios, resaltando más sus obras y milagros que su Mensaje, siendo precisamente esto último lo que Natanael y los otros que estaban de su lado consideraban más importante. No pudiendo llegar a un acuerdo entonces se dividieron.

Así Natanael y sus partidarios me cautivaron, pues pienso que ciertamente es más importante para los hombres conocer la Verdad que simplemente admirar a un hombre como Hijo de Dios por sus impresionantes milagros que, me atrevo a pensar, los hizo no para que lo adoraran sino para que creyeran en Él, en su palabra, en el Mensaje que traía, la Verdad. No imagino a un Jesús vanidoso que buscaba idolatría sino a un hombre que conocía la naturaleza humana y su incredulidad.

También supe que Jesús había dicho de este apóstol cuando lo conoció: “Ahí viene un verdadero israelita de corazón sencillo." Natanael sorprendido le preguntó que cómo podía decir eso si no lo conocía. A lo que Jesús le respondió describiendo con detalle cómo fue que otro apóstol, Felipe, había hablado con él bajo una higuera invitándolo a ver al Maestro. Natanael admirado lo reconoció como Hijo de Dios, pero Jesús le dijo: "Tu crees porque te he dicho: Te vi bajo la higuera. Verás cosas mayores que éstas."

Después del cisma poco se supo de Natanael, o Bartolomé como lo llamaban algunos. Él, al igual que varios de los doce, empezó un peregrinaje por las tierras de Oriente predicando el Mensaje del Galileo. Se dice que recorrió Mesopotamia hasta la frontera con la India, y en los mismos días en que las tropas de Tito destruían a Jerusalén, según mis cálculos, Natanael moría crucificado en una cruz invertida en Albanópolis, ciudad parta de Armenia. Tal y como murió años antes Simón Pedro en Roma, con una diferencia: Natanael antes de ser crucificado había sido despellejado... vivo. ¡Cruel muerte!

La intolerancia de muchos llega a límites aterradores, aunque ya nada que provenga del Hombre me asombra.

Pero Natanael durante su misión en todos aquellos años sí asombró. Llevaba consigo el don del Espíritu que Jesús les había prometido, y un hombre de "corazón sencillo" debió multiplicarlo al máximo. Realizó grandes milagros entre sus seguidores y en los pueblos que visitó, hasta el punto que su fama como mago se extendió entre los bárbaros que habitan los confines de la Tierra, por lo que se le conoció con el Mago de Mesopotamia.

Sus milagros se han vuelto leyenda. Se habla de la hija de un príncipe de la India a quien revivió, arrebatándola de las garras de la muerte como se dice que Jesús hizo con un tal Lázaro.

El poder de Dios no tiene límites y a veces Él elige a uno de entre los hombres, para a través de éste, mostrar ese poder, recordándonos su existencia y que todo lo puede. Creo que Natanael fue uno de los elegidos.

Dios se muestra a los hombres por medio de sus elegidos, como a través de los profetas lo podemos entender, así como por los filósofos lo podemos encontrar, pues de lo contrario estaríamos en un mundo lleno de ciegos. La Verdad es como la luz del sol, pero de nada nos sirve si no podemos ver. La gran mayoría de los hombres no vemos porque no abrimos los ojos, por eso necesitamos seguir a un elegido, escuchar a un profeta o estudiar al menos a un filósofo. Son ellos quienes nos abren los ojos. Tal vez por eso Jesús repetía: "Que vea el que tenga ojos para ver, que escuche el que tenga oídos para oír."

No obstante, este apóstol también se valió de la "magia Divina" para que creyeran en él, en su predicación del Mensaje de Jesús.

Su predicación sobre el Mensaje, del hombre a quien el Maestro dijo: "...Verás cosas mayores que ésta," era lo que me interesaba. ¿Qué cosas había visto?

Un elegido sabe de Dios porque ha visto, por eso jamás duda. Como los seguidores de éste ven a través de los ojos de él creen en Dios, pero a veces dudan. Así como la duda es todavía más grande entre quienes escuchan a un profeta o estudian a los filósofos. Mientras quien no han seguido a un elegido o escuchado a un profeta o estudiado a filósofo alguno, rara vez creerá con sinceridad en Dios, menos en la existencia de la Otra Vida, limitándose a cumplir ritos y normas en los mejores casos, con la tenue esperanza de que sea cierto lo que se dice. Estos últimos, que son la mayor parte de los hombres, tienen un velo oscuro que no les permite ver la luz. No tienen ojos para ver ni oídos para oír.

Desde que Natanael salió de Judea fue siempre acompañado por uno de sus discípulos, uno muy joven, Abreu. Éste aún vivía y estaba aquí entre las montañas partas, retirado en la meditación y la oración, esperando su hora. Esperando reunirse con su maestro en la Casa del Padre para siempre, como Jesús lo había prometido.

Vivía en una discreta casa algo alejada del poblado, bajo un abnegado cuidado y atención que le brindaba una joven mujer parta.

Cuando vi por primera vez a Abreu, sentado sobre una roca tomando el sol de la mañana frente a su casa, me pareció el anciano más venerable que había conocido en mi vida. Aunque los cálculos me decían que debía superar los noventa años, aparentaba la vitalidad de un hombre veinte años menos pese a su delgadez. De larga y blanca barba y cabellera, irradiaba un aura de paz y serenidad como suelen los pocos seres que han alcanzado la plenitud en sus vidas. Pero era su cálida sonrisa lo que más me llamó la atención. Sentí que podía confiar en él, revelarle quién era yo, mas no fue necesario, sus palabras de saludo fueron: "Acércate en paz y con el corazón abierto, mi querido Marco Trajano."

Quedé estupefacto. A diferencia de Filopátor en Nicomedia, quien había sido informado sobre mí y la misión encomendada por el César a través de terceros, Abreu no podía tener tal información. Desde que arribé a Siria nunca nadie supo mi verdadera identidad, menos en Mesopotamia y mucho menos aquí entre los partos. Ahmés y Sulamita jamás me traicionarían, además si lo hicieran morirían al igual que yo por estar con un romano, peor aún, con el sobrino del César. Así que este anciano tenía que ser Abreu, el discípulo de Natanael el Mago de Mesopotamia. ¿Era Abreu un profeta?

