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Cuando confirmó la magia de las firmas, en la misma reunión cada persona firmaba tres o cuatro veces porque: "Queda una copia en la escuela, otra va para la supervisión, otra para la secretaría de Educación y otra para la alcaldía", les explicaba. Muchos dudaban pero firmaban. Nunca entendí porque, cuando alguno de los acusados deseó llevar alguna investigación hasta las últimas consecuencias, en determinado momento llegaba el terror y se arrepentía y pedía perdón. A mí me amenazó y nunca pasó de las amenazas de palabra. Oliva reconocía en mi una inteligencia superior a la de ella y en contadas ocasiones le demostré que, llegado el momento, no sentía el mínimo remordimiento para actuar sin remordimientos de conciencia. Sin quererlo me encontré dotado de un arma contra ella; hay que sumar el conocimiento de todas las marrullas, delitos, desacatos y demás errores cometidos por Oliva, en su fuero interno algo le decía que yo no era tan manejable y tan manso como parecía. Esta coraza me protegía y me defendió de sus acechanzas todo el tiempo que tuvimos contacto.

Nuevamente trasteo  con todos los chécheres que no son casi nada  y, otra vez con Oliva, se iba como directora de la jornada de la tarde, para otra escuela con nombre de prócer de la república y yo ahí, a donde ella fuera, ¡Qué masoquismo tan tenaz! Oliva me hacía sentir infeliz hasta el límite de mi resistencia pero yo no me iba porque estaba lleno de miedos que traía desde la infancia y porque ella me solucionaba todos mis problemas monetarios, claro que al final del mes se quedaba con casi todo mi sueldo

Esta etapa es una de las más bellas en mis recuerdos. A los pocos días de comenzado el año escolar llegaron como mil profesores cercanos a mi edad, la mayoría de la misma Escuela Normal donde yo me había graduado: Pedro A A, Uriel B, Daniel C y Jorge G (Desafortunadamente; este muchacho es hijo de Oliva y durante la temporada que viví en casa de ella el tal se ponía mi ropa, usaba mis lociones, me esculcaba y abusaba de mis pertenencias) y a mis apetencias, con profesoras que pensaban como ellos y como yo, qué delicia. Fue una estación bien bonita que, como pasa con todo lo bueno, debía terminar, Aquí voy a referirme a diez largos años de vida que me marcaron más no para siempre; los llevo en mis interiores, como dice una de mis hermanas, más no para hacerme llorar. Si nombro a los negros no es por racismo, ¡Válgame Dios! Pero aquí, por fin, no había ninguno. Todos descoloridos y con el mismo acento de por acá, y, ¿Dónde es acá?, pues el centro de la república... y qué. Al fin me sentía en familia, sin ánimo de ofender, aclarando que tengo y tendré amigos negros, que no de color que me parece ofensivo porque, si a eso vamos, a nosotros deberían llamarnos sin color, ¿O no? Bueno, ya no vivía donde Oliva, ya no tenía que soportar sus visitas nocturnas ni la compañía de compañeros de pieza roncadores y quita sueños; vivía solo y en paz con Dios y la naturaleza y podía darme el gusto de invitar a mi pieza, que no-apartamento, a quien se me diera la gana y que,  debido a mi maldita timidez, casi nunca eran mujeres y, gracias al Demonio, ellas se invitaban solitas; comenzó a mis veintiún años una etapa diferente de mi vida o en mi vida. Después de tantos años, creo que fue la etapa más hermosa, creativa, amistosa, tierna y lo que se quiera de mi época  profesional. Éramos como los tres mosqueteros: “uno para todos y todos para uno” y, hasta en lo íntimo, se cumplió porque con Uriel, que era el más mujeriego, algunas veces me tocó ayudarle porque conseguía dos mujeres, el mismo día, aunque siempre me dejaba la más fea.

Salíamos juntos, bebíamos juntos, bailábamos, jugábamos bolos y otros juegos, paseábamos,  en fin, la pasábamos bien en grupo. Yo, por lo menos, tengo algunos de mis recuerdos más bonitos. Hasta nos contábamos confidencias de nuestras relaciones personales íntimas, menos yo que mi timidez me hacía ser reservado hasta el límite. Durante alguna temporada dejé de acompañarlos y siempre tenía la misma disculpa: “Es que me voy para donde la viuda” y la famosa viuda se convirtió en la disculpa permanente para no compartir con ellos. Alguna vez Uriel, en nombre de todos,  me enfrentó y me dijo  “Hermano, usted se está tirando el grupo, o termina con su famosa viuda o la trae, deje de ser güevón”, ¿qué anda haciendo con una vieja, idiota? , yo le consigo una mejor. Y, es que, entre nosotros, viuda tiene una connotación de anciana y horrible. La próxima reunión llegué con la viuda,  se callaron la boca y  jamás volvieron a criticar mis gustos. Entré con una mujer de dieciocho años hermosísima a la  que, durante la tarde, le cayeron como moscos a la mierda y me preguntaban: ¿Dónde está la viuda? Y yo les contestaba: “Es esa”, así, suavecito para que ella no se diera cuenta y es que la pobre se había casado y, a los tres meses, el esposo se mató en un accidente manejando una moto. Como uno de sus hermanos menores era alumno mío, un día fue por informes sobre rendimiento académico y comportamiento,  nadie se dio cuenta y, como ella tomó la iniciativa al invitarme a su casa para conversar acerca del rendimiento académico de su hermanito pues, como dice un compadre  "de aquí de para arriba es en bajada, compadre". El romance con la viuda me dejó muchas enseñanzas prácticas para el futuro y una sensación de plenitud que nunca había sentido con ninguna mujer; mezclaba en dosis exactas amor, cariño, ternura y pasión; aunque yo era mayor que ella tres años me hacía sentir  que, en alguna forma, era mi madre y  yo me sentía bien, muy bien.

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