El Rey Dentro de Mi es una intensa novela para adolescentes que relata la historia de Barán, un joven de veinte años que descubre pertenecer a una poderosa raza de psíquicos y que el pequeño pueblo donde vive, Aldenberg, del cual nunca nadie sale fue creado exclusivamente para criarlo a él.
Mientras descubre todo esto, debe confiar en quienes aparecen a su lado, personas que conoce de toda la vida que por primera vez demuestran ser psíquicos también y dicen estar ahí para salvar su vida. Pronto descubre que en el mundo de los psíquicos es difícil guardar secretos y quienes dicen querer ayudarlo lo están llevando directo a su prematura muerte. Debe aprender a usar su mente para entender en quien confiar y salvar su vida de quienes lo persiguen, incluyéndose él mismo.
1. Muerte y Nacimiento
Última semana del mes de julio, veinte años atrás.
El Rey Thomas corría angustiado por los oscuros pasillos de su inmenso castillo cuando las largas paredes de piedra le ofrecieron una decisión. Podía tomar una izquierda hacia unas amplias escaleras de caracol o una derecha a un oscuro y angosto pasillo. Tomó las escaleras. Bajaba a prisa cuando se pisó la túnica y sin darse cuenta tropezó. Llegó al siguiente piso rebotando y dando vueltas, golpeando su cara con el último pilar del pasamano sin poder cubrirse y cayendo de espaldas en el pasillo.
Se había abierto la frente con el mármol y se sacudía de dolor. Se colocó la mano derecha sobre la cara y cerró los ojos. Un hilo de luz azul se disparaba de la palma de su mano, deteniendo la sangre que salía de la herida. Nuevamente se puso de pie y siguió corriendo, seguía sangrando y la herida se veía peor. Atravesaba un largo jardín que llevaba a un portón abierto. Al salir del castillo se detuvo impactado.
La vista de la colina daba hacia la ciudad en total caos, largas masas de humo negro ondeaban los cielos con un chillido poderoso y relámpagos de fuego dentro. Sin previo aviso se abismaban sobre diferentes casas, arrastrando y destruyendo todo a su paso. Las personas eran disparadas en todas direcciones gritando en agonía.
Uno que otro hombre se detenía y elevaba una pequeña bola de metal frente a su cara. De ahí salían relámpagos azules que desaparecían en el humo. Las luces azules tenían ningún o muy poco efecto sobre las masas de humo que sacudían y consumían a cualquiera que se atreviera a combatirlas. Todavía quedaban personas que corrían colina abajo, pero la mayoría yacía esparcida por el suelo o entre los escombros de casas y pequeños edificios quemados. Thomas se quitó la corona y la observó por un instante, ya no tenía importancia. La tiró al suelo y se soltó el largo pelo gris, alborotándoselo para tapar la herida en su frente. Sacó una bola plateada de su bolsillo y la lanzó al aire esperando que esta flotara pero el pequeño artefacto cayó al piso y rodó fuera de su vista.
Se quitó el largo abrigo y corrió colina abajo, mezclándose entre la comunidad de psíquicos que huía de la rebelión que los atacaba, humillado e indefenso como cualquier pueblerino.
Corría detrás de una señora cuando una carroza de madera, con partes metálicas cuyo motor chillaba como una tetera, se detuvo frente a ellos violentamente atropellando a la señora y lanzándola unos metros más adelante en la carretera.
_¡Hay puesto para uno!_ gritó el conductor. Thomas volteó a ver donde había caído la mujer, ella se ponía de pie adolorida e intentaba acercarse para montarse en la carroza.
_Listo, vamos_ dijo ignorando a la mujer y tomando el puesto él mismo. Arrancaron a toda velocidad, pudo ver como las cenizas tomaron a la mujer, desapareciéndola en el acto junto con la entrada del castillo. Por un momento se sintió culpable, pero enseguida dirigió la mirada a la imponente construcción que se alejaba, viendo como poco a poco sus torres caían a pedazos mientras las cenizas buscaban por él, sin saber que se escapaba.
_Abandonado y todo, me escapé_ se dijo a sí mismo para intentar calmarse.
_Está muy lejos de haberse escapado, Su Majestad_ dijo un hombre alto que estaba sentado en la cabina justo frente a él. Thomas se sorprendió un poco pero se alivió en seguida al ver la golpeada cara del hombre que le hablaba.
_¡Alos!_ le dijo_ Alos, me han abandonado. Perdí mi catalizador, tengo que esconderme.
_¿Dónde está su escuadrón?
_Los mandé a otra dimensión a buscar un sitio para refugiarme, pero se han perdido en el camino.
_No diga eso, ¿cómo puede saberlo?
_Perdí mis poderes, Alos. El Rey de los Psíquicos no tiene poderes.
_Cruzar dimensiones es absurdo, ¿por qué los mandaría a hacer eso?
_No tenía otra opción, Alos. Temía que acabaríamos con todas las razas si nos hubiésemos quedado a pelear. Si me escondo se calmaran las aguas y volveré más adelante.
_Pues ya no tema eso. Los otros pueblos lo odian, mi Rey. Los magos han acabado con nuestra raza. No debió haberse dejado perder las esperanzas, señor.
Antes que Thomas pudiese responder, la carroza golpeó un poste de madera tratando de evitar una pared que se derrumbaba. Thomas pudo ver el instante lentamente, su corazón latía tan rápido que le daba la oportunidad de ver todo en detalle, uno a uno los hombres que se elevaban en sus asientos por el impacto cerraban los ojos y desaparecían de la carroza. Thomas cerró los suyos pero no se fue para ningún lado. Se estrelló contra el poste y salió disparado a través las astillas de la carroza que se desbarataba abruptamente. Cayó de boca en la calle, rebotando en un accidente que mataría a un hombre cualquiera. Alos apareció a su lado para ayudarlo a levantarse.
_¿Por qué se quedó dentro de la Carroza?_ le dijo mientras lo ponía de pie y seguían corriendo.
_¡Acabo de decirte que perdí mis malditos poderes, coño!
_Cierto, lo siento, señor. Permítame ayudarlo a curar sus heridas_ contestó Alos mientras corrían.
_No me toques_ respondió Thomas mientras volvían a mezclarse entre la multitud. Detuvo a Alos y lo haló a un lado_. ¡Busca a Mabeth y encuentren a mi escuadrón de psíquicos! Yo buscaré donde esconderme por mí mismo.
_No puedo dejarlo sólo, señor.
_Anda, te he dicho. Nadie va a reconocerme.
Alos se quitó su capa, que estaba más sucia y ensangrentada que las ropas que llevaba Thomas y se la dio para que se cubriera.
_Has sido de gran servicio, Alos. Te lo agradezco.
_Lamento que su Era haya terminado, señor.
_Si consigues a mis psíquicos, esto es solo el principio, amigo mío. Vete_ Alos sacó una bolita plateada de su bolsillo, se dio la vuelta y desapareció. Thomas siguió colina abajo sólo, colocándose la capucha del abrigo sobre la cabeza.
Pocos metros más adelante pasó, en mal momento, frente a un pequeño edificio que explotó al ser tragado por las cenizas. Se esparció en pequeñas bolas de humo que golpearon y lanzaron gente por doquier. Thomas no pudo moverse tan rápido como debía y una le dió en la cara, lanzándolo fuera del camino, por entre los árboles, cerro abajo. Bajaba dando vueltas cuando se golpeó nuevamente en la cara con una piedra que le partió unos dientes y lo detuvo, cayendo de espaldas en la tierra.
Lloraba sin poder moverse, agonizaba con quemaduras en la cara y sangre brotando de sus heridas. Se cubría los ojos con las manos, no podía ver. Se puso de pie y se lanzó frente a un pequeño charco de agua para mojarse la cara. En su reflejo pudo ver la horrible imagen de sus ojos, ahora medio arrugados como pasas pero de un color gris opaco casi blanco, podía verse el espacio oscuro detrás de sus ojos. Ahí se quedó por unos minutos, espantado ante su propia imagen y tratando de tomar aire, contemplando el abandono que su escuadrón había perpetuado sobre él y con ellos su pérdida de confianza en sí mismo y de su poder mental. Poseído por el miedo e indefenso, caminó entre las sombras, rogando con todas sus fuerzas que sus hombres lo encontraran y escondieran antes que las cenizas lo acabaran de matar. Una plegaria un poco menos fuerte de lo que la necesitaba.
En el rincón más desolado de un parque municipal muy tranquilo en una dimensión paralela a la que el Rey habitaba, una señora jugaba con su perro alegremente. Lanzaba la pelota y el labrador dorado la buscaba, no había más gente por el área. En una pequeña loma de hierba un rayo de luz calló llenando el área de polvo con un silbido. El perro corrió a esconderse tras la mujer, ella se levantó impresionada. Era difícil ver lo que había pasado. Entre la polvareda y el humo que se había formado, cinco figuras de alta estatura se veían de pie muy tranquilas.
