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-Nadie puede liberarse si le falta el deseo de ser libre -replicó con voz queda Julián de Malturgia.

Después de un largo silencio y bajo la mirada inquisidora del monje, el romano sólo atinó a decir:

-Pero que esta vez no lo planee el normando.

Este hombre no era joven, por su aspecto flaco y barbado, parecía haber superado el medio siglo de vida hacía ya muchos años, no obstante se le veía saludable pese a su encierro. Tal vez un poco pálido por la falta de sol.

Una sombra cubrió la pequeña ventana enrejada de la torre. Era el halcón gris que se paró sobre ésta, desde el exterior. Julián lo miró a sus ojos. Al rato dijo:

-Hora de irnos.

El sobrino me hizo una cara como tratando de decirme que mi amigo había enloquecido.

El monje colocó su mano sobre la cerradura, escuchamos un ruido seco, el de un candado que caía al piso, la gruesa puerta se abrió como por arte de magia.

-¿Cómo hizo esto? -Inquirió el viejo caballero.

-La mente humana es más poderosa de lo que creemos -respondió Julián.

De un salto me reincorporé del suelo y me asomé con cautela dispuesto a una feroz lucha cuerpo a cuerpo con el centinela.

¡Cuál centinela! Con extrañeza, no descubrí ninguno.

-¿Dónde está el guardia? -exclamé.

-Está entregado en las manos de Eros con una sierva del Duque, en las escalas de la torre -dijo el monje con serenidad.

-¿Cómo lo sabe? -preguntó de nuevo el sobrino.

-Él lo sabe todo, y lo que no, ese halcón se lo dice -le respondí. Ahora me miraba como si el loco fuera yo.

En efecto, la parejita estaba tan entregada a su acto que fue muy fácil sorprenderlos, encerrarlos en la misma celda y tomar su espada, con la que "silencié" al segundo centinela, el de la entrada de la torre.

La oscuridad de la media noche nos permitió evadir a los demás guardias del castillo.

-Busquemos los caballos -sugerí.

-No. Primero la Espada Esmeralda -dijo Julián.

Me mordí la lengua, el riesgo se me hacía demasiado alto.

No se cómo avanzamos por los intrincados pasillos del castillo sin que nos descubrieran, tal vez el frío de la noche adormiló a los guardias. Hasta que entramos al salón principal, y junto al sillón del Duque, encontramos colgada la Espada.

-Listo, ahora sí, nos vamos -susurré.

-Se te olvida algo, nos falta el Libro de la Vida -volvió a detenerme el monje.

-¿Y dónde está? -me impacienté.

-No lo sé, hay que buscarlo.

Fue increíble. Pasamos casi dos horas abriendo cuanto libro y desenrollando cuanto pergamino encontrábamos, sin que nos descubrieran. Pero fue inútil. Hasta que el viejo caballero, que sólo se limitaba a seguirnos, decidió saciar su curiosidad o acelerar su fuga:

-¿Me pueden decir qué es lo que buscan?

El monje maltés fue al grano:

-El Libro de la Vida.

-¿Es muy antiguo? -preguntó de nuevo, pensativo.

-Debe serlo -respondió Julián acercándosele -. ¿Lo ha visto?

-Bueno... Podría ser. Si es muy antiguo debe tratarse de un pergamino, ¿no es así?

-Cierto -afirmó Julián.

El hombre sacó de su camisa raída un pequeño rollo y se lo entregó a Julián diciendo:

-Tal vez sea este, lo encontré en un orificio muy escondido entre las piedras de uno de los muros del calabozo, hace ya bastante tiempo. Lo traté de leer pero está escrito en una lengua que desconozco.

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