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-Soy un guerrero -dije sin vacilar-. Es algo que llevo en mi sangre normanda.

-¿Tu esencia es matar?

No me gustaba el giro que tomaba la conversación. Me parecía que se hacía el tonto.

-¿A dónde quieres llegar? -pregunté sin esperar respuesta-. Por supuesto que no me agrada matar. Soy guerrero porque siento un inefable deseo de luchar por las causas justas y defender a los míos, a mis creencias, a mi rey...

-¡Causas justas, los tuyos, tus creencias, tu rey! -repitió con cierto sarcasmo, elevando cada vez más el tono de su voz-. ¿Acaso los del lado contrario, los enemigos a quienes combates no luchan por lo mismo, por sus causas, por los suyos, por sus creencias y por su rey? ¿Entonces, cuál es la verdadera causa justa? ¿Cuál es la verdad que justifica el ser lo que eres, el hacer lo que haces?

Me sentí atrapado en una celada filosófica, así que opté por no continuar la discusión y rendirme con un:

-Tendré que pensarlo. Tal vez no haya justificación alguna para la guerra, pero ella existe y por ella existimos los guerreros.

El lobo se levantó de un salto gruñendo hacia una arboleda cercana al patio trasero de la casa donde pagamos por albergue, alimento, agua caliente y forraje para nuestros caballos. Nos habíamos tomado dos días de descanso.

Inspeccionamos con nuestros ojos, pero no descubrimos nada ni a nadie diferente de los dueños y de sus hijos.

-Vaya, veo que también estás nerviosos desde que arribamos a Sajonia -dije a mi amigo lobo.

-Alguien nos vigila -afirmó Julián.

-¿Te lo dijo el lobo?

-Sí.

Lo había preguntado en son de broma, pero ante tan natural respuesta recordé que el monje maltés se comunicaba mentalmente, o con el corazón como pregonaba, con los animales.

-Hora de marcharnos -agregó.

***

El invierno en Sajonia tiene fama de inclemente. Ya no lo dudaba, éste que nos recibió me parecía el más frío al que mis huesos se habían sometido. Por todos lados, adonde miraba, se veía nieve y nada más que nieve.

Llevábamos más de dos días cabalgando hacia Brandenburgo, casi sin nada que comer. No sabía qué era más insoportable, si la fría soledad del camino o el hambre. Aunque no me quejaba, Julián de vez en cuando repetía: "Hay que tener fe, hay que tener fe. Los senderos de Dios son misteriosos".

Avistamos a lo lejos una pequeña aldea. Sin discutirlo nos dirigimos a ella.

De repente algo pasó veloz entre nuestros caballos, lo que los asustó. Como no estaba bien aferrado a mi montura aterricé de nariz sobre la nieve. Pero más me preocupó no dejar escapar ese delicioso par de perniles que vi en el apresurado jabalí, así que rápidamente tomé mi jabalina y la lancé con toda la potencia de un normando hambriento sobre el salvaje animal. No dudo que el hambre afinó mi puntería, pues lo atravesé desde la cola hasta el hocico. Cayó inerme.

Apenas lograba ponerme de pie cuando escuché el grito de peligro a mi espalda que emitió el monje. Me volví. Un enorme tigre rugía mostrándome sus afilados colmillos (¿Un tigre en Sajonia?, increíble, pero juro que allí estaba), tal vez con más hambre que nosotros seguro era la causa de la prisa del gordito jabalí. Pero no me detendría en consideraciones, era mío y por nada del mundo se lo dejaría a un gato grande y ruidoso, aunque mi estómago también rugía. Así que era él o yo. Mi espada intervino a mi favor, la tomé con la velocidad de un rayo de mi espalda y ¡zas!... el tigre perdió su cabeza y yo gané la presa. ¿Yo gané?

Los aldeanos que presenciaron la escena empezaron a aproximarse, en su mayoría niños y ancianos famélicos. El cuadro era desolador, era evidente que el hambre convivía allí, no vi ni un perro. Quién sabe hace cuánto tiempo se habían comido el último. Todos miraban el jabalí...

Mi lobo, no menos hambreado que yo -al que le increpé dónde se había metido cuando apareció el enorme tigre-, presintió el deseo de aquella gente y les peló sus colmillos. Le pedí a Julián que lo calmara; en ese preciso momento señalaron, gritando con horror, hacia el horizonte: Una veintena de jinetes con armaduras y estandarte galopaban hacia nosotros.

 

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