La señora, movida por la curiosidad y la angustia, avanzó en aire de sorpresa _¿hay alguien ahí?_ su voz retumbó haciendo eco, ella seguía avanzando pero el animal mordía por detrás el vestido de campo, sintiendo la rareza del asunto. Entre las sombras y la nube de polvo se escuchaban susurrantes voces de mujer y hombre.
La señora volvía a preguntar_ ¿he escuchado algo? ¿hay alguien ahí?_ En respuesta, una de las siluetas murmuró muy bajo. Repentinamente un par de rayos y chispas azules dispararon y dieron a la mujer en el pecho. Esta no hizo ningún ruido, no tuvo chance de darse cuenta. Se llenó de una luz morada que iluminó sus ojos y luego de pocos segundos cayó de bruces al suelo, estaba muerta. El perro chillaba, halando a su dueña por el vestido, antes de caer de la misma forma.
_¿Por qué hiciste eso?_ dijo una voz fría y pedante_ No hemos terminado de llegar al otro lado y ya tenemos una razón para irnos.
_Estoy segura que de aquí no nos vamos sin llevarnos tierra de regreso, despreocúpate. Volverá a estar viva una vez que hayamos terminado_ contestó una mujer amargada.
_No creo, la mataste… Sigue ordenes, que vamos tarde_ respondió el hombre en reproche.
_A mí no me estés diciendo que hacer.
_¡Ya! ¡Qué distracción, carajo! Ustedes dos, andando. Dejen el coqueteo para cuando vivamos aquí_ una tercera voz de hombre había interferido, esta era más dulce y tranquila, como la de un abuelo_ Vamos, vamos, tenemos prisa.
_Hay que separarse, nos encontraremos aquí en media hora_ dijo una mujer que se había mantenido en silencio.
_Eso es mucho tiempo_ habló una quinta voz _. Nos encontraremos aquí en el momento indicado. Si el Rey llega a pensar que lo abandonamos, lo van a matar. Nos hemos demorado suficiente.
_¿Y cómo hemos de saber cuándo es el momento indicado?_ dijo la mujer de voz áspera.
_Una pregunta bien estúpida para una psíquica involucrada en algo como un cruce de dimensiones para la comodidad del Rey Thomas_. Dicho esto el hombre rubio comenzó a andar, saliendo de la nube que los rodeaba.
_¡No es por comodidad, Caín!_ La mujer, de mal humor emprendió su camino a experimentar. Era alta y esbelta, de poco más de cincuenta años. Vestía una extraña bata color morado cubierta de piedras preciosas y bordados de hilos dorados. Tenía la cara un poco golpeada, pálida y cansada como si hubiera corrido por días. Llevaba el pelo muy desordenado, una maraña de rulos negros que parecía haber formado un peinado en algún momento, pero ya no era atractivo. Esta mujer se llamaba Angola.
Los demás psíquicos salían de las tinieblas en distintas direcciones. Caín, era el más joven, más o menos treinta años. Era un hombre corpulento, rubio y con el cabello agarrado en una cola. Vestía un traje del mismo estilo que los demás. El de él era blanco; un sobretodo de cuero con diamantes incrustados y un corte diferente que daba un aspecto como antiguo, muy elegante. Llevaba una espada de oro guindando en las caderas que destellaba con el sol al caminar.
Dos de los hombres se movieron hacia el norte, pasaron sobre la mujer muerta y el perro, ignorándolos por completo. Unos cuantos pasos más adelante, chasquearon los dedos. Los dos cuerpos inertes se elevaron lentamente y se desplazaron hacia unos arbustos. Allí se detuvieron y cayeron al suelo.
_Será mejor que no los vea nadie_ dijo el hombre de la derecha, mientras se alejaban de la escena. Era el más viejo de todos, ochenta años al menos pero caminaba muy derecho y con energía, como cualquiera de los otros. Llevaba el cabello gris hasta los hombros y una barba corta y despareja que delataba unos diez días sin rasurarse. Vestía una túnica gris y botas puntiagudas de metal plateado. Encima llevaba una capa azul oscura con bordados de plata. Su nombre era Coniac.
_Ya lo creo, tengo la idea que no pasamos desapercibidos_. El personaje de voz fría era un hombre también alto, pero un poco menos que cualquiera de los demás. De pelo corto y oscuro, unos cuarenta años, piel clara y apariencia severa, de rasgos faciales perfilados.
_Estás equivocado, Darío_ respondió Coniac. Ambos hombres se miraron y siguieron su camino hasta llegar a una avenida muy concurrida.
La última mujer era Alana, una hermosa pelirroja. Parecía nerviosa e hiperactiva, como si llevara semanas sin dormir. Vestía una túnica negra y no llevaba abrigo. Fue la primera en desaparecer de vista al entrar entre unos pinos.
La ciudad de Weston, Florida lucía tranquila como de costumbre; sus calles extremadamente limpias, riegos mojando todo jardín y avenida posible, palmeras abundantes y lagos por cada esquina, con uno que otro caimán. Una ciudad muy bonita, donde nadie esperaría escuchar sobre un problema, un crimen o un escándalo.
Era lunes, toda la mañana había sido de calor penetrante, de esos que se reflejan en la distancia como si se evaporara el horizonte. Las personas estaban agotadas de la humedad; los niños en las piscinas y las madres y señoras de la limpieza dentro de las casas, evitando llevar demasiado sol. Toda tienda, todo local obligado a repartir agua; la gente que caminaba por las calles parecía estar llorando, arrugando las caras para evitar el sol. En alguna que otra avenida un carro recalentado y un montón de aburridos policías alrededor como si se tratara de un accidente fatal.
Los cinco personajes de apariencia extraña, que bien parecían disfrazados de reyes medievales, caminaban por el medio de las calles observando todo tranquilamente. Se paseaban ignorando las miradas incrédulas de la gente, ante la vestimenta totalmente inadecuada para la temperatura. Cada uno caminaba por distintas áreas de la ciudad con mirada perdida; como si pudieran escucharse los pensamientos entre ellos a varios kilómetros de distancia. Cuando lograban pasar desapercibidos desaparecían y aparecían en otro sitio. Salieron de Weston y observaron así distintas áreas del estado de Florida.
Pasados diez minutos una luz blanca inundó la loma del parque y los cinco sujetos regresaron.
_Tomaremos esta área de la tercera dimensión, es perfecta... Ya comencé el proceso_ dijo Angola.
_¿Quieres decir que el calor asqueroso es culpa tuya?_ dijo Darío mientras se quitaba el abrigo y lo hacía desvanecer.
_Gente débil y cansada nos facilita el trabajo, ¿de acuerdo?_ dijo arrogantemente_ por eso la temperatura_ añadió mientras los demás aunque no se veían muy felices, asentían en aprobación.
Después de observarse por un momento, habló el anciano_ Manos a la obra, es un trabajo duro, pero recuerden que la gratificación será tan grande como el sacrificio que hagamos para obtenerla_. Todos se dedicaron miradas de aliento y sin mediar palabra, desaparecieron.
Esa mañana, rondando las ocho y media, el calor se tornó inhumano. Angola sabía lo que estaba haciendo. Aunque no había sol, los carros recalentados seguían amontonándose en los canales para bicicletas. La gente se acumulaba en tiendas y poco más tarde de las nueve y cuarto, cantidades anormales de personas caminaban por las calles. Hombres sin camisa con la corbata amarrada en la frente, empapados en sudor, niños semidesnudos y mujeres con los zapatos en las manos. Nadie se preocupaba por los automóviles, sino por llegar a un aire acondicionado o un sitio fresco.
Pasadas las diez todas las avenidas estaban abarrotadas de automóviles humeantes y personas deshidratadas. Por toda la autopista lejos de cualquier sitio donde entrar a un buen aire acondicionado, empezaban a perder el conocimiento. Poco a poco era más gente la que prefería ahorrar sus energías sentados en las barandas por la brisa o bajo los camiones por sombra. El servicio de emergencia había colapsado, recibían llamada tras llamada sin poder hacer más que dar refugio a quien estuviera cerca.
Para la una de la tarde el estado entero estaba en completo caos, los aires acondicionados de las casas empezaban a descomponerse. Miles de personas, confundidas por el ambiente desértico que empeoraba, se abarrotaban contra el hospital con niños y ancianos asfixiados. Las piscinas y lagos de toda la ciudad estaban por terminar de evaporarse. Las playas de todo el sur de la Florida se abarrotaban de gente que duraba poco antes de correr afuera por las elevadas temperaturas del agua. Las casas cuyos aires aún funcionaban dejaban de ser sitios privados en cuestión de minutos.
Las ciudades cundían en pánico. Un escándalo de gritos, llantos y explosiones sumergía a Florida en completo caos.
Del cielo surgió un violento, pero muy silencioso relámpago de luz. Como el de una tormenta, pero totalmente horizontal y de un rojo vivo que logró una combinación alucinante de colores por entre las nubes. Muchos habían sido cautivados y veían al cielo en profundo silencio cuando escucharon un silbido acompañado de varios rayos. El calor cesaba, dando paso a una brisa tenue y fresca; así empezaron los murmullos de alegría. A los pocos minutos los jóvenes se paraban corriendo sobre los techos de los carros con los brazos extendidos y la gente salía de las casas con miradas de sorpresa y asombro.
