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Se escuchó un murmullo de aprobación entre los asistentes. Julián continuó:

-Jesús de Nazaret dijo: “Eviten con gran cuidado toda clase de codicia, porque aunque uno lo tenga todo, no son sus pertenencias la que le dan la vida”. Recuerden la parábola al respecto: “Había un hombre rico al que sus tierras le habían producido mucho. Se decía a sí mismo: ‘¿Qué haré? Porque ya no tengo dónde guardar mis cosechas’. Entonces pensó en construir graneros más grandes para guardar sus trigos y sus reservas, para después descansar, comer, beber y pasarla bien. Pero Dios le dijo: ‘Tonto, esta misma noche te van a pedir tu vida, ¿quién se quedará con lo que amontonaste?’”

-Pero, maestro Julián –dijo un reconocido mercader-. Somos de carne y huesos, necesitamos asegurarnos el pan, el vestido y el techo para nosotros y nuestras familias.

-Jesús dijo también: “No se preocupen por la vida, pensando: ¿qué vamos a comer? No se inquieten por el cuerpo: ¿con qué nos vamos a vestir? Porque la vida es más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido. Miren las aves: no siembran ni cosechan, no tienen despensa ni granero, y, sin embargo, Dios las alimenta. ¡Cuánto más valen ustedes que las aves!

“Miren los lirios, que no hilan ni tejen. Pues bien, yo les declaro que ni el mismo Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de esos lirios. Y si Dios en el campo da tan lindo vestido a la hierba que hoy florece y mañana se echará al fuego, cuánto más hará por ustedes, gente de poca fe.

“No estén siempre pendientes de lo que comerán; no se atormenten. Los que viven para el presente mundo se preocupan por todas esas cosas. Ustedes en cambio, piensen que su padre sabe lo que necesitan. Por lo tanto trabajen por su Reino, y El les dará todas estas cosas por añadidura”.

Terminó de citar el Evangelio e hizo una larga pausa.

Los asistentes empezaron a discutir en voz baja entre sí. Unos estaban de acuerdo su predicación pero otros no.

El mismo mercader replicó:

-¿Entonces no debemos hacer nada, quedarnos con los brazos cruzados y esperar el alimento?

-No, no es eso lo que Jesús quiso decir. Recuerden la parábola de los talentos, cómo el amo maldijo al siervo al que sólo le había confiado un talento y lo enterró... Dios nos ha dado a cada uno de nosotros eso precisamente: talentos. A unos más que a otros, pero eso no debe importarnos, El sabrá porqué los distribuyó así. Tu, tal vez tienes el talento para comerciar, otros en cambio, para labrar, otros hombres para pastorear, otros para curar, otros para gobernar; hasta para luchar y para la guerra se requiere talento.

“Ahora, si el talento está dado, no debemos preocuparnos por el cómo conseguir el pan y el vestido, sólo hay que confiar en que ese mismo talento con que Dios nos ha dotado nos facilitará las cosas. Confiar en Dios, es tener fe en nosotros mismos. Es por eso que a Dios hay que buscarlo en nuestro corazón, en nuestro interior, no afuera.

“Luego, debemos encontrar cuáles son nuestros talentos y habilidades. Si sólo es uno entonces utilizar ese único, multiplicarlo para entregarle más cuando El nos pida cuentas. Pero oigan bien, lo importante es multiplicar nuestros talentos, no nuestros bienes, ésos se multiplicarán por añadidura.

“Si sus talentos los cultivan cada día más, serán mejor en lo que hacen y los demás buscarán en ustedes esos mismos talentos. Entonces, no les faltará el sustento, no podrá faltarles. Por eso cuando decidimos un oficio o un arte, debemos escuchar primero nuestro corazón, seguir nuestra esencia y no preocuparnos si nos dará para comer o sobrevivir. Además, el que sigue su esencia hace lo que le gusta, y el que hace lo que le agrada vive pleno, es feliz. Eso es trabajar por su Reino, el de ustedes; Dios quiere que trabajen por el de El, pues el de ustedes es el de El”.

-Sí. Por eso a la entrada del Oráculo de Delfos, en la Grecia antigua, estaba escrito: “Conócete a ti mismo” –agregó un marinero.

-Cierto es –afirmó Julián, señalando a aquél.

Un sacerdote se acercó a Julián, le susurró unas palabras al oído y le entregó un pequeño pergamino.

Después de leerlo el monje dio las gracias a los asistentes y nos retiramos en compañía del cura por entre la sacristía.

-¿Qué pasa? –pregunté.

-Amigo Normando, prepárate. Tendremos hoy un interesante encuentro.

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