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El Sol era Dios aquella tarde.  Estaba en todas las cosas.  Pues sobre todas caía,  sobre todas brillaba y sobre todas perseguía implacable las sombras que,  ante su fiereza salvaje se afanaban por esconderse,  creando espacios fuera de su espacio material,  u ocupando insospechados e inaccesibles reductos.  Ocultas aquí,  bajo el vientre plano de las lagartijas,  para alcanzar así los más recónditos laberintos de fachadas y aceras.  Ciñéndose allí,  a los aleros con la pegajosa y a la vez escurridiza pasión de una perra en celo.  Embozándose en aquel otro,  en los amplios pliegues de la raída bandera del Ayuntamiento,  para luego deslizarse sigilosa por el regio mástil hasta el ardiente suelo.  También se las veía pasar veloces sobre las blancas fachadas y rojos tejados,  persiguiendo con auténtica vocación suicida,  la rauda y aerodinámica silueta de los infatigables vencejos.  Buscando en definitiva,  abrir trincheras a la esperanza en la barroca pirueta de los imposible,  donde tratar de hilvanar al menos en puntilla,  los últimos y debilitados destellos de su existencia.  Pero no había en esta batalla nada especial,  era por el contario norma,  pues aquel día como tantos otros,  eran las sombras un vendaval de retales que volaban de un lado a otro dibujando en cualquier lugar y a cualquier precio,  figuras navajas de cortantes y aguadas aristas,  que pese a su nítida fiereza,  apenas si atinaban a herir la claridad de un sol dios,  que se lanzaba sobre ellas a despecho de su sangre,  a sabiendas de que ella,  rojiza y rotunda no hacía sino reafirmarlo en su grandeza y señorío.


Sin embargo,  su victoria fue fugaz.  Por la solitaria calle resonó una sombra,  larga como una pesadilla,  y extraña como la de un hombre armado con una escopeta.  Pero sobre todo,  era aquella,  una sombra decidida,  que avanzaba lenta pero sin titubeos,  con la firmeza de pasos que sólo tiene un corazón ya resuelto.

Alguien,  desde detrás de una puerta,  asomó perezosamente un ojo y la vio,  pero su ojo reseco no buscó resolver el enigma de su proyección,  por ello soltó un confuso,  "¡queay!".  Fue aquella especie de graznido vago y profundo,  un saludo entre sombras.  Eso,  era allí algo más que una costumbre o un vicio,  era simplemente necesario.   Y es que bajo aquel sol plomizo y ardiente,  y aquel señorazgo asfixiante e injusto,  ocurre con demasiada frecuencia que hablan las sombras mientras los hombres callan,  y con su silencio asienten sin consentir y aceptan sin entender ni querer entender,  sumidos en la cómoda posición de no plantearse nuevas actitudes y nuevos tiempos para su gris existencia.


La desafiante sombra lo sabía,  lo había pensado una y otra vez,  y lo había practicado en cientos de ocasiones.  Porque,  cuantas veces nos se había rebelado contra el amo,  encarnado éste en su sombra.  Cuántas no le golpeó con su cayada,  siendo éste la sombra de una frondosa encina.  Cúantas revoluciones no había perdido entre la sombra de su solapa y las sombras de las margaritas.  Y cuántas,  no maldijo una y otra vez su mala sombra.


De todos modos,  a él,  aquello le agradaba,  pese a que el Dr. Peruano,  el viejo médico del dispensario,  le dijera viniese o no al caso:  "mira Manuel,  que eso no es sano,  que se te pudren los sesos en un amen".  Pero a él le parecía que no era así,  pues entre sombra y sombra,  rebelión y rebelión,  había ido descubriendo que era capaz de sentir.  A parte de que presentía que con ello adquiría un algo que sin saber definir muy bien,  le complacía pese a que a la vez le enervaba y exaltaba al someterlo al certero desasosiego de saberse explotado.  Aquel algo,   era la conciencia,  ese amigo íntimo que te va mostrando las injusticias,  a las que señala con una cinta de roja rebelión,  par que nunca más te pasen inadvertidas,  y era justamente ese exacto conocimiento de ellas lo que le daba a él la oportunidad de ser y sentir algo más que una sombra entre las sombras.


Bien es verdad que otros hombres preferían beber basta ahogar su conciencia.  También los había que habían nacido tan pobres que ni eso tenían.  Pero a él le encantaba tenerla,  pese a que no sabía de donde le había venido,  y lo que era peor,  que por su culpa caminaba ahora calle abajo desafiando al sol y a los rurales,  llevando en sus manos una escopeta cargada en pleno tiempo de veda.  Esa era por el momento su única infracción a la ley.  Su intención,  el instinto y la razón de su trágica decisión,  pasaban desapercibidas,  parecían no infringir ningún código u orden moral establecido.  Curiosamente si en aquel momento lo hubiesen detenido los rurales,  habría sido por llevar la escopeta,  simplemente por eso.  Lo demás entraba dentro del ámbito de las más libres de las condiciones del hombre,  la de su íntima voluntad.  Ese mágico lugar donde se configuran y desfiguran millones de posibilidades de creación.  Es en ese lugar donde el hombre puede nombrarse dios sin blasfemar y asesinar sin que nadie le persiga o castigue por ello.  Construir ciudades y destruirlas.  Ser rey o ser mendigo,  ser lo quiera y hasta no ser nada,  en la voluntad tiene el hombre,  el más hermético e inviolable de los espacios del alma.  A él no acceden credos,  estados ni policías,  de él sólo se tiene referencia a través de lo que se consuma y, por tanto,  materializa.



