MATSUALÍ
“La que ve lo que aún no ocurre”
Capítulo 1: Océano trémulo
El mar no tenía nombre porque ningún hombre lo había nombrado aún. Era solo una inmensidad salada que lamía costas deshabitadas, un océano oscuro que respiraba con lentitud de bestia primordial.
El negro cielo tenía estrellas en los lugares incorrectos, lugares que el ser humano conocería miles de años después y que usaría para surcar el mundo.
Pero no el mundo de ahora, primigenio y salvaje. Este mundo es un mundo de nómadas, un mundo de esclavos, un mundo de magia, un mundo que no conoce la ciencia, que prueba alternativas, que experimenta la vida o la muerte al amparo de sus dioses. Un mundo donde cada experiencia es un desafío a los dioses, donde esperan que sus muertos corrijan los errores y donde los sueños traen las soluciones, como epifanías inducidas por rostros perdidos más allá de la vida.
La más grande experiencia es ahora un gran bote de madera negra, construido por el gran pueblo de las costas ardientes, muy lejos de este lugar inhóspito, el gran bote que ahora surca mares desconocidos no muy lejos de esta costa desierta, arcana.
Los hombres que guían el gran bote corren desesperados de un lado a otro gritando en un idioma que simula al viento, sus ojos expertos han visto el horizonte y el horizonte los ha condenado a muerte.
Esa noche la negra y acuosa bestia se agita inconmensurable y terrible. Un viento del sur, caliente y seco, cayó contra las aguas como una mano invisible, y el oleaje creció hasta volverse montañas líquidas. En el negro cielo desaparecen las estrellas y surcan por entre las nubes los demonios de luz enemigos de los hombres de mar. El mundo se fragmentó en mil pedazos de madera y espuma salada. El gran bote tiene grabado a un costado un nombre en una lengua olvidada por el tiempo, en nuestra nueva lengua se traduciría como: "Océano Trémulo", un mal nombre para un barco ahora. Y también lo fue para ese gran bote, la nave fue levantada y estrellada contra arrecifes que aún no aparecían en ninguna carta pues estas aun no existían, ese navío que desafiaba las rutas conocidas sucumbió ante una tormenta aparecida de repente, tan salvaje y primigenia como el mundo mismo.
Los esclavos iban encadenados en la bodega. Hombres, mujeres, niños, arrancados todos de sus tierras para ser vendidos en mercados que nunca alcanzarían.
Cuando el casco se partió, el agua helada entró rugiendo, y en la oscuridad los eslabones de hierro eran una condena de muerte.
Todos se hundían. Todos menos una.
En medio del caos, una niña de unos doce años observaba todo sin gritar, sus ojos brillaban en la negrura con una lucidez totalmente ajena a su edad. Mientras los adultos sucumbían al pánico, su cerebro —dotado de una prodigiosa inteligencia— procesaba la escena como si transcurriera en cámara lenta, observaba todo, calculaba todo. Vió un destello de metal en el suelo y encontró en el fondo la llave que había caído del capataz al primer impacto. Sus dedos delgados, guiados por una precisión y calma sobrehumana, giraron la llave en los cerrojos con la calma de quien resuelve un acertijo en lugar de luchar por su vida. Uno a uno fue liberando brazos y piernas.
Con gestos breves, tajantes, indicó la vía de escape hacia el costado roto. No hablaba su idioma, pero su autoridad era tan magnética que la obedecieron sin comprender. Calculó la trayectoria de los restos del naufragio, la fuerza de la corriente y la resistencia de sus propios pulmones.
Cuando la ola final hizo pedazos la nave, ella fue la última en saltar al agua. Con una precisión geométrica, se aferró a un tablón de cedro justo en el ángulo necesario para que la marea la expulsara hacia la costa de una tierra antigua y desconocida. La pálida luna se asomó entre nubes rotas y la vio nadar hacia la orilla, arrastrando a un niño pequeño con un brazo mientras con el otro señalaba la playa como si ya hubiera estado allí antes.
En la arena amanecieron treinta y dos supervivientes. Ella estaba de pie entre ellos, empapada, descalza, observando el desierto que se extendía más allá de las dunas como un océano de otro color. No lloró. No gritó. Solo aspiró el aire seco y dijo, en su lengua, una palabra que ninguno entendió pero que todos sintieron como un designio:
— Vivos!
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(Fin del Capítulo I)
Banda sonora Océano Trémulo
Siguiente Capítulo:
Capítulo II : Matsualí
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