A lo lejos, fuera del alcance de vista de cualquiera se encontraban estos extraordinarios hombres, flotando a miles de pies de altura. Darío al norte, su esposa Alana al sur, Caín al este, Angola al oeste y Coniac en el centro. A cientos de kilómetros el uno del otro, quietos y de brazos extendidos a los lados. De las palmas de las manos surgían de vez en cuando relámpagos rojos de infinitas longitudes que iban a dar a la mano de otro, como si formase una red.
_¡No se detengan!_ retumbaba la voz de Coniac dentro de sus cabezas, de la misma forma que sonaría tenerlo al lado, pero con un tenue eco.
_¡Sigamos así, se está formando la tormenta!_ Alana se comunicaba. Se alentaban los unos a los otros por simple telepatía. La brisa y la lluvia les azotaban las ropas y el cabello contra las caras, pero ninguno se movía.
La tristeza de algunos y la resignación de otros desaparecía para dejar llegar la esperanza que traía el fin del calor y dar paso a la lluvia. Todos abajo parecían disfrutar de la brisa y el agua.
El viento empezaba a soplar con más fuerza y un silbido violento. El agua golpeaba con ímpetu, los postes se sacudían peligrosamente. Las palmeras perdían las ramas y poco a poco se salían de la acera. La brisa se tornó fría y la lluvia se tornó hielo que rompía ventanas y golpeaba a la gente. Otro rayo rojo iluminó el cielo. Fue rápidamente seguido por una cantidad incontable de ellos, hasta que dejaron de desaparecer. Se fue formando una red de luces rojas, negras y de toda una variación de tonos de estos colores, creada por los psíquicos que fue tomando forma de círculo de manera horizontal, como si colocaran una tapa de fuerte energía sobre el Estado.
Arriba los psíquicos se daban señas mentales que indicaban que era hora de empezar a descender. Querían encerrar la ciudad en una inmensa roja bola de pánico. La brisa soplaba con más fuerza, creando diferentes silbidos con los postes, palmas y semáforos. En cinco minutos la ciudad enfrentaba un huracán helado. Los carros atravesados hacían daño a las personas que se estrellaban contra estos, a dolorosas velocidades, soplados por el viento.
Se encontraban todos en una mezcla de huir y volar, arrastrados por la brisa a ras de la calle, dando contra todo a su paso. Los gritos eran imparables, el viento no cesaba. La lluvia era más fuerte y la red de relámpagos seguía bajando. El viento se detuvo y el hielo cesó, el ambiente se hizo lúgubre. Los que no estaban inconscientes se paraban al verse iluminados, caminando entre olas de luces rojas y lluvia, nadie corría. Había una mezcla de resignación e interés en el asunto, se veían las caras, todos sucios y cortados, algunos peor que otros.
Tres de los psíquicos habían tocado tierra en fincas y cayos. Coniac se mantenía elevado y distante sobre una congregación de gente en medio de una plaza y Alana flotaba al ras de la aguas del Atlántico, lejos de cualquier orilla.
_¡Esta es la mejor parte!_ Angola sufría de dolor, pero lo tomaba con una sonrisa viciosa en la cara. Comenzaba a mover los brazos de arriba abajo poco a poco; los otros cuatro estaban igual de agotados.
_¡No puedo aguantar más!_ gritaba Alana dentro de sus cabezas.
_Alana, aguanta. Estás en medio del mar, por favor! Falta poco…_ Darío trataba de subirle el ánimo a su esposa pero su tensa voz denotaba un poco el miedo que no le permitía expresarse.
La gente empezaba a elevarse unos centímetros en el aire, levitando en un escándalo desesperante. Las cortinas en las ventanas se extendían hacia el techo, los carros emitían ruidos metálicos mientras se elevaban. La gente gritaba y manoteaba hacia abajo con desespero a medio metro del suelo, los niños chillaban. No parecía haber hombría para consolar a ningún hijo o esposa, miedo era lo único que emanaban los rostros.
En un instante la presión se sintió diferente. Las respiraciones se tornaron fuertes y cansadas, un grito de ayuda se escuchó apagarse rápidamente. Uno más desesperado surgió por otro lado, pero también se apagó en seguida. Nadie ayudaría, todos estaban en la misma situación sin poder mover un dedo. Aumentaron el sufrimiento y la impotencia, los brazos se extendieron hacia abajo, las piernas se abrieron extendidas apuntando al suelo. Los huesos traqueteaban mientras los cuerpos se erguían como halados dolorosamente por ambos extremos.
Los relámpagos entraron por el pecho de todas y cada una de las personas, haciendo salir luz por sus ojos, oídos y bocas dando la violenta ilusión de un fantasma de luz abandonando el aterrado cuerpo. Perdieron el conocimiento en un instante.
Entre los psíquicos se sentía una alegría un poco sádica. Cuatro la estaban disfrutando pero Alana se la perdía.
_¡No puedo más!_ gritaba desesperada de forma chillona. Los rayos ondulantes le presionaban la piel contra los huesos. Tenía los pies ya sumergidos en el agua y la masa roja levantaba violentamente olas sobre su cara.
_¡Aguanta, Alana! nos vas a matar a todos!_ Darío pareció perder la mirada en el aire. Un rayo de luz le lastimó la cara.
La voz de Coniac resonó a su alrededor_ ¡No puedes abandonar tu posición!
_Se está muriendo, Coniac_ respondió Darío.
_Si abandonas tu lado, moriremos todos. Alana está sola.
_Lo siento_ dijo Alana en sus mentes.
_No hagas eso, Alana_ dijo Caín para todos, resistiendo la fuerza.
_Alana, respira profundo_ Coniac intentaba sonar lo menos agotado posible. En sus mentes podían escuchar lo que parecía ser Darío llorando, pero la voz iba y venía. Darío se bloqueaba de ellos y nadie podía escuchar lo que le decía a su esposa.
_¡Darío!_ gritaba Angola intentando hacerse escuchar. Temía que Darío fuera a causar la muerte del grupo.
_¡Déjenlos, concéntrense, y prepárense! Alana nos va a soltar._ Coniac parecía haberse resignado. Su comentario los golpeó a todos como el más duro de los latentes rayos de luz. Pero ni Darío ni Alana parecían haber escuchado.
Caín se concentró un poco más y con un gran esfuerzo afinó la vista. Se sentía como viajar en la tormenta a la velocidad del sonido. Como si hubiese volado a la posición de Darío, kilómetros de distancia sin haberse movido. Darío lloraba y hablaba en voz alta. Caín intentaba leer sus labios pero la tormenta lo hacía difícil. En otro intenso viaje veía a Alana. Ella también hablaba, pero con calma.
_Ella sabe lo que le espera, Caín. Déjalos despedirse_ La voz de Coniac se escuchaba en susurro_ Todos vinimos a este lado sabiendo lo que nos esperaba. Debemos seguir y dejar ir_. Caín volvió la vista a donde se encontraba su cuerpo, tomando su extremo de la majestuosa red de luces nuevamente.
Alana no resistiría mucho más; ya el agua le daba por las rodillas y estaba empapada. Empezaba a sentir como dejaba ir la masa de energía, pero no quería. Se esforzaba para controlarlo, el poder de los relámpagos era increíble. La estaba destruyendo como a todos los habitantes de la ciudad. La presión dentro de su cuerpo la retorcía mientras en su mente Darío le seguía implorando que resistiera, que tenía que hacerlo. Alana respiraba hondo y escuchaba la voz de su marido.
Los rayos rojos iluminaban el agua. La red se descontrolaba y le daba latigazos; uno golpeó su cara hiriéndola. Tenía la cara empapada en sangre. No podía permitir que la luz entrara, se demostraría débil, humana, al igual que su Rey en sus últimas horas. El agotamiento y el dolor tomaron control, aunque la valentía y el coraje no la dejaban soltar.
Otro rayo le dio en el pecho logrando entrar, haciéndole daño a todo su cuerpo y mente. Luz roja salió de sus ojos violentamente. Alana suspiró y perdió el conocimiento. La cabeza se fue hacia atrás, viendo al cielo, pero ella no cayó. Se mantenía en el aire por todo el poder que la rodeaba. Aunque no podía mover su cuerpo, su mente seguía activa, pero se desvanecía, la dejaba ir.
Unos metros detrás de ella flotaba un bonito yate blanco, un hombre y una mujer gritaban inmóviles. Los motores a toda marcha moviendo el agua, pero sin avanzar en ella, atrapados por la energía a su alrededor. Alana, aun estando inconsciente podía sentir la agonía de estas personas sumándose a la suya. Sin mover un dedo, los sacó de su miseria. La mujer y el hombre cayeron al piso del barco y no volverían a levantarse.
