Nadie puede privar a nadie de su libertad, o al menos, nadie debería hacerlo.
Sin embargo, la naturaleza humana es muchas veces cruel a más no poder....
I
Negros vestidos de blanco,
blancos pintados de negro.
Almas flotando descalzas,
y rumores en el cielo.
La madera ya esta lista,
se están templando los cueros.
Todos quieren ser primeros,
se nota a primera vista.
Y es que se llena de júbilo,
el alma de los morenos,
que a festejar ya están listos,
la noche del seis de enero.
Son gente pobre del Sur,
del Cordón y del Buceo.
También llegan de La Unión,
y hasta del mismísimo Cerro.
La damajuana no falta,
para enjuagar las gargantas,
para olvidarse las penas,
para afianzar esperanzas.
Aunque sea una vez al año,
se olvidan de las penurias,
que envidiando las lujurias
de sus amos de antaño,
hasta se comieron las uñas
los esclavos del estuario.
Es momento de candombe,
no pensar en el ayer,
ni tampoco en el mañana,
por si no hubiera que comer.
Como una voz de la selva,
comienza a sonar el chico,
luego el piano le contesta
con un tono suavecito,
Todos siguiendo la clave,
que con su ritmo les lleva.
Aunque no suene en los parches
lo hace solo en la madera.
Mas se destaca el repique
que con picardía interrumpe,
descarga su habilidad
,hace pausa y se confunde.
Y así se desencadena
el ritual desenfrenado,
con el tamboril a un costado
dándole duro a las lonjas,
bailando y repiqueteando
van sin glorias y sin penas.
Y unos botijas sentados
al cordón de la vereda,
miran entusiasmados
las comparsas que se acercan.
No lo pueden evitar,
se alborotan y hasta juegan,
a que también ellos tocan
los tambores de madera.
Miran de reojo a su tata
y piden permiso para ir,
saltando y haciendo burla
sal compás del tamboril.
II
Cansado a la madrugada
regresa Luis a su casa.
Ya hay silencio en la barriada,
en las calles y en la plaza.
Se lució toda la noche,
eso nadie se lo niega,
repicó hasta el derroche
con sus lubolos colegas.
Las descargas que él marcaba
nadie las pudo imitar.
Aunque quisieron probar
él todas las superaba.
Trataron el flaco Hernández,
Pablito, Pedro y el gordo.
Tambien Silva y don Leopoldo
pero como Luis nadie.
Es que él lleva un secreto
adentro del tamboril,
uno que le dejó su padre
y con él se ha de morir.
Uno grande como el cielo,
y como el cielo misterioso.
Que guarda hasta con desvelo
durmiendo con un solo ojo.
III
Así llegó el muchacho
a descansar a su casa,
se encontraba bien borracho
pero es que de eso se trata.
Porque no hay nada mas lindo
que tocar en la comparsa,
con los grandes y los chicos,
con los blancos y la raza.
Ya cumplió la noche entera,
la noche de la epifanía.
Ahora toca la catrera,
con un trago mas de caña.
Pero primero tenia,
que terminar el ritual
y es que casi se le olvida
de tanto tomar y tomar.
Se metió en su cuarto a oscuras
y a la puerta puso traba,
para que nadie descubra
lo que el consigo cargaba.
Encendió varias velas
y se vistió de blanco.
Se arrodilló en el suelo
tocándolo con las manos.
Al bata puso de lado
como para que así descansara,
y con un palo quemado
le pego con toda el alma.
Luego en dialecto hablando
comenzó un rezo extraño.
Solo él entendía aquello
que su boca iba exalando:
“MOFORIBALE’
MOYUBA ONI EGUNFUN AGO’
FUN ARAYEDIDE’ DUDU AWO’
BABALAWO TOBI’
EGUNWA FUN SUREFUN
GIDIGIDI AYANACHE’
MOYUBA’ OBA’
WANI FUN BUSI MI OGUNIBAE’
BAYE’ T’
ORUNMODUCUE’.”
Se escucho un sonido duro,
mas que un sonido, un lamento,
y fue saliendo de adentro
de su repique un eunuco.
Era el espíritu triste
de un esclavo allí metido,
el que a Luis guiaba entero
con su corazón de niche.
Con su mirar hacia el suelo
salió y se metio al “nganga”.
Resignado a no ir al cielo
y a espaldas de Obatala’..
Porque de joven al pobre
de la selva lo arrancaron,
y con un cepo de roble
al nuevo mundo llevaron.
La Banda Oriental lo vio
llegar bien debilitado.
En el barco ni comió
y fue golpeado y marcado.
Y un criollo adinerado
lo compró en Montevideo,
pa que le lustre el calzado
y haga en su casa el aseo.
Cuando al fin dejó este mundo
cansado de tanto sufrir,
creyó terminado el asunto
y que en paz podría partir.
Mas lejos de la verdad estaba.
Solo empezaba otra historia,
que a un nuevo cepo llevaba
sin oportunidad ni gloria.
Un brujo de gran maldad
con amplia sabiduría,
a su alma encerraría
por toda la eternidad.
