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Ir a: Los hinchas del Santo Padre (2)

La guerra de poder entre el cura y don Fructuoso sigue pero, una de tantas guerras civiles del siglo XIX lo alejan de Quente. Durante su ausencia aumentan las desgracias de los liberales y el poder de José María Querubín y las beatas. La llegada de las primeras monjitas agrega un detalle que pudo ser amable.

Las santas, sin hijos reales, consideraban sus vástagos espirituales a los conservadores de Quente, sin excepción, se ahogaban en un sufrimiento insoportable con los orgasmos placenteros de los hombres y las vagamundas llegadas de la lejanía, el susurro de las cartas sobre los paños de las mesas de juego, con el rodar de las bolas en las ruletas y los cachos, por el erizamiento de las carnes al penetrar las espuelas de marfil y el goteo de sangre agónica en el gallo vencido, con los chupetes de ojos tuertos a los plumíferos a ver si se les devolvía la vida. Se iban en rezos de ira contra todos los mercaderes de vicios igual que Jesús cuando los expulsó del templo; sentían sobres sus pieles deslizarse las bolas del billar acabados de cambiar y que no se comerían las reses y parpadeaban al deslizarse sus lágrimas impotentes sobre las mejillas marchitas sin tiempo; incapaces de impedir las abominaciones de esa caterva de malhechores y falsarios y rezaban “por el santo padre de nuestro poblado que perdió sus gracias sobrenaturales y no han servido las oraciones, procesiones y rogativas y vamos a organizar otra romería a la Virgen Milagrosa para que nos conceda el don de la venganza contra este pueblo de impenitentes irredentos”.

Los forasteros armaron un problema con los sueños, sin proponérselo, porque dormían sus borracheras a mediodía y sus sueños escapaban entre vapores alcohólicos a mezclarse con los del pueblo y los espantaban por su perversidad, lascivia y libidinosidad más acentuada que la muy grande de los lugareños. Las busconas trasnochadas se dormían con su compañero ocasional y sus ensoñaciones volaban buscando varones irreales para seducirlos y tirar con ellos delante de los ojos castos oníricos de las mujeres locales que despertaban de la pesadilla en su lecho real preguntándose si sería verdad; entonces, asomadas a las ventanas miraban la realidad de otros hombres con otras mujeres pecaminosas diferentes de aquellas de sus malos sueños, durmiendo acodadas en una mesa en compañía de un desconocido.

Las tres señoritas encontraron sueños perdidos deambulando por sus casas en horas inciertas y los atomizaron con agua bendita cuando eran desconocidos o los orientaron con soplos de oración si eran castos y del poblado. Los más corrompidos fueron reservados en damajuanas como prueba para los juicios divinos cuando pertenecían a cualquier feligrés. Sueños de don Fructuoso, su mujer o de sus allegados no encontraron ni uno, tal vez porque no durmieron en los ocho días o porque era tan grande la antipatía hacia ellas y el sacerdote que ni en la inconciencia rondaban por sus cercanías.

Los rumores de la feria acabaron y el pueblo quedó en un silencio extraño sin relinchos de caballos, mugir de reses, balar de ovejas, gruñir de cerdos, cantar de gallos; sin música llanera que no dejaba dormir, sin vulgaridades de ebrios, jugadores, forasteros, mujerzuelas. El silencio se materializó en el aire, quieto, tangible. Ellas, con su previsión de santas, recogieron grandes cantidades en recipientes enormes de cristal para cuando se ofreciera y años después lo utilizaron. Las personas de toda laya sufrieron dolores de cabeza a causa del silencio excesivo, el olor de estiércol y excrementos de borrachos, pero transcurrían los días y el Santísimo Padre Querubín (la silente Sibilina así lo designaba desde su vigilia de sueños insomnes) no recuperaba sus facultades dominantes de la naturaleza y sus fenómenos. Sin poder precisarlo con exactitud, cuando se marcharon las mujeres ocultas por los llaneros en la hacienda del patrón, el padre recuperó la sonrisa, su aura y sus capacidades sobrenaturales.