Dios,  Señor de infinita voluntad,  tiene en el universo su inagotable fuente de creación.  Mientras que el hombre limitado a un tiempo y un espacio determinado,  necesita su universo particular donde ejercer y ejercitar su voluntad,  un universo que encuentra en la imaginación,  es en ella,  en esa brizna de arcilla,  lluvia y viento a la que no gobierna ningún concepto efímero,  donde el hombre es dios.  Por ello puede vivir mil vidas,  mientras la historia sólo puede dar fe de una,  sólo de una,  generalmente la más estúpida y anodina,  plagada de liturgias que e repiten miméticamente día tras días sin más sentido que el de coexistir.  Pero no puede ser de otra forma,  si cada hombre fuese capaz de materializar lo que imagina,  sobrevendría el caos,  pues todos seríamos dios y el universo pese a ser infinito se quedaría pequeño para albergar tan dispar e incongruente creación.  Porque,  curiosamente,  vemos que aún cuando el hombre imagina destrucción y muerte,  no esta sino creando.  Es este,  por tanto,  un proceso puramente creativo,  ya que el instrumento de destrucción es algo creado también por él,  y que él elabora y utiliza con infinito cuidado,  tanto o más que,  el empleado para crear el objeto de este segundo proceso.  Actúa, además, siempre ese efecto destructor sobre su creación,  algo que no ocurre en la realidad,  donde lo que se destruye no es siempre la obra de su destructor,  sino que cualquier ser sin imaginación puede destruir lo creado por otro,  en un proceso,  entonces sí de verdadera destrucción.


Quizá el universo y todo cuanto contiene sea sólo eso,  la imaginación de dios,  el lugar donde vuela su voluntad,  impregnándolo todo de su eterna voracidad creativa.  Un proceso infinito y que al igual que el del hombre se proyecta en luz y sombra,  es decir, en creación destructiva y destrucción creativa.


El hombre sólo da por bueno aquello que tiene una repercusión clara en su espacio y su tiempo,  y como tal sobre lo que le rodea..  Pero quien nos asegura,  que todo cuanto imaginamos no habita de verdad en algún lugar no tan extraño y remoto,  sino en nuestra propia materia cósmica,  porque si aquello que creas en tu imaginación te conmueve ya está siendo algo real y sólido,  ya está comportando un cambio importante en nuestro propio comportamiento,  tanto social como espiritual.  Puesto que si imagino que mato con alevosía y doy sentido en mi mente a ese aberrante acto,  y siento que ello me repugna,  sé que ese asesinato imaginario,  me ha dotado de los anticuerpos necesarios para rehuirlo a la hora de ejecutar mi libre voluntad.  Así cualquier acción que imagino siento que vive en mí,  y en la proyección de mi voluntad.  Es, por tanto, la imaginación el elemento vital de la voluntad,  y nada que en ella ocurra le es ajeno pese a que no se traduzca en la realidad inmediata,  pues siempre y de una forma u otra trasciende y modula nuestra intervención sobre ella.  Ocurre eso sí,  que nos permite hacer las correcciones necesarias sin dañar a nadie.  La voluntad es siempre un acto reflejo,  un fogonazo de luz,  al que la imaginación le diseña trayectorias alternativas y objetivos concretos.

 


El Sol le persiguió implacable calle abajo,  dobló con él la esquina de la calle de la Soledad,  para encarar juntos la plaza de los Naranjos.  Las ennegrecidas piedras del suelo parecían toros llorosos que se postraban rogando piedad ante el esplendoroso maestro.  Su chaqueta y pantalón de pana vestían de oro sus ajados remiendos.  Y la vieja boina se adornaba de mágicos brillos para el brindis.  Vestía el Sol al maestro,  y él tensaba agradecido su sombra para luego ofrecérsela a cada paso en sacrificio.  Hermosos surtidores de sombra y de miedo se abrían ante él,  y el avaricioso Sol se los quedaba todos para adornarse con ellos a la aurora.


Los que estaban en el bar lo vieron,  pero nadie se inmutó.  En una tierra donde hace casi medio siglo que no ocurre nada,  nadie podía presagiar que estuviera a punto de ocurrir una tragedia,  que por supuesto,  iba a ser la gran historia de la pequeña historia de aquel pueblo.  Nadie en aquel bar podía prever que aquel día que se anunciaba y expresaba como tantos otros,  sería el día en que Manuel,  el cabrero,  iba a matar al alcalde.  Y aún menos que iba a hacerlo por unas palabras.  Pense a que eso fue lo primero que alegó ante los rurales cuando éstos le interrogaron sobre lo sucedido.  Lo cierto es que nadie lo creyó.  Pero él en su conciencia sabía que era así,  porque así lo había dispuesto y ejecutado su libre voluntad.