La multitud que flotaba erguida cayó en un silencio penetrante. Dentro y fuera de toda casa se veían los unos a los otros flotando con las bocas extremadamente abiertas, intentando decir palabras, pero nadie podía mover la lengua. El terror y el dolor eran palpables. Los psíquicos les arrancaban las vidas. Un ruido explosivo con un gigantesco trueno retumbó reventando todas las ventanas, todo se iluminó intensamente y todas y cada una de las personas ascendieron un poco más junto con la red de luces que se sacudía como olas en el aire. Una onda expansiva surgió del centro, arrasadora como una bomba nuclear, pero sin fuego, desapareciendo a todos los cuerpos a medida que avanzaba.
_¡Lo logramos!_ gritó Angola con euforia dentro de sus cabezas. Pero la voz de Coniac le tumbó el poco ánimo que los mantenía_ ¡Viene lo más fuerte, resistan!
La misma onda expansiva enviada desde el centro, la que había eliminado todas las almas de la ciudad, se desplazaba hacia ellos. En el momento del impacto, fueron golpeados por una masa de aire increíblemente rápida, entre gritos y forcejeo se batían por resistir.
Angola sangraba por la nariz y tenía varios vasos oculares rotos, el golpe la había empujado hacia atrás con fuerza; sufría pero lo disfrutaba. Caín y Darío fueron lanzados unos metros hacia atrás dando una vuelta en el aire manteniéndose de pie cada uno en un polo de la ciudad, las posiciones no se abandonarían.
Alana se encontraba flotando de pie, inconsciente con el agua a la cintura. Todo pasó muy rápido, la onda expansiva la golpeó, desprendiéndola de la red de rayos que la sostenía. Se disparó hacia atrás unos veinte metros y violentamente se clavó en el yate mientras la onda se perdía en la distancia. El barco dio vueltas y el cuerpo de Alana se perdió de vista. Estaba muerta y desaparecería en el fondo del océano.
En el momento en que sucedió, los demás, a kilómetros de distancia, supieron que se había ido. El ala de la red que sostenía Alana se disparó hacia los demás como una liga elástica.
_Estamos perdidos_ dijo Darío en voz baja_ maldición…
La masa de rayos se acercaba a toda velocidad, destruyendo todo a su paso, de no hacer nada, morirían en cuestión de segundos.
_¡Mantengan sus posiciones!_ Coniac se desvaneció del centro y apareció en seguida detrás de la parte de la red que avanzaba hacia los demás, desplazándose con ella a toda velocidad y dejando atrás sólo polvo y escombros. Logró abrir un espacio entre los rayos y colocarse en la posición de Alana. Clavó los pies en el piso destruyendo el concreto con las botas y atravesando casas, y con un arrebato de supremacía detuvo el desastre. Poco a poco se desplazó de vuelta al punto donde Alana había muerto, dejando los rayos reconstruir todo lo que habían destruido.
Caín y Angola habían levitado hacia atrás hasta desplazarse sobre el mar. Solo Darío se encontraba en tierra firme al extremo norte.
Florida se convirtió en un estado desierto. Los carros que flotaban cayeron estruendosamente al suelo. La masa de rayos se balanceaba con calma recorriendo todo espacio lúgubre de la ciudad; poco a poco el movimiento de olas se intensificaba. Los rayos escaneaban todo a su paso haciendo curiosos ruidos eléctricos. Violentamente se elevaron en el aire llevándose todo a su paso. Casas, cosas y porqués se convirtieron en nada, en una especie de cráter profundo e inexplicable, oscuro y vacío. Toda el área tomada por la red de rayos fue eliminada del mapa. En seguida el mar cubría lo que había desaparecido.
_¡Lo logramos!_ Se dijeron los unos a otros mientras flotaban en absoluta oscuridad, sintiendo una presión impresionante contra sus cuerpos. La masa de energía los arrastraba fuera de la dimensión donde estaban.
El mar ya había cubierto el área completamente, cuando del fondo surgió una explosión que apartó el agua en seguida y tras ella todo volvió a reaparecer en perfecto estado de normalidad. Los rayos no volvieron y la vida siguió como si nada hubiese pasado. Florida había regresado unas horas en el tiempo, al lunes treinta de julio, veinte años atrás, a las ocho y media de la mañana, sin un muerto, sin un solo grito. En el parque, sin embargo, un hombre conseguía alarmado los cuerpos sin vida de una mujer y un perro y en la costa un yate navegaba a la deriva con dos muertos dentro.
En un espacio paralelo de la tercera dimensión, una página de la tierra donde no había nada más que un eterno desierto inhabitado, hubo otra explosión. Los cuatro psíquicos aparecieron, todavía controlando la masa de rayos que envolvía la esencia que recientemente habían tomado de la ciudad.
_Dejen ir ahora, estamos en el medio, entre nuestro lado de la tercera dimensión y el que hemos invadido_ dijo Coniac y todos soltaron, cayendo de rodillas agotados al suelo. Los rayos desaparecieron siendo absorbidos hacia el centro de la tierra y todo lo que estos habían cubierto momentos antes se vio quieto y tranquilo.
Los cuatro psíquicos se desvanecieron y se materializaron como antes en la loma del desierto parque.
_¿Por qué no colocar el escondite en el lado que habitamos? Podríamos habernos escondido fácilmente_ comentó Caín antes de caer al piso y acostarse agotado.
_Sería muy obvio, es muy arriesgado… Por más alejado que lo hiciéramos siempre hay un imbécil mago que lo consigue_ Todos observaban a Coniac _Colocaremos un espejo eterno alrededor de esta nueva ciudad, con un portal hacia nuestro lado. De esta forma estaremos cerca pero lejos al mismo tiempo. Nadie la encontrará.
_Alana está muerta porque no tuvimos el coraje para defender el reinado. Por andar cruzando dimensiones… Y al fin y al cabo estamos en las mismas que el Rey. Escondiéndonos._ Darío estaba sentado con la mirada perdida en el horizonte y los puños apretados contra la tierra. Este día transformó sus sentimientos y lealtad hacia el Rey Thomas en asco y resentimiento, pero no diría nada al respecto.
_Como se te ocurre decir esa mierda? ¡Si hubiésemos luchado contra la sublevación hubiésemos convertido nuestro mundo en lo que tenemos aquí!_ Angola señalaba a los lados furiosa_ Un pueblo fantasma, y el Rey lo dijo bien claro…
_Quedaríamos solos, Darío, los destruiríamos a todos. Tu deberías saber eso_ Interrumpió Caín. Quien estaba destruido como Darío, pero a diferencia de su compañero, sabía que nadie era más culpable de la muerte de Alana que ella misma.
Darío se puso de pie instantáneamente. Lanzándose frente a Caín _ No me vengas a decir que tengo que saber… ¿Los destruiríamos a todos? ¡Mentira, se asustaron! Esa fue la excusa para habernos mandado hasta acá sin perder la fuerza. En eso nos han convertido, somos tan fuertes como nuestros egos… Alana sabía eso y si el Rey cree que lo hemos abandonado, quien sabe si no está muerto ya.
_No está muerto, Darío_ respondió Coniac con calma.
_Sí, y Alana tampoco_ Terminó Darío antes de empezar su caminata amargado. Los demás se pusieron de pie y lo siguieron hacia la nueva ciudad.
Ninguno mencionó a Alana. Sabían que segundos antes de su muerte ella y su esposo habían hablado en privado y sólo ellos dos sabían de que habían hablado.
Caminaron con prisa, pero la ciudad no estaba lista. Se desplazaron por el lugar haciendo poderosos cambios, después de todo, eran una raza de poder mental sobrenatural.
_La ciudad no tiene límites_ dijo Darío con aire desorientado.
_Sí tiene, hay un aro de mar rodeándola, excepto por el lado norte_ dijo Angola señalando_ Es donde estabas tú, Darío_ Cada uno sacó una bola plateada de su bolsillo y la soltó en el aire; Darío sacó dos. Luego de dar unas vueltas emitiendo silbidos, las bolitas se establecieron flotando frente a sus posesores.
_Gracias al universo por los Catalizadores de Energía_ afirmó Caín.
_Una afirmación ingenua para un psíquico en servicio_ dijo Angola.
_¿Cómo es que Darío tiene el catalizador de Alana?_ preguntó Caín ignorando a la mujer.
_Flotó hasta mi bolsillo…_ respondió la voz de Darío en sus cabezas mientras él se alejaba del grupo.
De la tierra surgían extensiones de montañas, bosques impenetrables y luego nieve. Todo cambiaba rápidamente. Los psíquicos reían de emoción sorprendidos por la belleza de lo que creaban, un poco sorprendidos ante lo que podían llegar a hacer.
_Es hora de traer vida_ alertó Coniac.
_Pregunto. Si una persona muere en el lado de la dimensión de donde los tomamos, muere aquí también?_ preguntó Caín.
_No. Sus almas han sido divididas de la misma forma que dividiremos nosotros las nuestras, si nos quedamos aquí_ Coniac terminó de hablar y todos lo vieron sin decir palabra. Asimilando lo que acababa de decir.