Desde el instante en que recuperó sus capacidades empezó a castigar a los transgresores “que hicieron caso omiso de las recomendaciones de la Madre Iglesia y la amenaza de anatema anunciada para dichas personas... dos días después de iniciada la mal recordada feria, que burlaron la vigilancia de sus castas novias y esposas para lanzarse al torbellino inmoral y deshonesto con los forasteros y esas indias corrompidas que mi Dios confunda en lo más profundo de los infiernos”: Todos los primogénitos de Quente del Santísimo Sacramento cayeron heridos a cama por una extraña enfermedad que no pudieron curar con ninguna de las medicinas naturales dominadas a la perfección por los ancianos.

Los pobladores lloraron por sus culpas, pidieron perdón en el sacramento de la penitencia y en coro clamaron a Dios por el perdón para sus pecados y maldijeron a don Fructuoso y a las vagabundas que trajo para las ferias y a sus mujer que puso un toldo de fritanga en la esquina de la casa cural y a sus compadres y a los llaneros que ocasionan tantos daños en las propiedades de las personas principales. Y pidieron por el perdón para los creyentes que no desafiaban las iras del enviado divino y porque “la ira de Tu enviado no aumente cada día”, y oraron por Barrabás devorado en vida en la gallera y por nuestros hijos del alma “ que se mueren picados de ponzoña extraña cuando su única culpa es ser los mayores de sus hermanos”. El terror pintó de miedo los rostros cuando nacieron terneros con dos cabezas.

Las beatíficas damas suspendieron temporalmente sus tejidos y sesiones de rezos y chismes y aprovecharon la oportunidad para pasearse orgullosamente por las calles y ofrecerse de intermediarias ante el hombre de Dios y conseguir la curación del infante postrado en el lecho con fiebre alta ocasionada por las pústulas que cubrían su trasero y que obligaba al enfermo a permanecer boca abajo a todas horas pero ninguno curaba. El párroco no aceptaba intermediarios y pasados tres días los enfermos adquirieron un tono violáceo que variaba con la temperatura corporal y una tos con humo verde oloroso a azufre que impregnó las viviendas y flotó en los calores agobiantes como maldición infernal; decía el cura que eran indicios del averno que salían por boca de los niños, víctimas propiciatorias para expiar las culpas de los progenitores.

En persona y acompañado por tres mozos de arriería, jinete en un hermoso caballo blanco y llevando una recua de diez mulas el cura recorrió la zona rural del municipio y las casas del sector urbano cobrando inexorable los diezmos y primicias de la Iglesia de Dios, extendiendo recibos y aceptando letras de cambio cuando el visitado no tenía en el momento con qué pagar, dejando en la inopia bastantes familias campesinas mientras les repetía: “de que les sirve ganar todo el mundo si pierden el alma”, y concedió plazos con altos intereses. Las señoritas le cedieron dos potreros para meter los animales del tesoro de Nuestro Amo Santísimo que representaban la deuda acumulada durante años. Y se acercaba la fecha del primer aniversario.

El territorio de su parroquia quedó repartido en sectores para el rezo de la novena de aguinaldos pero no incluyó el barrio de su enemigo quien desapareció casi un año. Dizque estaba en una guerra civil, matando godos sin consideración y no estuvo presente cuando el nacimiento de Venancio, el segundo, nacido sietemesino para adelantarse a sus medio hermanos que llegaron al mundo en los otros cinco pueblos después de una gestación normal pero a intervalos de días. Tampoco se entero de la mortandad de sus animales primogénitos en los seis pueblos y que fallecieron de repente en el mismo instante de la curación de los primogénitos humanos de sus viruelas sanguinolentas, sus fiebres de horno y sus toses azufradas.

José María Querubín viajó con los arrieros y una apreciable cantidad de animales recogidos como ofrenda por caminos de niebla y precipicios eternos con rumbo desconocido, parecía que fueran en pos de una nueva arca de Noé por la variedad de animales, con rumbo que sólo él conocía. Sibilina los acompañó como un sueño de la guarda y atestiguó negociaciones, constató las ventas y fisgoneó sin querer los documentos que se firmaron en cada uno de los sitios sin entenderlos, supo de las nuevas campanas que llegarían de Alemania y del reloj para la torre de la iglesia donado por don Matías Torres, escuchó los agradecimientos que daba el clérigo al señor Arzobispo por haberlo destinado a Quente y se perdió por las calles de la capital.