Manuel sorteó ágil los escalones que separaban la acera de la puerta principal del Ayuntamiento.  Bajó la escopeta del hombro,  y la cerró con un gesto brusco,  el sonido metálico de los cañones abrazando los cartuchos,  quedó apagado por el castañeo incesante del largo pico de la cigüeña que anida en el campanario.  Luego dio otro paso y sintió que el Sol le daba un beso largo que se hacía intenso en la nuca.


Dentro,  la sombra se había hecho fuerte,  y su estado mayor deliberaba perplejo y acorralado,  mientras daba órdenes y más órdenes que la traían de aquí para allí,  reconquistando esos jirones de espacio geométricos o deshilachados que se abren en tierra de nadie,  esa que se extiende al abrigo de los márgenes de puertas y ventanas;  o al cobijo del lento y pendular ir y venir de los cientos de tentáculos multicolores de una cortina,  a la que mece el hastío con sus manos de plomo.  En cuanto entró,  largos y silenciosos centinelas le cachearon concienzudamente,  por si aquel cabrero fuera un mal arte del ingenioso Odiseo que fuera les asolaba.  Se metieron por la boca de la escopeta y hasta por su boca.  Pero a él,  toda esa batalla le resultaba anodina y ajena,  y es que él en aquellos momentos tenía en sus ojos la clara y mágica esencia de la decisión,  por ello las sombras y las luces,  sólo le vestían,  le rodeaban,  es decir,  coexistían con él,  por pura exigencia del guión.  Ya que dentro,  muy dentro,  tenía su sombra y su luz,  y eran ellas las que ordenaban sus sentimientos.



Pepe el pregones estaba sentado en su cómodo sillón releyendo plácidamente el último bando del Sr.  Alcalde,  como a él le gustaba decir y que los demás dijeran también.  Pues la cosa estaba clara,  si al alcalde que era la primera autoridad del pueblo,  no le llamaban señor,  que le podían llamar a él,  que era sólo el pregonero,  mayor eso sí,  pero pregonero al fín y al cabo.  Sí,  aquella era desde luego una cuestión de dar para luego recibir.  El respeto social que da el cargo,  se entiende,  esa odiosa moneda hecha de un metal mezquino y engañoso,  tanto que pese a que no se ve,  la sientes tintinear orgullosa y prepotente en el caminar,  en las palabras,  en las calles,  en los mostradores y en los despachos,  haciendo a los hombres dioses y a los dioses seres omnipotentes.  Porque para qué quería Pepe ese respeto sino para pasearlo con gesto chulo por las calles y los bares,  imponiéndose al respeto que los demás se merecen por ser quien son.  A él,  todos le respetaban y querían como Pepe que era,  pero él no se conformaba,  quería tener el otro respeto,  el del alcalde y a ser posible el de D Miguel,  porque sabía que ese respeto te viste de domingo aún siendo lunes.  Por ello,  en varias ocasiones le había pedido el Don,  a Pedro,  el alcalde,  y este siempre le respondía lo mismo:  "pero para que cojones quieres tú el Don si eso no te va a traer el dín,  porque de aumento nada,  de eso nada,  que ya os veo yo venir,  primero tres letras y despué cinco mil pesetas".  Y él,  contrariado le respondía:  "que no,  que yo sólo lo quiero para acompañar la firma y hacerme oí".  Y el alcalde le respondía:  "¡anda a joder por ahí!,  pue te hará a tí farta el Don p´a eso,  si tienes un vozarrón que asusta.  Además,  puesto a darte para el tal,  sería un megáfono,  no un Don".  Y él,  cabezón impenitente,  se largaba por lo legal con un.  "pues me tengo que enterar yo,  si po derecho me pertenece".  Y el alcalde:  "pue ale,  ya que te pones así,  me lo pides por escrito como manda el reglamento".  Y ahí se quedaba la disputa,  pues para Pepe el vocear era como el comer,  pero el escribir era un martirio,  el poner la firma era ya toda una peripecia,  y el meterse con un escrito completo,  con reglones y palabras más largas que José Paz Paz su nombre  y apellidos,  era un reto sin retorno,  por ello nunca lo intentó,  temeroso quizás de perderse para siempre en el agobio de su ignorancia.  Y cuando le decía al alcalde:  "¡pero hombre Pedro!,  que a mí eso de escribir no me se da!.  El otro le descabellaba a placer,  con un:  "pues por las mismas hombre,  por las mismas,  yo por dártelo te lo daba gustoso,  pero para qué,  para complicarte la firma para los restos.  Y a Pepe sólo le quedaba agradecer a la primera autoridad su paternal miramiento.  No obstante,  mantenía viva la esperanza de que algún día de tanto ser fiel jardinero del Don de alcalde,  este le regalaría un esqueje,  para que él pudiera plantarse el suyo.


Cuando Pepe se percató de la presencia de Manuel,  levantó con gesto perezoso pero altivo los ojos del bando,  y la palabra dignidad -preferida del alcalde- última que se había llevado a la boca,  por cierto con más piruetas que un niño una cucharada de sopa,  se le quedó pegada a los labios como la colilla de un celtas,  pero enseguida la escupió,  a la vez que le preguntaba de mala manera,  entendiendo que eso era lo propio para empezar a cimentar una fachada de respeto.


-¿Y tu qué coño quieres a estas horas?


