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Los periodistas comenzaron a parlotear frenéticamente a los micros de sus portátiles para que la crónica llegara al instante a sus agencias y estas conocieran los pormenores de la sentencia. En breve tiempo, cada una de ellas lanzaría a las pantallas la misma noticia repetida hasta la saciedad.


Jacques le Lacq, redactor de New European, la revista electrónica de ideología radical que desde años antes se había hecho un sitio en la prensa alternativa por su terca defensa de las sociedades marginales que se pudrían en los ghettos de las grandes capitales europeas, no tenía tanta prisa. Lo que verdaderamente fascinaba al periodista era la personalidad de De Bourg. Miraba al informático, de pie entre los dos empleados de seguridad, sumiso y como ausente, dispuesto a acompañarles hacia su cautiverio.


A Le Lacq no se le escapaba que los hechos por los que De Bourg había sido condenado eran de vital importancia para el Estado Comunitario en cuanto al retraso, el enorme retraso, en la ejecución de programas de previsión sociológica, con lo que eso suponía de cara al mantenimiento de la supremacía de la Comunidad a escala mundial. Luego estaba lo del virus. Parecía que el Estado daba mucha importancia a ese asunto. Se había hablado en el juicio de un supuesto virus informático que De Bourg había introducido en la Red Estatal pero no había quedado claro de qué se trataba. La Informática era una ciencia antigua y la mayoría de los virus se mostraban inoperantes cuando chocaban con los enormemente impermeables sistemas de seguridad que formaban una barrera infranqueable para cualquier sabotaje proveniente del exterior,  incluso del interior. Sin embargo y, aunque quedaba claro que se trataba de un tema importante, el Tribunal no se había prodigado mucho en explicaciones. Era también desmesurado el batacazo económico que el sabotaje había asestado a las arcas comunitarias. Todo eso era lo que sus colegas estaban transmitiendo en ese momento a sus agencias. Pero a Le Lacq le intrigaban otras cosas. Cosas como los aspectos de la personalidad de De Bourg, la determinación de su carácter, sus amplísimos conocimientos o su exagerada capacidad intelectual que le habían permitido desmontar, él solito, toda la red de investigaciones sociológicas basadas en la vida artificial hasta los mismos cimientos de aquella.


Por otra parte estaba el desarrollo de toda la trama, la justificación si es que así podía llamarse, que adujo De Bourg para cometer sus delitos. La historia que él mismo había contado tanto en el juicio como en las declaraciones previas era característica de un esquizofrénico paranoide. Sin embargo, no quedaban bien claras las bases diagnósticas del equipo psiquiátrico encargado de analizar y diagnosticar el estado mental del entonces acusado.

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