La novena de aguinaldos tuvo todos los ingredientes para convertirse en éxito: los pesebres, los villancicos, los cantos del llano, los primogénitos restablecidos, Dios Santísimo vengado. Sin embargo, la tristeza rondaba cada una de las noches, los cánticos no sonaron igual que en épocas pretéritas ni la música de los conjuntos llaneros y eso que el sacerdote había traído desde muy lejos un armonio nuevo, para que Ambrosía León acompañara con sus notas las voces de su congregación.

Los animales primogénitos fueron enterrados, para evitar el olor de mortecina, pero cada uno sentía el hedor en el pensamiento y los sueños de modorra salían con la nariz tapada hablando con voz susurrante como en una confabulación mientras el prelado los observaba desde la ventana con anteojos oscuros para no asustarlos y vio, al mismo tiempo sueños de perros acobardados con la cola entre las piernas. El hombre santo se preocupó a causa de la inmensa tristeza que embargaba a sus fieles y, durante el sermón de navidad, adelantó la noticia de la llegada de las campanas nuevas, les contó del reloj suizo, les presentó al músico recién llegado y los invitó en tono paternal a formar los coros parroquiales par acompañar la misa mayor de los domingos. La gente asentía con la cabeza pero no cambiaba la expresión. En alguna manera, con la excepción de las familias notables, sentían la ruina después del pago de los tributos eclesiásticos y añoraron, para arrepentirse de inmediato, a los ocho soldados llaneros que habían marchado con el patrón rumbo a la guerra; en su reemplazo dejaron diez llaneros imberbes que no se metían en líos con nadie y manejaban las tierras y ganados.

El sacerdote sufría porque nadie acataba la orden telepática de estar contento por amor a Dios. Llegó el aniversario de su llegada y con su orgullo herido, en forma involuntaria como se lo repitió infinidad de veces para justificarse, hizo llover sapos; de pronto interrumpió para continuar con serpientes. “La lluvia sonaba como cuando los bebés están purgados y los truenos sonaban igual que peditos de inocentes”. Escuchamos la cacería permanente de las serpientes a los batracios; se atragantaron comiendo y amanecieron echadas por todas partes, roncando, con las barrigas llenas... parecían preñadas; entonces llegaron las aves de rapiña que se hartaron con carne de reptil y pusieron huevos de yema negra. Ananias recordó a su compadre del alma y mascullo su ira causada por los diezmos del cura cobrador.

Las tres ancianas transmitían mensajes de amor y comprensión o presentaban pruebas irrefutables de culpabilidad durante los juicios de religiosidad que tuvieron lugar durante la Semana mayor; apartaban a la víctima culpable de sus vecinos y allegados y de acuerdo con el pecado era castigada con enfermedades en carne propia o en la de un ser querido; algunos animales pasaban al tesoro parroquial en calidad de multa. Otros enmudecían durante el tiempo que decretaba el Tribunal de la Fe y aparecieron en las frentes cruces de expiación de acuerdo con el desliz; la mayoría eran rojas.