Manuel sin mirarlo siquiera,  le respondió en semiseco:


-Ver al alcalde.


-Señor,  dirás,  - respondió Pepe,  cabal en exceso-


-Señor, - repitió sin ganas Manuel,  a la vez que le miraba,  ahora sí,  fijamente a los ojos-


-Pues el Señó arcalde esta ahí -contestó en un suspiro Pepe-


El que de pronto sintió sobre sí el frió hálito de la muerte,  cuando un escalofrío como de terciopelo le recorrió la espalda y se le quedó varado en la ingle.  Y es que,  las escopetas hablan siempre desde su silencio,  un lenguaje de muerte,  pero las razones para matar las ponen siempre los hombres.  Y eso lo sabía él a la perfección,  aunque no se lo exigieron para su ingreso en el cuerpo de pregoneros y correveidiles;  eso se lo había enseañado la vida,  por ello no miró a los ojos de la escopeta,  sino a los de Manuel,  y lo que vio en ellos,  le llevó a olvidarse de tratamientos y formalidades.  Y a partir de ahí,  el valor ya sólo le dio para balar un quejumbroso:  "alcaldee".  Luego,  se sentó aún más,  y se quedó quieto,  pero que muy quieto,  como para no trastocar los hilos del destino,  no fuese el carajo,   pues no es el primero que se aturrulla,  empieza de aquí para allá y al final se enreda en la trama de la tragedia de otro.


Pedro no se inmutó,  pese a haber oído a Pepe el pregones hablando con alguien en la entrada,  permaneció en su despacho,  empotrado en su cómodo sillón y disfrutando del plácido ambiente que le proporcionaba esa versión modernista y tecnológica del negro con su abanico, que es,  el aire acondicionado.


Sobre la regia mesa de nogal de su despacho,  descansaba una carpeta de color marrón claro,  en su portada se podía leer,  "·PLAN URBANISTICO DE CASAS DE D. MIGUEL".  Aquel expediente estaba allí porque hacía escasos minutos,  su asesor legal,  el secretario,  le había estado advirtiendo que aquello que iba a hacer no se ajustaba a derecho,  y lo que era peor,  que no era ético,  pues no sólo se falsificaban y ocultaban documentos,  sino que se mentía de la forma más descarada que se podía mentir.  Por lo que le aconsejaba que no estaría de más que rectificara su postura,  variando sustancialmente el proyecto.  Pero para Pedro,  como para Manuel,  ya no había posibilidad de dar marcha atrás.  Por ello,  Pedro había echado al secretario de su despacho después de recriminarle por su actitud derrotista y derrochadora.  Así como por no querer entender que él debía velar por los intereses de su pueblo,  porque como solía decir:  "por el pueblo se estafa y se hace falta hasta se muere".  Mal sabía que,  aquella fase hecha,  era para él toda una trágica premonición.


El secretario,  sin embargo,  en este caso si le había dicho una y mil veces,  cuidado Pedro, que aquí,  estafando a Manuel estafas al pueblo.  Pero él no se venía a razones.  Muy al contrario,  decía:  "yo soy el que voy y vengo,  el que traigo y llevo,  el que doy y recibo,  el que digo soo y también arre.  Yo tengo responsabilidades".  Para terminar con otra de sus frases preferidas:  "¡Por Dios que se me recordará en este pueblo!".


En el momento en que Manuel entró en el despacho,  aún sonaban en la cabeza de Pedro estas palabras.  La verdad era que se sentía tan satisfecho citándose así mismo,  que no reparó que la persona que acababa de entrar era Manuel el cabrero.  Tuvo que ser el olor a cabra y jara que éste exhalaba,  el que, le hiciera exclamar:  ¡coño!,  ¿cómo tu por aquí?".  Para añadir sin mirarlo:  "pues ea,  ya sabes,  no hay arreglo,  yo tiro para  delante con lo de la calle.


En ese momento a Manuel,  nada le habría hecho cambiar de opinión,  pues lo de menos era ya la calle,  por ello agradeció en silencio que su víctima se reafirmara en su postura. Quizá fue por ello,  por lo que dijo:  "mejor así".  Eso hizo mirar a Pedro,  el que levantó la cabeza y entreabrió los ojos,  no mucho,  lo justo para ver como una luz intensa se rompía sobre el rostro y le calaba ardiendo en el cerebro.  No le dio tiempo a decir nada,  ni tampoco quiso decirlo a juzgar por su gesto de silencioso esparcimiento.  Murió sin duda embebido en el bello espectáculo de ver un tiro de frente.  Si le hubiera dado tiempo a pensar,  hubiera podido descifrar el por qué se le queda esa sonrisa tonta a las liebres que son cazadas a bocajarro en la cama.  Y es que ver un tiro de escopeta de ese modo,  es desde luego,  un espectáculo diminuto,  pero intenso muy intenso.  Algo como sentir agolparse en el ojo antes de hacerlo estallar de dolor y gozo,  todo el maravilloso universo de colores geométricos que habitan en el reducido espacio del calidoscopio.  O tal vez como si un rotundo y expansivo aullido de luz se deslizara por el tobogán de nuestro asombro,  para ir a despertar en nuestras entrañas la eterna sombra que le acecha.  Si,  es algo bello y definitivo.  Algo que desde luego si se olvida,  es por que no tenemos otro futuro que el del olvido y el silencio.  Es decir,  que allí donde vamos,  no tiene desde luego,  para nuestro desconsuelo,  cabida la memoria.


