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Pero tampoco en Madrid nadie, ni los porteros, supieron nunca de la existencia de Ana Cecilia “aparentemente vivía solo -escribe Nervo en el prólogo de “La amada inmóvil”- y muy raro debió ser el amigo cuya perspicacia adivinara que a dos pasos de él, latía por mí, por mí solo el corazón más noble, más desinteresado y afectuoso sobre la tierra”.

Ante los ojos de cualquiera pensar que se puede tener a una persona oculta en una habitación sin que nadie sepa de su existencia puede sonar como un cuento bien planificado, una leyenda. Pero según José Simón Díaz quien se dio a la tarea de investigar la Sección de Estadística del Archivo de Villa, no era solo una persona la que vivía con Nervo en aquel piso, sino que en total se alojaban cinco personas en la vivienda: Amado Nervo como cabeza de familia, Elisa Largillier como su compañía, Cecilia Dailliez, hija de la anterior, Inocencia Carrero, criada y Lucía de las Heras, criada. Sin embargo, se deduce que estos datos también son producto de una falsedad ya que Elisa Largillier era la madre de Ana Cecilia y no podía ser dama de compañía una mujer de 65 años de un hombre de 40. Nada mencionan de Margarita, hija de Ana Cecilia que desde los cinco años vivió con ellos.  

Amado Nervo tuvo contacto con la realeza española y en sus crónicas narraba a los lectores mexicanos los sucesos españoles. Al mismo tiempo, frecuentaba los salones aristocráticos, y teatrales de los que también reseñaba puntualmente en sus columnas.

Entre los años 1906  y 1910 colaboró repetidas ocasiones con la revista “El Ateneo” que fue para muchos escritores hispanoamericanos que viajaban a Madrid una plataforma vital que marcó positivamente sus trayectorias. Conoció también a Unamuno que lo influyó notablemente, a Bergson y Maeterlink. Ocupó la tribuna de oradores para recitar poemas de otros escritores tanto como para dar a conocer sus propias obras. Sentía una especial admiración hacia las obras y la persona de Benito Pérez Galdós. Echegaray, Benavente y Manuel Machado también fueron relevantes para él en su quehacer literario. Pero sin duda alguna, quien lo llegó a conocer mejor que nadie y fue el gran amigo de su vida es Rubén Darío. Esa etapa en Madrid fue muy productiva para él pues escribió 10 libros.

Se interesó en la oratoria y gustaba de escuchar los debates de La Corte para aprender de los discursos de toda clase de personas en diferentes clases sociales, edades y culturas. En 1914, se aprobó en España una iniciativa que proponía que le otorgasen a Nervo 7,500 pesetas anuales, mismas que el poeta rechazó con dignidad declarando que su amor a España se debía a su grandeza y solo eso le bastaba.

Su cada vez más creciente actividad literaria y compromisos sociales fuera de su piso y la tranquilidad y serenidad que disfruta dentro de él se rompen en mil pedazos el 17 de diciembre de 1911 cuando la salud de Ana Cecilia se fractura a manos de la  fiebre tifoidea, enfermedad de la que es atendida a escondidas por Nervo hasta su muerte la noche del 7 de enero de 1912.  Amado se veía en verdaderas apuraciones angustiosas cumpliendo con sus actividades diplomáticas y atendiendo al mismo tiempo en secreto a la enferma que cada día empeoraba sin remedio. El cadáver fue velado por Nervo en la soledad de aquel apartamento y de tanto dolor surgió La amada inmóvil que comienza de la siguiente manera:

En memoria de ANA
Encontrada en el camino de la vida
el 31 de agosto de 1901.
Perdida — ¿para siempre?— el 7 de enero de 1912.

En este libro Nervo, de 41 años de edad, reflexiona toda clase de conjeturas sobre la muerte, acerca del más allá y ofrece a Dios su infinito sufrimiento a cambio de que le ayude a calmar el dolor.  De esta manera va del desconsuelo a la esperanza, del miedo a la ofrenda, de la duda a la redención en una serie de poemas debidamente fechados, los cuales complementa con citas de escritores que también han padecido el suplicio del fallecimiento de la persona amada. Comienza nombrando a Ana con desesperación y termina llamándola ideal. Tardó 11 meses en concebir su poemario en el que recrea la hermosura, la ternura y delicadeza de la mujer de quien guarda como recuerdo su rubia trenza, su perfume y su chal. Pero también destaca la valentía de ésta ante la muerte, su agonía sufrida con entereza. La reconoce frágil, piadosa e irremplazable.

Nervo reconoce su deseo de morir pronto sintiéndose desolado en esta vida, pero también relata la cobardía que le impide hacerlo pues desea más que nada en el mundo, reunirse con ella en la eternidad. Se quedó al cuidado de la hija de Ana que en aquel tiempo tenía 11 años de edad, e incluso vivía temeroso de que el gobierno francés la reclamara y se la llevara de su lado. No descansó hasta que el 16 de abril de 1912 el Tribunal de la Seine lo designa tutor de Margarita. Vivió sólo 7 años después del fallecimiento de su gran amor, finalmente el dolor lo consumió de a poco y convirtió su vida en un purgatorio.

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