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Ir a: El pintor prodigioso (1a parte)

Los niños se las ingenian para entrar en la casa misteriosa del pintor y acá es donde comienzan las verdaderas aventuras.

Los comentarios aumentaban y cada persona agregaba algo que creía haber visto u oído. Se aventuraban hipótesis y el rumor crecía cada día con las sugerencias de los mayores:

- Mi marido piensa traerle la policía.

- Pero no ha hecho nada malo, decía otra.

- Eso es lo que ustedes creen, agregaba una tercera.

- Las amas de casa y madres de familia deberíamos ir a donde el señor obispo, agregaba la primera, y que venga a exorcizar la casa.

Se eternizaban en discusiones sin principio ni fin. Los niños sólo pensábamos en entrar a la casa a desentrañar lo que creíamos un misterio y que, a lo mejor no era nada.

-¿No será que roba niños?

- Pero ninguno se ha perdido, le respondían.

-  Eso no quiere decir nada...

Los tenderos se acostumbraron a escuchar las charlas y comentarios de sus parroquianas, guardándose sus opiniones personales.

- ¡Oigan, el tipo sí que es requeterraro- opinaba la más chismosa- nadie sabe de que se alimenta, miren que la muchachita esa, la coqueta de la esquina hasta lo saluda y le guiña el ojo, y se le insinúa la descarada..

-  Y, ¿Qué?

- Pues el tipo como si nada

Y dijo otra, como quien no quiere la cosa:

- ¡Oigan, y el hombre es hasta simpático!, No?

-¿ Qué comerá?. Mis hijos en el colegio están leyendo una novela de que trata de un militar retirado que espera la pensión y esta jamás le llega. Termina pensando que le toca comer excrementos.

Las charlas terminaban cuando se daban cuenta de que era hora de dedicarse a los quehaceres domésticos y se había hecho tarde. Nuestros padres, eran más despreocupados y menos complicados en sus pensamientos. Lo miraban como a otro hombre pero con características que lo convertían en un extraño. No compartía sus gustos, aficiones, actividades sociales, aficiones deportivas... mejor dicho no le gustaba nada de lo que a ellos le agradaba y, cuando trataron de integrarlo a sus veladas de los fines de semana, fueron a su casa y desde la puerta de la reja:

-         Don Patricio, don Patricio...  

Y repetían el intento en diferentes tonos:

- Don patricio, queremos charlar con usted...

Sólo el perro respondía con sus ladridos y muestras de ferocidad a sus llamados.

-         ¡Oiga, señor, como se llame, venga que deseamos dialogar con usted!

Nada. A veces el pintor madrugaba, antes de la salida del sol, a caminar por los campos, observar la naturaleza, dibujar bocetos y tomar fotografías. Eso lo sabíamos nosotros por nuestro papel de espías pero nuestros padres no hacían caso cuando les explicábamos. Además no era conveniente insistir demasiado porque podían entrar a sospechar ¿Qué demonios hacíamos detrás de ese sujeto para saber tanto? El artista retornaba cuando ya estaba oscuro y evitaba los sitios de reunión de sus vecinos para no tener que enfrentarlos y, de pronto, dar explicaciones en una conversación formal no deseada.

-         ¡Qué tipo tan extraño! Comentaban los señores adultos y regresaban a su sitio de tertulia guardándose cada uno sus pensamientos.

Un viernes, comenzando la noche, jugábamos en las calles de la barriada alumbradas por bombillos de mercurio, como era habitual. Correteábamos detrás de un balón de fútbol en un campeonato inventado y cuando sentíamos fatiga o aburrimiento, buscábamos el grupo de las niñas para desbaratarles el juego con las muñecas. En un pase desafortunado la pelota pegó en uno de los postes del alumbrado público y voló muchos metros ayudado por el viento hasta caer dentro del territorio rodeado por la verja de hierro. Todos pensamos que la pelota se había perdido para siempre. Preciso era una pelota de fútbol número cinco nuevecita, regalo del papá de Rodrigo la semana pasada cuando cumplió los once años. Este, muy triste y con lágrimas en los ojos balbucía:

-    Me la pagan por que mi papá me castiga.

-   Tranquilo, en un santiamén la sacamos, le decíamos.

-   O le doy la mía, lo consolaba Omar, es más viejita pero sirve. Acuérdese que con esa jugábamos hasta que le dieron la nueva. La embetunamos bien y puede que el cucho no se de cuenta.

- No hermanos -respondía- mi padre me la recomendó por que se la dio “El Pibe” después de un partido de la selección Colombia.