(*) Partos: Del griego Párthoi. Antiguo pueblo escita que se estableció en el norte de Irán, antes del siglo III a.C., y cayó bajo dominio de los persas. Fundaron luego el reino Arsácida que sería incorporado al imperio sasánida años más tarde. Lucharon contra los seléucidas y los romanos.

 


XIII

Lloré. Lloré abrazado a él.

Limpié mi alma con lágrimas. Bastó ver a este santo hombre para que emergiera el arrepentimiento del daño que hice a otros, y a mí, a lo largo de mi vida, y del perdón que no concedí cuando debí. Aquella soleada mañana, que nunca olvidaré, me liberé de mis pecados. Sentí el perdón Divino por medio de Abreu. Así conocí esta Verdad.

 


XIV

Han transcurrido días, semanas, meses, escuchando las enseñanzas y vivencias de aquel sabio anciano nacido en Judea. He vuelto a ser niño, de nuevo estudio en la academia, pero esta vez lo hago no por deber sino por gusto y placer. ¿Mis compañeros? Quiénes más sino Sulamita y el obstinado Ahmés.

Vivo feliz, entre el apasionado amor que nos prodigamos Sulamita y yo, y ante el conocimiento que Abreu nos transmite. ¿Algo vale más para el hombre que un corazón colmado y una razón satisfecha?

Buena parte de la Luz que he visto, que me permitió ver Abreu, he tratado de mostrarla a lo largo de esta carta, pese a la premura del tiempo. Cada día que paso escribiéndola aumentan los riesgos para nosotros, pero siento que es mi deber, que es parte de mi misión en esta vida. Es la fuerza de mi espíritu la que guía mi mano.

Muchas otras cosas que me ha revelado Abreu no podré escribirlas, ni siquiera hablarlas, pues aún los hombres no están preparados para conocerlas. Ya vendrá el día en que se podrán conocer, a otros se les encargará esa sagrada misión. "Cada cosa a su tiempo," suele repetirnos.

Sobre el Último Misterio, lo que hay después de la muerte, no es mucho lo que puedo agregar a lo que ya he escrito sobre las enseñanzas de Pablo al respecto. Porque no hay más, así de sencillo. Es que es una verdad simple: Sí hay vida después de la muerte. Se trata de una vida no corpórea, diferente a la materia de este mundo, es más, en otro mundo, uno más grande y maravilloso donde no existen las necesidades materiales porque no hay cuerpo que atender o satisfacer. Una vida donde todo se nos revela.

Puedo decir también que la muerte es algo así como cuando en una carrera un carro se estropea o pierde sus caballos, ya no sirve, entonces su conductor debe apearse abandonando la carrera. La vida aquí es la carrera, el carro es el cuerpo del hombre y los caballos son su energía vital, mientras el conductor es el espíritu o el alma. Siendo precisamente este espíritu el que abandona el cuerpo cuando ya no le sirve o cuando ha perdido su energía vital. Así como el conductor va a alguna parte, el espíritu también se dirige a otro sitio, al más allá, al Reino de los Cielos, donde al igual que el conductor evalúa su desempeño en la carrera el espíritu evaluará su paso por esta vida.

En cuanto a la cuestión de si es posible que en la Vida Eterna se den interrupciones para volver al mundo, la reencarnación, sólo puedo decir que en ninguna parte está escrito o se dijo que el espíritu nada más encarne una vez o que encarne siete veces. Cada espíritu creado por Dios evoluciona de manera diferente como crecen y maduran los diferentes frutos de un mismo árbol. Tal vez a algunos se les encomiende más misiones que a otros, debiendo venir más de una vez, o tal vez sea porque necesiten aprender más que otros. Pero eso no debe importar, basta con lo que nos trae esta vida para preocuparnos con otras vidas mundanas que es probable nunca se den o no se hayan dado. ¿De qué le sirve a un hombre saber si existen otras vidas aquí en la Tierra? Que se preocupe más bien por ser cada día mejor en esta vida, de la única que tiene certeza hasta su muerte, para merecer la Vida Eterna, sin interrupciones, en el Reino de los Cielos. Para cuando haga el balance le sea favorable. "No se preocupen por atesorar bienes en este mundo donde los ladrones y la polilla darán cuenta de ellos, preocúpense más bien por acumular riqueza en el Reino de los Cielos," predicaba el Galileo.

El Último Misterio está revelado, Jesús de Nazaret lo reveló, y fue más lejos al morir en la Cruz, demostrándonos que no se debía temer a la muerte ni verla como el final de todo, porque nada más es el nacimiento a la Verdadera Vida, la Vida Eterna en el Reino del Padre, en los Cielos. Por eso dijo: "Mi reino no es de este mundo." Por eso también le dijo a sus discípulos: "La casa de mi Padre es como una mansión con muchas habitaciones, no se preocupen, que allí vivirán." Así como le prometió al hombre arrepentido que crucificaron junto a Él: "No te preocupes, que hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso." La Otra Vida es un paraíso, ¿cómo no serlo donde no se tiene cuerpo que alimentar ni que abrigar ni que cuidar?

Fue entonces necesario que el Galileo muriera crucificado. Así demostró con este hecho lo que tanto predicó. Para que le creyeran. Sin embargo, la mayoría duda o no cree. "El que tenga ojos para ver que vea..."

No hay misterios, la Vida carece de tales. Somos los hombres quienes por nuestra incredulidad, vemos misterios, o mejor, no vemos la claridad. Es ésta la Verdad. Creer sin dudar, en esto consiste la fe.

Durante nuestra estadía en el poblado parto se nos ha tratado con hospitalidad, aunque nos cuidamos de no sociabilizar demasiado ni trabar amistad con personas diferentes a Abreu y sus no pocos discípulos, temíamos ser descubiertos. Ser cristiano es ya un peligro, ser romano es una cruel muerte segura.

Recién me he enterado que todo el pueblo sabe bien quién es Abreu. Quien no sólo es respetado, sino hasta protegido por estos humildes pobladores y montañeses, pues, así como su maestro Natanael, posee el don del Espíritu: profetiza, sana cuerpos y expulsa demonios. Por lo que hay entre ellos más cristianos, en secreto claro, de lo que pensaba.

