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Por eso Le Lacq no tenía prisa en redactar la crónica. Por eso se levantó de su asiento y fue directamente a las oficinas del Juzgado para solicitar, amparado en sus credenciales de prensa, un permiso especial para visitar a Henry De Bourg en el centro penitenciario o psiquiátrico donde recluyeran a éste.


Un poco más tarde, con un día y hora concertados, salió a la calle y entró en un bar donde, satisfecho, se tomó una pinta de cerveza irlandesa.


Una vez en su casa, un minúsculo pero práctico apartamento en las afueras de París, Jacques Le Lacq estaba sentado en una butaca, en penumbra, con un vaso de whiskey barato en la mano —el auténtico, aunque no fuera de calidad, resultaba prohibitivo— y repasando las notas biográficas que tenía sobre Henry De Bourg. Sus padres, un mecánico francés y una profesora de preescolar de origen vasco habían dejado huérfano al futuro informático a la corta edad de doce años. Fue un fatal accidente de circulación en uno de los múltiples viajes que hacían desde Burdeos a Ondárroa, en la costa del Cantábrico. De Bourg viajaba en el mismo coche y salvó la vida de milagro. Tras la muerte de sus padres, sus abuelos maternos le internaron en un colegio internacional cuyos profesores hubieron de soportar el difícil carácter que desarrolló el chico. Rehuía la compañía del resto de muchachos de su clase y pasaba las horas encerrado entre las cuatro paredes del colegio. Su actitud hacia sus compañeros era en extremo agresiva y no colaboraba voluntariamente en actividad escolar alguna. Siempre que se lo permitían y eso cada vez era más frecuente, se enfrascaba en tareas y ocios diversos con uno de los ordenadores de la clase de informática y antes de terminar el primer curso ya daba sopas con honda al profesor más avezado.


Los educadores del centro no tardaron en darse cuenta de que tenían entre las manos a un verdadero genio. Aprovecharon la coyuntura y convencieron a sus abuelos de que matricularan a Henry en un centro especial para niños superdotados dependiente del Estado Comunitario. Así que, al comienzo del siguiente curso, De Bourg cambió su residencia, del idílico paisaje que disfrutaba en los montes vascos al mucho más agresivo de las afueras de París. A la edad de catorce años inició los estudios universitarios de informática y no había cumplido los dieciséis cuando se licenció. A los diecisiete ya había terminado el doctorado, que obtuvo “cum laude” con una tesis sobre sociología y vida artificial. A partir de ese momento las empresas punteras del mundillo de los ordenadores se disputaron sus servicios pero Henry De Bourg no quiso comprometerse con ninguna de ellas, despreciando así contratos que le hubieran permitido desahogarse económicamente para el resto de su vida. Lo que hizo fue constituir una empresa de juegos de ordenador que en un año ya era la número uno a nivel mundial en el sector de juegos de estrategia. Al poco tiempo se le perdió la pista y no volvió a salir a la palestra hasta el caso por el que ahora había sido condenado.


Jacques Le Lacq dejó a un lado los apuntes sobre el condenado y decidió darse un baño. Eligió esencia de lavanda como aroma y seleccionó música hindú en el panel. El baño era una de las pocas concesiones que había hecho a la aplastante tecnología que inundaba la vida de las gentes de clase media. El apartamento estaba decorado de manera muy clásica, nada parecido a los pisos de sus amigos, con todos los servicios que puede ofrecer una vivienda controlados por ordenador: iluminación inteligente, gestión automatizada del hogar, imagen y sonido virtuales… Él no tenía nada de eso pero el baño era como una terapia para él. Disponía de una bañera con dispensador de burbujas, selector de temperatura con termostato automático, mezclador programable de aromas, emisor de brisas y efectos de sonido y hasta cámara de aislamiento sensorial. Todo lo necesario para evadirse pero, esta vez, Le Lacq no lo conseguía. No apartaba de su cabeza la imagen del informático cuando salía de la sala del Tribunal. Su docilidad ante los policías disimulaba un brillo de su mirada entre malévola y alerta. Parecía como si estuviera calculando la manera de escapar. Le Lacq tuvo la impresión de que, por un instante, habían cruzado sus miradas y estaba convencido de que De Bourg buscaba a alguien.

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