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MATSUALÍ

“La que ve lo que aún no ocurre”

Capítulo 9: Bodas de arena y agua

Durante cinco años Matsualí puso en práctica todas las enseñanzas sobre el agua y la tierra que Nilo había inculcado en ella y que ella había ampliado y mejorado con razonamiento y visión. Aquel asentamiento de náufragos que luego fue aldea de esperanza y pueblo de hermandad. Ahora era una pujante ciudad en medio del valle, una ciudad que cuidaba su entorno, que amaba al valle, al agua, al aire y a su biodiversidad.

Matsualí y los 30 náufragos eran el consejo del valle. Todos hablaban de aquel lugar como “El Valle”, o “El valle de la niña” cuando querían ser específicos. En esos años el idioma original que Matsualí había construido en semanas de trabajo intenso a su llegada al valle era ahora el idioma principal de toda la región. Era fácil aprenderlo y parecía tener una resonancia subconsciente con todo lo que los rodeaba. Cientos de clanes nómadas habían encontrado en ese lugar un hogar diferente, un hogar que era fácil de querer y respetar. 

Y muchas familias de los clanes de las tierras altas habían bajado a vivir al valle cuando fueron a recoger a sus heridos tras la guerra.

Matsualí había aprendido mucho de la experiencia de los sabios que habían ido a visitarla en el primer día de paz.Cinco años después eran un concejo paralelo al que administraba la ciudad. Era un consejo de conocimiento. Una máquina de pensar. Eran los encargados de encontrar preguntas sin respuesta para agudizar la mente de la ahora joven mujer. Tarea complicada pues Matsualí pensaba ahora mucho más rápido y más ágilmente.

Nilo había establecido un canal práctico para todos esos debates de inteligencia pura y como en ningún lugar habitado en ese ancestral mundo la gente recibía educación regular sin importar la edad. Le encantaba comparar ese fluir de conocimiento de Matsualí y los sabios con un río desbocado. Había que hacer presas y contenciones para hacer que ese fluir sirva para algo. Y lo consiguió, no había en toda la región gente más preparada para cualquier reto que la gente del valle.

Matsualí veía el esfuerzo de Nilo como un complemento a su mente a veces desbocada en preguntas. La irrigación del valle fue un esfuerzo compartido por todos los habitantes ante los planes propuestos por ella.
El agua fue un ejemplo de lo que podían hacer y cada vez había más retos que enfrentar.

El siguiente reto fue la ciudad y cómo distribuirla mejor a medida que crecía y Matsualí estableció un plan de crecimiento tridimensional. Había que ver no solo a los costados, sino también hacia arriba. 

Hacía apenas un año que el plan se estaba poniendo en marcha y el valle era una ciudad en construcción.

Matsualí caminaba por las calles siempre protegida por la pareja de leones y algunos de sus cachorros. Para los inmensos felinos ella era el alfa al que seguir. La gente la saludaba y hablaba con ella, nunca la vieron rechazar a alguien, o incomodarse con alguna pregunta. Tal vez se enfadaba si veía que los niños (especialmente las niñas) no asistían al centro de educación. Para ella eso era más que un crimen y así lo hacía saber.

Nilo también solía encontrarla en las afueras del valle, entre la selva salvaje que bordeaba el río. Siempre acompañado de sus halcones. 

Matsualí solía quedarse viéndolo fundirse con el agua y desaparecer en ella cuando pescaba. El agua y él eran uno solo cuando Nilo nadaba y el recuerdo de su primer encuentro volvía a su mente. 

 Al final de ese quinto año y cuando el sol caía para inicio a su sexto círculo Nilo se enfrentó a Matsualí al volver a la aldea.

– Espera un poco niña - le dijo Nilo tomándola del brazo. Los leones lo miraron  y gruñeron quedamente. Matsualí les hizo una señal y se sentaron sobre sus cuartos traseros cuando vieron a Matsualí detenerse.

– Sigues llamándome así a pesar de que ya soy toda una mujer - Le dijo mirándolo a los ojos

– No puedo evitarlo. Es una parte de mi que a pesar de mis intentos no he sabido hacer. -

– Pero dime amigo, por qué nos detenemos -

– Tu tampoco dices mi nombre solo me llamas “amigo” - le dijo Nilo a modo de reproche y venganza. - Bueno, pero no es de eso que quiero hablarte -

– ¿Entonces? - dijo Matsualí intrigada

Nilo silbó fuerte y agudo y se oyó el batir de las alas de los halcones en el aire, uno se posó en el hombro de Nilo y dejó caer una piedra transparente en sus manos.

