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Los relámpagos entraron por el pecho de todas y cada una de las personas, haciendo salir luz por sus ojos, oídos y bocas dando la violenta ilusión de un fantasma de luz abandonando el aterrado cuerpo. Perdieron el conocimiento en un instante.

Entre los psíquicos se sentía una alegría un poco sádica. Cuatro la estaban disfrutando pero Alana se la perdía.

_¡No puedo más!_ gritaba desesperada de forma chillona. Los rayos ondulantes le presionaban la piel contra los huesos. Tenía los pies ya sumergidos en el agua y la masa roja levantaba violentamente olas sobre su cara.

_¡Aguanta, Alana! nos vas a matar a todos!_ Darío pareció perder la mirada en el aire. Un rayo de luz le lastimó la cara.

La voz de Coniac resonó a su alrededor_ ¡No puedes abandonar tu posición!

_Se está muriendo, Coniac_ respondió Darío.

_Si abandonas tu lado, moriremos todos. Alana está sola.

_Lo siento_ dijo Alana en sus mentes.

_No hagas eso, Alana_ dijo Caín para todos, resistiendo la fuerza.

_Alana, respira profundo_ Coniac intentaba sonar lo menos agotado posible. En sus mentes podían escuchar lo que parecía ser Darío llorando, pero la voz iba y venía. Darío se bloqueaba de ellos y nadie podía escuchar lo que le decía a su esposa.

_¡Darío!_ gritaba Angola intentando hacerse escuchar. Temía que Darío fuera a causar la muerte del grupo.

_¡Déjenlos, concéntrense, y prepárense! Alana nos va a soltar._ Coniac parecía haberse resignado. Su comentario los golpeó a todos como el más duro de los latentes rayos de luz. Pero ni Darío ni Alana parecían haber escuchado.

Caín se concentró un poco más y con un gran esfuerzo afinó la vista. Se sentía como viajar en la tormenta a la velocidad del sonido. Como si hubiese volado a la posición de Darío, kilómetros de distancia sin haberse movido. Darío lloraba y hablaba en voz alta. Caín intentaba leer sus labios pero la tormenta lo hacía difícil. En otro intenso viaje veía a Alana. Ella también hablaba, pero con calma.

_Ella sabe lo que le espera, Caín. Déjalos despedirse_ La voz de Coniac se escuchaba en susurro_ Todos vinimos a este lado sabiendo lo que nos esperaba. Debemos seguir y dejar ir_. Caín volvió la vista a donde se encontraba su cuerpo, tomando su extremo de la majestuosa red de luces nuevamente.

Alana no resistiría mucho más; ya el agua le daba por las rodillas y estaba empapada. Empezaba a sentir como dejaba ir la masa de energía, pero no quería. Se esforzaba para controlarlo, el poder de los relámpagos era increíble. La estaba destruyendo como a todos los habitantes de la ciudad. La presión dentro de su cuerpo la retorcía mientras en su mente Darío le seguía implorando que resistiera, que tenía que hacerlo. Alana respiraba hondo y escuchaba la voz de su marido.

Los rayos rojos iluminaban el agua. La red se descontrolaba y le daba latigazos; uno golpeó su cara hiriéndola. Tenía la cara empapada en sangre. No podía permitir que la luz entrara, se demostraría débil, humana, al igual que su Rey en sus últimas horas.  El agotamiento y el dolor tomaron control, aunque la valentía y el coraje no la dejaban soltar.

Otro rayo le dio en el pecho logrando entrar, haciéndole daño a todo su cuerpo y mente. Luz roja salió de sus ojos violentamente. Alana suspiró y perdió el conocimiento. La cabeza se fue hacia atrás, viendo al cielo, pero ella no cayó. Se mantenía en el aire por todo el poder que la rodeaba. Aunque no podía mover su cuerpo, su mente seguía activa, pero se desvanecía, la dejaba ir.

Unos metros detrás de ella flotaba un bonito yate blanco, un hombre y una mujer gritaban inmóviles. Los motores a toda marcha moviendo el agua, pero sin avanzar en ella, atrapados por la energía a su alrededor. Alana, aun estando inconsciente podía sentir la agonía de estas personas sumándose a la suya. Sin mover un dedo, los sacó de su miseria. La mujer y el hombre cayeron al piso del barco y no volverían a levantarse.

La multitud que flotaba erguida cayó en un silencio penetrante. Dentro y fuera de toda casa se veían los unos a los otros flotando con las bocas extremadamente abiertas, intentando decir palabras, pero nadie podía mover la lengua. El terror y el dolor eran palpables. Los psíquicos les arrancaban las vidas. Un ruido explosivo con un gigantesco trueno retumbó reventando todas las ventanas, todo se iluminó intensamente y todas y cada una de las personas ascendieron un poco más junto con la red de luces que se sacudía como olas en el aire. Una onda expansiva surgió del centro, arrasadora como una bomba nuclear, pero sin fuego, desapareciendo a todos los cuerpos a medida que avanzaba.

_¡Lo logramos!_ gritó Angola con euforia dentro de sus cabezas. Pero la voz de Coniac le tumbó el poco ánimo que los mantenía_ ¡Viene lo más fuerte, resistan!

La misma onda expansiva enviada desde el centro, la que había eliminado todas las almas de la ciudad, se desplazaba hacia ellos. En el momento del impacto, fueron golpeados por una masa de aire increíblemente rápida, entre gritos y forcejeo se batían por resistir.

Angola sangraba por la nariz y tenía varios vasos oculares rotos, el golpe la había empujado hacia atrás con fuerza; sufría pero lo disfrutaba. Caín y Darío fueron lanzados unos metros hacia atrás dando una vuelta en el aire manteniéndose de pie cada uno en un polo de la ciudad, las posiciones no se abandonarían.

Alana se encontraba flotando de pie, inconsciente con el agua a la cintura. Todo pasó muy rápido, la onda expansiva la golpeó, desprendiéndola de la red de rayos que la sostenía. Se disparó hacia atrás unos veinte metros y violentamente se clavó en el yate mientras la onda se perdía en la distancia. El barco dio vueltas y el cuerpo de Alana se perdió de vista. Estaba muerta y desaparecería en el fondo del océano.

En el momento en que sucedió, los demás, a kilómetros de distancia, supieron que se había ido. El ala de la red que sostenía Alana se disparó hacia los demás como una liga elástica.

 

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