 


XV

Gracias a Dios he logrado salvar esta carta y el pergamino de que cayeran en manos inapropiadas, lo que pudo habernos costado la vida.

Así es, excelente Fabio, esta carta que de lo larga más bien parece un libro, pero es que quería y quiero ahora más que nunca, dejar testimonio de los hechos y compartir la Verdad que he descubierto, pidiéndote que seas el albacea de ésta y del pergamino que la acompaña. En nombre del Dios único y verdadero, y en nombre de nuestra larga amistad, te ruego que seas un guardián celoso de estos dos rollos hasta que nos encontremos nuevamente, o si no puede ser, divulgues su contenido en el momento adecuado y a las personas correctas según tu buen criterio.

En aquel poblado parto, en el que viví durante aquellos hermosos meses, tiempo en el que escribí esta carta hasta el capítulo anterior, por este pergamino que recibí para su custodia y que ahora te encomiendo, el peligro nos parecía acechaba cada vez más. Hasta que una noche todo se complicó, obligándonos a cambiar de planes intempestivamente.

Abreu, hacía ya muchos días me había entregado el pergamino, diciéndome: "Marco, tu eres el elegido para que guardes las palabras escritas por mi maestro Natanael. Mis días están contados en este mundo, te esperaba como en un sueño se me anunció: 'Entrega las palabras del israelita de corazón sencillo a la sangre del trono de Roma.' Ahora que he cumplido podré reunirme de nuevo con él.

Luego me explicó porqué está en tan mal estado el pergamino:

Natanael, también llamado Bartolomé, había escrito una epístola a la naciente y dispersa comunidad cristiana en Mesopotamia poco antes de su cruel muerte. Cuando el Apóstol cayó en manos de sus verdugos éstos trataron de quemarla, pero un milagroso viento lluvioso impidió que fuera consumida por el fuego en su totalidad, de lo que no se percató sino Abreu (aunque no puedo evitar preguntarme si el don de Abreu intervino en este fenómeno de la naturaleza) quien más tarde, de manera furtiva, la rescató de entre las cenizas.

Es por eso que el pergamino está incompleto, con rastros evidentes del ataque de las llamas. Según me dijo, sólo ha quedado legible una quinta parte de la Epístola de Natanael. Tal vez, las palabras que la Divina Providencia quiere que se conozcan.

Abreu y los demás seguidores del Apóstol, ante la pérdida de su maestro y para salvar sus vidas, huyeron de Armenia hacia diferentes regiones dentro y fuera del Imperio. Abreu fue el que menos se alejó, quería continuar la misión de su maestro divulgando el Mensaje entre los partos, y así lo hizo por muchos años, estando su vida en peligro en incontables ocasiones. Peligro que siempre eludió gracias a su maravilloso don y a la protección Divina, claro está. Hasta que su extrema vejez le obligó a refugiarse de modo permanente entre las montañas donde lo encontré.

En vista del peligro que la Epístola encerraba para nosotros, preocupándome más por Sulamita, decidí escribirte esta carta para remitirte junto a ella el valioso pergamino.

Mi plan era enviar a Ahmés como mensajero, a quien le concedería la libertad. Soy cristiano y como tal no puedo aceptar la esclavitud de un hombre a otro, y digo esto por convicción no por dogma religioso. Ahmés llegaría como mi esclavo hasta ti y una vez cumplida su misión, tu le harías liberto* y recompensarías generosamente de acuerdo a la solicitud final de mi carta. Pues Sulamita y yo habíamos decidido permanecer indefinidamente allí, entre la reconfortante vida y sencillez de aquellos montañeses y las enseñanzas de Abreu.

Esta misión no podía confiarla a alguien diferente a mi leal Ahmés, sabiendo lo que he escrito y confesado con mi puño y letra en esta carta.

Pero una cosa es lo que pensamos y otra es lo que la Vida nos depara.

(*) Libertos: nombre dado en Roma a los esclavos que obtenían o compraban la libertad.

 


XVI

Fue el día en que el "nuevo Ahmés", como él mismo se llamaba, decidió bautizarse. Este viejo egipcio vio derrumbar todas sus antiguas creencias y renacer en él su fe cristiana. Las suaves palabras de Abreu poco a poco fueron resquebrajando las bases de su templo politeísta, pero el golpe de gracia lo recibió cuando el santo anciano puso su mano sobre su rodilla sanándola. No volvió a cojear.

También he de confesar que Abreu por medio del Espíritu que había en sus palabras abrió mi corazón. Me casé con Sulamita, la tomé como mi legítima esposa en una sencilla boda presidida por aquel santo hombre.

El espacio que separa a los hombres de Dios se llena con el amor, nada más este maravilloso sentimiento, esta fuerza invisible, lo puede llenar. Feliz quien lo posee. ¿De qué sirve el dinero si no se tiene el amor? ¿De qué sirve la paz si se carece de amor? ¿De qué sirve la libertad si no tenemos a quien amar y quien nos ame?

Amo a Sulamita con una fuerza que traspasa los linderos de mi piel. He recibido la bendición de Dios al darme esta especial y bella mujer por compañera, un regalo Divino que como tal debo cuidarlo y protegerlo.

En la noche de aquel día del bautizo de Ahmés, llegaron al poblado un grupo de legionarios comandados por un déspota capitán a quien pronto reconocí. Había servido bajo mi mando como centurión durante la segunda campaña por la Dacia.

Aproximadamente un centenar de soldados penetraron violentamente casa por casa, no discriminando niños ni ancianos ni mujeres, parecían ver en todos a guerreros partos rebeldes. La guerra obnubila a los hombres y endurece sus corazones si permanecen en ella demasiado tiempo. Todos estos horrores sucedían ante los ojos permisivos de ese mal comandante.

La casa que nos servía de posada estaba al otro extremo del pueblo. Los desgarradores gritos nos despertaron. Ahmés irrumpió en nuestra habitación gritando: "¡Pronto amo, huyamos! ¡Toma tu espada y a tu mujer mientras haya tiempo!"

"¿Qué pasa?" Pregunté asustado.

"¡Soldados romanos poseídos por el demonio... Nos atacan... Saquean, violan...!" Respondió con agitación mientras me pasaba mi túnica. "¡Vístete, te lo ruego!"

