Las sensaciones eróticas con ella eran plenas pero suaves a diferencia de mi primera amante que fue Socorro y que me sedujo en la casa de Oliva una tarde en que nos dejaron solos; era una mujer con todas las herramientas que hacen de su condición femenina lo más deseable del mundo y la maldita lo sabía y coqueteaba descaradamente con cuanto varón entraba a la casa; usaba unas minifaldas de infarto y cuando me veía en la sala leyendo o escuchando música le daba por subir al segundo piso y como la escalera era descubierta por todos lados, el espectáculo me paraba el corazón y de la cintura hacia abajo; la maldita se daba cuenta de mi turbación y me solicitaba ayuda para cualquier cosa sólo por hacerme poner de pie; yo trataba de impedirlo para que no se notara la tremenda erección, estos juegos eran frecuentes cuando nos quedábamos solos, cosa que ocurría con frecuencia ya que nadie sospechaba de mí y ella entró como sirvienta diciendo que estaba casada y debía salir todos los fines de semana para reunirse con su esposo; la primera vez que lo hicimos sacó una botellita de licor y me ofreció, puso música en la radiola y al agacharse a escoger los discos me dejó ver todo lo que quería que viera, cuando se sentó junto a mi estaba tan excitado que tartamudeaba y no sabía hilvanar nada coherente, esto la divirtió y empezó a hacerme cosquillas por todas partes, en algún momento resultamos besándonos pero no con esos besos de adolescente que yo no conocía por inexperiencia en el campo (la viuda no fue novia, fue amante de una, sin transiciones) ni con besos de mujer comprada, no, eran besos de hembra que yo deseaba y me deseaba; de pronto, me pegó un mordisco en los labios que me dolió y sacó sangre, mientras reaccionaba corrió al segundo piso y se echó sobre la cama matrimonial de Oliva con los brazos y piernas abiertos, parecía una equis erótica; me acomodé en medio de sus piernas y la besé con ternura, ella respondió muy suave y lentamente, con todo el tiempo del mundo nos mezclamos salivas, sudores, humores sexuales hasta quedar agotados y satisfechos. Nunca la quise, lo mío fue solo deseo pero parece que ella se enamoró y los fines de semana cuando salía para donde el supuesto marido se iba con sus maletas a donde una tía que vivía a la vuelta y que nos acogió desde el primer día. La tipa era de esas mujeres que andan detrás de aventuras y no les importa con quien, sólo que sea varón y tenga con qué gastar y tirar, de manera que se iba todos los fines de semana a pasear con el amante de turno que rara vez le duraba más de dos meses, al comienzo de nuestra relación me moría de los celos todos los fines de semana imaginando a Socorro con el mozo, que no era el marido, y que resultó casado con la hermana de otro de mis alumnos. Cualquier día, cuando nos quedamos solos e hicimos el amor Socorro se apoyó en un codo y sin preámbulos me dijo “estoy embarazada”, casi me muero, en esa época la solución era casarse y darle el apellido al hijo, yo le dije que porqué no se lo acomodaba al amante y ella me respondió que hacía meses había terminado con él pero que yo no le creía y en ese momento caí en la cuenta de que durante los últimos tres meses habíamos pasado todos los fines de semana juntos y nos veíamos en la casa todos los días disimulando para que nadie se diera cuenta y tuvimos la primera y más grande pelea de nuestro romance. Durante los intermedios de nuestras relaciones sexuales me contó su historia: "Me vine de mi pueblo porque me querían casar con un viejo de treinta y dos años, lleno de plata, y llegué a donde mi tía que me presentó a quien tú ya sabes...". Ella tenía diecisiete años y aparentaba veinticinco, se veía mayor que el suscrito. Escuchando sus confidencias y remembranzas redondeé una idea que, a la larga, dio resultado; según me había dicho el hombre de su pueblo estaba locamente enamorado y le repetía que sin ella no podía vivir y, a sus diecisiete años y yo con dieciocho, empezando a vivir, como nos íbamos a ligar por toda la vida. La convencí de que le escribiera una carta a su pretendiente y le contara una historia bien reforzada que yo inventé, a ver que contestaba, y el tipo le respondió que estaba dispuesto a casarse con ella por la iglesia y a darle el apellido al niño y lo que ella quisiera con tal de ser su esposo. La historia que nos inventamos fue así: ella y la tía fueron a un baile en el cual las emborracharon, con quien sabe que porquería, y abusaron de ellas, como consecuencia de esto ella quedó embarazada y no sabía qué hacer... La tía reía descaradamente mientras escuchaba la historia mientras, con disimulo, me pellizcaba las nalgas y susurraba en mi oído: “Papito lindo, tú eres un diablo...” La dejé en el terminal de transporte para su pueblo un martes santo y nunca jamás volvimos a vernos. En octubre de ese año llegó un telegrama a mi nombre que decía”:Fue niño. Adiós. Socorro”.
El mismo día de la despedida regresé con la tía a su casa y, al verme tan abatido, destapó una botella de aguardiente, con los tragos me dio la sentimental con llorada y todo; la tía, tan comprensiva, empezó a consolarme y con mucho tiento se abrazó conmigo, me besó en la frente, me acarició el pelo y así, con despacio y talento, me desabotonó la parte superior de la camisa para darme masaje y en menos que canta un gallo, cuando notó que mi cuerpo reaccionaba me abrió la bragueta y comenzó a jugar con ardides de amante sabia; en pocas sesiones me enseñó lo que no habíamos descubierto con la sobrina; a su manera ambas eran grandes amantes, creo que les venía de familia sólo que con la tía era puro y físico sexo y, como era tan reputa salí huyendo un día que llegué por mi ración de polvo y la encontré con un tipo, ambos en bata, me saludaron cordialmente, me sirvieron un trago y sin más ni más la vieja ( treinta años) se abrió la bata para mostrarme que iba desnuda y propuso que hiciéramos un trío, como por variar; salí corriendo ante las risas de ese par; en el futuro, cuando mis necesidades eran apremiantes , recurría a su cuerpo; algún día las relaciones se enfriaron definitivamente. Salí sin despedirme y jamás retorné.
En la escuela primaria con nombre de prócer de la república nadie sospechaba que yo pudiera tener una doble vida, claro que lo de Socorro hacía dos o tres años y lo de la viuda estaba reciente y, vueltas que da la vida, a mi curso llegó el hijo del que fue amante de Socorro y que tantos celos me hizo padecer. Después de ella el hombre tuvo varias mujeres y no le importó el abandono; lo malo era que tenía descuidada a su propia señora, bella por cierto y con una carita de tristeza que me inspiró no sé si lástima, ternura o que. Iba con frecuencia a pedirme consejo, a pesar de la diferencia de edades y palabra va, palabra viene, uno de esos días llegaron unos besitos inocentes y, como por ahí se empieza, comenzamos a tomarnos confiancitas y nadie supo que pasó pero que pasó, pasó. En esta tercera residencia pedagógica no padecí de la soledad sensual de la primera ni de la frustración de la segunda por culpa de los negrazos.




