Nervo se instala en una modesta vivienda de la Rive gauche, en París trabajó, luchó y vivió casi de milagro. Al trabar amistad con Darío termina por mudarse al piso que éste habita en Montmartre, es entonces cuando la amistad entre ambos literatos se fortalece de manera especial.
En 1901 llega a la ciudad la hija de un jardinero a la que Darío lleva a vivir con ellos. Amado la llamaba “La princesa Paca” y fue él quien la enseñó a leer. Nervo se había relacionado hasta entonces con no pocas damas, entre las que se conocen figuran: Antonia Méndez, una mujer francesa llamada Amelia, y en Argentina: Carmen. Pero sin duda alguna, el amor de su vida fue aquella dama que lo marcaría por el resto de sus días: Ana Cecilia Luisa Dailliez.
En ese tiempo llevaba barba y lucía una delgadez absoluta, la mirada penetrante y su aire bohemio lo hacían parecer israelita, sus amigos parisinos lo apodaban Monsieur le Christ (Señor Jesucristo). El mismo Rubén Darío improvisó para él un soneto en el que rezaba: “Amado es la palabra y en querer se concreta…fraile de los suspiros, celeste anacoreta…” Esta última aseveración se la ganó debido a que en esas noches de fiesta por las calles parisinas Amado desapareció, lo encontraron horas después extasiado en una iglesia escuchando un concierto de música sacra.
Regresó en 1902 de París, declarando:
Y he sentido en los saraos la amargura de la muerte
Y he sentido ante la muerte la alegría de los bailes.
Lo reciben con agrado en los salones de la aristocracia en donde hace gala de su mejorada condición de conversador, sus versos Modernistas son publicados y comienza a recibir invitaciones para leer en público sus obras y dirigir comedias. Algunos escritores y artistas lo miran con recelo y competencia, otros con agrado, pero sin que nadie le atacara nunca abiertamente.
En ese año publica “El éxodo y las flores del camino” que fue escrito en París y contiene la colaboración del dibujante Julio Ruelas. En él reúne por primera vez sus crónicas de viaje publicadas en El Mundo, El Imparcial y La semana. La mayor parte de ellas se refieren a París en los días de la Exposición, pero esas crónicas resultan poéticas y descubren su amor por la ciudad de las luces.
Trabaja como inspector de enseñanza literaria y como profesor en la Preparatoria. Vive con Ana Cecilia Dailliez, inspiradora de los poemas La amada inmóvil y El estanque de los Lotos, a quien conoció el 31 de agosto de 1901 en París en una calle del Barrio Latino y que llegó con su hija desde Francia para vivir como una sombra del poeta. Salían a pasear de incógnito para no exponer al escarnio su amor libre, era su musa enjaulada. Con ella visitó Venecia, Munich, Florencia y otras ciudades europeas hasta que Rubén dejó París y con él se marcharon los trabajos de traducción que le conseguía a Nervo para que éste se hiciera de un dinero extra, luego, el periódico dejó de enviarle el sueldo y no le quedó más remedio al poeta que regresar a México, instado por Justo Sierra que le ofreció en París la ayuda necesaria para la colocación en su país de origen.
En 1906 publica Los jardines interiores poemas ilustrados por Julio Ruelas y Roberto Montenegro. En ese mismo año solicita y obtiene mediante un examen presentado ante la Secretaría de Relaciones Exteriores su ingreso en el Servicio Diplomático. A partir de entonces estaba obligado a vestir uniforme brillante consistente en sombrero de picos, casaca y espadín florentino. Se afeitó la barba y detalló más su aspecto personal, de manera que cuando regresa a Europa es un hombre muy diferente al bohemio que llegó la primera vez.
Se marchó a España al ser nombrado segundo diplomático de la Embajada de México en Madrid, ahí vuelve a ejercer como corresponsal. Su estancia en la ciudad no representó gran adaptación debido a que el idioma era el mismo que él hablaba, encontró bastantes amigos instalados ahí, tenía facilidad para editar y difundir sus obras y sobretodo, encontró el apartamento ideal que le permitía disfrutar de la naturaleza y salvaguardar el secreto de su doble vida.
Se instaló en el piso segundo izquierdo del número 15 de la calle de Bailén. En Los balcones libro en el que relató sus impresiones madrileñas existe un capítulo en el que se describe el paisaje visto desde el balcón de su piso, desde donde no solo se extasiaba contemplando los parajes que se extendían ante sus ojos en “el oro de la mañana” como decía, sino que también lo aprovechaba para observar con su telescopio las estrellas, ya que la astronomía era otra de sus pasiones.