Al poblado llegaban noticias aisladas de un enfrentamiento entre patriotas de nuestra nación –decía en sus sermones- pero un ejercito es bueno y defiende la religión verdadera, la moral y las buenas costumbres; en cambio los otros - aquí hacía una pausa para tomar aire y vociferar- son unos mal patriotas, como alguien que todos conocemos, enemigos de Dios, su doctrina y sus representantes...”. En el fondo de numerosos corazones se prendía una llamita de esperanza, que no escapaba en las horas de sopor, y ardía por el pronto regreso de don fructuoso, mientras, otros quemaban veladores ante los altares de los santos para que jamás retornara. Los informes fragmentarios llegaron anunciando que el ejército del gobierno legítimo y conservador había triunfado. Los godos de Quente y sus alrededores y sus peones y asalariados celebraron el final feliz (para ellos) con Te deum de agradecimiento al Señor de los Ejércitos. Pasados veinte días el suelo trepidó golpeado por el trote de caballos y el aire vibro con los cantos de borrachos y alegrías de regreso. El patrón cabalgaba sobre un hermoso azabache enjaezado con silla española, estribos metálicos, botas militares con espuelas, sable al cinto y un vestido impresionante de adalid que le quedaba ajustado a su formidable humanidad. Sus hombres montaban en pelo, mugrientos de sangre, polvo y sudor, borrachos de aguardiente y gritando maldiciones contra los godos. Clotilde salió cariñosa a recibirlo pero no lo abrazó; le alcanzó un envoltorio que resultó ser un bebé y le dijo.”Es Venancio”, el contestó “Que bien” , la encaramó en las ancas del corcel y lo espueleó rumbo a la casa acompañado por el coro de sus soldados llaneros que exclamaban: ¡Viva el partido liberal!

Los diezmos que amortizaron con dolor y directamente los quentenses los pagó don fructuoso con perdidas inexplicables, primero murieron sus animales primogénitos, luego el moco negro acabó con sus gallos de riña, sus caballos finos cogieron una tembladera que los estremecía lenta al principio y se aceleraba hasta descoyuntarlos y dejarlos desarticulados en el suelo que parecían un saco de cuero lleno de huesos, sus cosechas se perdieron en un diez por cien a causa del gorgojo o los gusanos, sus animales vivos semejaban mazorcas por la cantidad de nuches y sus mujeres e hijos estaban en los puros huesos. Esto ocurrió en el transcurrir de los casi doce meses que permaneció peleando en la guerra civil contra los conservadores del gobierno legítimo. A su regreso de la contienda el rey de los gallinazos entró, de pronto, en una honda melancolía, se paró en lo más alto de la cruz de la torre del templo como un mal presagio y lloró lágrimas de cobre que cayeron desde su altura al atrio donde rebotaban con notas musicales lúgubres, los niños que curioseaban las recogieron para elaborar camándulas; así permaneció diez días y llegaron los buitres de su bandada, lo levantaron con el viento de sus aletazos y lo elevaron hasta una nube gris, desde allí descendió planeando, observando por vez postrera la sabana que lo vio nacer, bajó en una espiral muy lenta hasta un nido desconocido e inaccesible para dejar la existencia en medio de suspiros metálicos, ahí se encontraba el polluelo que lo reemplazó durante los años que pasaron mientras los dieciséis partos de Clotilde, hasta el nacimiento de Benjamín Tercero Huérfano; entonces se marchó después de ella, derramando lágrimas diamantinas sobre su tumba.

Durante su ausencia sus vacas y las de su compadre del alma parieron terneros de dos cabezas y un sector lo culpo del fenómeno, de las enfermedades que jamás conocieron antes y de las calamidades sufridas por la comunidad. Por la feria, su participación en la guerra, sus ataques arteros contra los bienes terrenales de las santas personas. Lo inculpaban ellas y reconvenían a los pobladores por no agredirlo. Durante las hostilidades bélicas nacieron Venancio de Concepción Chuza en San Antonio de los mechudos, quien a los dieciocho años marcharía detrás de una de las bandidas que llegaban a las ferias; Venancio de Encarnación Mora que diez años después regaría el cuento de las campanas que guardaba su madre en el patio y utilizaba de materas; en Santa Úrsula de los Perdidos Venancio de María del Carmen; Venancio de Engracia Reina en Fiquiteva y Venancio de Mercedes Fuquen, ella sería, después de Clotilde, la esposa que daría más hijos a Fructuoso.

