_¡No es por comodidad, Caín!_ La mujer, de mal humor emprendió su camino a experimentar. Era alta y esbelta, de poco más de cincuenta años. Vestía una extraña bata color morado cubierta de piedras preciosas y bordados de hilos dorados. Tenía la cara un poco golpeada, pálida y cansada como si hubiera corrido por días. Llevaba el pelo muy desordenado, una maraña de rulos negros que parecía haber formado un peinado en algún momento, pero ya no era atractivo. Esta mujer se llamaba Angola.
Los demás psíquicos salían de las tinieblas en distintas direcciones. Caín, era el más joven, más o menos treinta años. Era un hombre corpulento, rubio y con el cabello agarrado en una cola. Vestía un traje del mismo estilo que los demás. El de él era blanco; un sobretodo de cuero con diamantes incrustados y un corte diferente que daba un aspecto como antiguo, muy elegante. Llevaba una espada de oro guindando en las caderas que destellaba con el sol al caminar.
Dos de los hombres se movieron hacia el norte, pasaron sobre la mujer muerta y el perro, ignorándolos por completo. Unos cuantos pasos más adelante, chasquearon los dedos. Los dos cuerpos inertes se elevaron lentamente y se desplazaron hacia unos arbustos. Allí se detuvieron y cayeron al suelo.
_Será mejor que no los vea nadie_ dijo el hombre de la derecha, mientras se alejaban de la escena. Era el más viejo de todos, ochenta años al menos pero caminaba muy derecho y con energía, como cualquiera de los otros. Llevaba el cabello gris hasta los hombros y una barba corta y despareja que delataba unos diez días sin rasurarse. Vestía una túnica gris y botas puntiagudas de metal plateado. Encima llevaba una capa azul oscura con bordados de plata. Su nombre era Coniac.
_Ya lo creo, tengo la idea que no pasamos desapercibidos_. El personaje de voz fría era un hombre también alto, pero un poco menos que cualquiera de los demás. De pelo corto y oscuro, unos cuarenta años, piel clara y apariencia severa, de rasgos faciales perfilados.
_Estás equivocado, Darío_ respondió Coniac. Ambos hombres se miraron y siguieron su camino hasta llegar a una avenida muy concurrida.
La última mujer era Alana, una hermosa pelirroja. Parecía nerviosa e hiperactiva, como si llevara semanas sin dormir. Vestía una túnica negra y no llevaba abrigo. Fue la primera en desaparecer de vista al entrar entre unos pinos.
La ciudad de Weston, Florida lucía tranquila como de costumbre; sus calles extremadamente limpias, riegos mojando todo jardín y avenida posible, palmeras abundantes y lagos por cada esquina, con uno que otro caimán. Una ciudad muy bonita, donde nadie esperaría escuchar sobre un problema, un crimen o un escándalo.
Era lunes, toda la mañana había sido de calor penetrante, de esos que se reflejan en la distancia como si se evaporara el horizonte. Las personas estaban agotadas de la humedad; los niños en las piscinas y las madres y señoras de la limpieza dentro de las casas, evitando llevar demasiado sol. Toda tienda, todo local obligado a repartir agua; la gente que caminaba por las calles parecía estar llorando, arrugando las caras para evitar el sol. En alguna que otra avenida un carro recalentado y un montón de aburridos policías alrededor como si se tratara de un accidente fatal.
Los cinco personajes de apariencia extraña, que bien parecían disfrazados de reyes medievales, caminaban por el medio de las calles observando todo tranquilamente. Se paseaban ignorando las miradas incrédulas de la gente, ante la vestimenta totalmente inadecuada para la temperatura. Cada uno caminaba por distintas áreas de la ciudad con mirada perdida; como si pudieran escucharse los pensamientos entre ellos a varios kilómetros de distancia. Cuando lograban pasar desapercibidos desaparecían y aparecían en otro sitio. Salieron de Weston y observaron así distintas áreas del estado de Florida.
Pasados diez minutos una luz blanca inundó la loma del parque y los cinco sujetos regresaron.
_Tomaremos esta área de la tercera dimensión, es perfecta... Ya comencé el proceso_ dijo Angola.
_¿Quieres decir que el calor asqueroso es culpa tuya?_ dijo Darío mientras se quitaba el abrigo y lo hacía desvanecer.
_Gente débil y cansada nos facilita el trabajo, ¿de acuerdo?_ dijo arrogantemente_ por eso la temperatura_ añadió mientras los demás aunque no se veían muy felices, asentían en aprobación.
Después de observarse por un momento, habló el anciano_ Manos a la obra, es un trabajo duro, pero recuerden que la gratificación será tan grande como el sacrificio que hagamos para obtenerla_. Todos se dedicaron miradas de aliento y sin mediar palabra, desaparecieron.
Esa mañana, rondando las ocho y media, el calor se tornó inhumano. Angola sabía lo que estaba haciendo. Aunque no había sol, los carros recalentados seguían amontonándose en los canales para bicicletas. La gente se acumulaba en tiendas y poco más tarde de las nueve y cuarto, cantidades anormales de personas caminaban por las calles. Hombres sin camisa con la corbata amarrada en la frente, empapados en sudor, niños semidesnudos y mujeres con los zapatos en las manos. Nadie se preocupaba por los automóviles, sino por llegar a un aire acondicionado o un sitio fresco.
Pasadas las diez todas las avenidas estaban abarrotadas de automóviles humeantes y personas deshidratadas. Por toda la autopista lejos de cualquier sitio donde entrar a un buen aire acondicionado, empezaban a perder el conocimiento. Poco a poco era más gente la que prefería ahorrar sus energías sentados en las barandas por la brisa o bajo los camiones por sombra. El servicio de emergencia había colapsado, recibían llamada tras llamada sin poder hacer más que dar refugio a quien estuviera cerca.