Con yuyos, sangre y marfil
y extraño rezo africano,
adentro de un tamboril
su espíritu condeno a esclavo.
El dueño del bata embrujado
era de Luis un ancestro,
quien al brujo había pagado
para mantener el secreto.
Mas cuando no era preciso
que se luciera el tambor,
el “nganga” le servía de piso,
de reclusorio, de prisión.
Solo la percusión tenía
el pobre negro encerrado,
como la voz que podría
liberarlo del malvado.
Hubiera querido irse
con sus hermanos al cielo,
pero el viejo malo, hechicero,
ni en paz lo dejo morirse.
No bastó vivir el yugo
toda su vida arrastrando,
para que encima un verdugo
lo ataje de su descanso.
Sabrá Dios que magia usó
aquel hombre despiadado,
que por siempre lo encerró
para que guíe a su amo.
Y ya desde aquel entonces
habían pasado muchos años
sin que nadie se enterase
de los tratos, de los palos.
De generación fue pasando
de padre a hijo y a nieto.
Del desdichado gozando
sin el mas mínimo respeto.
Aquel repique sonaba
para admiración de todos,
con redobles increíbles
resaltando entre Lubolos.
Luis siguió tocando siempre
por muchas llamadas mas,
era el mas sobresaliente
gracias al secreto compás.
IV
Mas un día de febrero
celebrando a Yemaya,
los Orichas descubrieron
la deshonra de Obatala.
De aquel repique salía
una voz rara y con miedo,
que suplicaba clemencia
pa’ terminar con su infierno.
Alguien desde el bata clamaba:
“Oxala Oxala liberame”,
con voz cansada, angustiada
“o tal ves tu Babalu Aye”
Como tener encerrada,
a un anima en el nganga?
“Eso no se hace ni en broma”
recriminó Elegua.
“No se puede permitir”
exclamó enojada Orula,
“vergüenza hasta en la misma jungla
los ancestros han de sentir”.
“Tenemos que liberarlo”
gritó Babalu Aye,
“basta ya de malos ratos
que el tambien merece bembe”.
Todos ellos se irritaron
especialmente Chango.
Hizo que se quebrara el cielo
y a pedir cuentas bajo.
Mas no lo hizo en persona
al sobrino de Luis eligió.
Se le incorporo una noche
y sin voluntad lo dejó.
El chiquilin decidido
el conventillo espiaba,
para descubrir a su tío
y a su alma despiadada.
Mas no era Luis el culpable
de tan tremenda maldición,
el solo hacia exactito
lo que su tata pidió.
Como loro repetía
aquel extraño ritual,
que ya por generaciones
venían sabiendo imitar.
Aquel espíritu esclavo
no dejaban descansar,
desde que lo habían encerrado,
antes de irlo a enterrar.
Solo ahora los Orichas
podían hacer justicia,
y llevárselo hasta el cielo
para al fin darle sus dichas.
Y allí mismito para que hable
en medio de un altar Quimbanda,
tamboril esclavo y nganga
como prueba irrefutable.
Chango abandonó al botija
ya cumplida su misión,
y volvió con sus colegas
a decidir la cuestión.
Y en el cielo todos reunidos
coincidieron en lo mismo,
Luis no era el enemigo
solo un tonto sin bautismo.
“Culpables habremos de ver
a los ancestros del hombre,
en especial el brujo aquel
que el alma de un hermano esconde”.
“Mas no hay tiempo que perder
pongamos fin al capricho,
liberemos al pobre aquel,
terminemos el maleficio”.
Los Orichas todos usaron
las fuerzas de la madre natura,
las que ellos inventaron
desde la creación pura.
Llegaron al cuarto de Luis
donde estaba el tamboril,
con un simple canto suyo
al anima vieron salir.
El se inclino ante ellos
dando gracias, mil gracias mil.
Al fin vería sus hermanos,
adios al dolor y al gemir.
V
Negros vestidos de blanco
blancos pintados de negro.
Almas flotando descalzas
y rumores en el cielo.
La madera ya está lista,
se están templando los cueros.
Todos quieren ser primeros
se nota a primera vista.
Pero allá en el conventillo
alguien no quiere salir,
y es que por mas que trata
ya no puede conseguir.
Ni un solo golpe le atina
al bata como en antaño,
su sonido le hace daño
y hasta la clave desafina.
Se arrodilla y prende velas
y llorando implora, ruega.
Es que no hay nada que hacer
ya ni el dialecto recuerda.
Y no es que allá arriba sean sordos
o que Oxala’ no lo sienta.
Es que fue el propio Olorunel
que ordenó la escarmienta.
Ya Luis no sabe tocar
el tamboril tan querido,
pero es que ahora esta vacío
sin alma a quien imitar.
Mas en el fondo el bien sabe
que algo como esto merece,
al destino bien se obedece
porque el pecado fue grave.
Y allá arriba hubo un bembe
con los Orichas bailando,
la justicia celebrando
con el esclavo ahora rey.
Ya pueden seguir en paz
las llamadas uruguayas,
en los barrios, en las calles
,en el conventillo, en la plaza.
Fin
Jorge Luis Caraballo
Agosto, 1999