Empezó el transcurrir sin tiempo de los sueños de siesta que ya no eran espontáneos y se perdían con facilidad en los calores de las doce. Algún día, durante la siesta, llegaron las campanas y los sueños no retornaron a los durmientes sino que corrieron a esconderse; el cura les dijo que el reloj demoraba más tiempo en llegar porque traerlo era más complicado a causa de los caminos que rodeaban los precipicios de espanto, y los arrieros debían andar con mayor tiento con sus recuas, los puentes de miedo y esas nieblas perpetuas que marean el cerebro y ese sacerdote que se aparece, de repente, a los viajeros. Las beatas organizaron grupos de oración y comisiones de ornato y embellecimiento para decorar la Casa del Señor y celebrar misas solemnes de alegría por la llegada de las campanas nuevas. Aminta les decía “vengan les enseñamos la misa en latín y cantos a la virgen”, eso si, para que vaya uno a decir los contrario, las cosechas se dieron óptimas y los animales se reprodujeron en abundancia, como una bendición del cielo. De inmediato los Villalba, menos mi compadre, los Sabogal, los León, que son unos levantados, Los Reina, que no son de los mismos de mi mujer Engracia, una de mis mozas como dicen ellos, los Torres de la familia de don Matías el donador del reloj, los Morenos, los Guevara, los Baquero que tampoco son nada de María del Carmen y los Mora que no son parientes de mi amor Encarnación. Para ya recogieron los frutos vegetales y conocieron los animales, hicieron aspavientos de pagar los impuestos al prelado porque “hay que dar a Dios lo que es de Dios y al cura lo que es del cura”... Las familias menos pudientes aumentaron sus deudas, los arrendatarios de las parcelas se endeudaron a perpetuidad y los indios indefensos pasaron a ser propiedad de las personas importantes como jornaleros de Dios y les repetían: “¿De que les sirve ganar todo el mundo si pierden el alma?” y ellos con la cabeza gacha pensaban que los ricos ya tenían el alma en poder de Satán y se santiguaban temerosos. Esta vez fueron las gallinas de sus mujeres las pagadoras inocentes de los tributos; enfermaron de peste boba que iniciaba con un embotamiento que las hacía parecer borrachas hasta caer en un sopor tontarrón hasta que la muerte les dejaba una sonrisa imbécil en el pico, en contra partida el perrito pequinés del vicario, que trajo de su viaje secreto, apareció castrado limpiamente y las bolitas amarradas del aldabón de la casa cural.

En los meses que siguieron por cada afrenta contra las propiedades de don Frutos ocurría uno en contra de los bienes de la Iglesia de Dios o de las santonas. Las vacas del liberal ateo y descreído se deshidrataron por causa de la diarrea y amanecieron desflorados los miles de árboles frutales de las viejas, que soñaban con esa cosecha para embolsarse una enorme cantidad de dinero, y ahorcado y crucificado el gato persa azul de Aminta en la cruz de su portón. Le degollaron el caballo azabache al patrón, ese que llevó a la guerra pero el blanco del sacerdote amaneció entre una zanja cubierto de miel y de hormigas carniceras.

En el nuevo aniversario de la llegada llovió serrín. Las campanas nuevas tenían cualidades especiales y repicaban según la melodía de los sentimientos de Querubín y lo que deseaba transmitir a sus fieles ovejas, porque le entró la fiebre pastoral y repetía que él era un pastor y nosotros su rebaño y “orad hermanos por las ovejas descarriadas” y todos sabíamos cuales eran pero, por si acaso los entendimientos duros de algunos no alcanzaban a captar el mensaje las señoritas se encargaban de explicárselo en la calle: “Fíjense que el padre es un santo varón que perdona las ofensas y nosotros nunca lograremos en esta vida a darle gracias al Altísimo por el don de su sabiduría, miren que hasta hace milagros, es un Santo Padre”, y todos: “Si, señoritas”, porque temíamos la fiscalización de sueños y el juicio del Tribunal Inquisitorial, como lo bautizó alguien, los Autos de Fe del mismo, las penitencias con vergüenza pública y el temor por otros tres días de oscuridad.