Nosotros conocíamos la historia del balón y estábamos orgullosos de jugar con la misma bola que patearon los jugadores del equipo de nuestro país. Sabíamos que era irremplazable porque don Leopoldo se lo entregó delante de nosotros en medio de la fiesta  y nos explicó el valor sentimental y otras cosas que no recordamos después, para qué si lo único que nos interesaba era el balón. Vagamos en torno al lote de la casona sin perder de vista la esfera de cuero que el perro hizo objeto de sus juegos. De pronto su dueño lo llamó y nos prendimos de los barrotes del costado donde cayó el trofeo. Vimos el animal que se alejaba  y escuchamos el ruido inconfundible del camioncito destartalado y vetusto que iba periódicamente por los cuadros. Desde nuestra posición miramos a los hombres desaliñados, desgarbados y barbudos, que se parecían a nuestro pintor, los mismos de todas las veces.

En nuestros sueños de aventureros los veíamos como nuestros enemigos e invariablemente los derrotábamos después de una sangrienta batalla.  Se montaron en el vehículo y se perdieron en la noche con el pintor, Buziraco y la gatita. Se nos hizo extraño porque en dos años nuca llevó al perro. Este permanecía de guardia en la casa embrujada con espíritu valiente, guardián infranqueable para frenar nuestras intenciones. En la oscuridad temblamos emocionados en silencio al darnos cuenta de que la oportunidad tan anhelada había llegado. Ahora podíamos entrar a la casa y calmar la curiosidad que nos corroía después de tantos días de esperas y desvelos. Lo que sólo sabía don Patricio era que no llevaba a su can a paseo; no, lo llevaba a donde pudieran curarlo porque en una de sus correrías nocturnas se había herido una de las patas delanteras con un hierro oxidado y era la causa de que lo viéramos cojeando y caminando con dificultad. Por eso muchas noches sus gemidos desvelaron a nuestros padres en medio de oscuridades lluviosas. Algunos pensaron que se trataba de los fantasmas que rondaban la casa y se habían posesionado de ella.

Nosotros no escuchábamos nada porque nuestro sueño era demasiado fuerte debido a que todo el día estábamos en continua actividad y nos acostábamos extenuados. Recién se hirió el animalito, el pintor trató de curarlo por los medios y remedios a su alcance pero, cuando las aflicciones del pobre perro sobrepasaron sus conocimientos veterinarios, llevado por el gran afecto que sentía por los animales, decidió llevarlo al especialista en la capital (en nuestra pequeña ciudad no había) para que calmara los sufrimientos y fue así como salió de su encierro. No ocurrió lo que pensamos los niños, que era otra de sus ausencias periódicas a la capital para llevar sus cuadros y traer, eso creíamos, los víveres y material de trabajo. Como sus ausencias siempre duraban tres o cuatro días, el viaje nos metió en la cabeza muchas ideas.

Mientras mirábamos la casa desde lejos escuchamos las voces de algunas mamás que llamaban a sus hijos a cenar. Las niñas se marcharon todas, excepto Patricia, que siempre nos acompañaba en nuestras correrías y sospechó que algo estaba a punto de suceder. Cuando quedamos los más amigos y vimos el territorio a nuestra disposición nos miramos Rodrigo, Omar, Patricia, Ariel y yo, y encaminamos nuestros pasos en dirección a la barda metálica. Hacía mucho rato el ruido estrepitoso del carromato  se había diluido en el silencio de la noche y caminamos lentos alrededor de la casa como quien no quiere la cosa y la cosa queriendo, para comprobar la ausencia total de personas curiosas. Vimos luces en las ventanas del segundo piso que nos intranquilizaron y decidimos en voz baja ir hasta nuestras casas y regresar más tarde. Con voces que pretendían ser misteriosas expusimos lo que sentíamos en el momento:

- Bueno chicos, si nos metemos ahora, de pronto llegan los grandes y se pierde la aventura.

Los grandes eran los mayores de catorce años que se burlaban de nosotros y de nuestros sueños.

- ¿Y yo, qué? -Dijo Patricia- si no me incluyen en sus planes voy y riego el cuento de lo que piensas hacer.

- Silencio- pedí-, esto es lo máximo. Nunca se nos presentará la oportunidad de otra aventura tan llena de interrogantes como esta.

Rodrigo permanecía callado. Por lo general se demoraba en hablar y lanzaba unas ideas fantásticas.

