MATSUALÍ
“La que ve lo que aún no ocurre”
Capítulo 2: Matsualí
La arena era roja y el sol un ojo de fuego. Los 32 sobrevivientes que llegaron a la orilla estaban rotos, física y espiritualmente.
Se encontraban en un valle flanqueado por dunas infinitas, un lugar donde el tiempo parecía haberse detenido. La pequeña Matsualí, sacudiendo el salitre de su túnica, caminó hacia el interior, alejándose de la costa haciendo señas para que la sigan. Los primeros que fueron tras ella fueron los que la vieron soltar los cerrojos de sus manos y piernas en medio del caos del naufragio. Aquella calma sobrenatural que parecía emanar de ella hasta en un momento intenso como ese, era un imán para aquella gente que buscaba un rastro de esperanza después de librarse de la muerte.
Varios hombres hicieron grupo ignorándola, eran hombres rudos acostumbrados a mandar, capturados en alguna escaramuza y que habían quedado como esclavos después de la derrota. Miraban el lugar inhóspito y abrasador tratando de tomar una desición de hacia donde ir. Algunos señalaron hacia el pequeño grupo que se alejaba con Matsualí a la cabeza, los lideres sonrieron diciendo que eran menos bocas de las que preocuparse. Varios hombres y mujeres decidieron seguir al grupo de la niña tras escuchar las discusiones sin sentido de los hombres que comenzar a pelear a gritos entre ellos. Al menos la niña parecía saber donde ir.
Mientras el grupo que iba tras Matsualí crecía, se dieron cuenta que tras esa frágil figura los ojos de Matsulí nunca estaban quietos mirando mil cosas a la vez. La veían detenerse por momentos mirándo el entorno unos minutos hasta seguir luego segura por donde iba.
Donde otros veían muerte, ella veía patrones. Identificó el rastro de humedad bajo las piedras y la inclinación de las palmeras para encontrar un manantial oculto. Sin decir una palabra, comenzó a organizar a los náufragos. Su liderazgo no nació de la fuerza, sino de la evidencia: ella era la única que sabía cómo leer el lenguaje silencioso del desierto y todos parecían darse cuenta de ello.
Aquellos que dudaban aun y la menospreciaban por su pequeña figura frágil de niña, se rendían ante una evidencia incontestable: La niña siempre tenía razón en cada dirección que tomaba. Se dispersaron alrededor del manantial bebiendo el agua con una sed ansiosa. Matsualí se retiró a un lado apartándose del grupo y arrancando parte de la vegetación que crecia a la orilla del manantial. Se sentó sola mientras sus manos doblaban y entrelazaban las hojas y ramas que había arrancado. De los 32 naufragos 21 estaban con ella, casi todos mujeres y niños, solo algunos hombres habían decidido seguirla y eran hombres que habían ido tras las mujeres, no por la niña.
Mientras sus manos trabajaban con las hojas y ramas su mente divagaba de recuerdos
Ella que no olvidaba nunca nada no podía recordar el origen de su nombre. Cuando los mercaderes la capturaron, se lo quitaron junto con su ropa, sus dioses, su infancia, el trauma de la captura y las toruturas a la que la sometieron para romper su voluntad bloqueron parte de su mente. Pero ella lo reconstruyó un poco con fragmentos de lenguas antiguas que había aprendido escuchando a los eruditos en los puertos. Matsualí: “la que ve lo que aún no ocurre”.
Recordó que solía sentarse por horas escuchandolos hablar y debatir entre ellos, dicerniendo entre cada opinión. Ninguno la tomaba en cuenta, solo era una niña sentada cerca, con expresion neutra. Demasiado pequeña para entender sus doctos debates. Matsualí escuchaba y separaba el grano de la arena en cada palabra, en cada reflexión. Su visión del mundo crecía dentro de ella, como una semilla que aun no germina. Hacía lo mismo con los mercaderes del puerto. Los veía trabajar y discutir entre ellos sobre cada aspecto del mar y de la tierra. Su cerebro guardaba cada palabra sin olvidar nada.
Deambulaba puertos y sembradíos, siempre curiosa, siempre silenciosa hasta que la pregunta exacta salía de su boca y provocaba en los adultos la gracia de una niña interesada en cosas que no entendía y recibía explicaciones superficiales que su ingenio interno enlazaba con razonamientos anteriores resolviendo problemas cotidianos que se quedaban para ella. Alguna vez ofreció soluciones que jamás fueron tomadas en cuenta. Ese mundo primitivo le tenía negado entrar en él.
Su curiosidad fue su perdición. Una tarde cerca del puerto, mientras escuchaba la discución de dos mercaderes sobre el peso y el valor de la mercancía, la raptaron dos esclavistas que la veían pasear sola por el lugar.
Esa noche y todas las noches, en su hogar quedó un lugar vacío. Sus padres nunca supieron qué pasó con ella. La buscaron por todo el valle y el puerto sin encontrar una respuesta a sus preguntas, parecía que Matsualí se había evaporado en el aire.
Solo un año después su pequeño y pacífico pueblo fue arrasado por un pueblo invasor que destruyó todo a su paso, esclavizando a su gente y robando todo lo poco de valor que pudieron encontrar. Matsualí era ya otra mucho mas allá del horizonte, en un lugar inhóspito, tras un mar eterno, a una vida de distancia de su pueblo desaparecido.