El temor me sobrecogió cuando pensé en lo que podría sucederle a Sulamita. Su belleza sería su sentencia.

"Amor mio, vámonos. Tengo miedo." Exclamó ella aferrándose a mi brazo izquierdo.

Me despabilé. Salté de la cama, me vestí, tomé la espada y la bolsa con dinero. Sulamita hizo lo propio. Nos disponíamos a salir de la posada cuando dos legionarios de aspecto descuidado y mirada enardecida abrieron de un golpe la puerta. Era demasiado tarde.

Ambos descubrieron a Sulamita tras de mí, cruzaron sus miradas y sonrieron mostrando sus animales intenciones. No tenía más opción, sólo revelando mi identidad protegería a mi mujer y tal vez a los demás.

"¡Deteneos soldados romanos, o la ira del César caerá sobre ustedes y sus familias!" Dije con voz firme levantando mi espada.

Ante el asombro por mis palabras en perfecto latín vacilaron.

"¿Cómo es que un maldito parto conoce tan bien la lengua de Roma?" Inquirió el más veterano, que por su acento me pareció sirio.

"Soy ciudadano romano al servicio del César." Decidí guardar mi nombre hasta el último momento, esperando no fuera necesario.

"¿Ciudadano romano?" Se burló el más joven. "¿Qué haría un ciudadano romano entre la escoria parta? Además, un ciudadano afeita su barba."

"¡Y mira!" Señaló el otro mi espada. "Es parta."

"Escuchen bien esto, estúpidos: si ustedes supieran a quién le hablan ya se estarían orinando sobre sus botas. Mi amo, es sangre de la sangre de Trajano y..." Intervino Ahmés. Pero los dos soldados estallaron en carcajadas no permitiéndole terminar la frase. Y con razón, ¿quién podría creer aquello al observarme en aquel humilde sitio?

Me sentí sin salida. Oré al Padre implorando su ayuda y protección, si no para mí al menos para Sulamita. Recordé las palabras de Abreu: "Todos tenemos un ángel protector, un Espíritu que nos acompaña, que nos envía Dios al momento de nacer y quien está siempre a nuestro lado hasta la muerte. Invócalo con el corazón y te ayudará."

De mi corazón salió mi invocación: "Ángel de mi guarda, Espíritu que me acompañas, protégenos, dame tu poder."

Los hombres se abalanzaron espadas en mano contra nosotros. Mi acero chocó contra el del más joven deteniendo su mortal trayectoria. Sentí que algo pasó veloz por el aire cerca a mi hombro. El legionario más viejo se desplomó en el acto, con una daga egipcia clavada en su garganta. Mi rival al verse solo vaciló, grave error que le costó su vida por cuenta de mi espada parta.

"Sólo matar en defensa propia o de los demás puede un cristiano." Respondió Abreu ante la duda que formulé en alguna ocasión.

Nos disponíamos a reemprender la huida, aunque todavía no tenía claro para dónde ni cómo, pero de nuevo no hubo tiempo. Al salir nos encontramos rodeados por una docena de legionarios y otros más que corrían a toda prisa hacia nosotros.

"¡Alto, soldados de Roma!" Grité.

Escuchar hablar en latín en esas montañas era definitivamente sorprendente para ellos. Se detuvieron.

"Como ciudadano romano solicito hablar con su jefe." Dije.

Después de un breve silencio un cabo se identificó.

"¿Acaso eres el jefe máximo de esta centuria, o es que entendí mal y no eres cabo sino centurión*?" Exclamé con aire autoritario.

No pudo evitar mostrarse sorprendido el cabo ante mis conocimientos sobre la milicia romana. Dio orden a un soldado, quien de inmediato desapareció en la oscuridad. Luego de un tenso corto tiempo, éste regresó acompañado no del centurión que esperaba sino del capitán y más soldados.

Se acercó, nos circunvaló con aire desafiante, se detuvo frente a mí y casi gritando me dijo: "¿Qué hace un romano aquí, si realmente lo eres, cochino mercader?"

No me reconoció.

Lo miré directo a sus ojos y calmadamente respondí: "Así que a Fabricio 'el gato' lo han ascendido a capitán." El hombre quedó pasmado al escuchar su nombre y apodo, los que por fortuna había recordado.

"¿Cómo sabe él quién soy?" Gritó dirigiéndose a su tropa. Nadie se movió. Aún no me reconocía. Luego hacia mí: "¿Eres acaso brujo o algo así?"

"Guarda tu espada, no sea que caigas en desgracia ante el Dácico por herir a su sobrino" Aconsejé sonriendo, pero sin apartar mi decidida mirada de sus ojos. Vi una variedad de colores en su rostro, del amarillo pálido al rojo encendido.

"¿Ca... Ca... Capitán Trajano?" Balbuceó en medio de un mar de dudas.

"Creí que no reconocerías a tu antiguo comandante." Afirmé con el rostro serio.

Su espada se deslizó de entre sus dedos cayendo a sus pies.

"Tampoco deseo que te lastimes con tu espada, Fabricio." Agregué con tono irónico. Respiré tranquilo. Dios estaba de nuestro lado, y mi ángel obró salvadoramente.

"Señor..." Interrumpió un soldado, indicándole a Fabricio con un leve movimiento de su cabeza que debía mirar dentro de la posada.

"Así como adiestras a tus hombres en el combate deberías enseñarles a discernir. Aunque esos dos no hicieron bien ni lo uno ni lo otro." Me anticipé señalando con mis ojos hacia la casa.

Fabricio "el gato" se apresuró a entrar a la posada. Al regresar me espetó: "¿Usted solo los..." Todavía me mostraba respeto, buena señal.

"¿Los maté?" Sí, eran pésimos con sus armas." Terminé su pregunta. No quise inmiscuir a Ahmés, pues el castigo para un esclavo que mate a un soldado romano, cualquiera que sea la circunstancia es la pena máxima. En cambio mi ciudadanía sumada a mi linaje me protegía. Nadie dudaría de mi palabra al alegar que fue en legítima defensa, además Sulamita y Ahmés me servirían de testigos. Cosa que el sagaz egipcio captó en el apto diciendo:

"Así fue honorable capitán, mi valeroso señor, les advirtió de su ciudadanía romana no una sino dos veces, pero los dos hicieron caso omiso de su advertencia. Hasta yo les aconsejé, muy amablemente, que escucharan a mi amo, que en mejor latín no pudo decirlo..."

