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“La mujer maravilla” me avisó, después de pasar por el retén, que el bus de don Uldarico estaba adelante, como a doscientos metros, o sea que  ya estaba a tiro de nada para alcanzarlo, arranqué como en estampida de reses de esas que veíamos en las películas de vaqueros y, como tres  cuadras adelante, oí el chirrido de los frenos cuando se meten de afán, el sonido de las llantas contra el pavimento y un ruido el hijuemadre de latas despedazadas. 

Cuando vi la volqueta pensé que la estrellada era contra ella, porque uno de chofer ya sabe cuando el ruido es de estrellón, así que me metí por un espacio que quedaba mientras me imaginaba el trancón tan madre que se iba a formar, mejor dicho uno de veterano de las carreteras sabe que después de un accidente se forma un nudo de carros el verraco porque todos tienen afán y se mandan en contravía y cuando menos se piensa nadie puede pasar y todos nos jodemos.

Bueno, mientras llegaban los policías de carretera no sé como metí el carro por el espacio que vi y salí al otro lado y seguí mi ruta porque llevaba pasajeros afanados y a mi gusta cumplir. Una hora más tarde, ya en el paradero en la capital del país, supe que Uldarico había quebrado a cinco muñecos y estaba metido en un problema de la puta madre; pobre güevón, eso le pasa por bruto para manejar. 

EL COMPADRE MATO CON EL BUS A CINCO…

Yo estaba en la casa tranquila, preparando el almuerzo para los cinco niños y mi persona. Mejor dicho para que me entiendan, para los dos niños y las tres niñas y no lo nombro a él porque el pobre de mi marido sale desde bien temprano a trabajar manejando ese bendito bus y no se sabe a qué horas saca un tiempito para  comer algo. Comienza el trajín a las cuatro y media o cinco de la mañana y regresa a las diez de la noche si es que no más tarde; a esa hora yo le ofrezco algo de comer y mientras le caliento él se sienta en la cama a desvestirse y cuando llego con el plato, con la comidita caliente, muchas veces ya está dormido profundamente, a medio desvestir; yo le echo una cobija por encima porque me da pesar despertarlo y antes de darme cuenta suena de nuevo el despertador  que lo deja sentado y comienza otro día de trabajo… en varias ocasiones sale sin alcanzar a probar bocado y así todos los días, hasta los domingos y festivos; bueno, cuando tiene que quedarse en la playa viene hasta la casa y ahí si come con tranquilidad lo que le doy, pero eso pasa una en trescientas, solamente lo vemos seguido en la casa cuando el bus esta en el taller, entonces, charla con los niños y juega con ellos y es muy cariñoso conmigo; hasta cuando llegan a llamarlo para que vaya a donde don Hermógenes, que es el dueño del cacharro, a rendirle cuentas y después se lo llevan a jugar tejo; pobre hombre, yo no le digo nada porque es la única distracción que tiene, y, para que voy a decir nada malo contra él, aquí en el hogar nada nos falta, bueno, digo yo nada de lo que se pueda comprar con el salario que mijo gana porque él es muy cumplido con el arriendo y con las cuotas de los electrodomésticos, porque eso sí, tenemos casi todos los aparatos, sacados a credito, claro, pero nunca nos dejamos colgar con las cuotas; hasta cuando el bus esta en el taller por varios días y el sin ganar ni cinco, se rebusca y me trae lo del diario, y yo sé que los amigos lo molestan diciéndole que lo tengo montado y no lo dejo salir, pero que va, es que él se amaña en la casa los pocos días que tiene libres y casi  no sale; casi siempre el que viene y lo acompaña es el compadre Carlos Villalba que lo quiere como a un hermano y, como él nunca tuvo hijos y la mujer lo abandono por eso, quiere a los hijos de nosotros como si fueran propios, y los chinitos le dicen tío y todos son ahijados  de algo: uno de bautismo; dos de confirmación; y el otro, de amor como él dice; a todos por la época navideña les trae regalos y a mijo Uldarico y a mí.

El compadre Carlos ha sido con nosotros como un padre, o mejor, como una madre, y cuando mijo está en la casa o cuando él también tiene tiempo libre, viene y le ayuda a cacharrear en lo que se ofrezca para la casita, que tenemos en arriendo porque don Hermógenes no le quiso prestar a mi marido para comprar un  lotecito que nos estaban vendiendo barato pero, al final el compadre hizo un trato de compra con “Rico”, que es como le digo yo a mi esposo, y nos dijo que cuando construyeran nos íbamos a vivir todos allá, con su tío Carlos que es nuestro compadre del alma y nos quiere verracamente.

Yo ya estoy acostumbrada a pasar los días sin noticias de mi marido y por eso no me afano, pero este día, no sé porqué, me agarro un presentimiento que me ahogaba, y llore sin saber el motivo, como una buena boba, hasta cuando llego María Estela, la mayorcita de las niñas, a preguntarme qué pasaba y tuve que comerme las lagrimas y decirle: “nada mijita, fue que me acorde de su papito”, y me pase el resto de la tarde con el palpito de que había pasado algo malo, como decía una viejita de una telenovela; los niños comieron solos porque yo no  me sentí con deseos de cucharear y me amenazaron con que el “coco” me iba a asustar, como yo los asustaba a ellos, si no comía; mientras, la hijueputa inquietud, como dicen los amigos de mi marido, se me metía en el alma. Como a las ocho de la noche, después de un día de angustias imaginarias, sonaron golpes apresurados en la puerta, que oí con sonidos de presagio, desde la alcoba matrimonial que compartimos con los hijos menores, escuche la algarabía alegre por la llegada del tío Carlos, que tenía su golpeado especial pero esta vez fue apremiante, con premura los abrazó y entró a la sala con los dos menores alzados, uno en cada brazo, sobre su enorme barriga. 

- ¡Hola comadre! –dijo, y pensé, “al fin voy a salir de mis malos presentimientos- necesito charlar con usted, a solas.

- Niños, salgan, ya oyeron a su tío- pero los niños no querían abandonarlo- vayan a la alcoba de su papá y miran televisión.

- Salgan niños- les dijo él con cariño- ahorita los acompaño, ya voy.

Los niños salieron desanimados, mientras, el compadre me rehuía la mirada de frente, eso me cabreó porque siempre me mira de frente con su mirada franca.

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