Transcurrida la noche con lluvia de hojas secas de uno de tantos aniversarios, aparecieron, espantando sueños de humanos y animales las Hermanas de la Pasión de Nuestra Señora, deslizándose sobre el suelo polvoriento de Quente y sonriendo al perrito tuerto tan simpático que meneaba la cola saludándolas con alegría; ellas presintieron la presencia de alguien que las acompañó durante todo el recorrido como Ángel de la guarda y que iba con ellas en este instante “Gracias señor por enviarnos a tu Ángel guardián”

Venancio Huérfano corría inquieto por los corredores de la casa paterna mientras sus hermanos, que no eran hijos de su mamá, jugaban con barro cerca de la porqueriza; de pronto, entró al cuarto donde estaba su padre y le dijo: “llegaron unas viejas lo más de raras”. El hombrazo no le hizo caso, se arrunchó contra su mujer y continuó durmiendo hasta que los mosquitos de sonido, que no habían vuelto a sonar desde que sus llaneros robaron las campanas, saturaron el aire reclamando a la gente su presencia en la plaza donde vieron las puertas del templo abiertas, invitándolos a entrar; el presbítero estaba engalanado con la casulla de los días festivos y un gesto triunfal de Arcángel anunciador, vieron a las señoritas en sus reclinatorios exclusivos y a las familias notables, descendientes directas de los españoles que nos trajeron la lengua y la verdadera religión instaladas en sus sitiales jerárquicos, todos deslumbrados por el brillo de las aureolas esplendorosas que portaban el cura, Aminta, Ambrosia y Anastasia.

La aureola del sacerdote parecía un espectáculo de juegos pirotécnicos en miniatura por las chispitas saltarinas y alegres y los cambios de colores, les dijo: “Hermanos míos en Nuestro Señor Jesucristo, sois muy afortunados, (todos se rieron extrañados), la religión llega a vosotros con mayores dones...” ; aquí, pensamos muchos, nos jodimos, más impuestos para la Madre Iglesia, pero no, lo que iba a decirnos era que en el pueblo estaban las religiosas de la Pasión de Nuestra Señora para ayudarle en su labor evangelizadora y no alcanzó a pronunciarlo porque lo interrumpió el ruido del tropel de mil demonios que venía de la plaza. El alboroto era provocado por los chiflidos de los vaqueros, el mugir de las reses en remolino de estampido y el ladrido de todos los malditos perros de Quente que se contaban por centenares debido al amor de todos por estos animalitos; los fieles salieron al atrio y estaba lleno de vacunos, vieron al patrón con sus llaneros imberbes al otro lado de la plaza prendiendo fuego a las mechas de cohetes festivos que se elevaban en el cielo transparente y estallaban en los aires aumentando el miedo de la manada. Los que pudieron escaparon por la sacristía, otros subieron por la escalera del campanario, muchos se encaramaron sobre las bancas y hubo pisoteados, acorneados y magullados. Don Fructuoso diría tiempo después: “Ese día si fue el mierdero, jajaja...”.

No pudimos conocer a las monjitas el día señalado por el eclesiástico. Las beatas perdieron sus aureolas doradas, las familias ricas el arreglo y la compostura de sus trajes domingueros y el resto de los feligreses sombreros, pañoletas, misales y otras cosas; José María flotó sobre el ganado tratando de sacarlo de la casa de Dios, su sonrisa se tornó vengadora y su aura se aquietó en el tono violeta de la ira. Alguien escuchó que dijo con mucha rabia “Ese don Fructuoso es un hijo de la gran puta”.

Hubo pólvora festiva en las cuatro esquinas del parque y llaneros felices. Los animales defecaron del susto y casi hay mayor cantidad de plastas que cuando la feria. El patrón reía con carcajadas de satisfacción tan sinceras que Casimiro llegó a pensar que esa si era la risa de un santo varón. Sibilina derramó lágrimas silentes por el maltrato que infligía el impío a las personas ejemplares y pedía a Dios “un castigo terrible contra ese diablo en persona humana y...”, para su sorpresa personal, la de las señoritas en especial, la del pueblo en general y la del patrón en particular el párroco dio la orden de asear la plaza y el templo, sembrar plantas nuevas y elevar una plegaria por todo el rebaño de ovejas descarriadas; el domingo, por fin, presentó a las religiosas en la misa cantada de las doce sin la solemnidad que había deseado.

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