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Ahora sé, sin lugar a dudas, que todos los seres tenemos un plan de vida desde el momento mismo de nacer, o desde antes. Por eso notamos que unos caminos son más fáciles que otros, la vida nos facilita unas cosas mientras otras las dificulta.

La misión de cada quien se cumplirá mejor recorriendo los caminos que se le abren, no obstinándose en marchar por los que le son cerrados. Así, se logrará el aprendizaje que todos debemos realizar en esta vida.

La vida es un instante en la eternidad para aprender. Es la oportunidad de evolucionar en espíritu a través de la materia.

Hay que estar atento a las señales que la vida nos da. Lo que podamos considerar impedimentos, inconvenientes u obstáculos, debemos entenderlos como señales en el camino. Igual con las que llamamos oportunidades. Hay que estar atento como el lobo.

El destino está escrito, lo escribimos nosotros mismos cada día; día que en otro plano ya pasó. El camino está trazado, más el hombre es libre de recorrerlo o desviarse de éste. Sin embargo, cada vez que se aparta del camino, debe estar dispuesto a asumir las consecuencias.

La vida no sólo se debe aceptar como va llegando, sino también acogerla de buen modo y colaborarle. No oponérsele, menos luchar contra ella, porque finalmente ella siempre gana, y quien se le enfrenta termina vencido y agotado.

Todo camino pasa por partes llanas, faldas y cuestas. Cada tramo se debe recorrer al ritmo apropiado, siempre disfrutando del paisaje, conociendo, aprendiendo. Sin olvidar que después de las bajadas vienen las subidas y viceversa.

¿Por qué unos deben recorrer caminos más difíciles que otros?

Bendito quien ha transitado en la vida por un camino difícil, pues él habrá avanzado más que los que no. Recuerden el sermón de la montaña, las bienaventuranzas del Nazareno.

Las riquezas que importan son las que acumulamos en el Cielo, con nuestro espíritu, no las que atesoramos en la Tierra, con el trabajo de nuestro cuerpo o de nuestra inteligencia. Las del Cielo no se ven ni se pueden tocar, como el oro o los bienes en la Tierra, pero perduran eternamente porque son aprendizaje, conocimiento del espíritu. El verdadero tesoro de todo Ser.

Así pues, nada debe preocuparnos en este mundo, porque nada de él es importante. La vida es como un chispazo de luz en una oscuridad eterna; dura lo que demora en caer una manzana del árbol, comparada con todo el tiempo que le tomó a ese árbol crecer. Vale más el árbol que una manzana.

No escribo nada nuevo, porque ya estaba escrito. No digo algo que antes nadie hubiera dicho. Muchos antes de mí lo han dicho y escrito, muchos después de mí también lo harán. Pero, hijos míos, incluso así, son muchos quienes oyen pero no escuchan y miran pero no ven.

En mi camino encontré a un maestro, doy gracias a Dios por tan especial obsequio. Un día la vida me llevó hasta su puerta, y un día también me separó de él. Mas sus enseñanzas quedaron en mí. Transformó mi vida para siempre. En él encontré además de un maestro y un amigo a mi hermano de espíritu.

Recuerdo todavía hoy, tantos años después, cuando escribo esta crónica, la última vez que le vi: el reposaba sobre la popa del barco, quemando unos tallitos de palo santo, como lo acostumbraba. Me acerqué y le pregunté:

-¿Por qué quemas tallos de palo santo, tienen algún significado especial?

Me respondió sin apartar la vista del humo:

-En realidad ningún rito debe tener un significado diferente al simbólico, pues nada hay mágico en este mundo porque todo el mundo en sí es mágico. Pero un rito, cualquiera que sea, se realiza para mantener toda nuestra atención en él. Por eso los ritos nos hacen sentir bien, porque apagan nuestra mente e invitan a la meditación, nos apartan del mundo para concentrarnos en ellos. Sino es así, de nada sirven los ritos.

"Me gusta quemar palo santo, porque cuando el fuego apaga, el dulce aroma del humo me acuerda que los sentidos, como el del olfato, son el regalo que Dios nos dio para sentir el mundo. Sin ellos ni cuenta nos daríamos que estamos vivos, en este plano de su Creación, en la materia. Dios se comunica constantemente con cada uno de nosotros a través de los sentidos".

Al anochecer de aquel día, la más impresionante tormenta que haya visto mis ojos envolvió nuestra embarcación. Naufragamos. Unos maderos del destrozado barco fueron la salvación del viejo caballero, de dos marineros y la mía. Milagrosamente alcanzamos tierra al día siguiente.

De la suerte corrida por los demás nunca me enteré.

 

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