– Quiero darte esta joya. Es un cristal impercedero que existe en un lugar tan al sur que el sol suele perderse o quedarse por meses. Es una tierra inhóspita y llena de misterios, pero al menos éste lo conozco, el lugar de las piedras transparentes -

Matsualí abrió los ojos asombrada ante las mensión de que hay un lugar donde el sol desaparece o se queda por meses, eso le planteaba muchas interesantes preguntas.

Nilo la miró sonriendo, como si puediera leer su mente.

– Creo que mejor te hubiera contado las historias y mis propias experiencias de esas tierras en lugar de buscar la piedra para traértela - Extendió la mano y le entregó la piedra en forma de una pequeña pirámide de 4 lados que reflejaba colores cuando el sol la atravesaba.

Matsualí se quedó inmovil con la pirámide en la mano y los colores brotando de ella

– Esto es lo mas hermoso que he visto. Pero porqué me lo das ahora.-

– Todos estos años he estado aquí ayudándote a cuidar de tu gente que ahora se ha vuelto la mia. El rio me llama a veces, pero ya no con la insistencia de un inicio. El dia que recordé el lugar de las piedras transparentes solo pensé en tí. En que talvés me regales una sonrisa por este pequeño regalo -

Matsualí lo miró aun sin comprender y también le sujetó del poderoso brazo 

– Gracias - le fijo

– Pero no es solo por darte un regalo - dijo Nilo más nervioso - quiero proponerte ser compañeros de vida. No solo amigos en un consejo de la ciudad.-

Matsualí lo miró con los ojos abiertos, sin poder creer lo que oía

– ¿Quieres unirte a mi Matsualí? - preguntó por fin Nilo sujetando la mano de Matsualí, que cerraba sus dedos sobre la pirámide de cristal.

Matsualí cerró los ojos un momento sintiendo la brisa del atardecer, recordando cada detalle de su vida junto a Nilo. Y supo que todo lo había conseguido con su guía y su paciencia. Que él era parte de si misma.

Abrió los ojos y miró a los ojos negro y profundos de Nilo.

– Si. Nilo, quiero unirme a ti -

Nilo la abrazó de pronto y la besó con ternura, Makut y Marakut se alzaron del suelo amenazantes, pero Matsualí les hizo una seña mientras correspondía al beso y se quedaron quietos.

No hubo sacerdotes ni templos. La unión se celebró al pie del río, en el mismo lugar donde se habían enfrentado por primera vez. Matsualí vistió una tela blanca tejida por las mujeres del asentamiento, y Nilo llevó en el pecho un collar de caracolas de cuando el mar aún lamía esas tierras.

El rito fue sencillo: ella le entregó un puñado de arena seca; él, ofreció en una vasija de arcilla con agua del río y limo fértil. Mezclaron todo en la vasija y la dejaron al sol para que se endureciera. “Así somos”, dijo Matsualí: “lo que era seco y lo que era líquido, formando algo nuevo que el tiempo curará.”

El barro resultante fue el primer ladrillo de su civilización. "Mi mente es tu cauce", dijo ella; "y mi fuerza es tu sustento", respondió él. Fue el matrimonio entre la Sabiduría y la Tierra.

En ese momento, la profecía de la soledad pareció romperse. 

Los suyos los rodearon en círculo, y uno a uno fueron contando historias de cómo los dos los habían salvado, enseñado, protegido. Hubo risas, hubo lágrimas. En la periferia de la celebración, a Matsualí le pareció ver una sombra azul y fuego observando en silencio: el Djinn era un ser que no olvidaba.

Un niño pequeño preguntó si de esa unión nacerían muchos guerreros, y Matsualí sonrió con una certeza que no compartió en voz alta. Porque ella ya sabía, con su don de ver lo que aún no ocurría, que su vientre llevaría no uno, sino cuatro vidas. Y que esas cuatro vidas gobernarían después de ella.

Al caer la noche, Nilo la tomó en brazos y la llevó al lecho que habían preparado junto al río. El agua cantaba en la oscuridad, y él le susurró:

—Nunca estarás sola. Yo soy el río, y el río no abandona su cauce.

Matsualí quiso creerle. Pero en el fondo de su mente, el augurio del Djin seguía ardiendo como una brasa apagada que nunca terminaba de extinguirse.

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(Fin del Capítulo IX)
Banda sonora Bodas de Arena y Agua

Siguiente capítulo:
Capítulo X : Destino

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