_¿Dividir nuestras almas? ¡Nunca hablamos de eso!_ Angola se molestaba rápidamente.
_¿Cómo que no, Angola? dijimos que sería la forma de mantener nuestras vidas a la hora que pasase algo aquí_ respondió Caín muy tranquilo.
_Mi respuesta era, Caín, que no, las personas de aquí no serán dependientes de las personas de allá_ terminó Coniac.
Los cuatro se concentraron mirando al cielo. Las bolitas plateadas giraron con fuerza sobre su eje frente a ellos, emitiendo fuertes silbidos. Un inmenso estruendo los aturdió y la masa de rayos rojos reapareció por menos de un segundo cargada de personas flotando en el aire. Al desaparecer nuevamente, la gente descendió al suelo. Todos desnudos y dormidos como bebes repartidos por el suelo.
_Hay que entrar en sus cabezas antes de despertarlos. Que no duden de este pequeño mundo. Serán felices y llevarán vidas normales aquí_ habló Coniac nuevamente_ Angola, tú encárgate de eso. Darío, vuelve aquí y dale a Angola el catalizador de Alana.
Darío extendió una mano en el aire desde donde estaba y una de las esferas plateadas salió disparada, deteniéndose extremadamente cerca de la cara de Angola.
_De acuerdo_ dijo la mujer mientras se daba la vuelta dando una mirada agresiva a Darío.
_Angola! Ponles ropa…_ terminó Coniac.
_Sí, señor.
Los tres hombres desaparecieron y volvieron a la loma del parque de la que se habían alejado. Ahí vieron a la mujer y el perro que Angola había asesinado. Desnuda al igual que los demás, pero muerta no dormida.
_Angola es una mujer testaruda, yo sabía que la pobre mujer no iba a volver a la vida, ¿de dónde sacó esa idea?_ dijo Caín mientras los tres caminaban a la calle.
_Hay que hacer más cambios, no hay tiempo_ dijo Coniac mientras caminaban. Los cuerpos dormidos ya llevaban vestimenta. Angola trabajaba rápido.
_Deberíamos irnos ya_ agregó Caín.
_Todavía no, hay que esperar a que la gente despierte_ contesto Coniac.
Caín sacó su espada en medio de una calle y con un grito la blandió violentamente, un pitido se escuchó en el viento y todos y cada uno de los vidrios cercanos explotaron. _Hagamos de este sitio lo más parecido al reinado. Eso no incluye el material que cubre las ventanas_ dijo mientras se agachaba para tomar un pedazo roto. Al tocarlo y cerrar los ojos, el pedazo de vidrio se diluyó en arena que caía al piso _umm… curioso… Arena fundida_. Nadie hizo caso al comentario, y siguieron caminando.
_Está bien, así los hombres de este mundo tendrán cosas por descubrir, avances por lograr. Una sociedad completamente nueva, y ninguno tendrá la menor idea_ dijo Coniac sonriendo.
_Sí, señor_ Caín entendió, levantó la mirada y mientras su esfera plateada silbaba girando con rapidez, todos los pedazos de vidrio se diluyeron en arena_ Listo. Esa idea con la arena se la plantamos a alguien en la cabeza más tarde.
Luego de haberse asegurado que las personas pensaran que habían nacido y crecido en este nuevo pueblo, lo llamaron Aldenberg. Se pusieron detallistas y sin darse cuenta se tomaron unas tres horas para cambiarlo, pero era completamente diferente a lo que había sido cuando lo tomaron. Los carros fueron transformados en transportes de madera al estilo de los carruajes de ciudad de psíquicos, los puentes en la autopista eran ahora sostenidos por troncos inmensos y carreteras de tierra. Dentro de las casas todo lo moderno había sido cambiado a un estilo antiguo, para que fuera de agrado para su Rey. Aldenberg era perfecto.
_Hora de irnos_ dijo Coniac.
La vida en Aldenberg empezó como si nada. Eran las nueve de la mañana del primero de agosto en el hospital de Aldenberg norte. Un viejo hombre se sentaba en silencio frente a una fuente tallada en piedra en los jardines de la entrada. Un doctor caminaba hacia la puerta, educadamente deteniéndose a saludar al anciano antes de seguir su camino.
Frente a la fuente, como si hubiese salido de atrás de una cortina invisible con un leve silbido, apareció un hombre encapuchado con un sobretodo de cuero blanco caminando en apuros hacia el área de emergencia.
El anciano armó un escándalo ante lo que había visto. El doctor se dio la vuelta al escucharlo para ver a un hombre de blanco cargando un bebe que lloraba desesperadamente.
_Su madre ha muerto en nuestro carruaje_ dijo el hombre de blanco, quitándose la capucha. Había una emocionante mezcla de tristeza y vida en su mirada. Era un hombre corpulento, de unos treinta años. Muy parecido a Darío pero unos veinte años más joven.
El doctor corrió hacia el hombre dejando caer su maletín de cuero y tomando al bebé en sus brazos. Dirigió una mirada al viejo y le habló intentando calmarlo_ tranquilo, William. Es solo un bebé_. Al ver al bebé a los ojos, el viejo dejó de gritar, cautivado ante un ocre amarillento que parecía brillar un poco. El doctor se dio la vuelta y llamó a unas enfermeras que estaban en la puerta. El bebé lloraba ruidosamente.
_Sígame_ dijo al hombre de blanco mientras las enfermeras corrían a ayudar al viejo.
Una vez que habían entrado a la sala de emergencias el doctor entregó el niño a otros miembros del personal médico_ Estará bien, señor. Ellos se encargarán de su hijo_ La conmoción se disipó en seguida.
_Se lo agradezco mucho… ¿Doctor…?_ preguntó el hombre levantando la mirada.
_Hoffman... Por favor sígame. Lamento escuchar sobre su esposa, sepa que su cuerpo ya está siendo traído dentro del hospital_ El doctor colocó su mano en el hombro del hombre pero este no parecía estar sufriendo en absoluto. A este punto estaba inmóvil, tranquilo_ ¿Cómo se llama usted?_ continuó.
_William_ mintió el joven Darío en voz baja.
_Sígame, William. Debemos poner un nombre a su hijo_ El doctor empezó a caminar esperando que William lo siguiera.
Darío se quedó plantado donde estaba, observando a la gente que cruzaba por el pasillo. Escuchaba como cada una de las personas que cruzaban susurraban sus nombres sin siquiera verlo. Barán, fue el cuarto o quinto nombre que escuchó.
_Barán_ dijo al doctor antes de seguirlo. Un joven detrás de él volteó como si lo hubieran llamado_ Mi hijo se llamará Barán.
_Bonito nombre_ respondió el doctor con una sonrisa cuando ambos cruzaron y se perdieron de vista en otro pasillo.
Mi historia comienza cuando Barán Hoffman alcanza los veinte años de edad; se encontraba en su último trimestre de bachillerato, pensando que su vida era normal. Vivía con su padre, quien no le prestaba mucha atención y la ausencia inmensa de una madre, sin la menor idea, al igual que todo el mundo, de lo que había pasado poco antes de su nacimiento. Un acontecimiento sin sentido alguno, que lo habría puesto en el lugar donde se encontraba ahora, escrito para cambiar su vida.
Los habitantes de Aldenberg estaban acostumbrados a los límites de la ciudad, a nunca traspasar hacia las inmensas montañas nevadas que los rodeaban. Todos consideraban que más allá del bosque y la nieve no había vida alguna, y nadie lo dudaría. Estaban conformes con el pequeño espacio civilizado que tenían; para ellos el mundo era perfecto.
A la orilla de las montañas había pequeñas colonias, las ciudades se extendían un poco, pero luego de algunos cientos de kilómetros, no había más que eminencias y bosques poblados de inmensos pinos.
Barán creció en este mundo, donde por la falta de su madre y prácticamente la de su padre, aprendió a apoyarse en algo que todos aprecian en el mundo, un pequeño grupo de amigos; por quienes daría la vida, sin estar seguro de que la darían por él. Era una persona confiada. No sabía que algunas veces no hay mejor amigo que uno mismo, y que quien en verdad podía ser su amigo pasaba desapercibido.
2. Lágrimas De Oro
A pesar de tener características únicas, Barán se las arreglaba para pasar desapercibido. Durante la mayoría de los veinte años de su corta vida intentó ser uno más de su colegio y uno más de su comunidad.
Era de cara común, piel oliva y cabello marrón, pero tenía una característica peculiar que hacía difícil pasar desapercibido, el ocre amarillento brillante muy parecido a oro envejecido que cubría sus ojos, con el que todos tenían algo que ver.
Barán creció en una comunidad pequeña y tranquila, al norte de Aldenberg. Siempre siendo el manso y simpático de su grupo, hablador pero a la vez reservado.
Se sentaba en el parque de jardines del colegio a leer un viejo libro de física quántica que había sacado de la biblioteca, cuando vio un grupo de gente acumularse en una loma al otro lado del parque.