Los perdigones le segaron los gestos y las ideas.  Parte de su cabeza se fugo en el encanto del fuego asiéndose locuela a muebles y visillos,  en un gesto como de asomarse buscando los fugaces resplandores del disparo que se la habían llevado aprovechando su amor,  para casi de inmediato dejarla abandonada,  bueno más que abandonada atrás en su camino.  Y lo que quedó de ella,  desanimada por la falta de formalidad de la otra mitad se deslizó perezosamente sobre el hombro.


La sangre saltarina y dicharachera aprovechó los pinceles de su efímera fluidez,  para dibujar arabescos sobre las paredes,  escribir palabras indescifrables sobre la mesa,  y hacerse por fín,  turbio y quieto sendero en el suelo.


Fue tan intenso el estruendo del dolor y tan desordenado el revoloteo de la tragedia que a aquel elegante y coqueto despacho,  se le vio agriar el gesto cual dama tonta ante el pestilente y nauseabundo desconsuelo de la muerte.


Manuel levantó con parsimonia el dedo del gatillo izquierdo,  buscó el derecho y los apretó con dulzura.  Esta vez Pedro non pudo ver la explosión del disparo,  sus ojos estaban demasiado entretenidos en morir por los cientos de ventanas que la lluvia de proyectiles de plomo habían abierto sobre ellos.  Además,  ahora los perdigones buscaron su pecho que al impacto se abrió primero hacia fuera y luego hacia dentro,  en un gesto propio del que huye primero hacia delante y luego rectifica y corre hacia atrás hasta sumirse en un túnel de sombra y soledad.  El sillón giró un poco hacia la izquierda.  Y el expediente bebió ansioso la sangre de la mesa.


Manuel metió la mano en el bolsillo izquierdo de la chaqueta y cogió otros dos cartuchos,  los introdujo en la recamara,  la cerró,  y apuntó con desgana al cuadro del presidente que colgaba sobre la pared, apretó de nuevo el gatillo izquierdo y el cuadro desapareció sumido en una lluvia de cristales y pequeños papeles,  par luego y ya en el silencio verse reducido a un amasijo de ojos y gestos clavados en la pared.


Por último levantó la escopeta y sin mirar disparó un certero tiro a la lujosa lámpara que colgaba del techo.  Su hermosa pedrería de cristal de roca,  huyó en un estampido que deseaba ser seco y certero,  porque se moría entregado al encanto de una explosión solo comparable a aquella donde se desintegran millones de mariposas de hielo.  Hirientes esquirlas herían y se herían al chocar furiosas contra muebles,  paredes y suelo.  Por un escaso intervalo de tiempo,  el espacio de aquella habitación y hasta el tiempo parecieron haberse convertido en cristal,  un cristal extraño y turbio,  un cristal sin transparencias,  propio de un momento de muerte y desolación.



Cuando cesó la lluvia de cristal.  Manuel tiró la escopeta al suelo y salió tranquilo del despacho.  Cruzó el pasillo de los funcionarios,  y aún pudo ver a Pepe el pregones correr perdiendo el culo hacia el bar,  queriendo articular sin éxito alguna palabra.


A Manuel sólo se le ocurrió decir:  "Sí,  corre corre,  que tu señor ya no engaña a nadie más".  Luego tomó el camino de la sierra,  animando silencios con su único compañero en aquella cacería,  el Sol.

 


Manuel llegó a la sierra,  antes que los rurales al ayuntamiento.


Cuando el cabo lunas entró en el despacho del alcalde,  sintió pese a su larga experiencia que el olor a sangre y muerte le podían.  Si no hubiera sido por su honor,  habría salido corriendo de aquel despacho,  pero su uniforme fuese del sastre que fuese,  le ponía a salvo de casi todas las miserias humanas -a excepción claro está de la prepotencia y la intolerancia,  entre algunas otras,  inherentes a la disciplina y la jerarquía-  y también,  como no,  de las del espíritu.  Por eso sin más pérdida de tiempo,  tomó el pulso a Pedro,  fue un acto reflejo,  propio de un manual de primeros auxilios, porque el sabía perfectamente,  que dos tiros de escopeta a esa distancia y donde se los había dado eran suficientes para matar no sólo a Pedro por muy alcalde que fuese,  sino a un caballo.  Por ello no le extrañó no sentir nada dentro de aquel cuerpo.  Es más,  se sintió ciertamente aliviado y complacido,  con ese alivio y esa complacencia floja y disipada que pasa como desapercibida,  pero que en el fondo es tan necesario como el aire que respiramos,  y que no es otra que,  el ver como se consuma lo evidente,  como se repite monótono el número de lo que debe ser antes que cualquier otro desvarío,  que desde luego sólo iba a complicar aún más las cosas.  Pues una vez asesinado,  par que otra heroicidad o extravagancia que la de morir,  es más,  que la de estar ya muerto.  La verdad es que eso era lo más justo y cabal,  y el alcalde que lo había sido hasta que se le torció la intención,  se retomó en aquel violento esparcimiento y volvió a su limpio estatus de justo y cabal,  el mismo que le diera el cariño y la confianza de todo un pueblo,  Manuel incluido.


