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III

Así llegó el muchacho
a descansar a su casa,
se encontraba bien borracho
pero es que de eso se trata.

Porque no hay nada mas lindo
que tocar en la comparsa,
con los  grandes y los chicos,
con los blancos y la raza.

Ya cumplió la noche entera,
la noche de la epifanía.
Ahora toca la catrera,
con un trago mas de caña.

Pero primero tenia,
que terminar el ritual
y es que casi se le olvida
de tanto tomar y tomar.

Se metió en su cuarto a oscuras
y a la puerta puso traba,
para que nadie descubra
lo que el consigo cargaba.

Encendió varias velas
y se vistió de blanco.
Se arrodilló en el suelo
tocándolo con las manos.

Al bata puso de lado
como para que así descansara,
y con un palo quemado
le pego con toda el alma.

Luego en dialecto hablando
comenzó un rezo extraño.
Solo él entendía aquello
que su boca iba exalando:

“MOFORIBALE’
MOYUBA ONI EGUNFUN AGO’
FUN ARAYEDIDE’ DUDU AWO’
BABALAWO TOBI’
EGUNWA FUN SUREFUN
GIDIGIDI AYANACHE’
MOYUBA’ OBA’
WANI FUN BUSI MI OGUNIBAE’
BAYE’ T’
ORUNMODUCUE’.”

Se escucho un sonido duro,
mas que un sonido, un lamento,
y fue saliendo de adentro
de su repique  un eunuco.

Era el espíritu triste
de un esclavo  allí metido,
el que a Luis guiaba entero
con su corazón de niche.

Con su mirar hacia el suelo
salió y se metio al “nganga”.
Resignado a no ir al cielo
y a espaldas de Obatala’..

Porque de  joven al pobre
de la selva lo arrancaron,
y con un cepo de roble
al nuevo mundo llevaron.

La Banda Oriental lo vio
llegar bien debilitado.
En el barco ni comió
y fue golpeado y marcado.

Y un criollo adinerado
lo compró en Montevideo,
pa que le lustre el calzado
y haga en su casa el aseo.

Cuando al fin dejó este mundo
cansado de tanto sufrir,
creyó terminado el asunto
y que en paz podría partir.

Mas lejos de la verdad estaba.
Solo empezaba otra historia,
que a un nuevo cepo llevaba
sin oportunidad ni gloria.

Un brujo de gran maldad
con amplia sabiduría,
a su alma encerraría
por toda la eternidad.

Con yuyos, sangre y marfil
y extraño rezo africano,
adentro de un tamboril
su espíritu condeno a esclavo.

El dueño del bata embrujado
era de Luis un ancestro,
quien al brujo había pagado
para mantener el secreto.

Mas cuando no era preciso
que se luciera el tambor,
el “nganga” le servía de piso,
de reclusorio, de prisión.

Solo la percusión tenía
el pobre negro encerrado,
como la voz que podría
liberarlo del malvado.

Hubiera querido irse
con sus hermanos al cielo,
pero el viejo  malo, hechicero,
ni en paz lo dejo morirse.

No bastó vivir  el yugo
toda su vida arrastrando,
para que encima  un verdugo
lo ataje de su descanso.

Sabrá Dios que magia usó
aquel  hombre despiadado,
que por siempre lo encerró
para que guíe a su amo.

Y ya desde aquel entonces
habían pasado muchos años
sin que nadie se enterase
de los tratos, de los palos.

De generación fue pasando
de padre a hijo y a nieto.
Del desdichado gozando
sin el mas mínimo respeto.

Aquel repique sonaba
para admiración de todos,
con redobles increíbles
resaltando entre Lubolos.

Luis siguió tocando siempre
por muchas llamadas mas,
era el mas sobresaliente
gracias  al  secreto compás.

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