Tenía doce años. Su inteligencia, si pudiera medirse con números que no existían en ese tiempo, alcanzaría una cifra que los siglos venideros medirían con asombro, la llamarían niña prodigio y tendrían un camino para ella. Pero en aquella tierra salvaje, lo que sus compañeros veían era otra cosa: una niña que observaba el vuelo de las aves y anunciaba la llegada de agua dulce tres días antes de que la encontraran; una niña que calculaba la posición de las estrellas y trazaba en la arena mapas de valles que nunca había pisado.
Ellos la llamaban Sahira—la que sabe—, pero ella insistía en su nombre verdadero “Matsualí”, que pronunciaban mal hasta que ella lo repetía una y otra vez con una paciencia infinita, como si educar a aquella gente ruda fuera también parte de su designio. Aprendieron a pronunciar su nombre y mezclar su lenguaje con el de ellos, y aprendieron a pronunciar Matsualí: "La que ve lo que aun no ocurre".
Matsualí se levantó del lugar apartado donde estaba, se acercó otra vez al grupo que había ido con ella y se paró en la orilla del manantial, mientras les hablaba en su incomprensible lenguaje vieron en su mano una especie de vasija hecha con ramas y hojas. Matsualí metió el recipiente en el agua y lo sacó sin que el agua se derramara. Las mujeres se acercaron a ella y entre ademanes le pidieron que les enseñara ha tejer el recipiente. Matsualí las guió por el manantial y recogieron las hojas y ramas adecuadas, los hombres se sumaron a ellas y pronto tuvieron el material suficiente. Un par de horas despues reiniciaron la marcha todos con una cantimplora sujeta entre las manos. Fue lo primero que aprendieron de la niña. Y bajo el sol abrasador del valle fue la mejor lección que pudieron recibir.
Para Matsualí su percepción del mundo era un don y una condena. Mientras los demás veían el presente como un golpe seco, ella lo vivía en cámara lenta: veía la contracción de un músculo antes de un golpe, la vibración en la arena que anunciaba una grieta, la trayectoria exacta de cada grano de polvo levantado por el viento. A veces esa claridad era insoportable, porque también veía la muerte acechando en los rostros de los más débiles, y sabía que no podría salvarlos a todos.
Pero nunca dejó de intentarlo.
En las noches, mientras el grupo dormía acurrucado contra el frío del desierto, ella trazaba mapas estelares en su mente y descifraba el lenguaje del viento. En su interior, una certeza germinaba: aquel lugar inhóspito, aquel valle que apenas se atrevían a explorar, estaba destinado a ser algo más. Ella no sabía qué, pero sabía que ella era parte de ese destino.
Y que lo cambiaría para siempre.
Matsualí aprendió a no ser una líder fría; su mente prodigiosa estaba al servicio de una empatía sobrenatural.
Para los náufragos del "Océano Trémulo" que la siguieron, ella era su brújula moral. Usaba su mente para organizar la supervivencia de forma que nadie se sintiera inútil: al fuerte le enseñó palancas, al afligido le dio propósito catalogando semillas.
Poco a poco nació un lenguaje mixto construido entre todos esos lenguajes que traían los náufragos a sus espaldas, y en cortas charlas entre descansos de la dura caminata, Matsualí construyó un lenguaje que poco a poco entendían todos. Su prodigoso cerebro nunca había sido puesto tan a prueba, aquellos cortos momentos de evocar palabras de un mismo significado en distintas lenguas para condensarlas en una única que resuene para todos fue el culmen de su habilidad. Nada de lo que había experimentado hasta ahora en su corta vida había sido tan dificil para ella como hallar la forma de comunicarse entre todos con unas únicas palabras. Cálculos, medidas, rutas, señales, todo eso era solo un juego de niños ante este reto que tomaba con fervor. Mientras caminaba pensaba concentrada al triple, no solo en el camino y las señales, sino también en las palabras. Gritaba una palabra señalando un objeto común del lugar y todos la repetían como un mantra. Poco a poco, mientras los días y noches transcurrian en su constante peregrinación hacia el centro del valle, el lenguaje se impregnaba en el cerebro de todos. Era fácil solo dedicarse a ello sin otra preocupación en mente. Matsualí parecía saber donde estaban los árboles frutales salvajes que crecían por el camino, cuando parecía que cambiaban de rumbo era porque por allí encontrarían algo de comer y de beber. Matsualí era a sus ojos una bendición, los pocos hombres en el grupo empezaron a adorarla con devoción caminando tras ella cuidando sus pasos cuando parecía distraída. Las mujeres y los niños separaban las mejores frutas o los mejores dátiles para dárselos a ella antes de comer. Matsualí solía sonreir y darles una nueva palabra para su estrenado vocabulario.
Poco a poco el lenguaje común del grupo se hizo mas fluido y en apenas unas semanas parecían ya poder comunicarse entre todos casi sin problemas. Las noches de fuego y tertulia las aprovechaban para hablar de ellos mismos. Aprendiendo a conocerce todos como una inmensa familia que luchaba por sobrevivir.
Matsualí recordaba el nombre y el dolor que contaba cada uno junto al fuego en las frias noches del valle. Los náufragos fueron su primera familia elegida, y su devoción fue el escudo que permitió que la niña creciera hasta convertirse en reina, un título que vendría con el tiempo y con pruebas que no dejarían duda de su designio.
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(Fin del Capítulo II)
Banda sonora Matsualí
Siguiente Capítulo:
Capítulo III : Tormenta de arena
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