"¡Está muerto!" sentenció.  Dirigiéndose luego al compañero- que acudió con él al lugar,  después de ser avisados por Pepe el pregones-  le ordenó que cerrara la puerta y que sólo permitiese entrar al médico.


Conocía su oficio,  eso estaba claro.  Se quito la gorra,  y limpió lenta y cuidadosamente la frente,  perlada ahora de un sudor denso y frío,  como denso y frío era el latigazo de horror que lo invadía.  Y también lentamente extrajo de su cartera de camino un cuaderno con las pastas rojas, que depositó con sumo cuidado sobre la mesa,  buscando evitar el contacto con los pegajosos tentáculos de la sangre.  Sacó luego con la misma parsimonia del bolsillo de la guerrera un paquete de celtas cortos,  buceó con los dedos en su interior y rescató del fondo un arrugado cigarrillo,  lo golpeó repetidamente sobre la blanca esfera de su reloj,  hasta que comprobó que estaba duro,  se lo llevó entonces a los labios y lo encendió.  El áspero humo irrumpió en la habitación anulando en algo el ocre y salobre olor de la sangre,  que ya comenzaba a ennegrecer.


Tras esta pausa en su espesa liturgia,  el cabo Lunas se dispuso a hacer algunas anotaciones en su enigmático y en esta ocasión camaleónico cuaderno.  En el que escribió con letra firme y en mayúsculas.  "DILIGENCIA DE INSPECCIÓN OCULAR".

 


Dos horas después se presentó en el lugar,  la familia,  el juez y el forense.  Llegaron también los llantos,  las maldiciones,  los juramentos de venganza.  Los curiosos con su morbosa inistencia.  El ir y venir de coches con sus sirenas aullándole a lo irremediable.  Los chismorreos oficiales.  La prepotencia de la Autoridad.  La palidez nauseabunda del escribiente de turno.  El vómito. El desmayo.  El dolor fingido.  El dolor sincero.  La incredulidad.  La exquisita y profesional sombra del forense,  que se desenvuelve entre las entrañas del difunto como  lírico entre las flores.  El chiste fácil.  La comparación chabacana.  La apreciación sabia.  El desvarío superlativo.  La razón solapada,  es decir,  el:  ¡si pero...!.  Las ordenes y contraórdenes.  Y por último,  la sombra negra del ataúd y el chasquido fatal de sus cierres herméticos que anuncian la caída del telón,  el final de la comedia.


Resulta siempre extremadamente curioso,  ver a los hombres afanándose en limpiar y adecentar el escenario de la vida,  para poder seguir viviendo al margen del duro mensaje de la muerte y el frío espectáculo de la tragedia.  Es algo más que un acto de humanidad,  o de simple asepsia profesional,  es algo mucho más profundo que todo eso,  es la angustiosa avidez por olvidar cuanto antes la realidad,  y recordar sólo,  al ritmo que nuestros corazones pueden aguantar.


Son estos tiempos de tragedia,  horas que el hombre haría minutos,  minutos que haría segundos,  segundos que de poder regalaría a la nada. Pero cada hombre está condenado a vivir su tiempo,  aunque éste sea un tiempo agónico y desesperanzado,  pues la vida es como un rompecabezas,  donde conviven lo bueno y lo malo de forma irremediable,  y donde lo uno y lo otro son igual de necesarios para ir completando la existencia.  Por eso,  que Dios te libre de que te haya tocado para vivir una tira de tiempo amarillo de soledad,  pasado y putrefacto,  porque entonces no estarás al día sino de otra cosa que no sean agonías y sinsabores.


Manuel una vez llegó a su choza,  tomó aprisa su morral y en el metió su navaja barbera,  un trozo de quiso,  un cavo de vela y un trozo de pan reseco y duro.  Salió  luego,  besó a "gris" su perra,  y se fue camino de las cuevas.


Sabía perfectamente que aquel sería el primer lugar donde lo irían a buscar.  El no tenía pensado ser el último bandolero,  ni mucho menos pasarse el resto de sus días con el pálpito de ser apresado en cualquier momento por un dedo de plomo.  Pensaba entregarse,  es más,  lo deseaba,  pues pretendía que todos se enterasen de las razones que lo llevaron a matar.  Pero por el momento necesitaba reflexionar,  además,  su sangrienta cacería aún no había terminado.  Por ello buscó refugió en la cueva del escorpión.  Era aquel,  un reducto angosto,  al que se accedía por una rampa inclinada,  de tal forma que aunque alguien mirara en su interior pensaría siempre que la cueva terminaba al final de la rampa.  Pero no era así,  pues justo al final de la misma,  se abría en el suelo la entrada al escondite,  a la que Manuel había adoptado una pesada losa que lo cerraba perfectamente.  Aquella guarida la había encontrado Manuel por una casualidad merina,  cuando una oveja se fue un día rampa abajo buscando frescura y desapareció como por arte de magia.