"Está bien, calla ya." Ordenó Fabricio, dándose por satisfecho, o al menos eso aparentó. Supongo que pensando más en su conveniencia personal que en la ley decidió poner fin al asunto: "No se hará ninguna acusación en tu contra que te lleve al tribunal. En mi informe declararé que obraste en legítima defensa." Por primera vez se atrevió a tutearme. Sonriendo me tomó de los hombros como a un viejo amigo y empezamos a caminar hacia el poblado. No tardó en insinuar el favor que ahora le debía y lo mucho que apreciaría un buen comentario a mi tío sobre sus éxitos entre los partos.

En más de una ocasión tuve que morderme la lengua para no soltar mi ira por el salvaje ataque cometido contra aquello inocentes montañeses partos. No obstante si le lancé una aguda flecha al decirle: "Veo que has perfeccionado tu método de pacificación, el que no dudo entendería pero no dejaría de extrañar el Dácico. Pero no te preocupes, estimado Fabricio, no extenderé mi buen comentario con detalles inoficiosos al gran César, como tu no alargaste la también inoficiosa investigación sobre los dos tontos que no supieron distinguir entre un súbdito y un enemigo de Roma." Dándole así a entender que quedaríamos a mano. Estrechando sus oblicuos ojos sonrió, mostrándose conforme.

Aquella horrible noche fue larga y penosa. Me embargó una profunda tristeza al descubrir cuántos cuerpos yacían tendidos víctimas de unos bárbaros que ondeaban con deshonor la bandera de la "Pax Romana". Con actos así Roma siempre será odiada y algún día caerá. El poder no se mantiene por la fuerza sino por el respeto. No se impone, se merece. ¿Dónde está el honor militar, gloria del legionario, en la violación y asesinato de una niña inocente?

Ante la curiosidad de Fabricio sobre mi situación, opté por una verdad a medias. Le expliqué sin detalles que estaba recorriendo todas las provincias asiáticas en misión secreta, de suprema importancia para el César, por lo cual debía yo actuar con muchísima discreción guardando de revelar mi verdadera identidad. Lo que pareció impresionarle, jurándome su lealtad y la de sus hombres al César, poniéndome su legión a mi disposición. Cosa que no desaproveché.

Pedí en nombre del César suspender los ataques contra los pueblos indefensos como ése de manera inmediata y restituir lo robado sin excepción por los soldados.

"Como ya ha sido revelada mi identidad, mi vida y la de los míos corren peligro aquí, así que necesitaremos caballos y escolta hasta Antioquía." Solicité, pues los partos cobrarían venganza y ni la intermediación de Abreu nos salvaría. Que entre otras casas, la suya se salvó gracias a estar algo alejada del poblado.

"Cuando así lo desees, honorable Marco Trajano, tendrás una treintena de mis mejores legionarios a tu disposición y cuantas monturas necesites."

Cometí un fatal error de apreciación al aceptar los treinta soldados por escoltas.

(*) Centurión: Jefe de una centuria romana, compañía de cien hombres. Seis centurias conformaban una cohorte, y diez cohortes una legión.

 


XVII

La despedida de Abreu fue corta pero emotiva. Sabíamos que no lo volveríamos a ver. Hasta Ahmés lloró. Lo abrazamos, nos bendijo, montamos nuestros caballos y partimos con la escolta de treinta legionarios rumbo a Antioquía. No sin antes advertir a Fabricio "el gato" que si algo le llegaba a suceder a este santo anciano o a cualquier otro de los moradores del poblado, utilizaría toda mi influencia ante el César en su contra. A lo que me juró por su honor que a nadie de allí le pasaría nada por cuenta de su legión.

El poder debe ser siempre utilizado para defender a los débiles y las causas justas. Es esto lo que enaltece al poderoso, de lo contrario nada lo diferencia de un bandido.

No llevábamos ni tres días de viaje, cuando atravesando un estrecho valle del Tigris, sentí una opresión en mi estómago. La que no sentía desde cuando estuve en campaña en la Dacia. Sabía que era una especie de advertencia interior, un llamado de mi instinto de conservación, que me alertaba de un peligro inminente. Me preocupé, no dejaba de pensar en lo que pudiera sucederle a Sulamita. Ella lo advirtió y quiso saber qué me pasaba, le mentí, no quería que se preocupara también.

En efecto, el peligro apareció.

 


XVIII

Al anochecer mientras acampábamos noté una estela de polvo a lo lejos, seguí observando, divisé un jinete, luego dos, tres, cuatro... Una horda de guerreros partos se aproximaba.

"¡A los caballos, nos atacan!" Grité con fuerza, dando la voz de alarma primero que los despistados centinelas. Corrí hasta Sulamita y casi arrastrándola la monté sobre su caballo, señalándole hacia un bosque cercano, la instruí para que se ocultara y no se moviera pasara lo que pasara, hasta que yo fuera por ella. Di un golpe al anca de su caballo para que galopara veloz. Tomé mi espada y subí a mi montura dispuesto a presentar batalla. Recordé a Ahmés y lo busqué con la mirada, mas no lo pude encontrar por ningún lado. Me encomendé a Dios e invoqué a mi ángel guardián.

Trabamos combate.

Los partos eran más o menos unos cuarenta jinetes, a los que no me habría sido difícil rechazar si hubiera contado con buenos legionarios. Descubrí, demasiado tarde, que los legionarios de Fabricio, sirios en su mayoría, no sólo estaban mal entrenados sino que carecían de disciplina militar.

Había ordenado dividirnos en dos bloques, para que el primero, de veinte hombres, atacara de frente y la decena restante bajo mi mando los flanqueáramos. Pero sin esperar mi señal el bloque principal salió desordenadamente, mientras los diez que me seguían se permitieron descubrir, lo que hizo que algunos jinetes partos se dejaran venir. Los muy estúpidos soldados, no atendiendo mis órdenes de esperarlos donde fácilmente los dominaríamos, se adelantaron a presentarles batalla, siendo descubiertos por los demás partos. Todo fue un caos de lanzas, flechas, espadas, sangre y polvo. No tuve más opción que confiar en la habilidad de los sirios en la lucha cuerpo a cuerpo y combatir a su lado. Era ganar o morir, los partos no toman prisioneros.