Entre el escándalo de jóvenes vio a un muchacho de melena rubia caminando en círculos en el centro. Se puso de pie a prisa y emprendió la caminata. Uno de sus amigos parecía estar metido en una pelea. Se acercó y empezó a abrir paso entre los jóvenes, que al verlo, saludaban amablemente.
_Hola, hola… permiso, gracias. ¿Cómo te ha ido?_ Por ser cordial saludaba a mucha gente que no conocía, porque todo el mundo quería hablarle, pero se molestaba. Le fastidiaba que la gente actuara como si lo conociera, pero no lo demostraba.
En el medio del círculo había tres muchachos. Uno era un flaco rubio de cabello largo y los otros dos jóvenes mucho más grandes. Barán observó la situación en silencio; los tres daban vueltas en círculo aumentando poco a poco la tensión contra el rubio.
Hacia el lado izquierdo de la multitud se sentaba una muchacha bonita de rulos negros que al ver a Barán hizo señas con las manos mientras gritaba a los dos jóvenes en el medio_ ¡Se los van a comer a patadas!
El par de tipos la ignoraron, concentrándose más en el joven frente a ellos quien sonreía en posición defensiva.
Barán se acercó a la muchacha y se agachó a su lado_ Hola Charlotte. ¿Qué está pasando?
_Barán, ¿cómo te va?_ Se sonrieron mutuamente antes de voltear a ver la pelea. Charlotte continuó_ Estos dos tipos fastidiando a Adriano mientras practicaba sus patadas y hacía ejercicio.
_¿Van a pelear por eso?_ Barán se ponía de pie pero Charlotte lo haló por el brazo sentándolo de nuevo.
_No, no los separes. Deja el encanto para después. Estos dos se lo han estado pidiendo hace varios días_. Charlotte sonrió a su amigo antes de voltear de nuevo a la pelea que aún no empezaba.
_¡Hey, Adriano!_ alzó la voz Barán. Su amigo volteó a verlo mientras seguía prestando atención a su alrededor.
_¡Barán! ¿Que fue tipo, como te ha ido?_ dijo sin tensión alguna en su voz.
_Mejor que a ti, por lo que veo_ respondió Barán.
_Me va mejor de lo que parece. No te vayas a meter_ Adriano volteó a ver a los dos jóvenes_ Ya me aburrí de dar vueltas, muchachones.
Los dos tipos se lanzaron a golpear a Adriano, quien se movió hacia atrás mientras uno de ellos le lanzaba un puño. En seguida le aterrizó una mano en la cara y se movió a un lado para dejarlo caer al suelo. El otro joven venía justo detrás con otro golpe. Adriano se agachó y luego de dejarlo pasar, pegó un salto y lo pateó con el talón en medio de la espalda.
Ambos jóvenes se quedaron en el suelo adoloridos. Adriano esperó por un par de segundos pero ninguno se puso de pie para seguir peleando. En seguida la gente aburrida se dispersó. Adriano se dio la vuelta mientras Charlotte y Barán se ponían de pie y caminaban a la loma donde se sentaban a esperar a sus amigos todos los días.
_Hey, Barán ¿Más o menos cuanto te costó no meterte en esta pelea?_ empezó Adriano con tono burlón. Charlotte sonrió en silencio.
_Si eres idiota. Me dio igual_ respondió Barán muy indiferente_ Es problema tuyo. Pero la pude haber parado de haber querido.
_Lo dudo_ Adriano volteó a ver a Barán, intentando instigarlo a pelear con él, pero Barán parecía estar hablando en serio. Caminaba con la mirada fija en la grama y volteaba a verle sin sonrisa, intentando esconder su amargura.
Adriano saltó hacia un lado y empujó a Barán con una sonrisa burlona en la cara _¿Te vas a poner gafo? Los dos tipos me han estado buscando pelea como por dos semanas y sólo le pegué una vez a cada uno.
Barán siguió caminando inerte al empujón de Adriano, quien ahora volteaba al suelo también un poco molesto. Al ver a Adriano tomarse a pecho la seriedad con la que lo vacilaba, Barán se sintió culpable y desaceleró el paso. Pegó un silencioso brinco a un lado, tirando una patada que parecía un poco muy fuerte para el juego al pie que su amigo llevaba atrás. Adriano tropezó estrepitosamente, pero se enderezó rápido sin dejarse caer al suelo por completo.
_¡Que sucio!_ le gritó. Barán caminaba más adelante riéndose de lo que había hecho y alegre de saber que su amigo no estaba molesto con él_ ¡Casi me voy de boca!
Barán siguió caminando cuando vio a una muchacha muy bonita, de piel caramelo y cabello largo, sentada en la loma a la que se dirigían. Subió la mano y le saludó desde lejos. La joven le devolvió el saludo.
Charlotte aceleró el paso_. Voy a ir a sentarme con Isabela mientras esperamos por los demás_ dijo antes de pegar un salto para un lado alejándose de un sorprendido Barán. Adriano venía desde atrás silenciosamente para patear a su amigo en el pie de la misma forma. Barán trastabilló pero mantuvo el equilibro. Adriano le golpeó el otro pie haciéndolo caer de boca al suelo.
_¡OH! ¿Dos veces?_ Exclamó Barán mientras se ponía de pie para perseguir a su amigo hasta la loma donde Isabela estaba sentada.
_Estamos iguales, deja el peo!_ le dijo Adriano al correr sobre la loma y sentarse cansado al otro lado con Charlotte, sonriendo a su amigo.
Barán pretendió lanzarle un golpe pero se detuvo y se sentó al lado de Isabela. _Hola_ le dijo con una sonrisa de oreja a oreja.
_Son juegos de muchacho hasta que alguien se parte una pierna. Ahí no va a dar tanta risa_ dijo Isabela con picardía. Barán sonrío presionándole la mano con un dedo_ hace rato te esperaba.
_Sí, me distraje con Adriano metiéndose en peleas… Buscando que le caigan a patadas!
_¡Ja!_ exclamó Adriano desde el otro lado de la loma.
_Disculpa si esperaste mucho tiempo_ continuó Barán.
_No te disculpes, te estoy vacilando_ respondió recostándose en la grama, Barán estaba a su lado.
Los cuatro se relajaban en silencio, a punto de quedarse dormidos bajo el brillante sol en la cómoda cama de grama.
_¡Dónde está Lucas?_ Preguntó Charlotte sin abrir los ojos, recostada sobre Adriano.
_Dijo que le faltaba poco para salir del examen. Debe salir como en media hora_ respondió Isabela. Barán la observaba_ ¿Qué pasa?
_Nada_ respondió volviendo a voltear hacia las nubes_¿Y Tevin?
_Está con Lucas.
Tomaron el sol hasta que Lucas y Tevin llegaron a reunirse. Estos dos eran los últimos del grupo de amigos con el que Barán pasaba la mayoría de su tiempo.
_¿De vuelta a tu casa, Barán?_ Empezó Tevin.
_Me acabo de sentar, tipo. Deja el peo_ dijo Lucas mientras terminaba de echarse al otro lado de Isabela.
_Deja la flojera “tipo”_ se burló Tevin antes de volver a hablar a Barán_ Vamos que tengo cosas que hacer y mi carruaje está en tu casa_ Terminó, golpeándolo en juego con el pie para que se levantara.
_Vamos, pues... Para que Tevin deje la vaina_ dijo Barán en voz alta mientras entre risas se ponía de pie y se estiraba.
Los seis caminaron al estacionamiento y se amontonaron en el carruaje de Barán, que al igual que los demás carruajes en Aldenberg tenía la forma de un carro moderno, pero estaba hecho de madera hasta las ruedas. El suyo era un inmenso mustang de roble.
_No nos debimos haber venido todos en tu carruaje, está demasiado nuevo_ Dijo Lucas mientras se amontonaban en el asiento de atrás.
_Que conste que no lo dije yo_ respondió Barán sonriente_ No, la verdad que no me importa_ Encendió el motor y aceleró para opacar su voz y risa con el intenso sonido del motor a vapor. Lucas reía con entusiasmo ante el aturdidor silbido de tetera.
Al llegar a la casa de Barán, Isabela salió del carruaje y dio un golpecito cariñoso al burro que se encontraba al lado de la gran puerta de madera, este empezó a caminar en círculos amarrado a una polea y a un sistema de ruedas y cuerdas. La puerta subió para dejar entrar el carruaje. Isabela aseguró la traba de la puerta y le soltó la cuerda al burro para que se echara por el jardín. Era una casa de tres pisos decorados como casi todas las casas en el área. Una elegante mezcla de mundo moderno y de lujo, parecían los años veinte. Una abierta y acogedora sala de paredes de tronco y un salón donde había algo parecido a una mesa de pool hecha de piedra con un material marrón encima que debía ser algún tipo de cuero animal. La cocina era también espaciosa, del mismo estilo que el resto de la casa.
Barán era quien mantenía su hogar lujoso y ordenado. En el aspecto material su padre nunca había sido en absoluto negligente, así que para mostrar respeto mantenía las áreas comunes de su casa en orden. Además de ser un muchacho ordenado, disfrutaba compartir con sus amigos en casa, así que la mantenía como todo un adulto.