Desde aquel lugar,  oyó primero el golpear seco de los caballos del señorito que parecían interrogar a los grillos y a las milenarias raíces sobre su paradero.  Percibió luego con nitidez creciente el ronroneo descompasado del viejo Land Rover de los Rurales,  en su ir y venir por los angostos senderos de la sierra,  y como caballos y coches se detenían a escasos metros de la cueva.



Y al cabo Lunas decir al Señorito.


-Nada de tiros D. Miguel.


-Se hará lo que se pueda.


- -Y como el cabo volvía a la carga,  advirtiéndole-.  Ud. verá,  pero yo no sé escribir sino es la verdad.


- -Y el señorito preguntar chulo.  ¿Qué es eso,  una amenaza cabo?


- Y el cabo advirtiéndole otra vez-.  Estas cosas las arregla la justicia que para eso está.


- Y el señorito más chulo aún si cabe,  contestándole a la vez que le advertía-  En esta tierra la justicia soy yo,  no lo olvide cabo.


- Y como el cabo se quedaba intentando dar por zanjada la disputa, con un-  eso ya lo sé D. Miguel,  peor no quiero una cacería de hombre.


-Y el señorito-  Aquí no caza nadie,  yo sólo cuido mis tierras.  Son ustedes los que tienen que cazarlo.


-En eso estamos.  - Respondió casi buzando el cabo-


-Pues aligerando que para eso le pagan.


El cabo se monto en el viejo Land Rover con el gesto agrio y contrariado,  para murmurar aprovechando el fuerte rugido del motor:  "¡Me cago en todos sus muertos!,  ¡chulo de mierda!".


Por otro lado D. Miguel reanudó su batida no sin antes decir viendo marchar al cabo:  "Éste es de los del 78,  pero mis huevos tienen demasiadas hectáreas para aguantar sus chulerías".  Los hombres de la cuadrilla sonrieron en silencio.  Para continuar luego la cacería.


D. Miguel buscaba a Manuel,  no porque hubiera matado a Pedro el alcalde,  porque como él decía en tono despectivo,  "alcaldes como éste los tiene uno a puñados".  Pero,  aún así,  en cuanto se enteró de lo ocurrido,  se fue hasta el bar para oír algo más de lo que le había contado Parreño,  su fil criado mudo.  y dijo:  "hay que salir a buscarlo, no se puede permitir que se dispare contra la autoridad.  Además,  cuando un hombre se echa al monte nadie de buena cuna está a salvo".  De ahí su afán por darle caza,  lo hacía por propia seguridad y también por divertirse persiguiendo a la más inteligente de las alimañas,  pues ese era el calificativo que le merecía a él su cabrero.


Manuel trabajaba desde niño para la familia de D. Miguel, como pastor de cerdos primero,  luego de cabras y los últimos años de ovejas,  a él le debía todo lo que era.  Él la había dado el pan,  la sal y la rabia,  la humillación y hasta el aire que respiraba,  porque allí todo era de D. Miguel.  Por eso a éste se le hacía difícil sospechar que Manuel pudiera odiarlo hasta el extremo de atraviese a encararlo con la escopeta.  Además,  no había peligro,  pues de todos era sabido que la vieja escopeta de Manuel había quedado abandonada en la oficina del alcalde.  Y con las manos vacías no había cuidado,  ni por asomo se atrevería.  Eso al menos pensaba él.


El cabo Lunas entró en la cabaña de Manuel.  Era una construcción en madera ligera,  es decir,  puro ramaje,  alguno aún rabiosamente verde.  La puerta si la mirabas de dentro afuera era la pared del fondo y si lo hacías a la inversa ésta se disparaba al último vértice visible del horizonte, y por la misma razón la pintaba el día,  había días en que era gris, otros negra,  otros azul,  otros de plata y en aquel momento de oro de 40 quilates a la sombra.  Sacó de nuevo su cuaderno de pastas rojas,  lo posó sobre el sucio y destartalado camastro,  y comenzó a curiosear por entre las escasas pertenencias que éste había dejado abandonadas en su huida.  El compañero revisaba mientras los exteriores con la desgana de quien tiene plena conciencia de que no va a encontrar nada.  Se agachaba,  miraba y se secaba luego el sudor con gesto lento y aburrido.


Mientras,  las ovejas,  ajenas a todo,  se miraban embobadas,  apoyando sus cabezas las unas en las otras.  Estaban sumidas en ese trance idiota del mediodía,  una especie de agonía incómoda y exasperante que les robaba la vida,  dejándolas a merced de un estado de inconsciencia y entrega que da calor.


El Sol dueño de todo galopaba sobre el viento convirtiéndolo en su más raudo y escurridizo mensajero.  Allí donde no llegaban sus ojos de fuego,  llegaba él rompiendo el menor atisbo de frescura y esperanza.  Manuel,  en cambio,  no sentía color,  la tierra arcillosa de la cueva hacía de escudo.