Debo reconocer que los sirios eran valientes aunque peleaban desunidos, tal vez no me obedecían por no llevar uniforme o no confiaban en mí, al fin y al cabo debía ser yo un aventurero rico para ellos.

En cambio los partos eran jinetes guerreros muy superiores. Luché hasta el cansancio, por suerte mi corcel era brioso y obediente, lo que me salvó en más de una ocasión y me permitió eliminar a unos cuantos. Vi como caían en mayor número los legionarios que los partos. La batalla estaba perdida, pero por principios no abandonaría a mis hombres. Ordené la retirada, una, dos, tres veces, hasta que esta vez me hicieron caso y decidieron seguirme. Me dirigí hacia una colina rocosa, pensaba que tal vez si nos atrincherábamos entre las rocas por donde los caballos no podrían moverse con facilidad, obtendríamos alguna ventaja. Miré hacia atrás, me seguían nada más doce soldados, los que sobrevivían o aún podían cabalgar, y demasiado cerca más de treinta partos.

De pronto advertí que cinco de aquellos jinetes se separaron de los demás perseguidores dirigiéndose hacia el bosque donde se ocultaba Sulamita. No tuve más opción, viré hacia el bosque acosando a mi caballo, debía llegar primero. Los legionarios me seguían y los partos a ellos y a mí.

Penetramos el bosque, pero no descubrí a Sulamita ni a su caballo. Busqué lo más espeso, tampoco allí se encontraba, todos me seguían, aunque ya dispersos. Cambié de táctica. Desmonté y arrié mi caballo para que continuara sin mí, siete soldados, los más próximos, hicieron lo mismo. A los otros cinco legionarios no pude avisarles a tiempo, pues estaban los partos casi encima de ellos. Pasaron y tras ellos los primeros partos, esperamos, cuando consideré que eran los últimos di la señal y saltamos sobre estos, uno sobre cada jinete. Así cayeron cinco enemigos más. Otros cuatro se percataron y se devolvieron, mas ya nos habíamos camuflado tras los árboles, pasaron, saltamos sobre ellos... Ya iban nueve menos.

"La sorpresa es la mejor arma con la que se puede contar cuando el enemigo es notablemente superior, y mejor aún, cuando se siente confiado." Recordé esta frase del Dácico.

Como habíamos perdido nuestras monturas no pudimos darles alcance a los demás. Escuché gritos y el ruido del choque de los aceros. Los partos habían dado alcance a los cinco soldados. Corrimos hacia ellos. Todavía quedaban tres en pie. Mis siete hombres y yo atacamos a los jinetes partos por la espalda... Cayeron ocho enemigos más.

Ya la cosa se emparejaba. Pensar en proteger a Sulamita me daba fuerzas, estaba decidido a no dejar vivo a ningún guerrero parto. Ordené que atacáramos a los jinetes más cercanos en parejas, así derribamos a otros cuatro. Montamos los caballos del enemigo. Pero en vez de atacar ordené retirada, mi plan era que nos siguieran para de nuevo en la espesura del bosque sorprenderlos desde los árboles. Cayeron en la trampa, y así dimos cuenta de otros seis. También perdí a dos de los míos.

Nos reagrupamos los seis que quedábamos y de nuevo tomamos sendos caballos de los partos. Galopamos hacia donde suponíamos estaban los jinetes restantes para dejarnos ver y atraerlos de nuevo. No encontramos a nadie, sólo a dos de nuestros soldados heridos que trataban de ocultarse entre los arbustos. Los cargamos al anca. ¿Dónde se habían metido los demás partos, que según mis cálculos no debían sobrepasar la media docena?

Se escucharon gritos de mujer.

Galopamos tan rápido como podían nuestros agotados caballos. Cinco jinetes partos galopaban desaforadamente pretendiendo salir del bosque, uno de ellos llevaba a Sulamita sobre sus piernas, ella trataba de resistírsele, pero el bellaco la golpeaba. La ira me enardeció.

De perseguidos pasamos a perseguidores. Pero no lográbamos acortar distancia.

De repente una flecha atravesó el pecho del desgraciado que cargaba a Sulamita, cayendo pesadamente al suelo junto con ella. Una segunda flecha surcó los aires clavándose en el abdomen de otro parto. Apareció la tercera pero no dio en el jinete sino en la nuca del caballo, que cayó desplomado. Los otros dos se detuvieron a recoger a su compañero que trataba de sacar una pierna atrapada bajo el pesado cuerpo del corcel. Todavía estábamos muy lejos pero lo suficiente para descubrir al oportuno arquero: Ahmés.

Desde un tronco caído dispuso en su arco la cuarta flecha. No fui el único que lo descubrió. Los dos partos una vez rescataron al tercer jinete, dirigieron sus monturas hacia el egipcio. Nosotros no alcanzaríamos a llegar a tiempo. Apuntó, disparó... Falló. Ya no tendría tiempo de tirar la quinta.

Pero el zorro es más astuto mientras más viejo. Desapareció entre la espesura del bosque, así como instantes después su primer perseguidor, pues el segundo llevaba al anca de su caballo al tercero rezagándose.

Cuando entramos por poco pisamos el cadáver del primer perseguidor. Me detuve, observé la herida en su garganta, me era conocida, la que deja una daga egipcia. Continué lentamente, a mi lado los cuatro legionarios. Varios pasos adelante descubrió uno de los soldados a los otros dos partos, inermes, uno de ellos con la cabeza separada del tronco y el otro con una reciente herida mortal en el pecho, producto, para qué dudarlo, de una daga egipcia. Sobre éstos, una cuerda tensa ensangrentada entre dos árboles a la altura del cuello de cualquier confiado jinete.

No lo podía creer. "¡Ahmés, ya puedes salir!" Grité.

Vi a un viejo tranquilo que caminaba como si estuviera de paseo por el campo, en su mano derecha traía cortezas, las que olía con frecuencia. Mostrándolas dijo como si nada hubiera ocurrido: "Mira amo, qué canela excelente se da por aquí."

"Ahmés, eres increíble. ¿De dónde sacaste ese arco y esas flechas?"