_Voy a tomar unas cervezas_ dijo Adriano.
_Trae para todos pero no mantengas mucho tiempo abierta la nevera, hasta la próxima semana no viene el señor Coniac a recargar el hielo_ Barán se disponía a sentarse en la sala junto a todos los demás.
Adriano y Charlotte traían varias bolsitas de cuero llenas de cerveza y lanzaban una a cada uno. Estuvieron un rato sentados en la casa bebiendo cervezas de malta, jugando pool y discutiendo las ideas que tenían para después de la fecha de graduación que se avecinaba.
Poco más tarde del ocaso emprenderían camino a sus casas.
Tevin se levantó del mueble donde estaba recostado, como si le hubiesen pinchado una nalga, tropezó con una mesa y aparatosamente se enderezó_ ¡Bueno, me voy! Tenía una lista de cosas que hacer y no hice nada_ Abrió la puerta y salió disparado sin despedirse.
_Este tipo está loco_ dijo Adriano burlándose mientras se ponía de pie trastabillando a propósito para tomar su turno en la mesa de pool.
La puerta se abrió de golpe y Tevin estaba de vuelta_ Mi carruaje no prende_ dijo mientras la cerraba.
_Toma el carrebus_ dijo Charlotte.
_Los asientos son de paja. Esa vaina pica en las nalgas_ sonrió y se dirigió a Barán_ ¿Me prestas uno de tus caballos de paseo?
_Seguro, están en el establo, atrás.
_Voy a agarrar a Lucero, como siempre_ Barán se encogió de hombros. Aunque era muy protector de sus caballos, le era indiferente cual tomara Tevin. Él sabía que su amigo adoraba a esa yegua y le daba buen cuidado.
_Aliméntala cuando llegues a tu casa_ dijo.
_Seguro, gracias_ Tevin salió sonriente por la puerta de atrás y entró al establo. El suelo de paja crujió y dos de los tres altos caballos blancos despertaron. El tercero estaba fuera del alcance de la luz de luna que entraba por la alta ventana. Tevin se acercó en silencio y le acarició la cara.
Lucero despertó y pateó el suelo contenta al ver a Tevin mientras él abría la puerta para ensillarla_ Hola, bonita_ La yegua no movió un pelo y se dejó ensillar tranquila en menos de un minuto.
Tevin saltó poniendo un pie en la pared e impulsándose de ahí como todo un profesional. En seguida galopaba por el relativamente corto camino a su casa.
Adriano y Charlotte se fueron juntos un poco más tarde dejando a Lucas con Isabela y Barán. Se sentaron en la cocina mientras Isabela servía tres platos de cereal.
_¿Puedo tomar uno de tus caballos, Barán?_ Preguntó Lucas sonriendo.
_Tu carruaje está aquí.
_Sí, yo sé. Pero me da fastidio, es escandaloso y es tarde. Lo vengo a buscar mañana.
A Barán le pareció que Lucas le pedía un favor impertinente y quiso decirle que no pero igual le dio permiso de tomar uno._ ¡Pero me lo devuelves, tipo! No te desaparezcas.
Lucas era el amigo más conservador de su espacio. Siempre se perdía de vista por unos días y volvía como si nada, sin dar explicaciones. Vivía sólo y ninguno de los jóvenes conocía a su familia.
Devoraron el cereal en un instante y se despidieron de Lucas. Barán e Isabela entraron a la casa y se volvieron a sentar en la sala, contemplando un gran jarrón de porcelana de su papá mientras escuchaban la radio.
_¿Sabes en qué pensaba?_ dijo Isabela mientras Barán pasaba una mano por su hombro. Ella se recostó en su regazo._ El día que nos cacemos, en unos cuantos años… Tendríamos una pequeña boda y nos iríamos a vivir totalmente al sur de Aldenberg, veinte horas de aquí. Es mucho más verde de aquel lado. Lejos, donde nadie nos molestase_ hablaba lento y en armonía con sus palabras casi cantadas; imaginando todo lo que decía. Ambos nostálgicos y contentos, poco a poco quedándose dormidos en el mueble.
_Estos tipos irían haciendo sus casas cerca de la nuestra, hasta tener nuestra pequeña comunidad_ dijo Isabela completando la fantasía que creaban juntos algunas veces desde hacía varios años_. Estoy segura que mis padres se construirían una casa cerca de la nuestra.
_Yo estoy seguro que mi padre no se mudaría por nada del mundo_ dijo Barán sin dar importancia a lo que decía.
Isabela y Barán siempre estaban juntos y nunca dejaban de hacer nada el uno por el otro. Se querían y respetaban, aunque muy de vez en cuando Barán salía con patadas inesperadas. Casi siempre había respeto dentro de la picardía y nunca había discusión que durara más de un par de horas. Dentro de Barán se formaban a veces dudas que le daban a pensar que el brillo de sus ojos era la única razón por la cual Isabela nunca se molestaba con él.
_¿Dónde está tu papá, Barán?_ continuó Isabela mientras se quedaba dormida, tengo varios días que no sé de él.
_Aldenberg Sur, siempre dice que viaja al sur a trabajar y nunca voy a verlo allá porque no me dice en que parte está. Además tendría que rodar unas catorce horas y no sé dónde están los posos para cargar con agua los carruajes hacia aquel monte_ La Pregunta de Isabela parecía haber amargado a Barán un poco; en realidad no hacía mayor esfuerzo por viajar al Sur.
No le gustaba hablar de su única familia. William Hoffman no era la clase de padre que Barán deseaba tener. Siempre tenía a su hijo a oscuras de información, no le contaba que hacía en sus múltiples viajes ni mostraba gran afecto cuando estaba en la casa. Para Barán, era más un compañero de cuarto que un padre_ No se que hace, en realidad.
_Disculpa que te hable de eso. Te molesta_ Ella acariciaba su mano mientras lo veía a la cara. Barán tenía los ojos en el aire, viendo imágenes en su cabeza.
_Sabes_ dijo luego de unos segundos en silencio_ nunca le he parado mucha bola… ¿Te conté que ayer soñé con mi mamá otra vez?_ Terminó, cambiando el tema. Isabela volteó entretenida.
_¿Tu mamá otra vez?... Soy toda oídos.
_No dejo de soñar con esta mujer. Ayer soñé con ella de nuevo y siento esta conexión, ella está conmigo… Acariciándome la espalda mientras yo estoy acostado con la cabeza en su regazo. Siento esta fuerza que me dice que es mi madre y que está afuera en algún lado esperándome, que no está muerta... Eso me mantiene contento, pero me desespera. Aldenberg me da una sensación de encierro que me mantiene con la cabeza en las nubes.
_Sabes algo_ dijo Isabela agarrándole la cara con las dos manos_ yo te mantengo los pies en la tierra, al menos… hasta el día en que consigas a tu madre y en mi familia tienes una familia. No te atrevas a sentirte solo ni por un momento, mi papá te quiere mucho, siempre lo dice. “Barán tiene un gran corazón”_ Terminó burlándose de su padre y separándose de su novio; luego de verlo por un momento, echó a reír y le dio un abrazo.
_¡Ah!… me vas a partir una costilla_ dijo Barán con voz estreñida intentando reírse para desquebrajar la tristeza que intentaba adentrarse en él.
_¡Como te encanta romper un momento lindo, eres un estúpido!_ dijo ella golpeándole las piernas en juego antes de apoyar su cabeza en ellas.
Eran las dos de la mañana cuando decidió irse a dormir. Saliendo por la puerta de atrás de la cocina de Barán se llegaba cruzando los jardines traseros de unas cinco casas a la cocina de Isabela. Cruzaron unos cuantos jardines y a mitad de camino se despidieron.
Barán regresó, subió las escaleras al tercer piso las cuales entraban a través de su habitación y se dispuso a tomar un baño. Su cuarto era un espacio grande y cómodo, completamente de madera con techo de ático. Había una cama grande de color caoba muy bonita y un desordenado escritorio lleno de potes de tinta, plumas, pergaminos y libros. Al otro lado del cuarto se extendía el closet y una puerta que daba al baño. La ventana de Barán estaba compuesta de largas solapas verticales de una madera un poco más delgada y de tono claro que prácticamente dividía la pared que daba al norte. Al abrirlas, puesto que casi todas las casas eran de dos pisos, podían verse los techos del área y un gran trecho de la ciudad. Más atrás el oscuro bosque y la extensión de montañas.
Tuvo la impresión de haber visto un haz de luz roja en la lejanía entre los inmensos pinos, pero las constantes ideas que tenía de curiosos sucesos eran opacadas por las que el resto de Aldenberg ponía sobre sus hombros día a día. Cualquier cosa más allá de lo que la mente cerrada podía percibir era tabú así que ignoró el destello.
Volteó hacia abajo; todo lucía normal. El burro dormía tranquilo y la compuerta estaba cerrada por el carruaje de Lucas parado frente al garaje. Cerró la ventana, se desvistió y entró a ducharse. Al cabo de veinte minutos, junto a la cama, giró una pequeña perilla de madera en la pared que cerraba el gas de la lámpara de noche y se acostó a dormir.