-         Yo creo- dijo- que lo mejor es llegar cada uno a su casa, irse a la cama como si nada y se vuela como pueda para encontrarnos aquí dentro de una hora. Si todo sale bien nos van a mirar como héroes.

Nos alegramos con la propuesta, ante la oportunidad de realizar lo que para nosotros era una hazaña increíble. Muchas noches habíamos imaginado mil y una aventuras dentro de la residencia misteriosa y estábamos a punto de iniciar lo deseado. Acordamos encontrarnos en un plazo de dos horas con la condición de que si alguno se arrepentía o no podía salir, mañana dijera que nos encontrábamos en la casa de un amigo de otro barrio haciendo los deberes del colegio, sin determinar dónde. Antes del plazo acordado y con útiles escolares y utensilios de uso común entre muchachos de nuestras edades, nos encontramos los cinco asustados, temblorosos y preocupados pero decididos a emprender la arriesgada empresa que nos llevaría a descubrir lo que nadie había logrado en dos años: revelar el misterio de la casa misteriosa. Superamos nuestras indecisiones azuzados por Omar que era el más arriesgado y que saltó la barda metálica en primer lugar. Ya dentro, y casi amenazador, susurraba órdenes de transponer la barrera. Patricia se animó y pasó de segunda, esto hirió nuestro orgullo masculino y pasamos Rodrigo, Ariel y yo, de último, era el más tímido. Cuando estuvimos adentro los cinco, con todo y miedos, nos sentimos héroes infantiles de una de las series que pasan por la televisión.

-         Bueno, ¿Ahora qué hacemos? Pregunté.

-         Vamos adentro -decidió Patricia- a eso entramos, ¿No?

-        Esperen, dijo Omar, yo inspecciono el camino y vuelvo. Si en diez minutos no regreso avisen a la policía.

Al ver nuestras expresiones soltó la risa y nos dijo muy quedo que era por molestar pero que nunca se sabe. Hablamos en susurros, como en una conspiración pero, en medio de los vuelcos que nos daba el corazón a todos, nos tomamos de las manos, sudorosas por la emoción y esperamos el regreso de nuestro líder. No se porqué aceptábamos su jefatura; en el colegio era el más lerdo de los cinco, perdía materias todos los meses y era el único que había repetido curso; se imponía debido a que nadie le ganaba peleando o discutiendo con los grandes. Seguimos con la vista su figura pequeña y maciza hasta llegar a la primera ventana en la esquina de la casa.

Aguantamos la respiración cuando la empujó, pero nada. En la segunda de las seis repitió la acción y tampoco. La tercera rechinó al abrirse imitando los gruñidos de los ogros de las historias infantiles televisadas mientras nuestro amiguito retrocedió corriendo a nuestro lado. Esperamos varios minutos y como no ocurrió nada Omar avanzó entre decidido y temeroso hasta la ventana que abría el sendero a la zona inexplorada. Se asomó y nos hizo seña de que avanzáramos. Animándonos unos a otros penetramos a la casa por la ventana que abría un mundo nuevo a nuestras ansias de aventuras.

La primera mirada nos dio una desilusión tremenda. Vimos el desorden más grande que nuestras madres no podían imaginar, eso en el primer cuarto que visitamos: cajas de cartón y de madera, costales lleno de quien sabe que, bultos de otras cosas que no sabíamos, polvo por todas partes que nos puso a estornudar y desechos de utensilios irreconocibles. 

El segundo cuarto que visitamos entre susurros de consternación nos mostró arrumes de muebles, que adivinábamos debajo de las telas polvorientas que los cubrían, blancas en lejanas épocas y ahora de color indefinible. Rodrigo levantó una con curiosidad, para demostrarnos que no eran fantasmas. El mobiliario parecía que nunca había sido usado. La tercera pieza nos lanzó a los ojos curiosos y ansiosos de novedades una mesita común y corriente, de manufactura artesanal, con tres butacas sin adornos, con la madera en blanco, sin ningún tipo de barniz o tintura.

El resto de la primera planta estaba en igual desorden, con frascos, botellas, desechos que no estimularon nuestra curiosidad. ¡Ah, olvidaba algo importante, por todas partes flotaban olores desconocidos pero de ninguna manera desagradables!. Patricia nos comentó que su mamá hacía cursos de pintura y que lo que percibíamos eran las emanaciones de aceite de linaza, óleos, aguarrás y otros que no distinguía, dijo con cara de sabihonda. Contra las paredes veíamos bastidores, láminas de cartón y madera prensada y cuadros a medio hacer o tan sucios que no se distinguía lo que estaba plasmado en ellos.

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