"¡Ah!, una apuesta que le gané al tabernero del poblado. Él me enseñó a disparar," respondió con una maliciosa sonrisa. "¿Y dónde está Sulamita?" Pareció preocuparse. No pude contener la risa.

"Tranquilo, está bien, en compañía de dos legionarios ayudando a otros dos que están heridos."

Más tarde, Sulamita le reprochó: "¿Y si hubieras fallado hiriéndome o matándome con la flecha en vez de a mi captor?"

A lo que el cínico Ahmés respondió: "Entonces necesitaría practicar más."

 

Ha sido esta la batalla más singular y difícil que he librado en mi vida. Ojalá no se de otra más. Quiero vivir en paz al lado de mi amada esposa lo que me resta de vida.

No se presentaron más incidentes hasta nuestra llegada a Antioquía. Hicimos breve escala en Nisibis, pequeña ciudad de Mesopotamia, en donde dejamos los heridos y repusimos fuerzas.

Uno de los guerreros partos había alcanzado a herir mi pierna izquierda, pero gracias al amoroso cuidado de Sulamita sané pronto.

Los seis legionarios que me acompañaron hasta el destino final, se convirtieron en soldados disciplinados y respetuosos de mi mando, en exceso diría. Nada mejor que una buena batalla para unir a los soldados con su jefe. Los recompensé y les entregué una carta de recomendación para Fabricio.

¿Es la guerra parte de la naturaleza del Hombre?

¿Sólo se puede apreciar la paz cuando se ha vivido la guerra?

Hay cosas extrañas en la vida que llamamos casualidades. Mientras Sulamita estuvo oculta en aquel bosque, reconoció el lugar donde yo había enterrado mi anillo de patricio cuando íbamos hacia las montañas partas. Me lo entregó aquí en Antioquía. ¿Había yo así marcado con anterioridad el sitio de una batalla ineludible?

 


XIX

Heme aquí, de regreso en la cosmopolita Antioquía. ¡Ah! Afeitado y con traje romano, pudiendo ir de nuevo al gimnasio y disfrutar de los baños, sanas costumbres que ya extrañaba. ¿Qué más da? Ya no tiene sentido ocultar mi identidad.

"Mente sana en cuerpo sano," decían los griegos. El cuerpo es el más maravilloso regalo, el único que recibimos en exclusiva, que nos da Dios. Luego, un regalo Divino es merecedor del mejor de los cuidados. Por eso no entiendo a quienes lo maltratan embriagándose en exceso, o con ese asqueroso hábito que se fomenta en muchos banquetes, de comer como cerdos para después vomitar y continuar atiborrándose de comida*.

No era fácil ocultar quiénes éramos al vernos entrar escoltados por legionarios. Los que dieron informe a los centinelas de la ciudad, quienes informaron al comandante de la guarnición y éste a su vez al gobernador, el que no dejó de insistir en hospedarme en su casa, pero logré persuadirlo de lo importante que era para mí la discreción. Lo entendió, pues no me ha molestado ni ha enviado sus espías, es un buen hombre, tal vez porque no es político sino militar.

Antioquía es lo suficientemente grande para pasar desapercibido, como uno de los tantos ciudadanos romanos que la visitan. Nos instalamos en una cómoda posada, desde donde he podido continuar escribiendo esta carta.

Hace pocos días visité al comerciante sirio que me compró "La pastelería del Egipcio", pues tenía curiosidad por saber cómo le iba en el negocio. Para mi sorpresa el hombre me saludó con mi verdadero nombre. "¡Cómo corren los chismes en esta ciudad!" Pensé, pues la primera vez que estuve en Antioquía siempre fui conocido como un mercader de Hispania con otro nombre muy diferente al de Marco Trajano.

"No se extrañe, honorable Trajano. Pero es que hace varios días llegó una carta de Roma a nombre de un tal Marco Trajano con esta dirección, con el mismo nombre de la pastelería. Pensé que se trataba de una broma. Imagínese, el mismo nombre del César en esta modesta pastelería... Así que, perdóneme señor, pero abrí la carta... El contenido no me parecía para nada gracioso o que fuera una chanza, se lo mostré a mi mujer... Bueno, el caso es que ella pensó que podría estar dirigida al antiguo dueño, es decir a usted, noble señor..." El sirio se deshacía en disculpas. No sabía si reír o preocuparme seriamente. "Un secreto deja de serlo cuando lo saben más de dos," pensaba, esta carta ya la había leído él y su mujer, ¿cuántos más?

El rollo no parecía muy trajinado, lo que me animó un poco. Por fortuna el Dácico, quien fue el autor, no revelaba cosas de vital importancia o asuntos serios de Estado. Más bien parecía la de un tío preocupado por la suerte de su sobrino. Supongo que se las arregló para conocer mi último paradero a través de la cadena de correos al recibir la carta que le envié antes de partir de Antioquía.

De todos modos mi preocupación era infundada, olvidaba que él sabía muy bien que las cartas de los gobernantes las leen más de un par de ojos, por lo que se cuidaba de no escribir lo que no debía.

Aparte de mostrarse inquieto por mi aventura, me contaba detalles irrelevantes sobre nuestra familia y su robusta salud, los que pienso escribió a adrede pensando más en los lectores furtivos de la carta, para que difundieran rumores positivos. Lo importante para mi era que me instaba a regresar, explicándome sin precisar mucho, que mi salida de Roma había dado sus frutos.

Tal y como lo sospeché, la aparente preocupación del Dácico por el cristianismo y mi consecuente misión fue una trampa.

Por lo que entendí, él estaba informado sobre la traición de uno de sus consejeros pero no sabía con certeza cuál. Por eso nuestra reunión fue en presencia de sus tres consejeros. Sólo ellos tres supieron de mi misión.

El traidor tramaba con otros patricios un complot que surgiría de una insurrección, que en apariencia provendría de los cristianos, al entrar en rebelión por una fuerte persecución ordenada por el César. De ahí que mis informes debían ser contra esta religión, o mejor aún, que fueran los cristianos quienes me asesinaran, despertando la ira del César, lo que facilitaría los propósitos de los confabuladores.

