Para la una de la tarde el estado entero estaba en completo caos, los aires acondicionados de las casas empezaban a descomponerse. Miles de personas, confundidas por el ambiente desértico que empeoraba, se abarrotaban contra el hospital con niños y ancianos asfixiados. Las piscinas y lagos de toda la ciudad estaban por terminar de evaporarse. Las playas de todo el sur de la Florida se abarrotaban de gente que duraba poco antes de correr afuera por las elevadas temperaturas del agua. Las casas cuyos aires aún funcionaban dejaban de ser sitios privados en cuestión de minutos.
Las ciudades cundían en pánico. Un escándalo de gritos, llantos y explosiones sumergía a Florida en completo caos.
Del cielo surgió un violento, pero muy silencioso relámpago de luz. Como el de una tormenta, pero totalmente horizontal y de un rojo vivo que logró una combinación alucinante de colores por entre las nubes. Muchos habían sido cautivados y veían al cielo en profundo silencio cuando escucharon un silbido acompañado de varios rayos. El calor cesaba, dando paso a una brisa tenue y fresca; así empezaron los murmullos de alegría. A los pocos minutos los jóvenes se paraban corriendo sobre los techos de los carros con los brazos extendidos y la gente salía de las casas con miradas de sorpresa y asombro.
A lo lejos, fuera del alcance de vista de cualquiera se encontraban estos extraordinarios hombres, flotando a miles de pies de altura. Darío al norte, su esposa Alana al sur, Caín al este, Angola al oeste y Coniac en el centro. A cientos de kilómetros el uno del otro, quietos y de brazos extendidos a los lados. De las palmas de las manos surgían de vez en cuando relámpagos rojos de infinitas longitudes que iban a dar a la mano de otro, como si formase una red.
_¡No se detengan!_ retumbaba la voz de Coniac dentro de sus cabezas, de la misma forma que sonaría tenerlo al lado, pero con un tenue eco.
_¡Sigamos así, se está formando la tormenta!_ Alana se comunicaba. Se alentaban los unos a los otros por simple telepatía. La brisa y la lluvia les azotaban las ropas y el cabello contra las caras, pero ninguno se movía.
La tristeza de algunos y la resignación de otros desaparecía para dejar llegar la esperanza que traía el fin del calor y dar paso a la lluvia. Todos abajo parecían disfrutar de la brisa y el agua.
El viento empezaba a soplar con más fuerza y un silbido violento. El agua golpeaba con ímpetu, los postes se sacudían peligrosamente. Las palmeras perdían las ramas y poco a poco se salían de la acera. La brisa se tornó fría y la lluvia se tornó hielo que rompía ventanas y golpeaba a la gente. Otro rayo rojo iluminó el cielo. Fue rápidamente seguido por una cantidad incontable de ellos, hasta que dejaron de desaparecer. Se fue formando una red de luces rojas, negras y de toda una variación de tonos de estos colores, creada por los psíquicos que fue tomando forma de círculo de manera horizontal, como si colocaran una tapa de fuerte energía sobre el Estado.
Arriba los psíquicos se daban señas mentales que indicaban que era hora de empezar a descender. Querían encerrar la ciudad en una inmensa roja bola de pánico. La brisa soplaba con más fuerza, creando diferentes silbidos con los postes, palmas y semáforos. En cinco minutos la ciudad enfrentaba un huracán helado. Los carros atravesados hacían daño a las personas que se estrellaban contra estos, a dolorosas velocidades, soplados por el viento.
Se encontraban todos en una mezcla de huir y volar, arrastrados por la brisa a ras de la calle, dando contra todo a su paso. Los gritos eran imparables, el viento no cesaba. La lluvia era más fuerte y la red de relámpagos seguía bajando. El viento se detuvo y el hielo cesó, el ambiente se hizo lúgubre. Los que no estaban inconscientes se paraban al verse iluminados, caminando entre olas de luces rojas y lluvia, nadie corría. Había una mezcla de resignación e interés en el asunto, se veían las caras, todos sucios y cortados, algunos peor que otros.
Tres de los psíquicos habían tocado tierra en fincas y cayos. Coniac se mantenía elevado y distante sobre una congregación de gente en medio de una plaza y Alana flotaba al ras de la aguas del Atlántico, lejos de cualquier orilla.
_¡Esta es la mejor parte!_ Angola sufría de dolor, pero lo tomaba con una sonrisa viciosa en la cara. Comenzaba a mover los brazos de arriba abajo poco a poco; los otros cuatro estaban igual de agotados.
_¡No puedo aguantar más!_ gritaba Alana dentro de sus cabezas.
_Alana, aguanta. Estás en medio del mar, por favor! Falta poco…_ Darío trataba de subirle el ánimo a su esposa pero su tensa voz denotaba un poco el miedo que no le permitía expresarse.
La gente empezaba a elevarse unos centímetros en el aire, levitando en un escándalo desesperante. Las cortinas en las ventanas se extendían hacia el techo, los carros emitían ruidos metálicos mientras se elevaban. La gente gritaba y manoteaba hacia abajo con desespero a medio metro del suelo, los niños chillaban. No parecía haber hombría para consolar a ningún hijo o esposa, miedo era lo único que emanaban los rostros.
En un instante la presión se sintió diferente. Las respiraciones se tornaron fuertes y cansadas, un grito de ayuda se escuchó apagarse rápidamente. Uno más desesperado surgió por otro lado, pero también se apagó en seguida. Nadie ayudaría, todos estaban en la misma situación sin poder mover un dedo. Aumentaron el sufrimiento y la impotencia, los brazos se extendieron hacia abajo, las piernas se abrieron extendidas apuntando al suelo. Los huesos traqueteaban mientras los cuerpos se erguían como halados dolorosamente por ambos extremos.



