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Amado escribió sus crónicas en aquellos tiempos amparado con el seudónimo Román, primero, y de Duque Juan después, situación que luego fue aprovechada por algunos escritores que peleaban la autoría de esos versos asegurando ser ellos quienes ostentaban esos seudónimos, entre ellos, José Conde y Rafael Martínez Rubio. Nervo nunca desmintió esas afirmaciones como tampoco se preocupó por rebelar el nombre de los diarios en los que inició su incursión literaria. Solamente en una entrevista concedida en 1906 menciona que gracias a una buena amistad del licenciado Galán con su abuelo  consiguió colaborar en El Correo de la Tarde sin mencionar siquiera los seudónimos en cuestión. El autor guardó con tanto celo esa etapa de su vida que terminó prácticamente sepultando sus inicios literarios en Mazatlán.

Genaro Estrada fue quien se encargó, años después,  de realizar la relación de estos trabajos periodísticos y literarios que todavía delataban un poeta novel que aprovechaba los clichés establecidos para hacer sus versos: ojos aterciopelados, boca fresca, dientes lácteos, piel de seda, etc. Y fue en esta época donde sucedió aquella famosa anécdota en la que una joven se molesta con Nervo porque se refiere a ella como belleza morena y citándolo para que se convenciera de su error lo obliga a rectificar por lo cual, al día siguiente publicó de ella que “era blanca, dulce y sabrosa como un verso de Garcilaso”.

En 1894 decide partir a la ciudad de México. Toma por costumbre recorrer  frecuentemente la antigua calle de Plateros, hoy Madero, socorriendo a los limosneros con generosas dádivas, sin percatarse siquiera que él mismo se quedaba sin dinero. Refiere en los testimonios de vida que dejó escritos Tuve que lucrar el pan de estanquillero y hasta de tablajero en el Rastro, viví regularmente o de un empleo, o de algo más prosaico; a veces de tendero, a veces carnicero, a veces "coyote" y a veces, muy raras... negociante en grande". 

El poeta Luis G. Urbina, refiere que Manuel Gutiérrez Nájera, con quien el escritor funda después la publicación de renovación artística Revista Azul platicaba cómo había sido su primer encuentro con Amado Nervo: “Estaba en la puerta del Partido Liberal, en 1894, escuálido, de estatura mediana, piernas largas, huesudo, con su levitón clerical negro, facciones aguileñas, piel pálida y amarillenta, labios delgados y escaso bigote recién salido. Daba la impresión de ser un seminarista pueblerino. Movimientos lentos, ademanes zurdos y el hablar cantado provinciano tan característico. Pero por encima de todo eso, lo que quedaba intacto en la memoria era su mirada soñadora y dulce que por momentos se tornaba intensa y encendida y las manos gesticulantes acompañando su verbosidad a medida que iba adquiriendo confianza”. No se había equivocado, estaba delante de un provinciano, de un seminarista y de un poeta.

Amado Nervo había llegado en busca de gloria con su tomo de versos inéditos bajo el brazo a la capital. Los escritores de la época lo acogieron con simpatía y enseguida fue invitado a las tertulias que se organizaban en donde departía con Manuel José Othón, Luis G. Urbina, José Juan Tablada, Jesús E. Valenzuela y Micrós.

José Castellot le otorgó a Nervo un puesto en una institución financiera y Jesús Valenzuela lo asoció a la Revista Moderna. Esto ayudó notablemente al joven quien libre de problemas financieros pudo alcanzar entonces el éxito gracias a la publicación en corto tiempo de su historia El bachiller: Novela corta con rasgos naturistas que no pasó desapercibida. En ella, pinta admirablemente el medio en el que transcurrieron sus años juveniles. Escrita en 1895, fue esta obra la que le abrió paso en las letras y lo ayudó a forjar un lugar en este tenor. Las alabanzas que se ganó con ella no fueron pocas.  El bachiller fue calificada como una  obra maestra  breve llena de novedad y osadía.

Durante esta época,  escribió bajo el seudónimo de Rip-Rip en homenaje al cuento de Gutiérrez Nájera que lleva el mismo nombre. En sus trabajos se revela ingenioso, perspicaz y excelente retratista, en donde desarrolla vida y obra de escritores de su época a los que más tarde habrá de conocer y con algunos de ellos, hasta competir: Micrós, Manuel Larrañaga Portugal, Antonio Zaragoza, Antonio de la Peña y Reyes, José María Bustillos, Luis González Obregón, Rafael Delgado, el Padre Pagaza, Luis G. Urbina, Ezequiel A.Chávez, Fernangrana, Jesús E. Valenzuela, Balbino Dávalos, Francisco M. de Olaguíbel, José P. Ribera, Carlos Díaz Dufoo, Francisco Bulnes, Federico Gamboa, Rafael de Alba y Alberto Leduc entre otros.

Luego siguió Perlas Negras y Místicas, poemarios modernistas. Viaja entonces a Europa como corresponsal del Diario Edmundo a la Exposición Universal, en este primer viaje obtuvo grandes experiencias. Es ahí donde conoce e inicia una estrecha amistad con Rubén Darío y Leopoldo Lugonés, en ese tiempo vivían en París varios escritores, periodistas, artistas plásticos y músicos latinoamericanos que conformaban un grupo que se frecuentaba con bastante regularidad, entre ellos Carlos Díaz Dufóo, Justo Sierra, Luis Quintanilla, Gustavo E. Campa, Jesús F. Contreras, Guillermo Valencia, Enrique Gómez Carrillo, Manuel Ugarte y Jean Moreás.

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