Estaba tranquilo y sentía que su cerebro funcionaba a la perfección.  Por un momento volvieron a su cabeza una tras otra las secuencias del asesinato.  Y en sus labios se dibujó una leve mueca burlona.  Visto desde esa perspectiva,  le parecía la secuencia de una de esas películas en blanco y negro que raramente había visto,  donde se mata de broma por razones serias y pesadas como peñascos.  Sólo aquel olor ocre de la sangre que respiró antes de abandonar el despacho,  le robaba en algo esta plácida sensación de irrealidad.  Pues por lo demás sus pensamientos encajaban a la perfección con las secuencias de cualquier serial violento.  Pero de pronto su cerebro desechó ese pensamiento y en la nada de ese lapsus,  oyó sin rostro y sin ninguna otra imagen las palabras de D. Miguel,  que ahora en su soledad caían por su cerebro como estacas puntiagudas que se precipitaban hiriéndole en el vacío insondable de sus entrañas.  Por ello,  buscó con urgencia la imagen más cercana de D.Miguel,  y se quedó sorprendido cuando se le dibujó en el recuerdo,  aquella del señorito en el día de su primera comunión,  vestido de almirante o de lo que fuera,  desbordado eso si de entorchados y estrellas,  tantas que parecía que más que tomar la comunión lo que se disponía era a tomar la iglesia,  seguido por los desarrapados de su quinta,  que vestían lo que podían como cualquier soldado en cualquier guerra.  Él había visto a D. Miguel en infinidad de ocasiones y en todas ellas en actitud arrogante.  Por ello,  y por mucho que se le representara niño,  no se le iba a enternecer el corazón,  pues él era un hombre cocido.  Se lo habían dicho en más de una ocasión,  y era cierto,  aquello no era una metáfora,  era algo real,  algo que ocurre en esta tierra con bastante frecuencia,  y es que cuando los hombres trabajan días y días bajo un Sol como este,  sienten como se van cociendo sus vísceras hasta convertirse en algo insensible,  en algo incapaz de rebelarse contra nada,  ni contra nadie.  Manuel lo había sentido en su interior,  es más,  había vivido en ese estado de letargo propio sólo de las sardinas en conserva,  hasta que,  el alcalde le curó con sus palabras.  Sí,  el alcalde le había abierto el pecho y le había puesto en el alma una estrella de esperanza.  En definitiva,  lo había levantado hasta la cima,  para luego dejarlo caer en la más reseca y polvorienta de las desesperanzas.


Manuel oyó repetir una tras otra las palabras de D. Miguel que ahora fluían de aquel Miguelito esplendoroso y puro que esperaba paciente la hostia.


Recordó también aquella ocasión en que D. Miguel le había dicho:


-¡Oye cabrero!,  tengo entendido que algunas veces llamas D. Miguel a las encinas,  para luego cagarte en la madre que las parió.


-Infundios D. Miguel,  infundios y malas querencias que quieren poner a uno en el brete de haber faltado.  -Le respondió él conciliador en aquella ocasión,  por más que sus entrañas se renegaban y se acordaban de todos sus muertos-


-Y él-¡ojito,  eh!,  ¡ojito!,  bobo de los cojones!,  que aquí yo,  en el cielo Dios,   y ahora a lo que se ve,  en la capital los rojos y los ladrones.


Sí D. Miguel,  sí,  Ud. ya me conoce,  yo a mis ovejas,  bueno perdón,  a sus ovejas y de lo otro ni pio,  se lo juro.


-Y él-  ¡cuidadito,  cuidadito!,  te digo,  ¡que te capo,  so capullo!


Eran demasiadas ofensas,  y encima ahora le perseguía pese a que acababa de matar a un alcalde socialista del qué era el primero en decir:  " A este muerto de hambre le va que ni pintado lo de mandar,   ya veréis,  ya,  como engorda". Y  es que lo de menos le importaba a él era Pedro,  él lo que no quería era perder la oportunidad de subir a la sierra a practicar la caza del hombre.  Pero a Manuel eso no le cogía de sorpresa,  es más,  lo sabía ya antes de  hacerlo,  y entraba dentro de sus planes.  Por ello había subido otra vez a la sierra,  y por ello esperaba agazapado en el interior de aquella cueva a que las primeras sombras saliesen de detrás de los olivos y comenzaran a avanzar por la sierra y la llanura.


Durmió algunas horas y cuando despertó sintió que estaba empapado en un sudor frío,  había soñado que lo llevaban lejos de allí,  a un mundo en el que todo se resolvía ente muros y rejas,  un mundo que estaba donde los demás compraban televisores y ropas elegantes,  donde se pactaban pensiones y se extendían documentos,  un mundo abierto e inmenso,  que para él se cerraba curiosamente en habitáculos asfixiantes.


Buscó en medio de la espesa oscuridad que invadía la cueva el hueco de la entrada,  corrió unos centímetros la losa que la cerraba y en ese momento se sumaron las sombras y el resultado fue una sombra de plata,  que se adornaba de estrellas,  y vio al fondo como una de ellas le miraba sorprendida.  Se paró entonces a escuchar y oyó sólo el sonar plateado del grillo del silencio tocando su larga y monótona melodía.  Corrió totalmente la losa y el aire fresco de la noche acarició suavemente su piel,  respiró hondo y la sintió clavarse dentro.  Luego salió despacio y siguió en la oscuridad el arroyo seco del río Alcornoque.


Cualquiera del pueblo que conociese término municipal,  sabría a la perfección a donde iba Manuel.  Pues aquel cauce seco pasaba justo por la parte de atrás del cortijo de D. Miguel.


Si desea continuar con la lectura de la obra, debe contactar al autor de la misma.

La Administración. 

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