Lo más sorprendente fue que Cornelio, de quien pudiera sospechar con más vehemencia, hacía parte de la estratagema. Por eso él actuó tan incisivamente en contra de los cristianos en aquella reunión. Era quien halaría la cuerda que activó la trampa. El chocante Cornelio, era el único de quien mi tío no dudaba. Lo importante no es que un consejero sea agradable sino leal.

Cuando recibió mi segunda carta, desde Nicomedia, narrándole el atentado contra mi vida, pudo identificar y atrapar al traidor, en efecto uno de los otros dos consejeros, y a sus cómplices.

Comprendí todo. Admiré la astucia de mi tío y las habilidades histriónicas de Cornelio. Ya no había razón alguna para no regresar, mi misión que en realidad poco le importaba al César había concluido, y mi vida ya no corre peligro, al menos por cuenta de los traidores.

(*) En la novela "El Satiricón" de Petronio Árbitro, se describe esta repugnante costumbre entre los romanos de su época, en los capítulos sobre el convite de Trimalción.

 


XX

Me despido de Antioquía concluyendo esta carta, en la que doy testimonio de la Verdad, de la fe que se guarda en esta nueva religión, que sé sin sombra de duda, llegará a convertirse en la principal y más importante religión sobre la Tierra. La que espero te haya animado a su estudio y a profundizar en su filosofía, apreciado Fabio.

He decidido que quede permanentemente bajo tu custodia, la de tus hijos y tus generaciones siguientes, hasta que la Voluntad Divina quiera hacerla pública, al igual que los restos del pergamino que contiene la Epístola de Natanael, escrita en arameo. Pues tu discreta vida en Lugdunum ofrece mayor seguridad que los torbellinos políticos que me rodean debido a mi familia.

Es así que estos rollos los he confiado a Ahmés, quien es ahora hombre libre. Para quien, como mi mensajero pese a que sea un liberto, te pido el mejor de los tratos, petición que sé muy bien sobra. Él concluirá su misión una vez te los entregue. A partir de ese momento decidirá qué hacer con su nueva vida. Lo extrañaremos, así como a su infaltable daga.

Sulamita y yo regresaremos como esposos a mi hacienda en Lacio, nuestra casa.

Pido a Dios la bendición para todos.

 


El pergamino

El pez lo multiplicó,
el pan lo compartió
y su sangre como en
un cáliz la entregó.
Y dijo: "Multiplicad
los talentos que les han
sido entregados. Compartid
el pan y servid a los
hermanos menores. Entreguen
sus vidas a Dios y no
teman a la muerte, porque
es sólo el primer paso a
la Verdadera Vida, la
Eterna, en el Reino de Dios."

Anticipando su muerte
oró así en el huerto:
"...que no se haga mi
voluntad sino la Tuya."
El más grande regalo
del Padre a los humanos es la
libre voluntad, por eso
somos como Dios, a su imagen
y semejanza.
Pero el más grande secreto,
lo reveló así: "...y hágase
tu Voluntad aquí en la
Tierra como en el Cielo."
Quien se entrega del todo,
de corazón, a su Voluntad
en vez de a la suya propia
encontrará el Camino.

Así como el niño a veces
no comprende a su padre,
así los humanos en su
limitada inteligencia no
entienden los designios del
Dios Padre, que no tiene límites.
Mas no deben preocuparse,
porque Él es un Padre amoroso
y misericordioso, Él sí
entiende a sus hijos, pues Él
los creó.
Entonces entréguense a
su Voluntad, sólo y nada más
que a la de Él. Así hallarán
la Luz.
Esta es la Fe, la verdadera
y única Fe.

Y dijo: "Donde estén dos
o más en mi nombre, ahí en
medio de ellos estaré yo."
Dios está en todas partes,
en el sol, en las estrellas, en el agua,
en el fuego, en la naturaleza.
Él lo ve todo, Él lo sabe todo,
nada le es oculto, no pueden
engañarlo. Nadie puede lo que Él.
El Padre no necesita de templos,
ni de casas de piedra,
para que le oren; pues su
Espíritu habita en todos y
cada uno de ustedes.
Él está en cada pensamiento,
en cada deseo, en cada acto; Él
es como el aire que respiran.

Dios Padre es el todo y
la nada que rodea el todo.
Cada uno de ustedes forma
parte de Él. Por eso, busquen
dentro de ustedes, en sus
corazones, ahí lo hallarán.
Pero dos son más que uno
y tres más que dos. Cuando
oren juntos Él estará en
medio de todos.
Pidan de corazón y se
les cumplirá. Ésa es la Fe.
Mas no olviden que todos
son sus hijos y tienen igual
derecho, y a ninguno le hará
daño ni castigo alguno le
sobrevendrá. Él a todos
perdona y da oportunidad.

La vida en cuerpo es a
la eternidad como la chispa
de una luciérnaga en una
noche sin fin.
Así pues no se preocupen
por las cosas terrenas, menos
por los bienes y riquezas, que
nada valen para el espíritu
inmortal que hay en cada uno
de ustedes. Son de la Tierra y
aquí permanecerán.
En cambio ustedes avanzarán,
trascenderán con su espíritu,
hasta llegar a Él.
La materia es sólo la
prolongación de la gran
Creación de Dios Padre, y
ustedes sus huéspedes. Donde
aprenderán y conocerán.

Y dijo también: "Yo
soy el que soy."
El manifiesto de Dios,
la revelación: Todos los
seres de carne y sangre,
con voluntad propia, somos
hijos del Padre. Iguales
entre sí, amados por igual.
Hijos del único Dios.
Diferentes entre sí, todos
somos una parte de Él, diferente.
Y tarde que temprano,
encontrarán el Camino hacia
Él, y llegarán a Él... Cuando
así lo quieran. Pero antes
deben creer.

No teman, confíen en Dios
Padre, entréguense de lleno
a su Voluntad y todo saldrá
bien. Un padre ama a sus
hijos. Él no castiga, ni se
enoja, no es colérico, ni
requiere que le teman, ni
siquiera que le adoren. Él
enseña a sus hijos en cuerpo
para que sean grandes en
espíritu, en la Vida Eterna,
en la vida después de la muerte.
Pero Él es paciente, y algunos,
quienes se resisten, necesitarán
aprender más que otros, que quienes
se entregan, quienes tienen fe
en la Verdad: Acogerse a su
Voluntad es el Camino.

†††F†N†††

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