Una mujer vestida con un extraño traje verde lima lo saludó alegremente, corría por un campo nevado hermoso alejándose de las afueras de una ciudad rodeada por un poblado bosque. Barán corría desde el lado opuesto del campo, volteaba hacia atrás. Un alto caballo negro, ensillado y vestido con un cuero blanco ajustado a su cuello, pecho y cabeza en forma de protección, pastaba tranquilo. Una gran ciudad de castillos y muros se veía en la distancia. Seguía al encuentro de la hermosa mujer, quien parecía de unos cincuenta años. Estaba seguro que era su madre, tenía que serlo.
Era una mujer bonita, llevaba una especie de armadura metálica que le cubría la muñeca y parte del antebrazo derecho. Parecía más un accesorio elegante que una armadura. Barán notó que él llevaba una espada dorada guindando en la cintura.
Pocos metros antes del encuentro, la mujer y el caballo desaparecieron y el cielo oscureció. Barán corría por un camino de tierra con mucha gente a su alrededor. El cielo estaba cubierto de humo negro que se abalanzaba sobre un pequeño edificio a su lado izquierdo y lo hacía volar en mil pedazos. Intentaba cubrirse mientras veía chorros de humo y cenizas salir disparados en extrañas direcciones golpeando la gente, haciéndolos quemar y correr desesperados. Miró hacia delante y uno le dio de lleno en la cara.
Fue lanzado al aire un par de metros fuera del camino por el que corría. Cayó de espaldas sobre una piedra y rebotó dando vueltas y dándose golpes colina abajo sin poder detenerse. Al final de la colina había un escalón de unos dos metros por el que salió disparado. Cayó de boca al suelo arqueándose, incómodamente, hacia atrás en una dolorosa posición por el impulso traído por el resto de su cuerpo.
Ahí se mantuvo privado de aire por un par de segundos antes de dejarse caer a un lado. Intentaba respirar y ponerse de pie. Tenía una inmensa herida en la frente que sangraba a cántaros pero lo que lo hacía gritar de dolor era el ardor en los ojos, todo se veía opaco y sentía que el viento le llegaba al interior del cráneo. Se arrastró como pudo hasta un charco donde vio su reflejo. Sus ojos parecían un par de pasas muy arrugadas y totalmente grises, tanto que podía ver el espacio oscuro que debía ocupar medio ojo. Se puso de pie como pudo y caminó por el bosque. Sentía que huía de algo, debía seguir caminando o esconderse pero no estaba seguro de qué corría, o hacia donde. Se había hecho mucho más oscuro y las horas pasaban, Barán sentía que había caminado por más de un día desde que los gritos habían empezado a alejarse y se había caído al menos veinte veces sin tener la fuerza para siquiera levantar los brazos antes de golpear su cara a la raíz de un árbol o el suelo. Su corazón seguía latiendo como si estuviese en medio de plena masacre.
Se dejó caer a la orilla de un lago para lavarse la cara cuando vio a unos veinte metros a un hombre de pie a la orilla del bosque. El hombre llevaba un abrigo negro de capucha larga que no dejaba que se le viera la cara. Al quitársela reveló largo cabello gris y al menos unos sesenta años de edad. Observaba a Barán seriamente; llevaba una estructura de metal en la mano del mismo estilo que la que le había visto a la mujer que pensaba era su madre y se acercaba acelerando el paso.
Barán supo que debía alejarse de este hombre. Hizo su mayor esfuerzo para ponerse de pie y emprendió la carrera bordeando el agua. Un rayo de luz vinotinto le pegó en la espalda, haciéndolo sentirse electrocutado y lanzándolo en aguas un poco más profundas. Se puso de pie y adolorido siguió corriendo, muy asustado. El hombre parecía caminar con calma pero de alguna manera se seguía acercando.
_¡No! Por favor!_ gritó mientras intentaba correr con el agua ahora por las rodillas.
El hombre se detuvo y lo dejó alejarse un poco pero Barán cayó de rodillas al agua. Mientras intentaba respirar volteó a ver al hombre que elevaba el brazo hacia el cielo y disparaba un brillante haz de luz plateado que desaparecería entre las oscuras nubes. En seguida un chillido intenso acompañó un torbellino de cenizas que bajó del cielo a toda velocidad.
Barán se levantó rápidamente, pero en seguida se vio envuelto en el tornado de calor. La ropa se le sacudía y le golpeaba la cara. Las cenizas formaban caras de humo que lo acorralaban. Lanzaba manotazos para defenderse pero las caras se disolvían solo para formarse en otro lado. Se agachó y se cubrió bajo el agua con los brazos y piernas. De adentro del tornado un haz de fuego violento lo golpeó haciéndolo volar hacia atrás como si le hubiesen dado una patada en la cara. Justo antes de caer al agua nuevamente, fue suspendido en el aire y elevado unos metros con un violento giro.
Un intenso silbido se acercaba cortando el viento. Subió la mirada y vio como una lanza formada del mismo humo y cenizas con un hilo de brillo rojo fuego le atravesó el pecho. Lentamente sintió el fuego salir por su espalda. La lanza se disolvió en cenizas después de atravesarlo, pero el fuego ardía en los bordes de la herida consumiéndolo por dentro. Saboreaba la sangre caliente en su boca mientras intentaba moverse. Las cenizas lo dejaron guindar de cabeza mientras el remolino lentamente se adentraba sobre el lago y la fuerza que lo sostenía lo dejaba ir.
Cayó de espaldas al agua casi completamente desangrado pero no se hundió. Una misteriosa fuerza lo sostenía flotando acostado, donde podía respirar. Veía al cielo pensando que estaba a punto de morir y poco a poco perdía el conocimiento. Habían pasado varias horas cuando fue halado por dos personas hacia arriba, elevado por unos segundos y acostado a la orilla. Sin mediar palabra, un joven rubio de cabello largo, vestido de blanco, le presionó el pecho. Se separaba para frotarse las manos con fuerza y volvía a aplicarle presión. El hombre tenía la cara también golpeada y muy sucia. Decía algo, pero Barán no escuchaba nada más que un leve silbido muy agudo mezclado en el silencio. Las caras se hacían borrosas y lejanas, no podía detallar a ninguno. Un segundo hombre le ayudaba a levantarse.
Lo acostaron en una piedra cuadrada en medio de un claro rodeado de pinos nuevamente dentro del bosque. Un tercer hombre un poco más alto y una mujer se acercaron. Cuatro figuras de pie prácticamente encima de él. De un lado entre los árboles creyó haber visto al hombre de la capucha negra de pie entre las sombras. Nadie más parecía verlo y Barán no tenía energías para hablar.
Los cuatro se alejaron un poco, uno por cada lado de la piedra donde Barán se desangraba. Veía luces doradas intensas salir de las manos de estos sujetos. Gritaba en agonía, deseaba morirse. Uno de los rayos le golpeó y forzó a recostarse sin poder moverse nuevamente.
El brillo se tornó mucho más dorado; los rayos habían formado un círculo inmenso que bordeaba todo el claro del bosque. Se unían en el centro justo sobre Barán como a un metro de su cuerpo. Al chocar desprendían manchas doradas que parecían oro chorreante que se desvanecía antes de tocar el suelo. Barán sentía como lentamente moría cuando los rayos dejaron de moverse y desde el centro se vertieron sobre su cuerpo.
Esta sustancia que parecía oro se colaba por su herida, nariz y boca ahogándolo desesperado. Se retorcía envuelto en esa masa de luz líquida. Sus ojos se llenaban desde adentro, volviendo a llenar el espacio apropiado de su cara y haciéndolo llorar lágrimas de oro.
Despertó en el piso del cuarto sudando. Los ojos le ardían. Se levantó y caminó a medias, con un intenso dolor en la frente. Entró al baño y llenó el lavado de agua, giró la perilla en la pared que encendió la pequeña llama en la lámpara del techo y esperó a que el agua del lavamanos se calmara. Fue una de las pocas veces en las que pensó que era estúpido no tener un espejo de hierro en el baño.
Cuando el agua se había calmado se asomó para ver su reflejo. Las pupilas le brillaban como nunca antes lo habían hecho. Lo asustaba un poco pero a la vez lo fascinaba. Una gruesa gota de sangre goteó de su frente al agua haciéndolo tocarse la cara. Tenía una inmensa herida que lo asustó, nunca se había abierto la cara así. Se levantó muy rápido y se golpeó la parte de atrás de la cabeza con el gabinete, cayendo al piso inconsciente.
Despertó a la mañana siguiente arropado en su cama. Se tocó la cara al despertarse para notar que no tenía nada y volvió a recostarse. Reflexionaba su sueño cuando se dio cuenta que iba tarde al colegio. Se vistió con prisa y salió corriendo del cuarto, bajó las escaleras y se lavó la cara en la cocina antes de tirar la puerta detrás de él y correr a su carruaje.





